Para ti, ¿quién es Cristo?

1.- “El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado, ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba” (Is 50, 5-6) El profeta vislumbra la doliente figura del siervo de Yahvé. Sus palabras cantan la historia maravillosa del que un día vendrá a salvar definitivamente a su pueblo. Historia extraña y desconcertante, historia de sangre y de dolores acerbos. Tan desconcertante que cuando la profecía se cumplió, los suyos no entendieron el sentido de aquella muerte vergonzosa en una cruz.

Pero Jesús sí que lo entendió. Y aceptó los planes insospechados del Padre Eterno, los proyectos de la sabiduría de Dios, insondable y siempre sorprendente… Dócilmente, como oveja que marcha al matadero, sin abrir la boca, sin poner resistencia, Cristo subió con decisión el difícil camino hacia el monte Calvario. Cristo vence la fuerte tentación de huida que le asaltó en la triste noche de Getsemaní. Y cuando llega la chusma armada hasta los dientes, buscando a Jesús de Nazaret, les sale al paso y exclama: Yo soy.

Cada cristiano ha de ser como Cristo. Diciendo con él: yo no me he rebelado, ni me he echado atrás. Y esto siempre, siempre. También cuando la noche negra del huerto de los olivos nos cubra con sus densas sombras. Entonces llorar y callar. Y rezar. Caminando, y cayendo, por ese camino que la sabiduría grande y el amor hondo de Dios nos ha señalado como nuestro camino de la Cruz, nuestro Vía Crucis personal. Sin quejas, sin complejo de víctimas, serenos, fuertes…

“Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado” (Is 50,7) La fuerza de Dios. Ahí está el secreto de ese vigor extraordinario, de ese cambio imprevisto. Hace unos momentos Jesús estaba postrado, doblado el cuerpo ante el peso de la pasión cercana, triste hasta la muerte, sudando sangre. Y ahora se levanta majestuoso, decidido, valiente, avasallador: ¡Yo soy! Y caen por tierra los bravos legionarios de la cohorte romana. Si el Señor me ayuda, ¿quién podrá condenarme? Es como un desafío que brota de los labios del hombre justo. Una firmeza inconmovible que le mantiene de pie… La fuerza de Dios. Y lo que era débil se vuelve fuerte. Y lo que aparecía como insuperable, se supera finalmente. San Pablo se hace eco de estos sentimientos: Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que aun a su hijo no perdonó sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará gratuitamente con él todas las cosas? Siendo Dios quien justifica, ¿quién será el que condene?

¿Quién nos separará del amor de Cristo? Sigue diciendo con firmeza el Apóstol. Porque estoy persuadido que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios… Este es el secreto de la fortaleza en la dificultad: creer firmemente en el amor de Dios, en su poder sin límites. Y así, apoyados en él, sostenidos por él, caminar decididos al encuentro de esas mil dificultades que jalonan nuestra vida. Y al sentirlas llegar, buscándonos entre las sombras del miedo, responder serenos: ¿A quién buscáis? Aquí estoy.

2.- “Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante” (Sal 114, 1) El espíritu del salmista se abre ante nosotros de par en par. Él hace su oración en voz alta, inspirado en el Espíritu Santo. Y los gemidos inenarrables de que nos habla San Pablo, refiriéndose a ese orar del Espíritu en nuestro interior, llega a cada uno de nosotros para hacernos vibrar al unísono de esa sentida plegaria, para hacernos latir con un temor y respeto profundo, con una fe grande, una esperanza cierta, un amor ferviente al Señor. Así ha de ser ciertamente, puesto que él también escucha mi voz suplicante, y la tuya, e inclina su oído hacia mí, en el día que lo invoco.

“Me envolvían redes de muerte -dice el texto y decimos nosotros-, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en la tristeza y en la angustia. Invoqué el nombre del Señor: Señor, salva mi vida…” Quizás ahora no, o quizás sí, te encuentras en esa situación a que se refiere el salmista. De todos modos hemos de hacer nuestra esa súplica suya. Y pedir a Dios que se compadezca de nosotros y alivie nuestros sufrimientos o nuestra soledad, o nuestra tristeza; que encienda nuestro frío corazón, que sacuda nuestra indiferencia, que salve en fin nuestra vida de esa muerte que siempre nos acecha.

“El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo” (Sal 114, 5) El Señor es justo, da a cada uno lo suyo, castiga lo malo y premia lo bueno. Pero si en una estricta justicia se quedara todo, sería como para echarse a temblar. Lo dice otro salmo: Señor, si tomas cuenta de nuestros delitos, ¿Quién podrá resistir? ¿Quién se podrá salvar? La respuesta que se deja entrever es la de que nadie se libraría realmente de la condena, si sólo la justicia divina sopesara nuestras pobres vidas. Pero, gracias a Dios, junto a esa justicia implacable brilla con fuerza su benignidad, su profunda e infinita compasión. Ante esto hemos de sentirnos aliviados, llenos de esperanza. Y si en nosotros el recuerdo de la justicia de Dios ha de despertar un santo temor que nos aleje del pecado, el recuerdo de su tremendo amor, siempre dispuesto al perdón, ha de espolearnos con vigor a ser mejores, a no pagar con desamor a quien tanto y tanto nos quiere.

“El Señor guarda a los sencillos -sigue el texto sacro-; estando yo sin fuerzas me salvó. Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída…” Y como un propósito en consecuencia de todo eso, y que cada uno ha de concretar en su interior, acabaremos diciendo con el Espíritu Santo: “Caminaré en presencia del Señor”.

3.- “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?” (St 2, 14) Si hubo un defecto, un pecado, que Cristo fustigó de una manera particular, fue el de la hipocresía. Sobre todo la que se da en el campo religioso. El aparentar ser un hombre piadoso ante los hombres, y estar podrido a los ojos de Dios, era algo que Jesús no podía soportar. El servirse de la religión como una careta para aparecer como una persona digna y honorable, el usar la oración o la limosna como una máscara tras la que ocultar la verdadera y sucia personalidad… Todo eso le causa al Señor una especie de repugnancia instintiva, le hace proferir las palabras más duras que salieron de sus labios.

Y esta una actitud de rechazo es antigua en Dios, una costumbre inveterada. Desde hacía mucho tiempo, y a través de los profetas, ha recriminado Yahvé la falsa religiosidad, la fe carente de obras, la piedad vacía, el culto ostentoso y carente de espíritu, el amor hecho tan sólo de palabras, la entrega que no pasa de promesas y propósitos, nunca o mal cumplidos… Y desgraciadamente, es un vicio muy común. Por eso no nos eximamos de culpa, no nos consideremos libres del pecado de hipocresía, de incoherencia. Medita, piensa, recapacita. Y corrígete…

“Esto pasa con la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro” (St 2, 17) Una fe muerta por dentro, aunque por fuera aparezca viva y pujante… Atan pesadas cargas y las ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con un dedo tratan de moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos de los hombres… Cuando lo importante y lo decisivo es hacer las cosas bien a los ojos de Dios; buscar el beneplácito divino que ve hasta lo más recóndito de nuestra mente y de nuestro corazón.

Jesús sigue clamando hoy como entonces: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos…! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, que diezmáis la menta, el anís y el comino, y dejáis lo más grave de la Ley: la justicia, la misericordia y la lealtad…! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, mas por dentro llenos de huesos de muertos y de toda clase de inmundicia! Así también vosotros por fuera parecéis justos a los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad”.

No lo olvidemos, todos caemos a veces en ese afán de aparentar; descuidamos esa sinceridad de vida que ha de llevarnos a ser leales y fieles de cara a Dios. Por eso sólo nos queda reconocer nuestra falta, pedir perdón y, con la ayuda del Señor, rectificar nuestra falta de sinceridad.

4.- “Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo…” (Mc 8, 27) Hoy vemos a Jesús que recorre las regiones norteñas de Palestina. Aquellas caminatas eran ocasión propicia para estar solos y hablar de las enseñanzas que el Maestro quería transmitir a sus discípulos. Eran instantes de intimidad en los que Jesús abría los tesoros de su corazón. A menudo les hace unas preguntas intencionadas que despiertan la curiosidad de aquellos hombres sencillos. ¿Quién dice la gente que soy yo? Unos dicen que eres Juan Bautista que ha resucitado, otros que eres uno de los profetas, o Elías que ya ha vuelto. Y vosotros -pregunta de nuevo el Señor-, ¿quién decís que soy yo? Pedro se adelanta y contesta decidido: Tú eres el Mesías.

Fue una respuesta adecuada, que San Mateo refiere con más detalle y nos muestra cómo Pedro estaba confesando la divinidad de Jesús, haciéndose eco de una revelación especial que entonces le fue concedida. En efecto, gracias a esa revelación, el primero de los apóstoles confesó que Jesús es el Hijo de Dios vivo, el Rey de Israel ungido por el Espíritu santo y enviado por el Padre para salvar a todos los hombres. De ahí que quien no vea a Jesús tal como es, se equivoca. En efecto, Cristo no es un líder político, ni un revolucionario, ni un hombre de fuerte personalidad que arrastra a las muchedumbres gracias a su don de gentes. Él es el Mesías, el Hijo de Dios, El Verbo hecho carne, Dios hecho hombre.

Pedro respondió bajo la iluminación del Padre de las luces. Sin embargo, en el fondo no se percataba con claridad de lo que suponía aquella rendida confesión. Momentos más tarde, cuando el Maestro les anuncia que ha de morir en la cruz después de ser injuriado por sus enemigos, cuando les enseña la otra cara de la lección, entonces es también Pedro quien interviene con vehemencia e increpa al Señor -!qué osadía!- para que desista de aquellos planes fatídicos. El sencillo pescador no repara en que el Maestro ha dicho que al tercer día resucitaría. Pedro sólo piensa en el dolor y la humillación que Jesús tendría que sufrir. Lo mismo le ocurrirá cuando el Maestro intente lavarles los pies

El Señor, de cara a los discípulos, dirige a Pedro uno de sus más duros reproches: Quítate de mi vista, Satanás. Y añade: Tú piensas como los hombres, no como Dios. Para llegar al triunfo definitivo hay que luchar antes, hasta la muerte si es preciso… Cuando se niega a que le lave los pies, Jesús le advierte que si no acepta no tiene parte con él. En el fondo le ocurría lo que a todos, que nos resistimos a la humillación y el sufrimiento. Olvidamos que para ser discípulo de Cristo hay que negarse a sí mismo, cargar con la cruz de cada día y seguir las huellas de Jesús. Con esfuerzo mantenido, con serenidad y con alegría, esperanzados, persuadidos de que vale la pena perder la vida para así poder gozarla.

Antonio García Moreno