Lectio Divina – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

1.- Introducción.

Señor, te agradezco que hayas incorporado a la mujer a tu misión, a la construcción del Reino. En medio de un contexto  totalmente machista, Tú optaste a favor del feminismo de una manera clara y contundente. No tuviste prejuicios contra ellas, las defendiste del tabú de la sangre, las elevaste a la categoría de seres libres, capaces de escuchar tu palabra, y sobre todo, siempre las miraste con la mirada del corazón.

 2.- Lectura reposada del evangelio. Lucas 8, 1-3

En aquel tiempo, Jesús iba caminando por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Es verdad que, a la hora de la primera creación, el protagonismo lo tuvo un hombre: Adán; pero en la segunda creación, Dios, a la hora de elegir un medio eficaz para entrar en el mundo, pensó  en clave femenina. Siempre me impresionan las palabras de Pablo: “Al llegar la plenitud  del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gal. 4,4). En el relato del evangelio de hoy Jesús fue  un osado. Sabía que “la mujer casada que acompañaba a los profetas era repudiada por su marido y era motivo  suficiente para casarse con otra”. (J. Jeremías)  Pero Jesús rompe los esquemas sociales y culturales  a la hora de optar por un auténtico feminismo, incluso incorporando a las mujeres a su propia misión evangelizadora. Y fue una mujer, María Magdalena,  la que dio a los discípulos la noticia de que Cristo había Resucitado. Fueron unos ojos de mujer los primeros que vieron el rostro del resucitado;  unos oídos de mujer los que escucharon el primer nombre pronunciado por Él: ¡María! Y unos labios de mujer los primeros que besaron los pies del nuevo Adán.  

Palabra del Papa

“Es indudable que debemos hacer mucho más a favor de la mujer, si queremos dar más fuerza a la reciprocidad entre hombres y mujeres. Es necesario de hecho, que la mujer no solamente sea más escuchada, sino que su voz tenga un peso real, un prestigio reconocido en la sociedad y en la iglesia. El modo mismo con el cual Jesús ha considerado a las mujeres -el evangelio lo indica así- era un contexto menos favorable del nuestro, porque en esos tiempos la mujer era puesta en segundo lugar. Pero Jesús la considera de una manera que da una luz potente que ilumina un camino que lleva lejos, del cual hemos recorrido solamente un tramo. Aún no hemos entendido en profundidad cuales son las cosas que nos puede dar el genio femenino de la mujer en la sociedad. Tal vez haya que ver las cosas con otros ojos para que se complemente el pensamiento de los hombres. Es un camino que es necesario recorrer con más creatividad y más audacia”. (Audiencia de S.S. Francisco, 15 de abril de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Silencio)

5.- Propósito: Dar gracias a Dios por habernos dado a María la madre de Jesús, por madre nuestra.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor Jesús, yo te agradezco que hayas sido tan valiente y no te haya importado incorporar a las mujeres a la misión de extender  a todas partes tu Reino. Y, de un modo especial, te agradezco que hayas querido venir a este mundo a través de una mujer llamada María. Ella es, como dice P Claudel,  “el sacramento de la ternura maternal de Dios”. Haz que sepamos empaparnos de esta ternura infinita.

Comentario – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

(Lc 8, 1-3)

Este texto comienza hablando de las mujeres que seguían a Jesús y lo ayudaban con sus bienes. En Mc 15, 41 se menciona que algunas mujeres “lo habían seguido y lo habían servido”. En aquella época era un poco escandaloso que Jesús anduviera predicando por allí con un grupo de mujeres, sobre todo porque algunas de ellas habían estado poseídas por “malos espíritus”. Pero esas mujeres habían recibido con fe la Palabra del Señor y querían seguir su camino. La parábola del sembrador, que se narra a continuación, nos lleva a pensar que esas mujeres generosas eran como la tierra fértil, que recibe la Palabra y la deja crecer y fructificar.

San Pablo se refiere en sus cartas a las mujeres que colaboraban con él, no sólo con bienes materiales, sino como verdaderos apóstoles. Febe (Rom 16, 1), por ejemplo, era diaconisa de la iglesia de Cencreas. Y esto indica que en las primeras comunidades se daban ministerios importantes también a las mujeres. Posteriormente, el texto de 1 Tim 5, 3.9 indica que había un catálogo para registrar a las que hacían una consagración particular. Con respecto a Febe, cabe aclarar que el apelativo de “diaconisa” no tenía poca importancia. Pablo se llamaba a sí mismo “diácono” cuando defendía su autoridad (2 Cor 3, 6; 6, 4) y cuando mencionaba sus títulos de honor (2 Cor 11, 21-23). Además, Pablo se detiene a recomendar que reciban a Febe dignamente y que la asistan en todo, y se muestra agradecido de haber sido “protegido” por ella (Rom 16, 2). Pero Pablo también manda saludos a otras mujeres, elogiadas por sus fatigas: María, Trifena, Trifosa, Pérside (16, 2), la madre de Rufo (16, 13), Julia y la hermana de Nereo (16, 15).

Inmersos en un mundo hostil, los cristianos de las primeras comunidades valoraban el apoyo de la fe compartida y el sentimiento de la mutua pertenencia. Cualquier obra buena, cualquier entrega era valorada y agradecida. Y las mujeres, lejos de ser discriminadas, en la práctica tenían amplias posibilidades de servir y de intervenir en la Iglesia; eran reconocidas en sus empeños y fatigas, y eran recordadas con afecto.

Oración:

“Señor, concédenos que en todas las comunidades cristianas las mujeres sean respetadas, y que puedan ejercer libre y gozosamente los carismas que les regalaste para servir a la Iglesia”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La misa del domingo

En la primera lectura escuchamos un discurso confabulatorio entre hombres inicuos que, cegados por su odio, traman el mal contra un hombre justo. Deciden someterlo al tormento y a una muerte afrentosa, porque les incomoda que les eche en cara su maldad. Su ensañamiento contra el justo es, además, un desafío a Dios mismo, pues dicen con sorna: «según él, Dios le salvará».

Imposible no pensar en la confabulación que llevó a la crucifixión al Señor Jesús. Él, el Justo por excelencia, es sometido al ultraje, al tormento y a la muerte afrentosa por quienes no resisten que repruebe su modo de obrar. También de Él dirán con sorna al pie de la Cruz: «Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: “Soy Hijo de Dios”» (Mt 27, 43).

En la raíz del odio, de todo espíritu de contienda, de los deseos de venganza, de la violencia contra los inocentes, de las envidias y rivalidades, están «esas pasiones que luchan en el interior» de cada uno (2ª. lectura). Las luchas externas son consecuencia y manifestación de una lucha invisible, que se libra en el interior de la persona misma. Toda falta de armonía y reconciliación personal se exterioriza en una actitud agresiva y conflictiva para con los demás. Ante esta realidad, que es fruto del pecado, el apóstol invita a abandonar cualquier espíritu de contienda abriéndose a «la sabiduría que viene de arriba». Vivir de acuerdo a los criterios del “mundo” lleva a guerras y divisiones. En cambio, vivir de acuerdo a las enseñanzas divinas trae la paz y lleva a una convivencia pacífica, que deviene en frutos buenos. Un cambio de mentalidad es necesario para la conversión.

Nadie está libre de esta lucha interior, alentada por las pasiones desordenadas. También los apóstoles experimentan las «pasiones que luchan en su interior», la ambición que lleva a querer ser “el primero” en lo que se refiere a puestos de honor, de poder, de dignidad. La ambición de la primacía, el deseo de querer estar por encima de los demás, entrampa a los discípulos en una poco fraternal discusión: ¿quién de ellos es el más importante? Llegados a casa, el Señor les pregunta sobre lo que andaban discutiendo por el camino. El Señor lo sabe, pero quiere que ellos mismos expongan a la luz lo que pretendían discutir “entre ellos”. Ninguno responde. Todos callan por vergüenza. Entonces el Señor convoca a sus apóstoles, une en torno a sí a quienes la discusión por los primeros puestos ha dividido, atrae a aquellos que necesitan aprender a dominar y encauzar rectamente aquella pasiones que, de lo contrario, servirán tan solo para encender envidias y promover rivalidades y divisiones entre ellos.

Una vez reunidos en torno a Él, los invita a una profunda conversión mediante el “cambio de mente”: deben despojarse de criterios que responden a pasiones desordenadas y revestirse de “la sabiduría que viene de arriba”. Según esta sabiduría, tan opuesta a la mentalidad del mundo, «quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». A quienes Él llama y destina a asumir los “primeros puestos” en su Iglesia, los invita a comprender que este puesto de gobierno es ante todo un puesto de servicio. Deben cuidarse muy bien de no tomar estos puestos como una ocasión para alimentar su orgullo y vanidad, para sentirse superiores a los demás, para someter a los demás. Una vez revestidos del poder de Cristo, habrán de ser servidores de todos, imitando al Maestro que no vino a ser servido sino a servir y dar la vida en rescate por todos.

Con un gesto el Señor refuerza su enseñanza: llamando a un niño y poniéndolo en medio, abrazándolo con ternura para luego decir: «El que recibe a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado».

El niño, en términos sociales, no tenía valor alguno en la sociedad judía. Mas Dios no rechaza a los pequeños, a los insignificantes, a los que “no tienen poder alguno” ni disfrutan de primeros puestos, honores y grandezas humanas. Recibir a un niño “sin valor” es recibir a Cristo mismo, y con Él al Padre. Los Apóstoles no sólo deberán hacerse como niños, sino acoger y proteger a los “niños” o pequeños como lo hace el mismo Señor.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Las pasiones son fuerzas interiores que Dios mismo puso en su criatura humana, fuerzas que le mueven a conquistar el bien o a apartarse del mal. El pecado introduce un serio desorden en el ser humano, por el que las pasiones son puestas a su servicio al punto que pareciera que son ellas las que arrastran al ser humano al mal.

El ser humano buscará siempre su bien y en cambio se apartará de lo que entiende es malo para él. Mas las pasiones ‘arrastran’ al mal cuando éste se presenta al entendimiento como un bien, en cambio apartan del bien objetivo cuando éste aparece al entendimiento como un mal. Esta confusión y cambio, que lleva a ver el mal objetivo como algo “bueno para mí” o el bien objetivo como algo “malo para mí”, es posible por el “entenebrecimiento de nuestra mente” (ver Rom 1, 21) o “escotosis” producida por el pecado.

Cuando debido a este proceso de ilusión y auto-engaño el mal aparece ante mi propio entendimiento como “bueno para mi”, la voluntad y las fuerzas pasionales se despiertan con el fin de obtenerlo. De este modo las pasiones son puestas muchas veces al servicio del pecado y nos llevan a nuestra propia destrucción (Ver Eclo 19, 4), cuando Dios las ha puesto en nosotros para servir a nuestra auténtica realización humana, servir a nuestro perfeccionamiento para llegar a ser lo que Él nos ha llamado a ser: hijos suyos, partícipes de su misma naturaleza divina (Ver 2 Pe 1, 4).

Detrás de nuestras pasiones desordenadas que nos llevan al mal hay que buscar el criterio equivocado. «¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre ustedes?», pregunta Santiago, y responde: de la codicia y envidia, de pensar que es un mal para mí que el otro posea un bien que yo no tengo, y que me hará feliz si lo despojo y me apodero de lo que él tiene y yo ambiciono. Pensar que el bien del otro es un mal para mí es un criterio equivocado, un pensamiento errado, que lleva a la división, a las peleas, discordias, y es generador de todo tipo de males.

También los discípulos del Señor Jesús fueron víctimas de un criterio equivocado que despertó en ellos la pasión, que suscitó el deseo y la ambición de alcanzar los primeros puestos para “ser superiores a los demás”. Pensaban acaso: “eres más si gozas de fama, de honor, de poder, si alcanzas los primeros puestos, si los demás están al servicio de tus caprichos personales”. ¿No es éste el criterio del ‘mundo’, que alienta la ambición? “Para ser ‘alguien’ en la vida tienes que triunfar, tienes que alcanzar los primeros puestos, tienes que ejercer dominio sobre los demás… así serás feliz.”

El Señor nos invita a cambiar este y cualquier otro criterio equivocado y sustituirlo por “la sabiduría que viene de lo Alto”: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos». No enseña a huir de los puestos de importancia, o a no buscarlos, pero invita a purificar la motivación, a no buscar los primeros puestos con el fin de enaltecerse uno a sí mismo. El Señor enseña la necesidad de vivir la humildad, e invita a buscar hacer de los “primeros puestos” un puesto de servicio, a valerse de ellos para elevar a los demás.

Quien piensa como el Señor, que siendo Dios no ha venido a ser servido sino a servir, quien descubre que el bien propio está en buscar el bien de los demás, podrá reordenar sus pasiones y encontrará en ellas una fuerza extraordinaria para trabajar al servicio de los demás, para construir la paz, para ser artesano de reconciliación en el mundo.

Ser niño ante ti

 

Señor, concédenos el don de ser niños
y poder descansar en tu regazo
sin vergüenza y sin miedo,
pues a medida que crecemos
otros intereses nos hacen olvidar
que la confianza y la ternura
son imprescindibles para madurar
y recorrer tus caminos.

Concédenos el don de ser niños
para saber mirar a los demás
con cariño y transparencia,
pues el paso de los años
va cargando nuestra vida
de suspicacias, temores y envidias
que doblan nuestras espaldas
y tensionan nuestras entrañas

Concédenos el don de ser niños
para confiar en los demás
y compartir gratuitamente,
con generosidad lo que de Ti recibimos,
cada día, para ser felices;
pues el egoísmo, la avaricia y las comparaciones
apagan todas las estrellas
y encienden nuestras más oscuras vanidades.

Concédenos el don de ser niños;
quítanos todo lo que nos impide llegar a Ti
y nos aleja de quienes son niños
y van llenos de carencias y necesidad;
quítanos la desconfianza, la doblez y el orgullo
que no acepta perderse entre los más pobres.
¡Que recuperemos, en el cuerpo y en el espíritu,
la maleabilidad  de la niñez para servir!
¡Vuélvenos niños otra vez!

Y si así no logramos alcanzarte
o no logras retenernos,
o no nos dejamos querer,
o no aprendemos o servir,
o creemos que somos más y mejor,
o no nos damos a los que Tú quieres,
vuélvete, Señor, y míranos,
y háblanos como una madre habla a su bebé.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

No hace falta ser una teóloga feminista para vibrar con el evangelio de hoy. Los elementos sustanciales forman parte de nuestro acervo bíblico. Hay un paralelismo entre lo que Lucas dice del grupo de los doce varones en el capítulo 5 y lo que dice en el capítulo 8 que hoy leemos del grupo de las tres mujeres (María Magdalena, Juana, Susana) y el resto de sus compañeras. El “curriculum” de estas mujeres, sus méritos para entrar a formar parte de la comunidad de discípulos, es desconcertante. No se alude a cualidades especiales, ni a títulos de ningún tipo. Lo que estas mujeres tienen en común, y lo que a Lucas le interesa subrayar, es que “habían sido curadas de malos espíritus y de enfermedades”. Son mujeres que se sienten curadas por Jesús. Responden entregando sus personas (“lo acompañan por el camino”) y sus bienes.

Quizá sea posible extraer conclusiones enérgicas sobre el papel de la mujer en la iglesia de Jesús, sobre el paralelismo entre los doce y el grupo de mujeres. La teología contemporánea ya ha explorado varias vías en este sentido. Pero lo que en ningún caso debe pasar a segundo plano es el hecho más resaltado por Lucas: las seguidoras son mujeres curadas por Jesús. La experiencia de la curación es la puerta de ingreso en la comunidad discipular.

¿No os parece que este hecho nos brinda una clave para entender por qué a menudo somos remisos en nuestra entrega? Si nunca hemos tomado conciencia de nuestras heridas y enfermedades, si no hemos experimentado el toque sanador de Jesús, ¿en virtud de qué extraño voluntarismo vamos a entregarnos con total dedicación a su persona y a su causa?

Ciudad Redonda

Meditación – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XXIV de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 8, 1-3):

En aquel tiempo, Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Hoy Jesús camina junto con los Doce predicando, y va acompañado de algunas mujeres. Si bien hay una diferencia entre el discipulado de los Doce y el de las mujeres, los Evangelios dejan claro que “muchas” mujeres formaban parte de la comunidad restringida de creyentes, y que su “acompañar a Jesús en la fe” era esencial para pertenecer a esa comunidad. Eso se demostraría luego claramente al pie de la Cruz y en el contexto de la resurrección.

Frente a la costumbre judía de la época, que consideraba a las mujeres seres de segundo rango, Cristo inicia una especie de emancipación de la mujer. La feminidad realiza lo humano tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa: precisamente, las mujeres tienen una especial sensibilidad para captar lo nuevo, lo distinto, lo grande, lo misterioso que aparece en Jesucristo. Él las admite de manera especial en su compañía y, así, emerge el “carisma de las mujeres”.

—María, eres bendita entre todas las mujeres y Madre de la Iglesia.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA XXIV SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-impar

  • 1Tim 6, 2c-12. Tú, en cambio, hombre de Dios, busca la justicia.
  • Sal 48. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
  • Lc 8, 1-3. Las mujeres iban con ellos, y les servían con sus bienes.

Antífona de entrada             Sal 85, 1-3
Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día.

Monición de entrada y acto penitencial
Hoy, en la Eucaristía, pediremos de un modo especial perdón al Señor por nuestros pecados; porque todos nosotros somos miembros de una Iglesia que es a la vez santa y necesitada de purificación. Conscientes, por tanto, de esta realidad, comenzamos la celebración de la Eucaristía poniéndonos ante la presencia de Dios, y nos sinceramos con Él en unos momentos de silencio, reconociendo nuestra pobreza y debilidad, e implorando su gracia y su perdón.

• Tú, que acoges a todos. Señor, ten piedad.
• Tú, que eres el camino seguro. Cristo, ten piedad.
• Tú, que eres la vida en plenitud. Señor, ten piedad.

Oración colecta
ESCUCHA propicio, Señor,
nuestras súplicas y perdona
los pecados que confesamos ante ti,
para que podamos recibir de tu misericordia
el perdón y la paz.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Elevemos ahora, hermanos, con sencillez y con confianza, nuestras peticiones al Dios y Padre de Jesucristo.

1.- Para que introduzca en la plenitud de su santa Iglesia a los no cristianos y a los no creyentes. Roguemos al Señor.

2.- Para que aumenten entre nosotros las vocaciones sacerdotales y religiosas. Roguemos al Señor.

3.- Para que los políticos acierten en la solución de los graves problemas. Roguemos al señor.

4.- Para que Dios manifieste su bondad a todos los hombres y mujeres del mundo. Roguemos al Señor.

5.- Para que despierte en nosotros el amor a los pobres y el deseo del cielo. Roguemos al Señor.

Oh Dios, que siempre nos escuchas, atiende la oración que te hemos dirigido y haz que, sintiéndonos pecadores perdonados por tu misericordia, no podamos vivir sin tu compañía. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR, que adquiriste para ti un pueblo de adopción
con el sacrificio de una vez para siempre,
concédenos propicio
los dones de la unidad y de la paz en tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Sal 103, 13. 14-15
La tierra se sacia de tu acción fecunda, Señor, para sacar pan de los campos y vino que alegre el corazón del hombre.

Oración después de la comunión
CONCÉDENOS, Dios misericordioso a quienes,
por este sacrificio,
hemos recibido el perdón de nuestros pecados,
que con tu gracia podamos evitarlos de ahora en adelante
y servirte con sincero corazón.
Por Jesucristo, nuestro Señor.