La manía de andar en zancos

1.- “Jesús les preguntó a los discípulos: ¿De qué discutías por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién sería el más importante”. San Marcos, Cáp. 9. Algo extravagante ocurrió ese día en aquella ciudad. Todos sus habitantes salieron en zancos a la calle. Pero a un psicólogo de turno esto le pareció normal. Cada uno expresaba, de una manera plástica, su actitud interior: Yo soy mayor que los demás. Cuenta san Marcos que, yendo de camino hacia Cafarnaún, los discípulos se engarzaron en una discusión, no sabemos hasta qué punto acalorada: ¿Quién de nosotros es el más importante? Quizás Andrés y Juan reclamaban el título, por haber sido, entre los Doce, los primeros seguidores del Maestro. Cuando el Precursor señaló a Jesús ante su grupo como el “Cordero de Dios”, estos futuros apóstoles se acercaron a interrogarlo y estuvieron con él toda la tarde.

Pedro y Santiago sacarían a relucir su presencia en el monte de la Transfiguración. O también Felipe y Santiago harían notar, como se mira en el Evangelio, que mantenían con el Señor comprobada confianza. Bartolomé y Mateo se pudieron presentar, el uno con la certificación recibida de Cristo de “verdadero israelita”. Y el otro con su experiencia, no tanto en lo contable de los impuestos, pero sí en la predilección del Señor.

2.- No hacían otra cosa estos discípulos, que repetir el esquema donde todos a diario nos movemos: Yo soy el mayor: Por mi experiencia, mi preparación académica, mis conocidas obras de caridad, la estricta moral de mi conducta, el grupo apostólico de tantas campanillas al que pertenezco. O también en razón de mi apellido, los personajes de la política y la Iglesia que integran mi abolengo. En conclusión: Nadie quiere bajarse de los zancos, que podrían llamarse vanidad, orgullo, autosuficiencia.

Pero Jesús desbarata todas esas presunciones, presentando una ley de precedencia, desconocida hasta entonces. No se dio en las costumbres hebreas, ni en la liturgia del templo, ni en la filosofía griega, ni en el protocolo del imperio: “Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos”. La ubicación de cada quien bajo la luz del Evangelio, sería en adelante la humildad, que hoy llamamos sencillez. Pero a la vez, nuestra capacidad de servicio. Dos actitudes que dan altura en la jerarquía cristiana. En consecuencia, a los seguidores de Jesús, nos sobran muchos títulos, emblemas, insignias, rituales, etiquetas. Empezaríamos entonces a ser simples, amables, fraternos, “descomplicados”, dejando que Dios nos evalúe y clasifique.

Enseguida el Maestro repite su enseñanza de forma audiovisual, presentando a un niño ante el grupo. No insinúa Jesús un infantilismo religioso, compuesto de actitudes sentimentales, evasión, pasivismo, falta de responsabilidad. Nos propone una infancia espiritual, como condición indispensable para su seguimiento: “Yo os aseguro: El que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.Quiere decirnos el Señor: No calculen su propia grandeza. Sean, como los auténticos niños, espontáneos, dóciles, sinceros. Vivan seguros ante Dios, capaces de asombro frente a sus maravillas.

“No está de más recordar, apunta un autor, que en los cielos hay más alegría por un adulto que se hace niño, que por noventa y nueve niños que no necesitan convertirse”.

Gustavo Vélez, mxy