Tener, aparentar, poder: la triple tentación humana

Jesús vivió atento a las tres pulsiones básicas del ser humano y las denunció con firmeza. Tanto es así que el llamado “relato de las tentaciones” –un texto que parece sintetizar lo que fue su lucha interior a lo largo de su existencia–, lo muestra enfrentando la tentación de la riqueza, del poder y de la imagen (Mt 4,1-11).

Los relatos evangélicos nos han trasladado la fuerza de la denuncia, en textos como estos, con respecto a la riqueza: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24); “Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios” (Mt 19,24).

Por lo que se refiere a la imagen, los textos más significativos son aquellos que se refieren a la autoridad religiosa: “Todo lo hacen para que los vea la gente: ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del manto; les gusta el primer puesto en los convites y los primeros asientos en las sinagogas; que los saluden por la calle y los llamen maestros” (Mt 23,5-7). “¿Cómo vais a creer vosotros, si lo que os preocupa es recibir honores los unos de los otros, y no os interesáis por el verdadero honor que viene del Dios único” (Jn 6,44); “Para ellos –escribe el cuarto evangelio– contaba más la buena reputación ante la gente que ante Dios” (Jn 12,43)?

En cuanto al poder, Jesús es bien consciente de que constituye la mayor trampa, por lo que no solo previene contra ella de manera tajante, sino que ofrece una alternativa, el camino que él mismo había tomado: “Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo de todos. Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida” (Mc 10,42-45).

El yo ansía el poder –como el tener y el aparentar– porque cree encontrar ahí una sensación de seguridad, a la vez que le permiten creer que está vivo. Es el modo que tiene de ocultar su propio vacío. Pero adonde eso conduce es a “perder la vida”, porque se ha desconectado de la verdadera identidad. La comprensión descansa en el ser y se manifiesta en el servicio.

Como dijera el psiquiatra Carl Jung, uno de los padres de la psicología moderna, “donde el amor rige, no hay voluntad de poder; donde la voluntad de poder rige, no hay amor”.

¿Qué fuerza tienen en mí cada una de esas tres pulsiones?

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 2Co 1, 3-4

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibidos de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «El primero entre vosotros será vuestro servidor —dice el Señor—, pues el que se humilla será enaltecido.» Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «El primero entre vosotros será vuestro servidor —dice el Señor—, pues el que se humilla será enaltecido.» Aleluya.

PRECES

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres
— y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege, con tu brazo poderoso, al papa y a todos los obispos
— y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestra cabeza,
— y que demos testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz
— y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Otorga a los que han muerto una resurrección gloriosa
— y haz que gocemos un día, con ellos, de las felicidad eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que has dispuesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Ser en autenticidad y coherencia

Tal vez el evangelio de este domingo nos confirma la necesidad de recordar que los evangelios no son narraciones en tiempo real, sino una elaboración muy posterior a los hechos; una composición muy cuidada para expresar un mensaje que despierte algo nuevo en el lector(a) u oyente. Así es el libro de Marcos, todo un manual para aprender el camino del seguimiento a Jesús. Y este texto es uno de los que nos muestran todo un aprendizaje de dos posiciones esenciales que centran a toda persona que desea avanzar por esta ruta: coherencia y autenticidad. Veamos cada una de ellas.

Comienza el texto expresando la itinerancia de este grupo; una itinerancia que hace referencia a esta metáfora tan genial que representa nuestros procesos creyentes: el camino. Galilea es más que una región de paso, es el punto de partida de todo este viaje hasta Jerusalén de Jesús con sus seguidores(as), escenario del discipulado. Y, en la ciudad de Cafarnaúm, referencia de la misión de Jesús, se da uno de los momentos fuertes de este camino.

La primera posición, coherencia, se puede percibir en el comienzo de este texto. Jesús se identifica con el hijo del Hombre, es decir, el plenamente humano, pero plenamente arraigado en lo divino. En este doble movimiento se apoya su discurso. Es consciente de que su final no va a ser feliz desde el plano humano, será entregado, le matarán. No se trata de una visión apocalíptica o que proceda de una bola de cristal que predice su futuro, no parece ser así. Jesús sabe que su final es consecuencia de sus opciones, de su manera de vivir, de haber desestabilizado las columnas religiosas de Israel, de haber denunciado aquellos aspectos religiosos que iban mermando la dignidad humana; la denuncia de la imagen de un Dios encerrado en unos principios basados en el poder de un patriarcado que generaba injusticias, exclusión e insolidaridad.

Lo que muestra a sus seguidores(as) y que no comprenden, es la coherencia, una coherencia que ha de estar liberada de miedo y henchida de libertad.  Un miedo que ha de ser superado porque ese trágico final no tiene la última palabra. Jesús introduce en su discurso la resurrección porque se sabe enraizado en un Dios vivo, el Dios presente y en movimiento permanente. Añade así esa dimensión de trascendencia que, en definitiva, se convierte en fuente y foco de la fuerza de este camino.

En el diálogo posterior de los discípulos con Jesus, percibimos una segunda posición ante el seguimiento a Jesús: autenticidad. Casi siempre eran los apóstoles los que preguntaban a Jesús en privado para intentar comprender su mensaje. En este caso, es Jesús quien pregunta de qué estaban discutiendo. Está claro que hay algo que no va bien, que hay tensión entre ellos y desenfocados de lo que Jesús pretendía revelar. Parece que es un poco ridículo por parte de los apóstoles esta discusión. Sin embargo, esta aspiración a ser grandes, ocupar los primeros puestos, era un tema muy propio de la mentalidad religiosa de aquel tiempo.  La medida de la dignidad, el puesto que a cada uno le debía corresponder, era muy importante para ellos; siempre basado en preceptos minuciosos y, a veces, deshumanizantes.

Jesús rompe con esta manera de situarse frente a la vida y frente a lo religioso. Invierte claramente lo que era valioso para su mentalidad y rompe con una tradición que pocos llegaron a comprender. Quien quiera el primer puesto, es decir, quien quiera la máxima visibilidad, poder, triunfalismo, dominación, póngase en el último lugar para vivir en clave de servicio. ¡¡ Cuidado!! no se trata de una denigración personal, a veces así entendido, de dejarse someter y dominar para que otros se aprovechen de esta bondad débil. Así no; se trata de superar las categorías que nuestra mente egoíca busca: clasificar, catalogar, contar, subordinar… Es más bien una manera de vivir en autenticidad donde el servicio no es una obligación moral sino una aspiración humana para vivir en comunión con otros (as).

Es avanzar en conexión con la vida divina de donde nace nuestra existencia. En este espacio no somos primeros, ni últimos, somos únicos e interconectados a un origen común que nos iguala. De ahí el ejemplo del niño con el que Jesús ilustra su enseñanza. No se trata de ser infantiles, ingenuos, dependientes, obedientes, sumisos…es ser auténticos (as), naturales, viviendo el presente, desde una conciencia que moviliza a superar límites, conectar con lo eterno, confiados a la vida; así son los niños.

Todo un desafío personal y eclesial el mensaje de este texto de Marcos. ¿Te atreves? 

¡¡FELIZ DOMINGO!!

Rosario Ramos

Solo el servicio al débil me hace humano

El tema principal que leemos hoy es el mismo que leímos al final del domingo pasado y que no comentamos. Jesús atraviesa Galilea camino de Jerusalén, donde le espera la Cruz. El evangelio nos dice expresamente que quería pasar desapercibido, porque ahora está dedicado a la instrucción de sus discípulos. Esa nueva enseñanza tiene como centro la cruz. Trata de convencerles de que no ha venido a desplegar un mesianismo de poder sino de servicio a los demás, pero no lo consigue. Todos siguen pensando en su propia gloria.

Este segundo anuncio de la pasión no deja lugar a dudas sobre lo que Jesús quiere transmitir. Los discípulos siguen sin comprender, aunque el domingo pasado nos decía que se lo explicaba “con toda claridad”. Si les daba miedo preguntar es porque intuían que no les iba a gustar. Esto nos muestra que más que no comprender, es que no querían entender, porque significaría el fin de sus pretensiones mesiánicas. Hasta que no llegue la experiencia pascual, seguirán sin entender la parte más original y decisiva del mensaje.

¿De qué discutíais por el camino? Jesús quiere que saquen a la luz sus íntimos sentimientos, pero guardan silencio porque saben que no están de acuerdo con lo que Jesús viene enseñándoles. Entre ellos siguen en la dinámica de la búsqueda del dominio y del poder. Tenemos que recordar que en aquella cultura el rango de las personas se tomaba muy a pecho y era la clave de todas las relaciones sociales.

Quien quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos”. El mismo mensaje del domingo pasado y en el episodio de la madre de los Zebedeos. No nos pide Jesús que no pretendamos ser más, al contrario, nos anima a ser el primero, pero por un camino muy distinto al que nosotros nos apuntamos. Debemos aspirar a ser todos, no solo “primeros”, sino “únicos”. En esa posibilidad estriba la grandeza del ser humano.

A veces los cristianos hemos dado la impresión de que para ser Él grande, Dios quería empequeñecidos. Jesús dice: ¿Quieres ser el primero? Muy bien. ¡Ojalá todos estuvieran en esa dinámica! Pero no lo conseguirás machacando a los demás, sino poniéndote a su servicio. Cuanto más sirvas, más señor serás. Cuanto menos domines, mayor humanidad. Quiere hacernos ver que el bien espiritual está por encima del material. Si me pongo en esta perspectiva nunca haré daño al otro buscando un interés egoísta a costa de los demás.

Acercando a un niño lo abrazó y dijo. No es fácil descubrir la conexión con lo que antecede. En tiempos de Jesús, los niños eran utilizados como pequeños esclavos. La palabra griega “paidion” es un diminutivo de “pais, que ya significa niño y también criado y esclavo. Sería el pequeño esclavo. En el contexto de la narración sería el chico de los recados que el grupo tenía a su disposición. Aquí descubrimos la relación con el texto anterior. El niño estaría en la escala más baja de los que se dedican a servir.

El que acoge a un niño, me acoge a mí. No se trata de manifestar cariño o protección al débil sino de identificarse con él. Al abrazarle, está manifestando que los dos forman una unidad, y que si quieren estar cerca de él, tienen que identificarse con el insignificante muchacho de los recados, es decir hacerse servidor de todos. Uno de los significados del verbo griego es preferir. Sería: el que prefiere ser como este niño me prefiere a mí. El que no cuenta, pero sirve a los demás, ese es el que ha entendido el mensaje de Jesús.

Y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. Este paso es muy importante: acoger a Jesús es acoger al Padre. Identificarse con Jesús es identificarse con Dios. La esencia del mensaje de Jesús consiste en esta identificación. Repito, el mensaje no consiste en que debemos acoger y proteger a los débiles. Se trata de identificarnos con el más pequeño de los esclavos que sirven sin que se lo reconozcan ni le paguen por ello. Esa actitud es la que mantiene Jesús, reflejando la actitud de Dios para con todos.

Llevamos dos mil años sin enterarnos. Y además, como los discípulos, preferimos que no nos aclaren las cosas; porque intuimos que no iban a responder a nuestras expectativas. Ni como individuos ni como grupo (comunidad o Iglesia) hemos aceptado el mensaje del evangelio. La mayoría de nosotros seguimos luchando por el  poder que nos permita utilizar a los demás en beneficio propio. Siguen siendo inmensa minoría los que ponen su vida al servicio de los demás y les ayudan a vivir sin esperar nada a cambio.  

Hay dos maneras de servir: una es la del que somete al poderoso para conseguir su favor y aprovecharse de su poderío. Esto no es servicio sino servidumbre, y lejos de hacer más humana a una persona la envilece. Esta actitud es muy criticada por Jesús. En torno a todo poder despótico pulula siempre una banda de aduladores que hacen posible el despotismo. La diaconía significaba “servir a la mesa”. En cristiano indicaba el servicio a los más necesitados por los que no tenían obligación de hacerlo. Este servicio es el que humaniza.

Si es la esencia del mensaje ¿Por qué ha fracasado estrepitosamente? El domingo dijimos que no podía conocer a Jesús si no me conocía a mí mismo. Sin ese conocimiento, es imposible llegar a ser auténtico cristiano. Ahora bien, como llegar a conocerse a sí mismo es muy difícil, la iglesia trató de racionalizar el mensaje con propuestas externas: 1ª Es la voluntad de Dios. 2º Si lo cumples, Dios te premiará; si no lo cumples, te castigará.

A la 1ª hay que decir: esa pretensión es tan etérea y difusa que con la mayor facilidad se puede tergiversar y deteriorar sin advertirlo. Por otra parte, ¿Quién me asegura que esas exigencias son la voluntad de Dios? La 2ª es aún más burda. Bastaría caer en la cuenta de que es la misma técnica que utilizamos los seres humanos para domesticar a los animales: palo o zanahoria. ¡Cómo podemos pensar que Dios nos trata como animales!

Haríamos bien en superar la idea de un Dios antropomórfico con motivaciones iguales a las nuestras. Como no nos han conducido por el camino del conocimiento de nosotros mismos y el Dios que nos habían propuesto es absurdo, los cristianos nos hemos quedado en el chasis. Ni somos capaces de descubrir las exigencias del evangelio en lo hondo de nuestro ser, ni encontramos razones externas que nos motiven. Hemos quedado en la inopia.

Meditación

Si me doy a los demás hasta consumirme,
¿dónde colocaré los adornos (la gloria) que pretendo alcanzar?
Si estoy pensando en mí mismo, cuando me doy al otro,
¿qué clase de entrega estoy llevando a cabo?
En la medida que sirva a los demás sin esperar nada a cambio,
en esa medida me estaré acercando al ideal cristiano.

Fray Marcos

Comentario – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

(Mc 9, 30-37)

Jesús había advertido claramente a sus discípulos que se cuidaran de la levadura de los fariseos y de Herodes, celosos de su poder y capaces de defender ese poder a costa de todo. Sin embargo, la tentación del poder y la gloria se cierne también sobre la comunidad de los discípulos, y Jesús le sale al paso. Les enseña que así como él renunció a un poder terreno y a una gloria mundana, los discípulos deben también desprenderse de las pretensiones de dominio. Todo deseo de alguna autoridad sobre los demás, debe transformarse en un deseo de servir a todos desde el último lugar.

Resulta grosero que, luego que Jesús anunciara una vez más su muerte y su resurrección, los discípulos, que no lograban entrar en esa lógica de entrega, se pusieran a discutir quién de ellos era el más grande.

Pero Jesús les muestra que en la lógica del Reino el más grande es el que se hace el último, el que sirve. Por eso el niño representa a los preferidos, a los primeros. El discípulo, si quiere ser agradable a los ojos de Jesús, deberá hacerse pequeño como un niño y aparecer ante los demás con la sencillez de un pequeño.

Esta actitud de Jesús es importante, ya que lo diferencia de las autoridades religiosas de su época, preocupadas por su poder y su prestigio social. A ellos no podían interesarles los niños, porque ellos no contaban a nivel social, no opinaban, no tenían dinero, no eran consultados, no tenían peso político. Detenerse ante un niño era perder el tiempo. Pero Jesús prefería precisamente a los que no cuentan.

El Señor quiere que sus discípulos entren en otro estilo de vida, en otra forma de relacionarse. Jesús quiere liberarlos de esa dinámica social donde lo que más interesa es adquirir poder y los políticos buscan simplemente alcanzar el poder o mantenerlo, de manera que la principal preocupación deja de ser la búsqueda del bien común y el servicio a los demás.

Oración:

Cambia mi corazón Señor; sólo tú puedes liberarlo de sus deseos de gloria y de poder, sólo tú puedes sanar su orgullo y hacerlo simple y desprendido como el tuyo. Dame la gracia de amar el último lugar, ese que nadie desearía quitarme”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Unos discípulos torpes, miedosos y ambiciosos

La confesión de Pedro («Tú eres el Mesías»), que leímos el domingo pasado, marca el final de la primera parte del evangelio de Marcos. La segunda parte la estructura a partir de un triple anuncio de Jesús de su muerte y resurrección; a los tres anuncios siguen tres relatos que ponen de relieve la incomprensión de los discípulos. El domingo pasado leímos el primer anuncio y la reacción de Pedro, que rechaza la idea del sufrimiento y la muerte. Hoy leemos el segundo anuncio, seguido de la incomprensión de todos (Mc 9,30-37).

Segundo anuncio de la pasión y resurrección (9,30-31)

La actividad de Jesús entra en una nueva etapa: sigue recorriendo Galilea, pero no se dedica a anunciar a la gente la buena nueva, se centra en la formación de los discípulos. Y la primera lección que les enseña no es materia nueva, sino repetición de algo ya dicho; de forma más breve, para que quede claro. En comparación con el primer anuncio, aquí no concreta quiénes serán los adversarios; en vez de sumos sacerdotes, escribas y senadores habla simplemente de «los hombres». Tampoco menciona las injurias y sufrimientos. Todo se centra en el binomio muerte-resurrec­ción. Para quienes estamos acostumbrados a relacionar la pasión y resurrección con la Semana Santa, es importante recordar que Jesús las tiene presentes durante toda su vida. Para Jesús, cada día es Viernes Santo y Domingo de Resurrección.

Segunda muestra de incomprensión (Mc 9,32)

Al primer anuncio, Pedro reaccionó reprendiendo a Jesús, y se ganó una dura reprimenda. No es raro que ahora todos callen, aunque siguen sin entender a Jesús. Marcos es el evangelista que más subraya la incomprensión de los discípulos, lo cual no deja de ser un consuelo para cuando no entendemos las cosas que Jesús dice y hace, o los misterios que la vida nos depara. Quien presume de entender a Jesús demuestra que no es muy listo.

La prueba más clara de que los discípulos no han entendido nada es que en el camino hacia Cafarnaúm se dedican a discutir sobre quién es el más importante. Mejor dicho, han entendido algo. Porque, cuando Jesús les pregunta de qué hablaban por el camino, se callan; les da vergüenza reconocer que el tema de su conversación está en contra de lo que Jesús acaba de decirles sobre su muerte y resurrección.

Una enseñanza breve y una acción simbólica nada romántica (Mc 9,33-37)

Para comprender la discusión de los discípulos y el carácter revolucionario de la postura de Jesús es interesante recordar la práctica de Qumrán. En aquella comunidad se prescribe lo siguien­te: «Los sacerdotes marcharán los primeros conforme al orden de su llamada. Después de ellos seguirán los levitas y el pueblo entero marchará en tercer lugar (…) Que todo israelita conozca su puesto de servicio en la comunidad de Dios, conforme al plan eterno. Que nadie baje del lugar que ocupa, ni tampoco se eleve sobre el puesto que le corresponde» (Regla de la Congrega­ción II, 19-23).

Este carácter jerarquizado de Qumrán se advierte en otro pasaje a propósito de las reunio­nes: «Estando ya todos en su sitio, que se sienten primero los sacerdotes; en segundo lugar, los ancianos; en tercer lugar, el resto del pueblo. Cada uno en su sitio» (VI, 8-9).

La discusión sobre el más importante supone, en el fondo, un desprecio al menos importante. Jesús va a dar una nueva lección a sus discípulos, de forma solemne. No les habla, sin más. Se sienta, llama a los Doce, y les dice algo revolucionario en comparación con la doctrina de Qumrán: «El que quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos». (El evangelio de Juan lo visualizará poniendo como ejemplo a Jesús en el lavatorio de los pies).

A continuación, realiza un gesto simbólico, al estilo de los antiguos profetas: toma a un niño y lo estrecha entre sus brazos. Alguno podría interpretar esto como un gesto romántico, pero las palabras que pronuncia Jesús van en una línea muy distinta: «El que acoge a uno de estos pequeños en mi nombre me acoge a mí…». Jesús no anima a ser cariñosos con los niños, sino a recibirlos en su nombre, a acogerlos en la comunidad cristiana. Y esto es tan revolucionario como lo anterior sobre la grandeza y servicio.

El grupo religioso más estimado en Israel, que curiosamente no aparece en los evangelios, era el de los esenios. Pero no admitían a los niños. Filón de Alejandría, en su Apología de los hebreos, dice que «entre los esenios no hay niños, ni adolescentes, ni jóvenes, porque el carácter de esta edad es inconsistente e inclinado a las novedades a causa de su falta de madurez. Hay, por el contrario, hombres maduros, cercanos ya a la vejez, no dominados ya por los cambios del cuerpo ni arrastrados por las pasiones, más bien en plena posesión de la verdadera y única libertad».

El rabí Dosa ben Arkinos tampoco mostraba gran estima de los niños: «El sueño de la mañana, el vino del mediodía, la charla con los niños y el demorarse en los lugares donde se reúne el vulgo sacan al hombre del mundo» (Abot, 3,14).

En cambio, Jesús dice que quien los acoge en su nombre lo acoge a él, y, a través de él, al Padre. No se puede decir algo más grande de los niños. En ningún otro sitio del evangelio dice Jesús que quien acoge a una persona importante lo acoge a él. Es posible que este episodio, además de servir de ejemplo a los discípulos, intentase justificar la presencia de los niños en las asambleas cristianas (aunque a veces se comporten de forma algo insoportable).

[El tema de Jesús y los niños vuelve a salir más adelante en el evangelio de Marcos, cuando los bendice y los propone como modelos para entrar en el reino de Dios. Ese pasaje, por desgracia, no se lee en la liturgia dominical.]

¿Por qué algunos quieren matar a Jesús? (Sabiduría 2,12.17-20)

El libro de la Sabiduría es casi contemporáneo del Nuevo Testamento (entre el siglo I a.C. y el I d.C.). Al estar escrito en griego, los judíos no lo consideraron inspirado, y tampoco Lutero y las iglesias que sólo admiten el canon breve. El capítulo 2 refleja la lucha de los judíos apóstatas contra los que desean ser fieles a Dios. De ese magnífico texto se han elegido unos pocos versículos para relacionarlos con el anuncio que hace Jesús de su pasión y resurrección. Es una pena que del v.12 se salte al v.17, suprimiendo 13-16; los tengo en cuenta en el comentario siguiente.   

En el evangelio Jesús anuncia que «el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres». ¿Por qué? No lo dice. Este texto del libro de la Sabiduría ayuda a comprenderlo. Pone en boca de los malvados lo que les molesta de él y lo que piensan hacer con él. «Nos molesta porque se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende, nos considera de mala ley; nos molesta que presuma de conocer a Dios, que se dé el nombre de hijo del Señor y que se gloríe de tener por padre a Dios». En consecuencia, ¿qué piensan hacer con él? «Lo someteremos a la afrenta y la tortura, lo condenaremos a una muerte ignominiosa. Él está convencido de que Dios lo ayudará, nosotros sabemos que no será así». Se equivocan. «Después de muerto, al tercer día resucitará».

Envidias, peleas, luchas y conflictos (Carta de Santiago 3,16-4,3)

Esta lectura puede ponerse en relación con la segunda parte del evangelio. En este caso no se trata de discutir quien es el mayor o el más importante, sino de las peleas que surgen dentro de la comunidad cristiana, que el autor de la carta atribuye al deseo de placer, la codicia y la ambición. Cuando no se consigue lo que se desea, la insatisfacción lleva a toda clase de conflictos.

«El Señor sostiene mi vida» (Salmo 53)

El Salmo se aplica tan bien al justo del que habla la primera lectura como a Jesús. En ambos casos, «insolentes se alzan contra mí y hombres violentos me persiguen a muerte». Pero ambos están convencidos de que «Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida». El Salmo nos invita a acompañar a Jesús cuando piensa en su muerte y resurrección y a acompañar a quienes sufren, no a discutir sobre quién es el más importante.

José Luis Sicre

Lectio Divina – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos

INTRODUCCIÓN

“El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres”.  El Hombre libre, el hombre perfecto, el hombre en plenitud, el hombre ideal, va a caer en manos de hombres inicuos, hombres sin escrúpulos, sin conciencia, sin moral, sin dignidad. El más justo, cae en manos injustas; el más santo, en manos pecadoras; el más honesto, en manos sucias; el que “ha pasado por la vida haciendo el bien” va a caer en manos asesinas. Y todo, ¿por qué? Lo dice muy bien el libro de la Sabiduría en la primera lectura de hoy: “Acechemos al justo que nos resulta incómodo, se opone a nuestras acciones, nos reprende nuestra educación errada”. Las tinieblas no pudieron soportar la luz de su mirada; la oscuridad de la mentira no pudo aguantar la clara y blanca verdad; la envidia y el odio se estrellaron en la roca inquebrantable de su infinito amor

TEXTOS BÍBLICOS

1ª Lectura: Sab.2,12.17-20.        2ª lectura: Sant. 3,16-4,3.

EVANGELIO

Marcos 9, 30-37:

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se entera se, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

REFLEXIÓN

 1.– Atravesaron Galilea, camino de Jerusalén.  Para los judíos del tiempo de Jesús, Galilea era la olvidada, la desconocida, la despreciada. Allí estaban los pobres, los humildes, los mezclados con otras culturas. “Galilea de los gentiles”.  En cambio, para Jesús fue Galilea el centro de su predicación del Reino. Aquella Galilea del lago, de los bellos atardeceres, de las aves del cielo que su Padre alimenta y de los lirios del campo que el mismo Padre viste de belleza, es también la Galilea que acepta con gusto la predicación de Jesús.  Él pasó por las casas y las cosas de los hombres y mujeres de Galilea camino de Jerusalén donde se iba a encontrar con la muerte.  Esto tuvo que ser muy duro para Jesús. También lo es para nosotros, que debemos pasar y sacrificar la Galilea de nuestros sueños e ilusiones; de nuestras vivencias y emociones, camino de Jerusalén donde nos vamos a encontrar con la muerte inexorable. Pero hay una salida: al tercer día resucitaré. La muerte y Resurrección de Jesús en Jerusalén nos ha abierto una puerta a la esperanza que ya nada ni nadie nos puede cerrar.

2.– Jesús se sentó y los llamó. Cuando Jesús “se sienta” es que quiere hablar como Maestro y dar solemnidad a lo que va a decir.  No tiene mucho sentido que, estando en una casa, los llamara.  El verbo griego «phoneo», indica una llamada especial. Tiene relación con la llamada de vocación. Y allí se dice que “los llamó para estar con Él y enviarlos a predicar”. (Mc. 3,14).  Cuando estos apóstoles, mientras Jesús va hacia la muerte, hablan por el camino sobre quién de ellos iba a ser más importante, están demostrando lo lejos que están de las ideas, de los sentimientos, y del Proyecto de Jesús. Por eso quiere acercarlos y darles la gran lección: “Quien quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos”. El que quiera seguir a Jesús ha de montarse en el carro de los perdedores.  Con todo, cometeríamos un grave error si entendiéramos el lenguaje de Jesús como un camino de infelicidad. Por el camino del egoísmo no podremos nunca realizarnos como personas. El ego nunca tiene bastante, es un ser vacío y sin fondo. Si no nos liberamos de él y nos dedicamos a los demás, nuestra vida será frustrante. Servir a los demás y dar la vida por ellos es la única manera de aprovechar la vida.  Jesús tiene razón.

3.– Y acercando un niño, lo puso en medio, lo abrazó y le dijo: el que acoge a un niño como este me acoge a mí.  En el evangelio de Marcos, el niño no aparece, como en Mateo, en clave moral: modelo de humildad, naturalidad, simplicidad. Aquí el niño aparece como un ser que no tiene derechos, que no tiene importancia, que no cuenta, que no es digno de atención, es decir, en situación de inferioridad. Teniendo en cuenta que este evangelista llama “niña” a la hija de Jairo que ya tiene doce años, podría tratarse del muchachito de los recados, el que está siempre a disposición de los mayores. Lo que realmente importa es que Jesús se identifica con él.  “Jesús se identifica con el irrelevante, el que no tiene prestigio, es débil e indefenso, necesita asistencia. La escena presentada por Marcos se parece a la del juicio final” ( Schanackenburg).

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy apegado a la Galilea de esta vida? ¿Creo que con lo que estoy haciendo cada día me estoy preparando para el viaje definitivo?

2.- ¿Siento dentro de mí una llamada íntima, profunda a estar con Jesús? ¿Le creo a Jesús capaz de llenar mi vida? ¿De hacerme plenamente feliz?

3.- ¿De verdad me creo que los pobres, los que no cuentan, los débiles, son un verdadero camino hacia Dios?

ESTE EVANGEIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

Cómo nos gusta, Señor,
estar en el candelero,
ser la admiración de todos,
copar el puesto primero.
No queremos entender
y preguntar nos da miedo.
Sin embargo, ser cristiano
tiene sus “reglas de juego”.
El cristiano sigue siempre
el ejemplo del Maestro.
“Él no vino a ser servido
sino a servir, a ser siervo
Jesús pide a sus amigos
tomar el “último puesto”.
Quien ante Dios, se hace “niño”
es el “primero” en su Reino.
Si pensamos en honores
en  triunfos, en privilegios,
con pesar, nos encontramos
muy lejos del Evangelio.
Nosotros, Señor, con fe,
queremos seguir tu ejemplo:
Dar en servicio de todos
nuestra vida y nuestro tiempo.
Tú, que en el Pan y en el Vino,
te escondes y haces “pequeño”,
haz que, sirviendo, encontremos
nuestro gozo y nuestro premio.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

Saber perder tiempo

1.- Yo no sé si habéis visto películas que expliquen la vida de Jesucristo, mis queridos jóvenes lectores. A mí me ha tocado ver bastantes. Pues bien, una cosa que me choca es que nos ofrecen una imagen de Jesús que siempre tiene prisa, que va por los caminos a galope y con gesto serio. Se plantea, a veces, la cuestión, de si el Señor se había reído alguna vez, ya que en el evangelio no se habla explícitamente de ello. Obviamente que de pequeño, como cualquier bebé, reiría, al recibir las caricias de su Madre, o los gestos, tal vez un poco patosos, de José. De mayor, sin duda, sonrió, que es una manera de mostrar fuera, la felicidad que hay dentro de uno mismo. Sonrió, seguramente, cuando rodeado de adultos, se atrajo junto a sí y abrazó, a aquellos muchachos que puso como ejemplo, de los que se nos habla en la misa de hoy.

2.- He empezado exponiéndoos estas reflexiones, porque al leer los textos, pensándolos para mi mismo y para vosotros, he sacado esas conclusiones. Recordemos ahora que cuando estuvieron en el norte de Israel, dejó las cosas claras, aun a disgusto de Pedro. Si mostró su satisfacción al darse cuenta de que le conocían un poco, se enojó con el apóstol, porque pretendía separarle del camino marcado por su Padre y al que Él siempre era fiel. Eso ocurrió en los parajes de la nueva Cesarea, la llamada de Felipe. La narración evangélica de este domingo se sitúa más al sur, descendiendo ya por tierras galileas, que son paisajes diferentes. Las poblaciones están enclavadas teniendo siempre a la vista la monotonía del lago, que se conocían al dedillo, pues la mayoría de ellos se habían ganado la vida pescando en él. Nada les sorprendía, nada les llamaba la atención, nada les distraía, de aquí que Jesús lo aprovechara para comunicarles sus planes, sus proyectos, sus ilusiones. Aunque en la comarca se encuentren salpicados unos cuantos pueblos, a cortas distancias unos de otros, siempre es posible esconderse un poco en los repliegues de la montaña. No se olvide que el lugar se encuentra junto a una herida del terreno, una gran grieta de la corteza terrestre, que se extiende de norte a sur y que, de cuando en cuando, se irrita, se sacude y se rompe por efecto de algún pequeño o gran seísmo (desde el que sepultó Sodoma y Gomorra, al que hace pocos días, aun de pequeña intensidad, ha asustado a aquellas gentes) pues bien, una tal rugosidad del terreno, permite recogerse en un rincón y hablar, hablar y hablar.

3.- A Jesús no le interesaban los chismorreos, pero sabía que la comunicación más efectiva, la enseñanza que más se recuerda, es la que surge en la conversación entre compañeros, como una confidencia, como un don de la amistad. Es más provechoso comunicar un descubrimiento a un amigo, que desvelarlo en una conferencia magistral. Él, que había prescindido del matrimonio, había escogido la amistad como relación con ellos y con ellas. Porque, no se olvide, que en el grupo iban también mujeres. Ilusionado como estaba, les hablaba de sus ensueños, de lo que esperaba de ellos, mientras que estos no se preocupaban de otra cosa, que de discutir quien era el más importante del grupo ¡que frustración sufriría el Maestro! Pero no se desanimó. Continuó su enseñanza apelando a métodos que hoy en día llamaríamos audiovisuales. Atrajo cabe sí a un chiquillo y lo abrazó. El niño se sentiría satisfecho. Después añadió: quien acoge, a imitación mía y pensando en mí, a un niño de estos, me está acogiendo a mí y está abrazando a mi Padre. En el Reino de los Cielos, se da la paradoja de que el ambicioso, el que pretende sobresalir siempre, el que lo quiere todo para él, es el que no consigue nada. En cambio, quien está dispuesto a desprenderse de todo, es quien sale ganando.

4.- Tampoco olvidéis, mis queridos jóvenes lectores, lo que dice la epístola de Santiago. Vuestra época, nuestros tiempos, son periodos de grandes cambios, de muchas modificaciones. Pero hay cosas que nunca varían. Son las tendencias malas, que surgen sin saber como, ni por donde, de nuestro interior. Son la ambición, la envidia, la codicia, el hedonismo. Si uno las deja fluir, sin controlarlas, lo ensucian todo. Hay que saber dominarlas. A estas inclinaciones, de antiguo se las llama pecados capitales. Quede claro, pues, que por mucho que evolucione la historia, estos “pecados capitales” no desaparecerán, serán siempre los mismos.

Y si no estamos satisfechos de nuestra vida y queremos algo mejor, hay que pedir auxilio a Dios. Pero Él nos da su ayuda para conseguir autentica felicidad, no la satisfacción de ambiciones o egoísmos. ¡Porque, a veces, nos atrevemos a pedir cada cosa, qué pobres de nosotros, si se nos concediera! Dios, que tiene horizontes amplios, sabe que hay ciertas peticiones que no debe atenderlas tal como le llegan, que no puede depositar en nuestras manos, deseos que acarrearían, a la larga, nuestro mal. Como nadie deja que un niño tenga una pistola o juegue con un explosivo, por mucho que lo pida. Si se lo diéramos, en vez de divertirse, lo que le pasaría, es que fácilmente explotaría la herramienta o el artefacto, se haría daño o perdería la vida. Y Dios vela por nosotros, aunque queramos ignorarlo.

Pedrojosé Ynaraja

El servidor de todos

1.- Es constante la enseñanza de Jesús al respecto de la humildad en el servicio de los demás. Ser el servidor de todos, dice el mismo en el evangelio de San Marcos que hemos escuchado hoy. El ser servidor de todos es un objetivo muy repetido por Él. Y está perfectamente –como queda dicho– narrado en el evangelio que leemos hoy. Pero no somos capaces de llegar a ello. O, por lo menos, muy pocos son capaces de entregarse al resto de sus hermanos. Buscamos éxito, singularidad, premios, distinciones. Como máximo, seremos comprensivos y cordiales. Y la mayoría de las veces, ni eso.

¿Es, pues, una utopía el sistema de relaciones humanas que preconiza Cristo? Sin Él, si. Sin contar con su ayuda, desde luego. Jesús ayuda a quienes se le acercan con gran humildad en el mismo trato íntimo con Él. Y de ella surge el deseo de servir al prójimo. Pero es obvio que resulta difícil. El ejemplo del niño, indefenso y alegre, marca la pauta. El niño no está seguro de sí mismo y espera el apoyo de su entorno querido formado por sus padres, por su familia.

2.- No es fácil asumir bondad y humildad en un mundo que busca la distinción, el éxito; que fuerza la competencia hasta situaciones de violencia real. Y, entonces, ahí con la sabiduría que contiene el ordenamiento litúrgico entra a colación el duro texto de la Carta de Santiago. Habla incluso de asesinatos por pura ambición. No es el camino. Cristo nos habla de paz, de amor, de mansedumbre. Ciertamente, de eso hay poco es nuestro entorno. Pero, ¿no es ese el camino del Reino de Dios? ¿No es nuestra obligación hacer lo posible por pacificar nuestras conciencias y nuestro ambiente? En el fondo de nuestros corazones anhelamos la paz, pero hacemos poco por instaurarla. Nuestra revolución reside en cambiar el mundo pacíficamente para llenarlo de amor y de oración.

Ángel Gómez Escorial

No seamos repelentes

Quienes somos mayores recordaremos un personaje creado por el escritor Rafael Azcona, “el repelente niño Vicente”, que apareció en los años cincuenta en la revista La Codorniz. Era un niño insoportable, siempre pulcramente vestido y peinado, engreído y sabelotodo, que utilizaba un lenguaje rebuscado y pedante para dar lecciones a los demás. Este personaje tuvo un enorme éxito hasta el punto de que se popularizó la frase: “Pareces el repelente niño Vicente”, cuando nos encontrábamos ante alguien impertinente y sabihondo.

A la Iglesia como institución, y también a muchos católicos, muchas veces se nos ve como “el repelente niño Vicente”. Y hemos de ser sinceros y reconocer que, muchas veces hemos dado esa imagen: nos hemos considerado como “los buenos” y los otros son “los malos”; nos hemos creído en posesión de la verdad en todo, y la hemos querido inculcar a la fuerza utilizando normalmente un lenguaje ampuloso y rebuscado; nos hemos mostrado muy “pulcros” sobre todo en temas de moral sexual… Y así no es de extrañar que así hayamos provocado reacciones como las que hemos escuchado en la 1ª lectura: nos resulta incómodo… sólo verlo da grima.

Resultamos repelentes porque aparentamos algo que, en realidad, luego no cumplimos tan bien como nos creemos. Porque nos hemos olvidado de que, aunque seamos católicos y oremos y participemos en la Eucaristía, somos pecadores y caemos en la tentación, porque nos ocurre lo que dijo San Pablo: El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. (Rm 7, 19)

Nos olvidamos de que personas buenas las vamos a encontrar en cualquier parte porque todo ser humano lleva en sí la imagen de Dios.

Nos olvidamos de que sólo Cristo es la Verdad, y que esta Verdad no la poseemos en exclusiva, sino que, como indicó el Vaticano II: “Todo esto es válido para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible… en la forma de sólo Dios conocida”. (Gaudium et Spes, 22)

Nos olvidamos de que la fe cristiana no “se inculca” a la fuerza, que la fe se propone, no se impone, y que hay que proponerla con obras y palabras, con el ejemplo. Y esas obras y palabras tienen que ser cercanas y comprensibles para la gente, como hacía Jesús.

Y hay un camino comprensible a todos para proponer la fe, y que Jesús nos ha recordado en el Evangelio: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Si queremos ser “los primeros” a la hora de anunciar y proponer la fe en Cristo Resucitado, debemos abandonar actitudes propias del “repelente niño Vicente”, y adoptar una actitud de humildad y servicio.

Como dice el Papa Francisco, “el servicio puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad. El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la “padece” y busca la promoción del hermano. No se sirve a ideas, sino que se sirve a personas”. (FT 115)

¿Conozco a alguien que parezca “el repelente niño Vicente”? ¿Qué es lo que me provoca rechazo? ¿Reconozco en la Iglesia como institución, y en mí mismo, actitudes del “repelente niño Vicente? ¿Qué me sugiere la frase “la fe se propone, no se impone”? ¿Propongo la fe en Cristo, con obras y palabras, de un modo comprensible para los demás? ¿Cómo evalúo mi actitud de servicio?

En la 2ª lectura, el apóstol Santiago decía: Pedís y no recibís, porque pedís mal. Quizá una de las razones no sólo de la escasa respuesta a nuestro anuncio del Evangelio, sino también del rechazo que tantas veces provoca este anuncio, es que estamos pidiendo que los otros “se conviertan”, y lo que deberíamos pedir es convertirnos nosotros a una actitud de verdadero servicio, para poder proponer la fe como Jesús hacía y nos pide que continuemos haciéndolo: desde el servicio.

El verdadero discípulo y apóstol del Señor necesita cambiar la actitud del “repelente niño Vicente” por la del servicio. Esto nos librará de falsas presunciones porque, como escribió Benedicto XVI, seremos conscientes de “no ser más que un instrumento en manos del Señor. Haremos con humildad lo que le es posible y, con humildad, confiaremos el resto al Señor. Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros. Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podemos y hasta que Él nos dé fuerzas” (Dios es amor, 35)