Homilía – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

1

El lenguaje de la Palabra a veces es muy duro

En la Biblia hay páginas duras, y expresiones que pueden extrañarnos. Tal vez somos demasiado blandos, y preferimos fijarnos en aquellas palabras que consuelan, que nos dan esperanza o que acarician nuestros oídos.

Pero hoy, Santiago amenaza a los ricos y les dice que pueden llorar y lamentarse, porque les vienen días malos. Nada menos que los compara con los animales de matanza: “os habéis cebado para el día de la matanza”.

No son más suaves las palabras que dirige Jesús al que escandaliza a los débiles: “más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar”. O las palabras con que parece exigir a sus seguidores que se “corten la mano” o el pie o el ojo si les son ocasión de escándalo y tentación.

La Palabra de Dios es exigente. No es bueno que intentemos “echar agua al vino” para dulcificarla. O ir seleccionando las páginas que nos gustan e irnos fabricando un estilo de vida a nuestra medida.

 

Números 11, 25-29. ¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!

En el libro de los Números, que se llama así porque se inicia con los censos

de todas las tribus, se nos cuenta el episodio de los dos que profetizan sin haber recibido oficialmente encargo para ello.

Moisés, agobiado por el excesivo trabajo, elige un consejo de setenta “ancianos” o personas sensatas que colaboren con él. Hay dos que no acuden a la reunión de investidura oficial de esos “consejeros”. Pero el Espíritu también “se posó sobre ellos” y ellos “se pusieron a profetizar en el campamento”.

Ante la protesta de Josué, el discípulo preferido, responde Moisés con una elegante apertura de visión: “ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta”.

El salmo confiesa que “la voluntad del Señor es pura y estable”, pero sus siervos no siempre responden bien: “¿quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta”. Entre otras faltas está el orgullo que pueden sentir: “preserva a tu siervo de la arrogancia… así quedaré libre del gran pecado”.

 

Santiago 5,1-6. Vuestra riqueza está corrompida

Hoy leemos por última vez la carta de Santiago en esta serie dominical. Es un pasaje muy duro contra los ricos.

“Vuestra riqueza está corrompida”. Los ataca porque es una riqueza que “han ido amontonando” a base de injusticias: “el jornal defraudado a los obreros (del campo) está clamando contra vosotros”. Dios escucha estos gritos de los segadores defraudados y hará justicia: “os habéis cebado para el día de la matanza”.

 

Marcos 9, 38-43.47-48. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si tu mano te hace caer, córtatela

El mensaje más subrayado es el episodio del “exorcista por libre”, preparado en la primera lectura con un hecho muy semejante.

La acusación de Juan ante Jesús es paralela a la de Josué ante Moisés. También son parecidas la respuesta de Moisés y la de Jesús, en el sentido de no prohibir a nadie ejercer su profetismo aunque no esté exactamente dentro del grupo de los elegidos.

Además, en la página que leemos hoy, Marcos ha reunido otra serie de enseñanzas: a) el vaso de agua dado a sus seguidores no quedará sin recompensa, como nos recuerda el examen final: “me disteis de beber”; b) las duras palabras contra los que escandalizan a los débiles, y c) la radical recomendación de “cortarnos” la mano, o el pie o el ojo si nos tientan y nos hacen caer.

2

¿Tenemos el monopolio del Espíritu?

Los dos episodios paralelos nos enseñan plásticamente la amplitud de corazón de Moisés y de Jesús en contraste con la estrechez de miras de Josué y de Juan.

El Espíritu, que antes parecía ser exclusiva de Moisés, el gran líder del pueblo, se “reparte” ahora entre los 70 ancianos, incluidos los dos que no acudieron a la reunión. El “exorcista por libre” de que habla Marcos parece tener el Espíritu de Dios, porque es eficaz en liberar del maligno a los posesos, cosa que, por cierto, los apóstoles no habían logrado hasta que llegó Jesús de vuelta del monte de la transfiguración. En verdad, el Espíritu sopla donde quiere, está lleno de sorpresas y no sigue necesariamente nuestros programas.

Josué interviene decidido: “señor mío, Moisés, prohíbeselo”. Juan hace lo propio: “se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. Juan, junto con su hermano Santiago, ya había tenido otra intervención intransigente, cuando pretendía hacer bajar fuego sobre la aldea que en Samaría no había querido recibirles, cosa que les valió una reprimenda de Jesús.

La respuesta de Moisés fue de un corazón magnánimo: ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor! Y la de Jesús, también: “no se lo impidáis: uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí: el que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

Puede muy bien pasar, y ha pasado más de una vez, en la historia de la Iglesia, que los católicos hayamos creído poseer el monopolio de la verdad y del Espíritu. Basta leer la declaración conciliar “Nostra Aetate”, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, para ver el cambio que supone la nueva visión. Lo mismo sucede con el nuevo clima de diálogo y mutua comprensión que se quiere crear entre las diversas profesiones cristianas y la Iglesia católica en la “Unitatis Redintegratio”.

Pero puede seguir viva la tentación de este monopolio en otros ámbitos. Como en la relación entre el clero y los laicos, entre los mayores y los jóvenes, entre los hombres y las mujeres, entre los “encargados” de un ministerio en la comunidad y los que no lo son. Unos y otros a veces queremos usurpar el Espíritu, monopolizar la verdad y la razón para nosotros. Tendemos a cerrar el grupo y formar un “ghetto” eclesiástico, rechazando instintivamente a los que “no son de los nuestros” y los movimientos e ideas que no tenemos controlados nosotros.

A veces es por celos, si vemos que otros tienen más éxito que nosotros: ¿es extraño que un ministro ordenado tienda a la suspicacia si ve que los laicos tienen iniciativas, o una persona mayor si observa cómo los jóvenes muestran creatividad? No nos resulta fácil reconocer que hay otros que tienen muy buenas ideas y consiguen más éxito que nosotros. En esto fue modélico Pablo, cuando en sus viajes se encontró con aquellos dos laicos que también se dedicaban a la evangelización: Aquila y Priscila. Lejos de incomodarse con ellos, o sospechar de su ortodoxia, les ayudó con sinceridad.

No somos los únicos buenos. No somos dueños del Espíritu. Deberíamos ser más fáciles en reconocer los valores que tienen otros y alegrarnos de sus éxitos. Porque no se trata de que el bien lo hagamos nosotros, para que nos aplaudan, sino de que el bien se haga, sea quien sea quien lo haga, y que este mundo se vea en efecto libre de sus demonios y opresiones.

 

El escándalo de fuera y el de dentro

En la página de hoy, Marcos, además de traernos la promesa de que no quedará sin recompensa un vaso de agua dado en nombre de Jesús, reproduce sus duras palabras referentes a los escándalos.

“Escándalo” es una palabra griega que significa “tropiezo” o “trampa”. Escandaliza, por tanto, quien hace caer a otro.

En un primer sentido, habla de las personas que escandalizan a los más débiles. Lo de “pequeñuelos” se podría traducir como los “sencillos”, “los débiles”, aunque se personifique en los niños. Para Jesús es de las cosas peores que uno puede hacer: servir de tropiezo para que caigan otros, no teniendo en cuenta su fragilidad. Es como cuando Pablo se preocupaba de que, en la comunidad de Corinto, los “fuertes” de conciencia no dañasen con su mal ejemplo a los “débiles”, en el asunto de comer las carnes inmoladas a los ídolos.

Es muy dura la amenaza de Jesús contra los escandalosos: “más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino (que era una piedra bien grande) y lo echasen en el mar”. No todas las palabras de Jesús son dulces y consoladoras. Aquí se pone bien serio contra los que hacen caer a los débiles.

A continuación habla del escándalo en otro sentido. El que viene de dentro de nosotros mismos, “si tu mano te hace caer (por tanto, si te escandaliza), córtatela: más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al infierno”. Lo mismo dice de “si tu pie te hace caer”, o “si tu ojo te hace caer”. Es una concretización de tres direcciones de nuestra persona: la mano que actúa, el pie que dirige, el ojo que ve y desea.

Aquí se ve qué exigente es Jesús para con los que le quieren seguir. Claro que no son ni la mano ni el pie ni el ojo los que nos “hacen caer”, sino la intención y el corazón. Pero es un buen modo de decir que no valen las medias tintas, que hay que “cortar por lo sano”, que hay que evitar las ocasiones para no caer en la tentación, que tenemos que saber renunciar a cosas que nos gustan pero nos llevan a la perdición. Como el jardinero que sabe podar a tiempo para purificar y dar más fuerza a la planta. O el cirujano que decide operar y cortar para asegurar la vida. El seguimiento de Cristo exige radicalidad: como cuando él le propuso al joven rico que vendiera todo, o cuando dijo que el tesoro escondido merecía venderlo todo para llegarlo a poseer, o cuando afirmó que el quiere ganar la vida la perderá…

 

Vosotros, los ricos, llorad

A lo largo de toda la carta, Santiago muestra que no tiene ninguna simpatía por los ricos.

No es que ni para él, ni en general para el NT, toda riqueza sea mala. En todo caso, dependerá de cómo se usa: por ejemplo, el rico Epulón que describe Jesús en su parábola, no se condena porque es injusto, sino porque no ha querido darse cuenta de que a la puerta de su casa tiene un pobre hambriento.

En el caso de Santiago, sí son injustos los ricos de que habla: han “defraudado el jornal a los obreros que han cosechado sus campos”. Los gritos de esos obreros que protestan llegan hasta “el oído de Señor”.

Este sí que es uno de esos escándalos que no puede dejar tranquilo a ninguna persona de bien: la injusticia social de los que están satisfechos de sí mismos, y que tal vez para vivir en ese lujo han pasado por encima de los demás. Esto es lo que provoca las tremendas y crecientes desigualdades entre ricos y pobres.

Por eso, las invectivas de Santiago contra esta clase de ricos son directas y bien fuertes: “vuestra riqueza está corrompida”, “habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer”, y con ello “os habéis cebado para el día de la matanza”. La comparación con los cerdos, a los que se ceba para luego matarlos, es evidente y nada suave.

Es una llamada a que, ante todo, nosotros mismos no caigamos en la misma tentación de una “riqueza” mal ganada e injusta. Y, por otra parte, a que la Iglesia no deje de denunciar las injusticias y de invitar a los países ricos a buscar un mayor equilibrio en la distribución de los bienes de la tierra. Cosa que debe empezar ya en nuestro nivel doméstico, porque todos tenemos algo que compartir con los que tenemos al lado.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B