Comentario – Martes XXV de Tiempo Ordinario

(Lc 8, 19-21)

Jesús no desprecia a su familia, e invita a los demás a no olvidarse de honrar a los padres (Mc 7, 1-13); pero no quiere dejar de mostrar que la fe crea también lazos familiares entre nosotros, que cuando encontramos a Dios como Padre se rompen las paredes del círculo familiar para abrir el corazón también a otros que pasan a ser verdaderamente hermanos.

El texto de Lucas 2, 41-51 muestra que Jesús respetaba a María y a José, pero que también debía abandonar esa intimidad de su pequeña familia para abrir su misión a todo el pueblo, porque esa era la voluntad del Padre que él venía a cumplir.

La expresión «hermanos» designaba en el lenguaje de aquella época a cualquier pariente próximo: tíos, primos, etc. Por eso la expresión «tu madre y tus hermanos» indicaba al conjunto de su círculo familiar más cercano.

El evangelio de Juan enseña que la madre de Jesús, que siempre lo buscaba, en realidad debía cumplir una misión suprema junto a él en la cruz. Allí sí, Jesús volvería a la intimidad con su madre para realizar juntos la suprema voluntad del Padre (Jn 2, 4; 19, 25-27). En la cruz María alcanza su mayor fecundidad, porque uniéndose a Cristo en su pasión, con una espada atravesando su corazón (Lc 2, 35), ella se convirtió en madre de todos los discípulos. Jesús, en el momento más importante de su vida, cuando nos estaba redimiendo con su sangre, se detuvo a mirar a María para decirle: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19, 26). Juan, que nos representaba a todos, la aceptó como madre.

De este modo, los que tenemos un mismo Padre por la fe, y así formamos parte de una única familia, hemos recibido también una madre común, la madre que Jesús quiso compartir con nosotros.

Oración:

«Señor, ayúdame a descubrir y valorar la nueva familia que me regalas, y concédeme que pueda vivir en familia mi relación contigo, que no me evada en una fe individualista, sino que reconozca a los hermanos que me has regalado».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día