Comentario – Miércoles XXV de Tiempo Ordinario

(Lc 9, 1-6)

Jesús vuelve a llamar a los apóstoles y los envía de dos en dos, con lo cual se remarca el aspecto comunitario de la misión. En esta tarea Jesús capacita a los que envía confiriéndoles poder no sólo para predicar, sino también para liberar a los hombres de sus males más profundos.

Jesús quería algo más en sus discípulos: una vida desprendida y desinteresada; para que así como en Jesús se unieron la gloria y la pequeñez, eso mismo se reflejara en sus discípulos: revestidos de su poder, pero no apoyados en riquezas ni seguridades de este mundo, libres frente a los bienes y a la apariencia, dependiendo de la generosidad de los demás, viviendo en plena solidaridad con los más pobres y abandonados.

Debían dirigirse a todos los ambientes, pero evitando que los contagiaran las malas costumbres y la indiferencia de algunos lugares. Por eso Jesús los invitaba a sacudirse hasta el polvo que les quedara en las sandalias cuando en algún lugar la Palabra fuera despreciada. Pero este gesto no es sólo una metáfora. De hecho, Pablo lo realizaba para recordar mejor la exhortación del Señor y no perder el entusiasmo evangelizador por las contrariedades del mundo (Hch 13, 51).

El encuentro con Cristo tiene que plasmarse en el cumplimiento de una misión; y no existe un creyente que no tenga una misión que cumplir. Por eso es bueno que cada mañana nos preguntemos el “para qué” del día que comienza, que recordemos cuál es la misión que el Señor espera que cumplamos a lo largo del día. Las peores angustias e insatisfacciones se producen cuando uno no tiene un motivo para entregarse, para trabajar, para luchar, y entonces hay que recordar, que también a través de las pequeñas cosas, podemos vivir la profunda satisfacción de estar cumpliendo una misión. Pero eso no se inventa de golpe, no se improvisa; se va preparando con la oración y con las pequeñas opciones de cada día.

Oración:

“Señor, toma mi vida y realiza en ella esa paradoja de tu gloria y tu poder unidos a la humildad y a la pequeñez. Dame tu gracia, Señor, para entregarte todos mis deseos de poder, de prestigio y de dinero, para apoyarme sólo en tu poder y en tu amor, y así cumplir la misión que tú me confias”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día