Comentario – Jueves XXV de Tiempo Ordinario

(Lc 9, 7-9)

En el relato de su evangelio, Lucas hace una interrupción para hablar de Herodes. No se trata de Herodes el grande, que aparece en la época del nacimiento de Jesús y en la matanza de los niños, sino de su hijo Herodes Antipas.

Este Herodes Antipas era amigo de Juan el Bautista y lo escuchaba admirado; pero eso no impidió que lo encarcelara cuando la presencia del Bautista comenzaba a afectar sus intereses personales (Lc 3, 19-20).

Ahora, por lo que escuchaba decir acerca de Jesús, Herodes no podía evitar asociarlo con Juan el Bautista, y quería verlo. Pero esto no significa que hubiera nacido en él algún arrepentimiento o que su corazón se estuviera abriendo a la invitación a la conversión, de Juan y de Jesús. De hecho Lucas nos cuenta que buscaba a Jesús para matarlo (13, 31-32); y luego nos narra (23, 8) que Herodes se alegró mucho cuando le llevaron a Jesús, pero el motivo de su alegría se debe a que «esperaba verlo hacer algún milagro». Como Jesús no accedió a sus deseos y ni siquiera contestó sus preguntas, comenzó a tratarlo con desprecio y burlas (23, 11). Así se manifiesta que su interés por Juan el Bautista y por Jesús sólo consistía en su afán de conocer gente interesante y presenciar prodigios, pero sólo en la medida en que no contrariaran sus intereses personales y no cuestionaran su vida.

Lucas evita narrar detalladamente la historia de la muerte de Juan el Bautista, pero no quiere dejar de mencionar a Herodes en estos textos. Esta presencia de Herodes nos invita a pensar si nuestro corazón está verdaderamente abierto a Jesús, permitiéndole que cuestione nuestra vida, o si nuestra fe consiste sólo en un deseo de ver maravillas, pretendiendo que Jesús esté al servicio de los propios caprichos.

Oración:

«Jesús, no quisiera que tú, mi Señor y mi Salvador, seas sólo un apéndice en mi vida, una figura llamativa, un profeta milagroso al servicio de mis caprichos. Ayúdame a abrir mi corazón a tu Palabra para que me deje interpelar por ella y acepte cambiar mi vida».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día