Creyentes y acogedores

1.- Si el domingo pasado el Señor nos invitaba a ser los primeros en servir, hoy a una con el Evangelio, intuimos dos indicaciones en nuestro caminar como cristianos:

–Reconocer el bien (venga de donde venga y lo haga quien lo haga)

–Huir de aquello que pueda herir sensibilidades

2.- Dios, nos lo recuerda el Vaticano II, no es un coto cerrado o un privilegio de unos pocos. Nosotros, y le damos gracias por ello, hemos tenido la suerte de conocerlo a través de la Iglesia; lo escuchamos y lo meditamos en la Palabra; lo saboreamos en la Eucaristía. ¡Cuántas veces no lo hemos sentido vivo y operante en diversos momentos, aquí, en esta gran familia que es nuestra iglesia universal!

Por cierto, al decir Iglesia Universal, estamos en consonancia, y damos un acorde perfecto, con el evangelio que acabamos de escuchar. El término universalidad define, perfectamente, lo que Jesús quiere y desea de nosotros: buscar más lo que nos une, que aquello que nos separa.

No creo que nos encontremos en ese cerrazón o suspicacia que el evangelio denuncia. La mayoría hemos sido educados en la tolerancia o en el respeto a los demás y, precisamente por ello, tal vez sufrimos más por el hecho de que hermanos nuestros no descubran que, la fuente de la bondad está en Dios, y no por el hecho en sí, de que hagan o dejen de hacer obras buenas.

No hay peligro de clasificación en bandos. Debiéramos de interrogarnos el por qué no hay muchísima más gente dispuesta a hacer el bien; a pregonar y defender la justicia; a calmar los ánimos de un mundo que se debate y se desangra en guerras ideológicas o económicas.

Sí, amigos. Esa es la gran interpelación que, tal vez el evangelio de hoy, nos suscita: ¿Por qué no hacemos más, y a más gente, el bien? ¿Por qué no se orienta y se educa – desde la universidad o desde el colegio- al creyente y no creyente, al agnóstico o al ateo, a encauzar esfuerzos, medios y creatividad hacia el bienestar de los demás y no solamente hacia el propio?

2- .Recientemente aparecía en la prensa un informe: “ con todo lo que parece, sólo un pequeñísimo porcentaje de los jóvenes, están comprometidos con una causa de promoción social”.

No seamos ilusos. A menor vivencia religiosa existe un serio peligro de tibieza a la hora de ejercitar la solidaridad. Lo cual, por supuesto, no significa que siempre –los de casa- lo forjemos todo santo y bueno y, los de fuera, todo mal.

Hoy no podemos permanecer con los brazos cruzados ante la que nos está cayendo. El fenómeno de la inmigración (en España por lo menos); el SIDA; la soledad en la Tercera Edad; la pobreza (vergüenza para el primer mundo) y otras tantas enfermedades modernas, nos exigen no vivir de espaldas a esa realidad. El mayor escándalo que podemos ofrecer a una sociedad que vive, mayormente, indiferente al sufrimiento ajeno, es involucrarnos de lleno con el estilo de vida que Jesús nos dejó. ¿Y qué estilo de vida nos legó? Estar donde los poderosos, los ricos, los magnates, los entendidos o los sabelotodo huyen: en el grito de los más pobres.

¿Qué los demás hacen el bien? ¡Bendito sea Dios! Pero, que de vez en cuando, se note un poco más que lo hacen.

3.- Hoy damos gracias al Señor por muchas cosas. Sobre todo (en el inicio de este nuevo curso pastoral) por el hecho de estar construyendo su Reino en la medida de nuestras posibilidades; unos lo harán desde la música, otros desde la catequesis o como sacerdotes, otros integrados en distintos movimientos eclesiales, algunos más apoyando el abundante campo social que la iglesia tiene y cuida, otros como animadores de la liturgia o en las diferentes tareas pastorales. ¡No caigamos en la tentación de pensar que “lo nuestro” es lo único válido ante los ojos de Dios, o la panacea ante los retos que nos plantea la nueva evangelización.

Lo verdaderamente importante es sentirnos insertados en Cristo y, por lo tanto, huir de todo desprecio a lo que –otros hermanos – realizan en diferentes tareas a las nuestras.

En definitiva, lo del evangelio de hoy, “quien no está en contra nosotros, está a favor nuestro”.

¡Otro pelo nos luciría si, en vez de mirar lo que los demás hacen, hiciésemos un esfuerzo renovado y redoblado por vivir y enseñar aquellos caminos que conducen a la auténtica felicidad, al amor y a la alegría que produce el encuentro personal con Jesucristo!

4.- AYÚDAME, SEÑOR, A MIRAR CON RESPETO

Ayúdame, Señor, a mirar con respeto
las cosas que existen a mi alrededor
las iniciativas que, otras personas, las crean con esfuerzo y valor
Ayúdame, Señor, a mirar con agrado
a descubrir que, todo lo que hago, es inspiración tuya
y, aquello que los demás promueven, puede ser signo de tu presencia.
Ayúdame, Señor, a mirar con amor:
a ir al fondo del tesoro más valioso
a sentirme tan cerca de ti
que, todo, lo estime poco comparado contigo.
Ayúdame, Señor, a expulsar de mi interior
los espíritus inmundos que me impiden vivir en paz conmigo mismo.
Ayúdame, Señor, a no apropiarme de tu nombre exclusivamente
a dejar que, otros, puedan descubrirte y entrar por la gran puerta de tu salvación
a reconocer que, otros, están en el camino del evangelio por sus obras y palabras.
Ayúdame, Señor, a no sentirme peor ni mejor que nadie
a disfrutar de mi amistad contigo
a no poner etiquetas de “estos son buenos” o “estos son malos”
Ayúdame, Señor, a no encerrarme en mi pequeño mundo
a abrirme, sin miedo ni complejos, a los que puedan enseñarme tu recto camino
Ayúdame, Señor, a no monopolizar mi trato contigo
a valorar otras vertientes evangelizadoras que, a mí, me puedan parecer estériles.
Ayúdame, Señor, a descubrir en todas ellas
los signos de tu presencia divina.
Ayúdame, en definitiva, Señor,
a no considerar que, lo mío, es lo único que vale
y, aquello que los demás realizan, es despreciable.
Ayúdame, Señor.

Javier Leoz