«No sabéis de qué espíritu sois»

1. – Por mucho que el tiempo pase no es posible olvidar el amor y la entrega de la Madre Teresa de Calcuta. Y así hoy yo quiero haceros presente la escena de un barracón de madera con camastros a ambos lados y sobre ellos seres escuálidos, que milagrosamente viven. De rodillas, junto a uno de ellos, una pequeña mujer con el rostro lleno de arrugas, da a aquel moribundo lo único que le puede dar cariño y amor. La madre Teresa recogía a los moribundos no para bautizarlos, sino para despedirlos de este mundo rodeándoles de amor humano, a través del que se vuelca sobre ellos el infinito amor de Dios. El funeral de cada uno sé hacia –y sé hace—según su religión. Y es que la Madre Teresa supo rezar el Padre Nuestro dando a ese NUESTRO toda la universalidad que Jesús le dio

2. – “No es de los nuestros”. Increíble estrechez de miras de un San Juan joven, el mismo Juan que, con Santiago, iba a pedir a Jesús que hiciera llover fuego del cielo sobre una aldea que no los recibe. Y la contestación de Jesús es magistral: “No sabéis de que espíritu sois”

No sabemos de qué espíritu somos cuando estrechamos las fronteras de la bondad y el amor a la estrechez de “los nuestros”, de nuestra Iglesia Católica. El Espíritu de Dios no es de nadie. Es libre de soplar donde quiera y sobre quien quiera. Ese Dios es un “nosotros” que significa “todos”. Padre Nuestro. Padre de Todos.

3. – Y cuando ese “nuestro” se empequeñece a la medida de un grupo sectario, que no admite otros credos, y que se emplea abiertamente o solapadamente todos los medios a su alcance para ahogar en el corazón de su Fe, ridiculizando a la Iglesia, o impidiéndole el desarrollo de esa Fe por la Educación, ese Padre Nuestro se muestra terrible: “a esos tales más les valiera ser arrojados al fondo del mar con una piedra de molino al cuello” Dios, Padre de todos, detesta ese “nuestro” sectario.

4. – Y cuando ese “nuestro” se reduce a un “mío” y solo “mío” y damos a los hermanos lo que es suyo. Esa riqueza amasada con pobreza ajena que se nos pudre en las manos y ese mal olor llega ante Dios Padre de Todos, que tiembla de ira como Señor de los Ejércitos. Dios, Padre de todos odia ese “mío” egoísta.

Y cuando por egoísmo las cosas se nos pegan a la piel, a la carne, al corazón, como están pegados los miembros del cuerpo a nosotros, nos dice Jesús que las arranquemos de nosotros aunque duela como arrancar un pie, una mano, un ojo. Y pegados a nosotros puede estar un amigo o una amiga; un vicio, un odio arraigado en el corazón.

José María Maruri S. J.