Vísperas – San Vicente de Paúl

VÍSPERAS

SAN VICENTE DE PAÚL, Presbítero

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Señor con alegría
unidos a la voz del pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Soy ministro del Evangelio por el don de la gracia de Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en su tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua.

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor.

El que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Soy ministro del Evangelio por el don de la gracia de Dios.

SALMO 111:

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos,
su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor,
su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.

La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Mis ovejas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mis ovejas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

LECTURA: 1P 5, 1-4

A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

R/ El que entregó su vida por sus hermanos.
V/ El que ora mucho por su pueblo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis», dice el Señor.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente diciendo:

Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que, por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
— haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor.

Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, con Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
— santifica, por su intercesión, a tu Iglesia con una purificación continua.

Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los dirigiste,
— llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo.

Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores
— no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas para que nadie las arrebate de tu mano,
— salva a los difuntos, por quienes entregaste tu vida.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, que dotaste de virtudes apostólicas a tu presbítero san Vicente de Paúl, para que entregara su vida al servicio de los pobres y a la formación del clero, concédenos, te rogamos, que, impulsados por su mismo espíritu, amemos cuanto él amó y practiquemos sus enseñanzas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes XXVI de Tiempo Ordinario

1.- Oración introductoria.

Señor, en este día te suplico que me des “alma de niño”. Que mi único tesoro seas Tú,  que no ambicione ni riquezas ni poder, ni gloria de este mundo. Yo sólo quiero ser importante por todo lo que Tú me das; y más importante todavía por lo feliz que vivo totalmente despreocupado de mis cosas, incluso de mí mismo. Como un niño me siento feliz en tus manos y todo lo espero de Ti.

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 9, 46-50

En aquel tiempo se suscitó una discusión entre ellos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor». Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros». Pero Jesús le dijo: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por vosotros».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

El ansia de ser el mayor entre los otros, de dominarlos, de disponer de ellos, responde a una inclinación muy fuerte, muy arraigada en el corazón del hombre, también en el de los discípulos. A veces, el ansia de dominar se tiene escondida o se disimula tras una máscara. Los dominadores de los pueblos se hacen llamar «bienhechores» .Por eso hay que estar muy alerta para no dejarse dominar por este mal que puede arruinar a las personas. Hay que desenmascararlo a tiempo. Cuando ha habido un movimiento sísmico y pasan los técnicos para comprobar el estado de las viviendas que han permanecido en pie, lo que les interesa es saber cómo ha quedado dañada la “estructura del edificio”. Si ha sido afectada, no cabe remodelación, hay que tirarlo del todo. Según el evangelio, cuando un discípulo suyo, -sea sacerdote, obispo, o Papa- está tocado de este  mal y quiere ser “el más grande” para así dominar a los demás, debe desaparecer, porque constituye un grave peligro para todo el edificio de la Iglesia.  Y ¿por qué Jesús ha sido tan exigente en este punto?  Jesús, el más grande, que fue entregado en manos de los hombres a fin de que dispusieran de él, trastorna todas las normas. Los pequeños vienen a ser los mayores, los humildes se convierten en señores, los dominadores se hacen esclavos. Esta revolución de los corazones tiene lugar en nombre de aquel que, siendo Hijo de Dios, inició aquí en la tierra una escalada de “descenso”. Y no puede tolerar que, entre los suyos, se de una “escalada de ascenso”.

Palabra del Papa.

“Jesús enseña a los apóstoles a ser como niños. Los discípulos peleaban sobre quién era el más grande entre ellos: había una disputa interna… el carrerismo. Estos que son los primeros obispos, tuvieron esta tentación. ‘Eh, yo quiero ser más grande que tú…’. No era un buen ejemplo que los primeros obispos hagan esto, pero era la realidad. Y Jesús les enseñaba la verdadera actitud, la de los niños. La docilidad, la necesidad de consejo, la necesidad de ayuda, porque el niño es precisamente el signo de la necesidad de ayuda, de docilidad para ir adelante… Este es el camino. No quién es más grande. Los que están más cerca de la actitud de un niño están más cerca de la contemplación del Padre”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 2 de octubre de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.-Propósito. En este día voy a poner mi mirada en lo pobre, lo pequeño, lo humilde y sencillo que me ocurra en este día.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Señor por las enseñanzas de este día. Nunca me había parado a pensar en lo peligroso que es el “virus” de la autocomplacencia, del querer ser más, del querer dominar a los demás. He comprendido muy bien que el verdadero camino para ir al Padre eres Tú; y que el verdadero camino para ir a Ti es “un niño”, un niño  que se siente seguro no en sí mismo sino en su papá. El niño sabe que tiene unos pies muy frágiles y se puede caer; pero también sabe que su padre tiene unos brazos muy fuertes que le sostienen. 

Ya no son dos, sino una sola carne

En el camino, simbólico más que geográfico, hacia Jerusalén, sitúa Marcos varias enseñanzas de Jesús a sus discípulos. El evangelio de hoy recoge dos temas inconexos: El tema del divorcio y la actitud de Jesús ante los niños. Jesús  abraza y bendice a los niños, poniéndolos como modelo de acogida al Reino, que requiere la confianza, sencillez y gratuidad de un niño. Nuestra reflexión se centrará en el primer tema, la visión de Jesús sobre sobre el amor y fidelidad en el matrimonio. Doctrina  candente y difícil que tenemos que presentar hoy con delicadeza y firmeza a la vez.

La segunda lectura, de la carta a los Hebreos, va dirigida a los cristianos provenientes del judaísmo, que parecen cansados y con cierta añoranza por lo que han dejado: el templo, el sacerdocio, los sacrificios, la ley de Moisés. La carta les exhorta  a perseverar en su fe y les va demostrando que Jesús es superior a Moisés y a todas las instituciones del judaísmo.

La primera lectura del Génesis, resalta que la soledad del varón no se llena con las cosas o el dominio de la naturaleza, sino con la mujer, con la que llegara a ser “una sola carne”, a amarla como a sí mismo.

En el Evangelio, los fariseos le preguntan a Jesús sobre los motivos de repudio del varón a su mujer. Jesús no entra en las respuestas más o menos permisivas o rigoristas de los rabinos.  Recuerda, contra lo que permitía la ley de Moisés, el proyecto y voluntad originaria de Dios. Cita literalmente Gen 2,14: “serán una sola carne… lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Se trata un proyecto de comunión personal, de igualdad entre el hombre y la mujer, de complementariedad y mutua entrega sin imposición ni sumisión, que contrasta con la situación de inferioridad que, en tiempos de Jesús, tenía la mujer respecto al hombre. Jesús rompe con la interpretación patriarcal y machista por la cual el hombre (que no la mujer) podía despedir a la mujer si se cumplían unos requisitos. Propone un estilo de vida alternativo que sueña, para las relaciones humanas, la calidad de los días de la creación.

Jesús no ignora lo difícil de una relación de pareja o el clima insoportableal que pueden llegar ni el sufrimiento al que están sometidos, en esos casos, los hijos y los propios esposos. Pero vuelve sus ojos al proyecto originario de Dios. Proyecto que vivido en la fe se convierte en sacramento, signo vivo del amor fiel de Cristo a su Iglesia, que debe ser vivido con fidelidad, fecundidad y unidad entre los esposos.

No se trata de un precepto legal sino de un “horizonte de mira” con el que funciona (quien ha tenido la inefable experiencia de) el seguimiento de Jesús. El texto de hoy es evangelio, buena noticia de felicidad y de salvación. No impone un yugo sino que pretende liberarnos del egoísmo; nos anuncia que la fidelidad es posible porque el amor es posible. ¡Hemos creído en el amor! Esa es la Buena Noticia que hoy se nos anuncia y que la Iglesia está llamada a predicar.

Hoy el divorcio es una realidad socialmente asumida.España tiene una Ley de Divorcio desde 1981. En nuestras parroquias hay cada vez más personas que, una vez fracasado su primer matrimonio, se han vuelto a unir civilmente o han formado una pareja de hecho¿Cuál ha de ser nuestra postura  cristiana ante estas parejas unidas por un vínculo que la Iglesia no acepta?                                                  

Nuestra actitud no se puede reducir a una condena fácil. No basta defender teóricamente la indisolubilidad matrimonial y predicar a los católicos que no pueden acogerse a la ley del divorcio.

El divorcio ha sido una salida, sobre todo, para situaciones insostenibles(y en las que están implicados con frecuencia hombres y mujeres que no comparten la fe cristiana)pero no es menos cierto que ha generado nuevos sufrimientosen muchos esposos e hijos, por más que se quiera ocultar o trivializar la realidad.

Y con la legitimación social se corre el riesgo de que el divorcio se vaya convirtiendo en una solución a la que se acude cada vez con más facilidad y ligereza en cuanto aparece la menor dificultad o cansancio, sin hacer esfuerzo alguno por lograr una armonía mayor o la reconciliación. Con lo que se hace realidad lo que en psicología se denomina “el auto cumplimento de la profecía”.

El divorcio no podrá ser nunca meta o ideal del matrimonio. Incluso el que no comparte la visión evangélica del matrimonio ha de reconocer que en todo amor verdadero se encierra una nostalgia de permanencia y una exigencia de fidelidad.

Para el creyente el amor y fidelidad conyugal es undon de Dios y una tareaen la vida diaria. Cada día vivido juntos, cada alegría y cada sufrimiento compartidos, cada problema vivido en pareja, dan consistencia real al amor. Las parejas se van separando o consolidando su unión poco a poco, en la vida de cada día.

Y hemos de entender con más serenidad la posición de la Iglesia ante el divorcio.Cuando la Iglesia defiende la indisolubilidad del matrimonio y prohíbe el divorcio, fundamentalmente quiere decir que, aunque unos esposos hayan encontrado en una segunda unión un amor estable, fiel y fecundo, este nuevo amor no puede ser aceptado en la comunidad cristiana como signo y sacramento del amor indefectible de Cristo a los hombres. Peroesto no autoriza a nadie a condenarlos como personas excluidas de la salvación ni a adoptar una postura de desprecio o marginación. La defensa de la doctrina eclesiástica sobre el matrimonio no debe impedir nunca una postura de comprensión, acogida y ayuda.

No se trata de poner en cuestión la visión cristiana del matrimonio, sino de ser fieles a ese Jesús que, al mismo tiempo que defiende la indisolubilidad del matrimonio, se hace presente a todo hombre o mujer ofreciendo su comprensión y su gracia precisamente a quien más las necesita. Este es el reto que el Papa Francisco plantea en la “Amoris laetitia”. ¿Cómo mostrar a los divorciados la misericordia infinita de Dios a todo ser humano? ¿Cómo estar junto a ellos de manera cristiana? La comunidad cristiana no los debe marginar ni excluir de su seno. Al contrario, como dice San Juan Pablo II, se les ha de ayudar a «que no se consideren separados de la Iglesia pues pueden y deben, en cuanto bautizados, participar en su vida» (Familiaris Consortio, n. 84). No puede ser otra la postura de una Iglesia que proclama y se sabe ella misma aceptada por su Señor a pesar de sus errores y sus pecados.

Hemos de recordar que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente siguen siendo miembros de la Iglesia. No están excomulgados. Aunque algunos de sus derechos queden restringidos, forman parte de la comunidad y han de encontrar en los cristianos la solidaridad y comprensión que necesitan para vivir su difícil situación de manera humana y cristiana. La fidelidad es don de Dios y un signo vivo de la presencia del Reino. El mantenerla culmina “la alegría del amor” y el gozo del evangelio” (Papa Francisco).

Fray Jesús María Galdeano Aramendía O.P.

Comentario – Lunes XXVI de Tiempo Ordinario

(Mc 9, 46-50)

Este texto sobre los niños debe leerse en continuidad con lo que venía narrando el capítulo 9. En el versículo 43 vemos a la gente maravillada ante la «grandeza» de Dios que se manifestaba en los prodigios de Jesús. Luego Jesús anuncia que esa grandeza va a ser aparentemente opacada, porque se manifestará de otra manera en su muerte en manos de los hombres.

Jesús tenía la potencia de Dios, y sin embargo se hizo impotente en la pasión. Del mismo modo ahora, en este texto, nos invita a descubrir la grandeza de Dios en los más pequeños, los niños, para que lleguemos a la grandeza de Dios haciéndonos pequeños como un niño.

El evangelio nos invita así a recuperar la actitud de humilde confianza que caracteriza a los niños (Sal 131); el Reino de Dios debe ser recibido con esa confianza, propia del que sabe que solo no puede. Así como un niño que en los momentos de temor reclama sinceramente la presencia de su Padre, el corazón tocado por Dios ha renunciado a su autonomía, sabe que necesita del poder de Dios, que sin el Señor no tiene fuerza ni seguridad, que en él está la única verdadera fortaleza.

El discípulo, si quiere ser agradable a los ojos de Jesús, deberá hacerse pequeño como un niño y aparecer ante los demás con la sencillez de un pequeño. Presentándose a Dios con las manos vacías se dispone a ser llenado con la misericordia infinita del Padre que lo ama de verdad. Presentándose ante los demás con la sencillez de un niño, queda claro que el poder que se manifiesta en su vida pequeña no es suyo, sino del Padre que lo sostiene permanentemente.

Oración:

«Señor, ayúdame a depender de ti como un niño, liberado de la soberbia y de las falsas seguridades; ayúdame a descubrir que sólo en ti está mi fortaleza, que sin ti no puedo, que sólo en tu poder encuentro seguridad, que el primer lugar es tuyo y mi lugar está en tus brazos».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Homilía – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

1

Camino de Jerusalén

Jesús y los suyos están ya en camino hacia Jerusalén. Han llegado a Judea. En este camino -que no es un dato geográfico, sino un símbolo de su marcha hacia la pasión y la muerte-, sitúa Marcos varias de las enseñanzas de Jesús a sus discípulos: sobre el matrimonio, sobre el papel de los niños en la sociedad, sobre el uso de las riquezas… Son temas que eran candentes y difíciles entonces y lo siguen siendo ahora.

No tendríamos que caer en la tentación de esquivar los temas exigentes que nos va proponiendo la Palabra de Dios y seleccionar las páginas que nos resultan consoladoras, saltando las que no nos gustan.

Hoy va de amor y de fidelidad matrimonial, un tema problemático. Cuando muchos matrimonios andan a la deriva o se han roto, tenemos que aceptar la doctrina de Cristo y presentarla con delicadeza y firmeza a la vez, aunque a todos nos resulta cuesta arriba la fidelidad, cada uno en sus compromisos.

Hoy también empezamos a leer una selección de la carta a los Hebreos, que nos acompañará durante siete domingos.

 

Génesis 2,18-24. Yserán los dos una sola carne

El primer libro de la Biblia, el Génesis, describe, ante todo, el origen del cosmos y de la vida en este mundo, así como de la familia humana.

El lenguaje es ciertamente popular y poético, no necesariamente científico: la arcilla de la que forma Dios a los animales, los nombres que el hombre les va dando a medida que pasan como en revista ante él, la falta que nota Adán de un ser que le pueda hacer compañía adecuada y la creación de la mujer sacándola de la costilla del hombre. El juego de palabras entre «hombre» y «mujer» sólo tiene pleno sentido en hebreo, que los llama «ish» y «ishshah».

Lo principal -y lo que motiva la elección de este pasaje como primera lectura, para preparar lo que luego dirá Jesús sobre el hombre y la mujer- es la última frase: «por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne».

El salmo refleja una visión ideal de la familia de su tiempo en casa del hombre justo: su mujer será como «una parra fecunda», sus hijos como «renuevos de olivo en torno a su mesa» y Dios les bendecirá «todos los días de su vida» y hará que «vean a los hijos de sus hijos».

 

Hebreos 2, 9-11. El santificador y los santificados proceden todos del mismo

La carta que empezamos a leer hoy es de autor desconocido, aunque esté inspirada en la doctrina de Pablo. Fue escrita hacia el 67 o 70 y va dirigida a cristianos que provienen del judaísmo y que aparecen cansados, con una cierta añoranza por lo que han dejado: el templo, el sacerdocio, los sacrificios y la ley de Moisés. La carta les exhorta a perseverar en su fe y les va demostrando que Jesús es superior a Moisés y a todas las instituciones del judaísmo.

Jesús «ha padecido la muerte para bien de todos». Ese era el plan de Dios, que quiso «perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de la salvación». Con esa muerte ha «llevado a una multitud de hijos a la gloria».

Jesús y la humanidad, «el santificador y los santificados», son hermanos: «proceden todos del mismo: por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos».

 

Marcos 20, 2-26. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre

En el camino de Jerusalén, entre las enseñanzas de Jesús, Marcos nos transmite hoy dos: la visión de Jesús sobre el matrimonio y sobre los niños.

La pregunta de los fariseos sobre la posibilidad del divorcio quiere poner a prueba a Jesús. Este, en contra de lo que permitía la ley judía en su tiempo -que los maridos pudieran dar un acto de repudio a la mujer-, apela a la voluntad originaria de Dios, manifestada en el Génesis: «hombre y mujer los creó… y serán los dos una sola carne… lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Niega, pues, la posibilidad del divorcio, que él interpreta como camino al adulterio.

Marcos sitúa aquí también la defensa que hace Jesús de los niños: «dejad que los niños se acerquen a mí», y las palabras que les dedica poniéndolos como el modelo de los que acogen el reino: «de los que son como ellos es el reino de Dios… el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él». Y los abrazaba y los bendecía. Este episodio sobre los niños no necesariamente está ligado al tema anterior, el matrimonio y el divorcio.

2

Y serán los dos una sola carne

En un tiempo en que la institución del matrimonio se cuestiona desde diversas perspectivas, es bueno que leamos en la Palabra revelada cuál es el plan de Dios sobre la relación de amor entre hombre y mujer.

El primer hombre, Adán, rodeado de la belleza del jardín del Edén y de los numerosos animales que lo pueblan, «no encuentra ninguno como él que lo ayude». No quiere estar solo. Dios tampoco lo quiere: «no está bien que el hombre esté solo».

La aparición de la mujer es presentada en el Génesis como la de una compañera que complemente al hombre. La frase del Génesis, que también repite Jesús en el evangelio, «y serán los dos una sola carne», no sólo se refiere a la comunión sexual, sino a una comunión personal, de complementariedad total entre el hombre y la mujer, abriendo además su amor al admirable don de una nueva vida, el mayor milagro que puede pasar en la creación y la mejor manera de colaborar con el Dios de la vida y del amor.

Este amor, que es invento de Dios y participación de su infinito amor, está planeado por Dios en términos de igualdad entre el hombre y la mujer, que contrasta con la situación de inferioridad que, en tiempos de Jesús, tenía la mujer respecto al hombre. Ambos proceden del poder creador y del amor de Dios: «hombre y mujer los creó». Aquí resuena el entusiasmo del hombre al ver a la mujer: «esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». Esta página está escrita no precisamente en tiempos de reivindicaciones feministas. Por eso tiene más mérito que nos diga ya desde el primer libro de la Biblia que Dios quiere la igualdad entre el hombre y la mujer y que ambos están pensados como complementarios el uno del otro.

Ahí está la dignidad radical de la atracción y del amor entre hombre y mujer. El «yo» de Adán tiende al «tú» que es Eva, y forman «una sola carne»: en una misteriosa comunión que Pablo luego verá como signo sacramental de la unión de Cristo con la Iglesia.

 

El hombre no lo separe

Es muy hermosa la dignidad de la unión matrimonial entre el hombre y la mujer. Pero a veces esta unión se hace difícil. En el evangelio de hoy se le pone a Jesús el interrogante que todavía sigue de actualidad: ¿se puede admitir el divorcio?

En tiempos de Jesús la ley judía permitía que el marido pudiera dar el «acta de repudio» a la mujer. Esto era interpretado por algunas escuelas rabínicas en un sentido muy rigorista (sólo en caso de adulterio de la mujer), y por otras con una permisividad mucho mayor (prácticamente por cualquier cosa que desagradara al marido). En todo caso, dar el «acta de repudio» era mejor que rechazar a la mujer sin más, sin ningún derecho legal. Eso sí, esta ley era unilateral: sólo el marido podía dar ese repudio.

Jesús vuelve a las fuentes, apela a la que según el Génesis había sido la voluntad originaria de Dios y establece su clara negativa al divorcio: «si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera». Y añade una cosa que no esperarían sus interlocutores, que tampoco la mujer puede tomar esa iniciativa: «y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio». Esta última posibilidad no era ni contemplada entre los judíos del tiempo. En ambos casos queda desautorizada por Jesús.

Jesús supera la mera legalidad de la época y establece para los suyos el principio: «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Él es consciente que al dar esta norma está desautorizando la ley de Moisés y pidiendo algo muy difícil.

Juan el Bautista murió por haber denunciado que Herodes se había separado de su legítima mujer y vivía con la de su hermano. También Pablo, hablando a los cristianos de Corinto, les dice: «en cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor, que la mujer no se separe del marido; mas en el caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no despida a su mujer» (ICo 7,10-11).

Sigue vigente para los cristianos esta misma voluntad contraria al divorcio, a pesar de que las leyes civiles hayan decidido en muchos lugares despenalizarlo y a pesar de que se multiplican las separaciones y se constata una crisis de la institución matrimonial. Una cosa es que las leyes permitan o despenalicen el divorcio y otra, que los cristianos podamos olvidar la doctrina de Jesús y la voluntad radical de Dios. La indisolubilidad del matrimonio no la ha decidido la Iglesia (como, por ejemplo, el celibato de los sacerdotes en la Iglesia latina), ni una escuela de teólogos, sino Dios mismo, desde su proyecto inicial.

Los cristianos tendrían que celebrar el sacramento del matrimonio teniendo un concepto más exacto del amor entre hombre y mujer, que pide que ambos caminen juntos en un programa común de maduración y de mutua tolerancia. El criterio de un cristiano para juzgar sobre este importante tema no se puede basar en la evolución social o en las tendencias de una época, sino en la perspectiva de Dios. Lo que pasa es que en el mundo de hoy encontramos especiales dificultades para una fidelidad duradera, en este y en otros ámbitos. Estamos influidos por una sociedad de consumo, que gasta y tira y cambia y busca nuevas sensaciones. Vamos perdiendo la capacidad de un amor total, de un compromiso de por vida, a imagen de la Alianza que Dios mantiene con la humanidad y Cristo con la Iglesia. Estamos más inclinados a una especie de «voluntariado» por unos años, sin comprometernos de por vida.

Una de las razones del deterioro de esta fidelidad es la poca preparación y la poca madurez humana que algunos llevan al matrimonio, hasta el punto de que se pueda dudar seriamente en no pocos casos de la validez del mismo. Lo que explica las muchas declaraciones de nulidad matrimonial que tiene que certificar la Iglesia, que no es lo mismo que conceder el divorcio.

 

El lugar de los niños

Al parecer no tiene ninguna relación con el tema anterior, del matrimonio y el divorcio, lo que Marcos nos cuenta a continuación sobre cómo trataba Jesús a los niños («los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos») y la defensa que hizo de ellos.

Ante todo, tuvo que reprender a sus discípulos porque perdían fácilmente la paciencia con los niños: «dejad que los niños se acerquen a mí». En aquel tiempo los niños eran mucho menos considerados en la sociedad que ahora, en que incluso por ley son protegidos y hasta «mimados».

Jesús cambia este modo de actuar. No sólo los trata con cariño, sino que los pone como modelos para los que quieran «entrar en el reino de Dios». ¿Qué cualidades ve él en los niños para ponerles como modelos? Tal vez no la inocencia o la humildad, porque ya en su tiempo los niños dejarían mucho que desear en ese campo. Probablemente, según los entendidos, lo que alaba Jesús en los niños es la disponibilidad, la actitud de dependencia y receptividad con que reciben de los mayores cualquier don: el reino de Dios hay que acogerlo con apertura y confianza, no con conciencia de poder ofrecer algo nosotros a Dios, sino de recibir de él gratuitamente lo que nos quiere dar.

 

Un Salvador que pertenece a nuestra familia

Lo que el Salmo 8 dice del hombre como «poco inferior a los ángeles», lo aplica el autor de la carta a los Hebreos a Jesús, sobre todo en su pasión y muerte. Pero ese momento de total humillación es precisamente cuando «es coronado de gloria y honor», porque Jesús «ha padecido la muerte para bien de todos».

Lo sorprendente es que afirma que «Dios juzgó conveniente perfeccionar y consagrar con sufrimientos» al que iba a ser «guía de su salvación», Jesús. Aquí se puede basar la «teología del dolor de Dios», que presentaba muy bien Juan Pablo II en su carta apostólica de 1984 Salvifici doloris: Dios asumió él mismo, al enviar a su Hijo, el castigo que merecía el pecado humano. La muerte de Jesús, por total solidaridad con los hombres, es la prueba mayor del amor de Dios. Es también lo que más acercó a Jesús a nuestra humanidad, y por eso «no se avergüenza de llamarlos hermanos».

Nos admira la superioridad de Jesús sobre todo el cosmos, incluidos los ángeles, porque es Hijo de Dios. Pero sobre todo nos conmueve su solidaridad con la raza humana. Se ha querido hacer hermano nuestro. Como dice la Plegaria Eucarística IV, «compartió en todo nuestra condición humana, menos en el pecado». Nos ama como a hermanos: «el santificador y los santificados proceden todos del mismo», son de la misma raza y familia.

Como seguiremos leyendo en domingos sucesivos, no tenemos un Mediador que no haya experimentado nuestro dolor e incluso nuestra muerte. «Consagrado por los sufrimientos», nos ha salvado desde dentro y se ha hecho uno de nosotros para llevarnos a la comunión de vida con Dios.

El Cristo con quien comulgamos en la Eucaristía es el «cuerpo entregado por» y la «sangre derramada por», y participamos así, al celebrar el memorial de su muerte, en el sacrificio de su entrega por nosotros. Es la convicción que nos llena de confianza y nos impulsa a ser también nosotros, en la vida, «entregados por los demás», si queremos contribuir a la salvación de todos.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Mc 10, 2-16 (Evangelio Domingo XXVII de Tiempo Ordinario)

La ruptura del amor no es evangélica

El evangelio de hoy nos muestra una disputa, la del divorcio, tal como se configuraba en el judaísmo del tiempo de Jesús. La interpretación de Dt 24,1, base de la discusión, era lo que tenía divididas a las dos escuelas rabínicas de la época; una más permisiva (Hillel) y otra más estricta (Shamay). Para unos cualquier cosa podía ser justificación para repudiar, para otros la cuestión debería ser más sopesada. Pero al final, alguien salía vencedor de esa situación. Naturalmente el hombre, el fuerte, el poderoso, el que hacía e interpretaba las leyes.

Pero a Jesús no se le está preguntando por las causas del repudio que llevaba a efecto el hombre contra la mujer, o por lo menos desvía el asunto a lo más importante. Recurrirá a la misma Torah (ley) para poner en evidencia lo que los hombres inventan y justifican desde sus intereses, y se apoya en el relato del Génesis de la primera lectura. Dios no ha creado al hombre y a la mujer para otra cosa que para la felicidad. ¿Cómo, pues, justificar el desamor? ¿Por la Ley misma? ¿En nombre de Dios? ¡De ninguna manera!

Por ello, todas las leyes y tradiciones que consagran las rupturas del desamor responden a los intereses humanos, a la dureza del corazón; por lo mismo, el texto de Dt 24,1 también. Jesús aparece como radical, pero precisamente para defender al ser inferior, en este caso a la mujer, que no tenía posibilidad de repudio, ni de separación o divorcio. Como la mujer encontrada en adulterio que no tiene más defensa que el mismo Jesús (Jn 8,1ss). Jesús hace una interpretación profética del amor matrimonial partiendo de la creación, que todos hemos estropeado con nuestros intereses, división de clases y de sexo. Y es que el garante de la felicidad y del amor es el mismo Creador, quiere decirnos Jesús.

Heb 2, 9-11 (2ª lectura Domingo XXVII de Tiempo Ordinario)

El Hijo que viene a ser “nuestro hermano”

El texto de la segunda lectura, de la carta a los Hebreos (2,9-11), es la conclusión de un himno con que comienza esta famosa carta neotetamentaria. Precisamente en ese himno se había puesto de manifiesto la grandeza de Cristo, lo que se llama su preexistencia, porque estaba junto a Dios, es el Hijo de Dios. Sin embargo, el autor de la carta quiere acercar este Hijo de Dios a los hombres, hasta ponerlo a nuestra altura (un poco inferior a los ángeles) para que sintamos en él la fuerza de nuestro hermano.

En la fe cristiana es tan importante confesar a Jesús como Hijo de Dios, que como hermano nuestro, que se compadece de nosotros y da la vida por nosotros. Su muerte en favor de toda la humanidad nos habla de la solidaridad de Dios con nosotros, como se había comprometido a ello desde la misma creación. El, Jesús, es el que nos ha abierto el camino de la salvación.

Gén 2, 18-24 (1ª lectura Domingo XXVII de Tiempo Ordinario)

Amor verdadero frente a la soledad

El relato de Génesis 2,18-24 -desde una cultura religiosa de la época, por lo tanto, no de manera científica-, nos diseña la aparición de la pareja humana. Y debemos recalcar ese verbo “diseñar”, porque no se trata de otra cosa. Es la mano de Dios la que lo hace y la que permite un diseño de amor. El creador de este relato –o una escuela catequética que llamamos «yahvista», porque desde el principio le da a Dios el nombre propio de Yahvé, que aparecerá con Moisés-, parte de la experiencia humana, de eso que se ha llamado la media naranja, y que responde a una cultura bien determinada del Oriente. Pero por encima de las imágenes casi infantiles en que se expresa el relato, se nos ofrece un mensaje que es muy digno de mérito en este tiempo de reivindicaciones de la dignidad humana, de la mujer y de los pequeños.

El hombre, el varón, no es nada sin la mujer; es o sería la pura soledad. Dios, lógicamente, no ha creado a la mujer del hombre, sino que es una forma de poner de manifiesto que tienen la misma dignidad y mutuamente encuentran en el diálogo, en el afecto, en el amor, lo que en Dios es pura unidad de paternidad y maternidad a la vez. Eva, como Adán, son nombres genéricos, no significan una pareja exclusiva al principio de la humanidad. Dios, pues, ha comprometido todo su ser en la creación del hombre y la mujer, de la humanidad, que han de unirse en amor creador de paternidad y maternidad, para que este mundo sea ámbito de felicidad.

Comentario al evangelio – Lunes XXVI de Tiempo Ordinario

Normalmente entendemos por “poder” la capacidad para someter a las cosas, o a las personas a la propia voluntad. Para Jesús el poder es otra cosa, el poder verdadero, el auténtico… es la donación de si mismo, enteramente, a la causa del Reino de Dios. La distancia entre estas dos concepciones se da no sólo en la finalidad, sino también en el objeto de dominio. Nosotros entendemos el poder como dominación, Jesús los entiende como entrega, donación, capacidad de amar… Es algo incluso “antinatural”, siendo conscientes de que la ley que parece rige la naturaleza es la de la lucha por la vida. Una lucha sin cuartel en la que los débiles desaparecen y los fuertes, los mejor praparados, son los que salen adelante en esta carrera por la vida. Una ley que mueve también nuestras sociedades y que expresamos con el término “competitividad”. Competimos toda nuestra vida para conseguir los primeros puestos, el estar a la derecha o a la izquierda.

Esto es lo que expresan los apóstoles de Jesús en el Evangelio de hoy. Creen que por ser del grupo de los cercanos a Jesús, por haber madrugado al seguimiento “merecen” un lugar principal. Parece lógico y normal. Pero Jesús les pone delante a un niño para que vean de otra manera el problema: hacerse esclavo y servidor para ser el más importante, la acogida y la entrega a lo últimos como camino para ser “los primeros”.

Ciudad Redonda

Meditación – San Vicente de Paúl

Hoy celebramos la memoria de San Vicente de Paúl.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 9, 35-38):

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rogad al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».

Hoy, en la memoria de san Vicente de Paul, pobre entre los pobres, somos urgidos a contemplar nuestro entorno para tomar conciencia de las necesidades y problemáticas sociales, espirituales, económicas… que nos rodean. “Iglesia en salida” hasta las más estrictas y serias periferias existenciales, como nos pide el Papa Francisco: «Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en una vía adecuada para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación».

Es totalmente necesario que nos compadezcamos de nosotros mismos y de los otros en tantas miserias que nos invaden frecuentemente: el miedo, la persecución, la falta de alimento o de amor… Dejándonos “ser” y “hacer” pobres al servicio de Dios en los más pobres, los cuales, de acuerdo con el carisma de san Vicente de Paul, «han de ser siempre nuestros amos y señores». Ellos representan al mismo Cristo, el cual escogió ser pobre. Siempre desde un renovado ánimo de nuestra alma para vencer el desánimo y desencanto que en tantos momentos nos afecta. Así superaremos la triste imagen malograda y abatida que en nuestros tiempos y en tantos lugares se repite, incluso en la vida de quienes nos decimos cristianos, casi como “ovejas sin pastor”, para poder nacer de nuevo al amor de Dios, «para la salvación y consuelo de todos», como nos pide san Vicente de Paul.

Hemos de ponernos voluntariamente al servicio de los otros; «la cosecha es abundante» (Mt 9,37). La caridad de Jesucristo nos obliga en la obra de la redención que Él comenzó ofreciendo su vida en la Cruz para la salvación de todos. Los trabajadores somos pocos, pero con este amor somos llamados a hacer lo que la caridad nos manda.

Rev. D. Joan CASALS