Comentario – Jueves XXVI de Tiempo Ordinario

(Lc 10, 1-12)

Jesús envía a sus discípulos de dos en dos. Eso significa que la actividad misionera es comunitaria, y, en general, que nuestro servicio a Dios no puede ser individualista, no debe vivirse como una cuestión entre Dios y uno. El que quiere servir a Dios con el espíritu del evangelio, siempre tendrá que compartir con otro, consultar, rendir cuentas a alguien, respetar el estilo, los gustos y las inclinaciones de los compañeros de camino que Dios quiera poner a su lado. Además, los discípulos son enviados a preparar la llegada de Jesús, porque él es quien debe reinar en los corazones, y no los instrumentos que lo anuncian.

El discípulo debe anunciar a Cristo sabiendo que deberá sufrir rechazos, burlas y persecuciones. No puede pretender una vida cómoda, sin contradicciones ni tensiones. Él es como una oveja en medio de lobos (v. 3). Pero no está solo, por dos motivos: porque Jesús lo envió con otro, que compartirá sus dificultades, y porque el que los envía es más fuerte que cualquier amenaza.

Cuando lleguen a un lugar deben instalarse en una casa, sin cambiar de lugar, y allí pueden comer y beber con libertad todo lo que se les ofrezca (v. 8: todo lo de allí). Esto significa que los predicadores deben tener las comodidades mínimas para vivir dignamente. Jesús les pide libertad y desprendimiento, no miseria ni ascesis inhumanas.

En los lugares hostiles, donde sean rechazados, deben evitar que ese rechazo los entristezca, los detenga o les quite entusiasmo. Sacudirse las sandalias para eliminar hasta el polvo de ese lugar es una manera simbólica de dejar todo atrás y seguir adelante con confianza y alegría.

El discípulo es instrumento para comunicar esa paz que el mundo no puede dar, y por eso puede hacer suya la oración de San Francisco: «Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que donde haya odio yo ponga el amor, donde haya ofensas yo ponga el perdón…».

Oración:

«Señor, ayúdame a descubrir que también yo debo anunciar el evangelio, con coraje y alegría. Y te ruego que bendigas a los misioneros que llevan tu Palabra. Llénalos del poder de tu Espíritu para que experimenten tu presencia en sus vidas».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día