El amor que nunca pasa

1. – Durante años parece como si la panacea fuese la ley de divorcio y como si todos los problemas matrimoniales se hayan solucionado con ella. Si te va bien, continúas, no te va bien te divorcias… y no ha pasado nada. Querer solucionar con una ley humana el más profundo de los problemas humanos, es querer regir el amor centro de todos amores con una ley, pues es como querer llenar una cesta con agua o es, también, confundir atracción sexual con amor.

Jesús prescinde de legalismos, prescinde de la noción de contrato con obligaciones y derechos. Y nos lleva a pensar en la dignidad de la persona, en la seriedad del verdadero amor, que está en la intención verdadera del Creador, de formar hogares, no entre un TU y un YO enfrentados, sino con un NOSOTROS donde todo es común y serán una sola carne, que al doler duele a los dos, duele al NOSOTROS y es el NOSOTROS el que padece.

2. – Jesús no apela a la Ley. Jesús apela a lo más hondo del ser humano, a la conciencia regida por el corazón. Es facilísimo conjugar la más escrupulosa observancia de la ley con la traición más escandalosa de los valores que deberían defender la ley. Es facilísimo arropar entre pliegues jurídicos del artículo de una ley las propias conveniencias. Pero cuando se apela al amor, a la conciencia, no nos quedamos tranquilos hasta que lo hemos dado todo, nos hemos centrado del todo.

3. – La convivencia es muy difícil, viene el cansancio, la monotonía, los roces. Y esas manos que se unieron ante el altar empiezan a aflojarse y solo una tercera mano, la de Dios puede mantener firmemente unidas las manos que estaban a punto de soltarse.

Bajo la luz de Dios, Jesús pide una fidelidad creativa, no vacía de alegría y contenido. Una fidelidad que invente el futuro, no que arrastra el pasado. No una fidelidad que continua, sino que recomienza cada día.

Jesús no pide apuntalar un edificio en ruinas, sino pide su reconstrucción por el amor.

Dios en su relación de amor con los hombres tuvo la misma experiencia. Llegó a arrepentirse de haber creado al hombre, pero precisamente cuando ya no había nada en común entre Él y nosotros, cuando todos éramos enemigos suyos, dio el gran paso, se hizo hombre, se acerco a nosotros no para traernos los papeles del divorcio, sino para decirnos que nos amaba más que nunca. Porque nos amo desde el principio.

Y eso es lo que habrá que ver en tantos casos, si desde el principio hubo amor, ese amor se disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. Ese amor “que no pasa nunca”

José María Maruri, SJ