¿Mandamientos de Dios?

Al tiempo que estudiábamos los “mandamientos de la Ley de Dios”, surgía en nuestras mentes infantiles la imagen de un Dios Juez absoluto y arbitrario -podía hacer lo que quisiera-, que exigía, por encima de todo, ser obedecido. Explicado con categorías actuales, tal imagen de Dios se caracterizaba por la auto-referencialidad, por lo que aparecía como un gran Narciso caprichoso y pronto a la ira cuando sus mandamientos eran desobedecidos.

Uno de los errores graves de la religión -aunque sea comprensible si tenemos en cuenta el momento histórico en que nace- fue justamente el de leer los “mandamientos” desde la heteronomía.

Tal idea presuponía una cosmovisión -Dios habitando en un “piso” superior al de la creación- y una determinada concepción de la autoridad -omnímoda, arbitraria e incuestionable-. Y daba como resultado, por un lado, la imagen de un Dios antropomorfo empeñado en que hiciéramos lo que él quería y, por otro, en los creyentes, una actitud infantiloide de sometimiento pasivo, aderezado con miedo y resentimiento.

La propia evolución de la consciencia en nosotros va haciendo posible la superación de aquellas imágenes míticas, en la medida en que nos abre a una comprensión mayor.

Los llamados “mandamientos” no son caídos del cielo -no hay un dios que los haya entregado escritos en las “Tablas de la Ley” a Moisés en el monte Sinaí, a no ser que caigamos en la que he llamado «sutil trampa teísta»-, sino un constructo mental, plasmación de aquello que los seres humanos han ido descubriendo como “reglas” para ordenar su convivencia y responder a las circunstancias de la manera más sabia posible.

En este sentido, los mandamientos son expresión de la comprensión: aquello que los humanos creían ir comprendiendo lo plasmaban, con mayor o menor acierto, en forma de “mandato”.

Si así fueron escritos, ahí también se halla la clave para una lectura adecuada. Por ejemplo, cuando en el “primer mandamiento” se dice que “amarás al Señor tu Dios” y “al prójimo como a ti mismo”, no se está dando una orden heterónoma, nacida de alguna voluntad superior. Se está expresando una verdad profunda: la unidad de todo lo real. De modo que, en un lenguaje laico, no teísta, podría formularse de este modo: “Cuando comprendes lo que somos, amas lo que es y vives la unidad -el amor- con todo”. Si, más allá de la infinidad de formas diferentes, lo realmente real -el fondo de todas las formas- es uno, solo cabe una actitud adecuada: el amor, entendido como certeza de no separación, que genera un comportamiento en esa misma línea.

¿Cómo veo la realidad? ¿Cómo veo a los otros?

Enrique Martínez Lozano

No estás lejos del Reino de Dios. Sinodalidad

La distinción y separación entre minorías y masas es una realidad en cualquier sociedad. Así lo era también en tiempos de Jesús. Sin embargo, él no se identifica con los esenios, ni con los saduceos, ni con los zelotes, ni con los fariseos, ni con los escribas. Jesús salió fuera de esos círculos; optó por los pobres y descartados, mayoría en su tiempo y en todo tiempo.

A la luz de la Pascua, Cristo propone otro tipo de relaciones para la comunidad de sus seguidores. En la Iglesia es esencial el significado de hermano, que corresponde al fiel bautizado que se ha adherido a su mensaje y vive su misma vida de entrega. Los demás “títulos”, son secundarios, de servicio, de ministerio. Las relaciones de dependencia no son cristianas; han de ser siempre fraternales. Solo así es posible el verdadero pueblo de Dios, comunidad de fieles presidida en actitud de servicio, por los presbíteros y obispos.

La Iglesia no es una minoría selecta y notable en el mundo, que ejerce poderes y posee derechos especiales. Los cristianos compartimos una fe: sólo hay un Padre-Madre común a todos los seres humanos, una Energía divina que sustenta cada vida, una Divinidad que se enraíza en el fondo de cada ser, que es nombrada y experimentada de mil formas diferentes, un solo Señor, Jesucristo, adelantado a la humanidad en el Reino definitivo, y un solo Espíritu.

Amarás a tu Dios significa amar al hombre hasta el infinito. Es lo que inculca el narrador del Deuteronomio (6,2-9) de la primera lectura, sabiendo que en ello está la vida, el bienestar verdadero en el mundo, la salvación en él. Quiere hacerlo presente en todo momento y situación de la existencia. No hay salvación en los ídolos del poder, del tener, de la indiferencia, del egoísmo.

En este relato vemos que Jesús, que habitualmente denunciaba la falsedad e hipocresía de los escribas, no tiene ningún inconveniente en recibir a un escriba y reconocer que no andaba muy alejado del Reino de Dios. Hay que ser íntegros, puros, pero no puritanos.

Nada más apropiado para, al menos, trazar un esbozo acerca de la Sinodalidad que el papa Francisco propone para la Iglesia del tercer milenio. El nacimiento de un espíritu universal es signo de nuestro tiempo que no se realiza sin graves tensiones. La fraternidad sin fronteras constituye un proceso arduo y plagado de dificultades que recuerdan los dolores de parto que, aun con lentitud, van dando a luz lo universal, va tejiendo la unidad, la conciencia de que toda la humanidad es un solo pueblo con un mismo destino.

La Iglesia, Comunidad del Espíritu de Unidad, intenta realizar torpemente esta aspiración humana. Ella es universal, extendida entre todos pueblos, creando una comunión de hermanos. La finalidad del Sínodo es, pues, escuchar a toda la Iglesia y encontrar el modo de llevar esta aspiración a la práctica.

Sinodalidad significa caminar juntos e implica la participación de todos: clero, laicos/as, religiosos/as, obispos. Cada uno aporta su carisma. Supone, además, cambiar la mentalidad y las estructuras. A partir de la entidad y dignidad bautismal, cada uno/a está llamado a decir su palabra. Así, el poder (clerical) se transforma en un liderazgo que cambia las relaciones entre las personas. Y más urgente aún es cambiar la mentalidad clerical, hacer realidad la conversión pastoral de todos.

Sinodalidad es la forma de vivir y de actuar del Pueblo de Dios; todos los bautizados somos compañeros de camino del Señor, llamados a ser sujetos activos en la santidad y en la misión, pues participamos del único sacerdocio de Cristo y somos receptores de los dones del Espíritu. La reforma de la Iglesia es la vuelta a la fuente, a Jesucristo (Mc 10, 42-45). La sinodalidad no se puede identificar solo con la actividad colegial de los obispos, sino con la de toda la Iglesia en su conjunto. ¿Podríamos reconocer y proclamar hoy a la Iglesia como una, santa, católica, apostólica y sinodal? ¿Son las Iglesias modelo de una verdadera sinodalidad ecuménica? (Carlo Mª Galli)

No puede haber una reforma estructural en la Iglesia sin las mujeres (Silvia Martínez Cano). Sólo una Iglesia que asuma al laicado como sujeto, especialmente a las mujeres y a las religiosas, será creíble. (Rafael Luciani)

Todo ello significa comprender la Iglesia desde el bautismo y el sacerdocio común que iguala a los cristianos/as en derechos y deberes. Los laicos/as deben estar presentes en aquellas estructuras donde participan en el ejercicio del gobierno ordinario, permitiéndoles desempeñar oficios eclesiásticos y cargos de responsabilidad. (Carmen Peña)

La apuesta pastoral del Papa pasa por retomar la categoría del Pueblo de Dios y el concepto de servicio, impulsar la eclesiología de la comunión, promover la teología del laicado para superar el clericalismo, incentivar el ecumenismo… (Santiago Madrigal)

 La renovación de instituciones como el seminario y la parroquia son inaplazables. Esto sólo será posible si se reforma el ministerio ordenado, porque el clericalismo es una consecuencia de la mala comprensión y ejercicio del poder eclesial. Es indispensable repensar la Iglesia a la luz de la confluencia de ministerios, carismas, dones y servicios unidos por la corresponsabilidad bautismal, y no sólo en torno al ministerio ordenado.

Y considerar, que el ejercicio de la jurisdicción no esté ligado al poder del orden, como lo establece, hasta ahora, el Código de Derecho Canónico. (Nathalie Becquard)

Estamos llamados a responder a los signos de los tiempos de hoy que demandan cambios profundos en el modelo institucional actual. (Luciani)

Volviendo al relato del evangelio, estamos hablando de una palabra nueva que es tan antigua como la Biblia y el sueño de la humanidad: la sinodalidad. Jesús llevó a la plenitud el deseo de sus antepasados llamándolo Reino de Dios. Él pasó a ser la máxima revelación y manifestación de Dios en los hechos, las personas y los pueblos. Lo hizo en la presentación de su misión en Nazaret. (Lc 4,14-21). El año de la gracia del Señor es el cumplimiento de la hermandad universal hecha fraternidad, justicia, equidad y democracia, o sea, el Reino en su cumplimiento. (Pedro Pierre)

¡Aviso a los obispos!

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

II Vísperas – Domingo XXXI de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXXI de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Gallos vigilantes
que la noche alertan,
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.+

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 1P 1, 3-5

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza vida, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, ama a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que estos dos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, ama a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que estos dos.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó al mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle con alegría:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Te damos gracias, Señor, porque, a través del mundo, nos has revelado tu poder y tu gloria;
— haz que sepamos ver tu providencia en los avatares del mundo.

Tú que, por la victoria de tu Hijo en la cruz, anunciaste la paz al mundo,
— líbranos de toda desesperación y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
— concédeles que cooperen, con sinceridad y concordia, en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos, fortalece a los débiles,
— para que en todo se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú, que al tercer día, resucitaste gloriosamente a tu Hijo del sepulcro,
— haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor de poder y de misericordia, que has querido hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles, concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Dios no es un ser que ama, sino el amor

Hoy cambiamos de escenario. Jesús lleva ya unos días en Jerusalén. Ha realizado ya la purificación del templo; ha discutido con los jefes de los sacerdotes, maestros de la ley y ancianos sobre su autoridad para hacer tales cosas; con los fariseos y herodianos sobre el pago del tributo al césar; con los saduceos sobre la resurrección. El letrado que se acerca hoy a Jesús, no demuestra ninguna agresividad, sino interés por la opinión del Rabí.

La pregunta tiene sentido, porque la Torá contiene 613 preceptos. Para muchos rabinos todos los mandamientos tenían la misma importancia, porque eran mandatos de Dios y había que cumplirlos solo por eso. Para algunos el mandamiento más importante era el sábado. Para otros el amor a Dios era lo primero. Aunque Jesús responde recitando la “shemá”, da un salto en la interpretación, uniendo ese texto, que hablaba solo del amor a Dios, con otro en (Lv 19,18) que habla del amor al prójimo.

El amor a Dios fue un salto de gigante sobre el temor al Dios amo poderoso y dueño de todo. En el AT el amor a Dios era absoluto, “sobre todas las cosas”. El amor al prójimo era relativo, “como a ti mismo”. Según la Torá, era perfectamente compatible un amor a Dios y un desprecio absoluto, no solo a los extranjeros sino también a amplios sectores de la propia sociedad judía a quienes creían rechazados por el mismo Dios.

Según Jesús la palabra mandamiento tiene que dar un cambio radical y significar algo distinto cuando la aplicamos a Dios. Dios no manda nada. Dios no hace leyes sino que pone en la esencia de cada criatura el plano, la hoja de ruta, para llegar a su plenitud. Dios no “quiere” nada de nosotros ni para nosotros. Su “voluntad” es la más alta posibilidad que se encuentra en cada criatura, no algo añadido desde fuera después de haberla creado.

En Juan los dos mandamientos se convierten en uno solo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. Jesús no dice que le amemos a él ni que amemos a Dios ni que ames al prójimo como a ti mismo, sino que ames a los demás como él te ha amado a ti. El cambio es radical. Aún no nos hemos dado cuenta de esta novedad. Dios no es un ser separado de mí, al que debo amar, sino el amor que me permite sentirme uno con el otro.

En nosotros el amor es una cualidad que puedo tener o no tener. En Dios el amor es su esencia. Si dejara de amar dejaría de ser. Lo que queremos decir cuando hablamos del amor a Dios o del amor de Dios no tiene nada que ver con lo que queremos significar cuando hablamos del amor humano. El amor humano es siempre una relación entre dos. El amor de Dios es la identificación de dos. De este amor es del que habla el evangelio.

Se trata de una posibilidad específicamente humana. El amor-Dios y nuestro amor no son grados distintos de la misma realidad, sino realidades sustancialmente distintas. Dios no se puede relacionar con las criaturas como lo hacemos nosotros, porque no está fuera de ninguna de ellas. Nosotros podemos relacionarnos con las demás criaturas pero no con Dios porque es nuestro ser. Vivir esto nos permite identificarnos con los demás, amarlos.

Una vez más el lenguaje nos juega una mala pasada. La palabra “amor” es una de las más manoseadas del lenguaje. Hablar con propiedad de Dios-Amor-Unidad, es imposible. Nuestro lenguaje es para andar por casa. Al emplearlo para hablar de lo divino se convierte en trampa que pretende ir más allá de lo que puede expresar. Intentar llegar a Dios con nuestros conceptos es inútil. La manera de trascender el lenguaje es la vivencia. Solo la intuición puede llevarnos más allá del discurso. Solo amando sabrás lo que es el amor.

En realidad, el camino hacia el amor empezó en las primeras millonési­mas de segundo después del Big-Bang; cuando las partículas primigenias se unieron para formar unidades superiores. Esta tendencia de la materia a formar entidades más complejas, lleva en sí la posibilidad de perfección casi infinita. La aparición de la vida, que consigue integrar billones de células, fue un gran salto hacia esa capacidad de unidad. No sabemos qué es la vida biológica, pero conocemos sus efectos sorprendentes. Dios es la Vida que unifica todo.

Llegada la inteligencia y superada la pura racionalidad el ser humano está capacitado para alcanzar una unidad que no es la del egoísmo individual. Un conocimiento más profundo y una voluntad que se adhiere a lo mejor, hacen posible una nueva forma de acercamien­to entre seres que pueden llegar a un grado increíble de unidad, aunque no sea física. Descubierta esa unidad, surge lo específicamente humano. Esta capacidad de salir de la individualidad, e identificarme con Dios y con el otro, es lo que llamamos amor.

Este amor es consecuencia de un conocimiento, pero no racional. Es inútil que nos empeñemos en explicar por qué debemos amar a los demás. Este amor solo llegará después de haber experimentado la presencia en nosotros del Amor que es Dios. Lo mismo que llamamos vida a la fuerza que mantiene unidas a todas las células de un viviente, podemos llamar AMOR a la energía que mantiene unidos a todos los seres de la creación. Si descubro que la base de todo ser es lo divino, descubriré la “razón” del verdadero amor.

Todos los místicos de todas las religiones, de todos los tiempos, han llegado a la misma vivencia y nos hablan de la indecible felicidad de sentirse uno con el Todo y fuera del tiempo. Esa sensación de integración total es la máxima experiencia que puede tener un ser humano. Una vez llegado a ese estado, el ser humano no tiene nada que esperar. Fijaos hasta qué punto demostramos nuestro despiste, cuando seguimos llamando “buen cristiano” al que va a misa, confiesa y comulga, solo porque tiene asegurada la otra vida. Ser cristiano no es el objetivo último del hombre, solo un medio para llegar a amar.

No debo comerme el coco tratando de averiguar si amo a Dios. Lo que tengo que examinar es hasta qué punto estoy dispuesto a darme a los demás. Solo eso cuenta a la hora de la verdad. El amor teórico, el amor que no se manifiesta en obras y actitudes concretas, es una falacia. Ya lo decía Juan en su primera carta: “Si alguno dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su prójimo, a quien ve, es un embustero y la verdad no está en él”. Pero es imprescindible que nos examinemos bien. No debemos confundir amor con instinto. Si apartamos de nuestro amor a una sola persona todo lo demás es egoísmo.

Meditación

El amor planteado desde la razón no tiene sentido,
Tampoco entendido como mandamiento que obliga.
Aprender a amar es la tarea más importante para todo ser humano.
Ser más humano es ser capaz de amar más.
Todo esfuerzo que no te lleve a esa meta será tarea inútil.

Fray Marcos

El mandamiento más importante

La curación del ciego Bartimeo nos dejó camino de Jerusalén. En la cronología de Marcos, el domingo tiene lugar la entrada triunfal; el lunes la purificación del templo; y el martes, en la explanada del templo, las autoridades interrogan a Jesús sobre su poder; los fariseos y herodianos sobre el tributo al César; los saduceos sobre la resurrección. Son enfrentamientos con mala idea, que desembocan en una escena inesperada, en la que un escriba reconoce la sabiduría de Jesús.

1. El protagonista es un escriba. Los escribas son los especialistas en la Ley de Moisés, parecidos a los actuales profesores de teología, pero con una formación mucho más intensa, porque tenían que aprender de memoria el Pentateuco y las interpretaciones de los rabinos; además, no podían ejercer su profesión hasta cumplir los cuarenta años. Gozaban de gran prestigio entre el pueblo, aunque su peligro era el legalismo: la norma por la norma, con todas las triquiñuelas posibles para evadirla cuando les interesaba. Por eso Jesús tuvo tantos enfrentamientos con ellos. En los evangelios aparecen generalmente como enemigos, pero en este caso las relaciones entre el escriba y Jesús son muy buenas y los dos se alaban mutuamente.

2. La pregunta por el mandamiento principal. La antigua sinagoga contaba 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones), que dividía en fáciles y difíciles. Fáciles, los que exigían poco esfuer­zo o poco dinero; difíciles, los que exigían mucho dinero o ponían en peligro la vida. P.ej., eran difíciles el honrar padre y madre, y la circuncisión. Generalmente se consideraba que los difíciles eran importantes; entre los temas importantes aparecen la idolatría, la lascivia, el asesinato, la profanación del nombre divino, la santificación del sábado, la calumnia, el estudio de la Torá (el Pentateuco). Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, o de saber qué era lo más importante.

3. La respuesta de los contemporáneos de Jesús. Citaré dos casos. El primero se encuentra en una anécdota a propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús. Una vez llegó un pagano a Shammay (hacia 30 a.C.) y le dijo: “Me haré prosélito [es decir, estoy dispuesto a convertirme al judaísmo] con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja”. Shammay lo echó amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. Entonces el pagano fue a Hillel (hacia el 20 a.C.), que éste le dijo: «Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción». Y lo tomó como prosélito.

También del Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) se recuerda un esfuer­zo parecido de sintetizar toda la Ley en una sola frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19,18); este es un gran princi­pio general en la Torá».

4. La respuesta de Jesús. El esfuerzo por sintetizar en una sola frase lo esencial se encuentra al final del Sermón del Monte en el evangelio de Mateo: “Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos, porque eso significan la Ley y los Profetas” (Mt 7,12).

En el evangelio de hoy, Jesús responde con una cita de la Escritura: “Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6,5), aunque añade también “con toda tu mente”. Estas palabras forman parte de las oraciones que cualquier judío piadoso recita todos los días al levantarse y al ponerse el sol. En este sentido, la respuesta de Jesús es irreprochable. No peca de originalidad, sino que aduce lo que la fe está confesando continuamente.

La novedad de la respuesta de Jesús radica en que le han preguntado por el manda­miento principal, y añade un segundo, tan importante como el primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19,18). Ambos preceptos están al mismo nivel, deben ir siempre unidos. Jesús no acepta que se pueda llegar a Dios por un camino individual e intimista, olvidando al prójimo. Dios y el prójimo no son magnitudes separables. Por eso, tampoco se puede decir que el amor a Dios es más importante que el amor al prójimo. A la pregunta del escriba por el mandamiento más importante (en singular) responde diciendo que son estos dos (en plural). Y no hay precepto más grande que ellos.

5. La reacción del escriba. El protagonista, que no ha venido a poner a prueba a Jesús (como ocurre a los escribas y fariseos en otros casos), sino a conocer lo que piensa, se muestra plenamente satisfecho de la respuesta. Y añade un comentario importantísimo: amar a Dios y al prójimo “vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Con estas palabras, el escriba abandona el plano teórico y saca las consecuencias prácticas. Durante siglos, muchos israelitas, igual que hoy muchos cristianos, pensaron que a Dios se llegaba a través de actos de culto, peregrinaciones, ofrendas para el templo, sacrificios costosos de animales… Sin embargo, los profetas les enseñaban que, para llegar a Dios, hay que dar necesariamente el rodeo del prójimo, preocuparse por los pobres y oprimidos, buscar una sociedad justa. En esta línea se orienta el escriba.

Aunque su punto de vista es muy fácil de entender, cuento una anécdota interesante. En la basílica de la Virgen de Luján, en Argentina, un sitio de peregrinación nacional muy frecuentado, era costumbre llevar ramos de flores para la Virgen. La última vez que estuve allí, me llamó la atención un letrero colocado de manera oficial y muy clara advirtiendo a los fieles que a la Virgen le agrada mucho más que se dé de comer al hambriento que el que le regalen a ella un ramo de flores.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo XXXI de Tiempo Ordinario

(Mc 12, 28-34)

Era pesada la multitud de normas y preceptos que tenían los judíos, no sólo en la Sagrada Escritura, sino sobre todo en las tradiciones que habían impuesto los fariseos.

Nosotros también, muchas veces nos perdemos en medio de una multitud de obligaciones morales que pesan en nuestra conciencia, y nos llenamos de escrúpulos, de autoreproches, de sentimientos de culpa. Necesitamos que Jesús nos diga dónde tenemos que tratar de poner el acento para tener la tranquilidad de estar en su camino a pesar de nuestras debilidades.

Y Jesús es muy claro; lo primero que espera Dios de nosotros es que lo amemos. Puede suceder, de hecho, que una persona no cometa pecados evidentes, que su vida sea correcta y elogiable, pero que en realidad sólo se ame a sí misma y su propia perfección. Jesús nos dice que no es eso lo que Dios espera de nosotros, sino que en primer lugar espera que lo amemos, con un amor verdadero que brote de lo más profundo, del «corazón», con un amor que sea también deseo de su amor y de su presencia, es decir, con toda el «alma», y con un amor donde se integre también todo el dinamismo de nuestra vida, nuestros impulsos, nuestro trabajo, nuestras acciones; no porque tengamos que ser perfectos en todo lo que hagamos, sino porque lo hacemos presente a él en medio de todo lo que hacemos.

Pero este amor debe manifestarse también en una forma de actuar semejante a la de Dios, es decir, en una vida compasiva con el hermano, para amarlo a él como Dios me ama, para perdonarlo como Dios me perdona, para desear su bien. Y amarlo como a mí mismo significa romper las paredes de mi propio yo, para que así como deseo mi felicidad pueda desear también la felicidad del hermano, para que así como me preocupo por mis problemas, también me preocupe por los problemas del hermano.

Oración:

«Mi Señor, sin tu gracia yo no puedo salir de mis propios intereses, sin tu amor no puedo liberarme del egoísmo. Transfórmame Señor, para que pueda amarte con todo mi corazón, con toda mi mente y con todo mi espíritu, y para que pueda amar a los demás como me amo a mí mismo».  

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Lectio Divina – Domingo XXXI de Tiempo Ordinario

Amor a Dios y amor al prójimo

INTRODUCCIÓN

El Antiguo Testamento difícilmente podría justificar por qué hay que amar a Dios. Al Amo, Creador, Juez… se le obedece, se le respeta, se le admira… se le teme. ¿Amar? Jesús ha dado la razón profunda de por qué hay que amar a Dios. «Amarás a Dios, porque es tu Padre, porque él te quiere». El descubrimiento de Dios/Abbá descubre también quiénes son los demás. Por eso los dos mandamientos son «semejantes»; en el fondo, son el mismo. Éste es el genio de Jesús, que al revelar a Dios revela al ser humano. La Ley no es el poder ni la sumisión, sino el amor. El mundo no se mueve por la sola Omnipotencia, sino por el Amor creador. La primera conversión del cristiano es creer «Dios me quiere«, a mí, personalmente, como las madres quieren a sus hijos. Este «convencimiento íntimo» es el centro de la fe. El amor a Dios no es ni puede ser mandamiento. Es respuesta: me siento querido y quiero. Los que creen esto son la Iglesia. (Fray Marcos)

TEXTOS BÍBLICOS

1ª Lectura: Dt. 6,2-6.         2ª lectura: Heb. 7,23-28.

EVANGELIO

Marcos 12, 28b-34:

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús: «El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.» El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» No hay mandamiento mayor que éstos.»  El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

REFLEXIÓN

El amor a Dios fue un salto de gigante sobre el temor al amo poderoso y dueño de todo. En el AT el amor a Dios era absoluto, el amor al prójimo relativo, «como a ti mismo». Para la inmensa mayoría de los letrados, el prójimo era el que pertenecía a su pueblo y raza. Según la Torá, era perfectamente compatible un amor a Dios y un desprecio absoluto no solo a los extranjeros sino también a amplios sectores de su propia sociedad judía.

LA GENIALIDAD DE JESUS SOBRE EL AMOR. 

En realidad, estos dos mandamientos sobre el amor ya estaban en el A. T. Del amor a Dios se habla en Dt. 6,4. Es la famosa oración del Shemá que recita el judío todas las mañanas al levantarse: «Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser”.  Y en Lev. 19,18, se lee: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.  ¿Dónde está la novedad de Jesús?

1.– Jesús alivia, aligera, quita cargas pesadas. En tiempo de Jesús había que cumplir más de 6oo preceptos que obligaban en conciencia y que ya el sólo retener en la memoria, era una pesada carga. Jesús protesta: “Atan cargas pesadas y las echan a la espalda de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas” (Mt. 23, 4). Con Jesús todos esos preceptos quedan reducidos a dos: amar a Dios y amar al hermano. ¡Qué alivio! Por otra parte, como se trata de una ley “de amor” deja de ser pesada.   “El amor ni cansa ni se cansa” (San Juan de la Cruz).

2.– Jesús une dos mandamientos que estaban separados. Separados en dos libros distintos, y separados en la vida. Se podía amar a Dios y odiar al enemigo. Ahora van juntos y son como “vasos comunicantes”. ¿Sube el amor a Dios? Automáticamente sube el amor al hombre; y viceversa. “Y si alguien dice que ama a Dios y no ama al hermano, es un embustero” (1Jn. 4,20).  Jesús no está de acuerdo con esas imágenes de Dios que aparecen en el A.T. y hablan de prepotencia, de venganza, de ira, de desquite. Y las sustituye por otras nuevas:  Pensad en Dios como en un campesino que siembra, en un médico que sana, en un pastor preocupado por su rebaño, en una mujer feliz de haber encontrado su moneda, en un padre que se vuelve loco de alegría al recuperar a su hijo … o mejor todavía, pensad en vuestra propia madre. Así de tierno, así de cariñoso es Dios.

3.– Jesús nos motiva, nos incentiva, desde dentro, a amar. Por el misterio de la Encarnación, Dios no sólo nos ama, sino que se instala en el corazón de cada uno de nosotros, se identifica con nosotros. “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estaba desnudo y me cubristeis, en la cárcel y me visitasteis” (Mt. 25 ,36). Cuando caen las escamas de nuestros ojos y, como Pablo, descubrimos que todo lo que hacemos a uno de nuestros hermanos se lo hacemos a Jesús, ya no tenemos ninguna excusa para no amar. Por otra parte, nada nos hace crecer y madurar en la vida como el amor concreto y desinteresado al hermano. El amor nos “humaniza”.

PREGUNTAS

1.- ¿Vivo mi fe con holgura, con anchura de corazón, es decir, sin miedos, sin prejuicios, sin amenazas, con esa libertad que me da Jesús?

2.- ¿Sé unir en mi vida práctica el amor a Dios y el amor a mis hermanos?  ¿Se lo pido al Señor todos los días?

3.- ¿Caigo en la cuenta de que mis motivaciones para amar son mucho más fuertes que las que pueda tener un marxista, un humanista?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ

No encontramos las palabras
para definir a Dios.
San Juan, el Evangelista,
nos dice “DIOS ES AMOR”
Dios es gracia desbordante,
entrega, regalo, don.
Nos da luz, calor y vida,
como el más brillante sol.
Como buen Padre, a sus hijos
Dios reparte una ración
de pan, de amor, de alegría,
misericordia y perdón
El Padre Dios ama a todos
sin ninguna distinción
y desea que sus hijos
vivamos en “comunión”.
Por eso Jesús proclama
la auténtica religión:
“Amar a Dios y al hermano
de verdad, de corazón”.
Es un mismo mandamiento
sin posible división.
Amar a Dios y no al prójimo
sería pura ilusión
Señor, que la Iglesia asuma
que “amar es su vocación”.
Haz que todos nos amemos
y danos tu bendición.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí).

Shema Israel

1.- La segunda vez que subí al Gbel Musa (montaña de Moisés, la que creemos es el Sinaí bíblico) nos acompañaba como guía un joven médico pediatra, que durante sus vacaciones se dedicaba a estos menesteres. Gente así resulta, generalmente, muy interesante. El chico aquel, al principio del trayecto, nos dijo que no era creyente. Al pie de la montaña lo repitió, pero con el inciso: no obstante, en el desierto, creo en Dios. Razón tenía. En medio de la gran ciudad, o en casa, rodeado de los innumerables cachivaches que se nos ofrecen hoy en día: televisores, DVD, MP3, Palms, GPS etc. etc., puede uno olvidarse de Dios, pero sumergido en un valle pirenaico o alpino, en la inmensidad de la meseta castellana, o en el desierto, la presencia de Dios penetra hasta los tuétanos, como la humedad en días de bochorno.

3.- Vuelvo a tierras del medio-oriente. Al llegar a la cima, en aquella ocasión estábamos solos, cantamos con entusiasmo el Credo. En tales circunstancias, siente uno que ha penetrando en el Cielo. Le pedimos después a nuestro guía que pronunciase el Shemá. Nos contestó: aquí no puedo decirlo, aquí lo he de cantar. Y en el amasijo de los centenares de montañas que desde allí se divisan, iluminadas por la luz multicolor del amanecer, en aquella nítida atmósfera, con voz potente, sonó: Shema, Israel, Adonai… todavía, ahora cuando lo escribo, un escalofrío me recorre el cuerpo.

3.- Si os he explicado esto, mis queridos jóvenes lectores, es para que entendáis mejor el sentido del diálogo entre este docto y honrado judío y Jesús, nuestro Señor. Tiene interés el buen hombre, en compartir ideas con el que ha oído es un Rabí importante y le hace una pregunta. No es capciosa, quiere explorar el terreno. Jesús, como buen judío e hijo de judía fervorosa, Santa María, había rezado desde pequeño, el Shemá cada día. Lo sabía bien y se lo recita ahora a su interlocutor. Es la declaración fundamental de la Fe de Israel. Pero añade, sin que el otro se lo pida, un nuevo precepto: también al prójimo hay que querer. Prójimo es cualquier hombre, como en otros momentos lo explicó el Maestro. No el integrante de su propia tribu, como se decía en tiempos antiguos. A cualquier ser humano hay que amar. En este inciso está la frontera entre Antiguo y Nuevo Testamento. El creyente debe caminar por la vida afirmando los dos amores. Como por el camino necesita dos piernas para avanzar.

4.- El universitario judío siente satisfacción por la respuesta y lo confiesa sin rubor. El Rabí es de confianza y le ha enriquecido. Es aquello que decían nuestros antiguos: nunca te acostarás sin saber una cosa más. Jesús también quedó satisfecho del encuentro y no lo oculta. Se me ocurre a mí pensar, mis queridos jóvenes lectores, ¿Sabéis cuales son los principales preceptos de nuestra Fe cristiana? ¿Habéis preguntado a cualquiera de vuestros compañeros, que no lo sean, cuales son los suyos?

Jesús, como todo piadoso judío, recitaba cada día, por la mañana, al mediodía y antes de acostarse, el Shemá. Durante la jornada era fiel, fue siempre fiel, al contenido de esta plegaria. Así se lo había enseñado y así le había educado Santa María, nuestra madre. Si reconoces ahora mismo que no es este tu proceder, que ni rezas, ni eres fiel a los mandamientos, podríais, ahora mismo, decirle a ella: ya que se te ha acabado tu oficio de ama de casa en Nazaret ¿Porqué no te dedicas un poco a enseñarme y a educarme a mí? Si lo hacéis así, notaréis, con la mirada interior del corazón, que es el mismo Jesús quien a vosotros os elogia, complacido.

Pedrojosé Ynaraja

La gran revolución de Jesús

1.- La acción que nos narra San Marcos en el Evangelio de hoy se sitúa tras la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. En esas horas arreciaron los ataques de fariseos y otros elementos de la religión oficial judía que buscaban acusarle y condenarlo. Pero Jesús de Nazaret, que era un judío observante de la Ley de Moisés, coloca a sus adversarios frente al principal mandamiento: el de la Shemá, el de amar a Dios sobre todas las cosas. Era –y es—la plegaria que todo el pueblo debía repetir todos los días como oración de la mañana. Jesús lo había dicho muchas veces: no pretendía eliminar la Ley, sino que ésta se cumpliese “hasta el último tilde”. Pero, realmente, a sacerdotes, escribas y fariseos les importaba poco la verdadera Ley. Solo intentaban implementar, al precio que fuera, un exagerado nivel de cumplimiento de normas, muchas de las cuales nada tenía que ver con los preceptos dictados, de manera muy minuciosa, por Moisés y sus principales seguidores.

La sorpresa, además, para los “oficialistas” es que Jesús les habla de Dios como auténtico rey del amor y de la ternura hacia sus criaturas. Pero ellos mantenían la idea de un Dios lejano, solitario, todopoderoso e implacable. Todo esto les iba mejor para sus fines. La verdad es que, como ha dicho algún escritor espiritual, los fariseos, con sus normas, habían encerrado a Dios en una jaula de oro. Y el esfuerzo de Jesús para enseñar al pueblo la verdadera naturaleza de Dios, chocaba con los intereses de esa llamada religión oficial. La doctrina del amor es lo que llevó a Jesús a la Cruz. Sus enemigos propiciaban un Dios del terror y no podían admitir ese Dios del amor.

2.- Pero siempre hemos de tener en cuenta al Dios del amor y no transformarle en cualquier otra cosa. Si somos sinceros y humildes tendremos que reconocer que también, a veces, nosotros queremos meter a Dios en una jaula y emplear a ese Dios cautivo como sicario de algunos de nuestros postulados nada cristianos. Yo he pensado alguna vez que el terrible mensaje de Jesús sobre que jamás se perdonarán los pecados contra el Espíritu Santo, son esos pecados imperdonables que están cerca de la mala utilización de la imagen y de la persona de Dios, falsificando a nuestro antojo la autentica realidad del Dios del amor. Desgraciadamente, hay muchos fariseos entre nosotros. Personas que dan más importancia a la norma que al fondo verdadero de nuestra fe; y “educadores” que han convertido la religión es una serie de preceptos u obligaciones que poco tiene que ver con la idea del amor divino. Respecto a estos, parece mentira que pasen por alto las muchas advertencias –la mayoría muy graves—que Jesús de Nazaret hace a los fariseos.

3.- La revolución de Jesús fue revelar al Dios del amor que, desde luego, chocaba –como ya he dicho—con ese otro Dios justiciero y hasta cruel, inventado por aquellos que opinaban que la mejor obediencia religiosa llegaba desde el miedo, desde el terror. El Dios del amor rompía todos los esquemas del judaísmo contemporáneo de Jesús. No es extraño, pues, que fuera perseguido y se buscara su condena. La escena a la que asistimos hoy, narrada por San Marcos, es una de tantas de las que se provocaron y que, finalmente, sirvieron para su condena. Pero al igual que los cristianos tendentes al fariseísmo hay también cristianos que no entienden el Dios del Amor, compartimentándolo en diferentes formar de ver ese amor. O, incluso, alejándole del amor a sus criaturas. Ha sido nuestro Papa, Benedicto XVI, quien en su encíclica “Deus Caritas Est”, diera una aceptación total y global al amor de Dios, sin exclusiones surgidas de interpretaciones, más de contenido lingüístico, que de otra cosa. Dios también siente por sus criaturas el amor llamado eros, que no es otra cosa que una parte del amor total.

Pero, verdaderamente, nuestros hermanos que se aferran a posiciones poco cristianas y un tanto arcaicas, merecen todo nuestro amor y todo nuestro respeto. Y amor y respeto ha de jalonar nuestro camino para ayudarles en su conversión definitiva, que no es otra que la nuestra propia, porque la Iglesia es un cuerpo de muchos miembros, del cual la cabeza es Cristo. Nadie sobra, ni nadie puede ser excluido. Hemos de amarnos todos para ayudarnos entre si. Y así comprender que el camino del amor y de la comprensión fue –y es—el camino que utilizaba Jesús de Nazaret con sus adversarios de hace más de dos mil años, a quienes amaba y deseaba su felicidad y salvación.

Ángel Gómez Escorial

Desmemoriados

Algo de lo que nos quejamos mucho, y no sólo las personas de más edad, es de lo que se nos olvidan las cosas: lo que iba a hacer, lo que iba a decir, lo que estaba buscando o dónde he guardado algo, lo que he dejado al fuego, un nombre, una dirección, una compra… A veces se nos olvidan cosas muy básicas, que damos por hecho que nos vamos a acordar de ellas, y sin embargo, se nos van de la cabeza. Para paliar la pérdida de memoria, utilizamos recursos: escribir una nota, programar una alarma, cambiar un objeto de sitio, pedir a otra persona que nos lo recuerde…

La Palabra de Dios de este domingo nos ha recordado algo muy básico, tanto, que a veces damos por hecho que ya lo sabemos de sobra y no se nos va a olvidar. Es lo que un letrado le preguntó a Jesús: ¿Qué mandamiento es el primero de todos? A lo que Jesús responde, citando lo que también hemos escuchado en la 1ª lectura: Amarás al Señor Tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. Pero Jesús añade: El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos. El mayor y único mandamiento tiene dos dimensiones inseparables, como nos enseñaron a repetir de pequeños cuando memorizábamos los Diez Mandamientos: “Estos Diez Mandamientos se encierran en dos: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Pero debemos reconocer que somos muy desmemoriados, porque algo tan básico, tan sabido desde pequeños, se nos olvida muy fácilmente. Unas veces, porque las ocupaciones y preocupaciones diarias hacen que en todo el día no hayamos tenido un momento para Dios y tampoco hayamos prestado atención a nadie, fuera de nuestro círculo más inmediato.

Otras veces, porque nos quedamos con la primera parte del mandamiento, viviendo un espiritualismo desencarnado: hacemos nuestros rezos, “oímos Misa”, realizamos nuestros actos de devoción, pero “se nos olvida” la segunda parte y no realizamos ningún gesto de amor al prójimo ni queremos asumir ningún compromiso concreto al respecto.

Y otras veces nos quedamos con la segunda parte del mandamiento, cayendo en el activismo, desarrollando diferentes acciones de voluntariado con mucha entrega, pero “se nos olvida” la primera parte y que esa actividad tiene su fuente y alimento en nuestra relación de amor con Dios.

En la 1ª lectura hemos escuchado que el autor dice: Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria. Pero como la desmemoria nos acecha, continúa recomendando unos recursos para que no se olviden las palabras del mandamiento principal, unos recursos que podemos hacer nuestros: Se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal, las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales. El mandamiento principal no es sólo que se deba quedar en nuestra memoria, es algo que forma parte de nuestra cotidianidad. El amor a Dios y al prójimo es un estilo de vida que concretamos en lo íntimo y en lo público, en el ámbito familiar, laboral, social… El amor a Dios y al prójimo está “atado” a nuestro pensamiento y a nuestra acción, en todo lo que hacemos y en todo momento. Y este ejercicio continuado hace que el mandamiento no se nos olvide, ni del todo, ni en parte.

Pero nosotros, además, contamos con otro recurso para luchar contra la desmemoria. Somos Iglesia, comunidad parroquial y, sobre todo cuando participamos en la Eucaristía dominical como miembros de un mismo cuerpo, nos ayudamos a recordar que debemos cumplir este mandamiento.

¿Me afecta la falta de memoria? ¿Qué hago para paliarla? ¿Se me olvida, en todo o en parte, el mandamiento principal? ¿Hay alguna parte del mandamiento que acentúe más que la otra? ¿Por qué? ¿El amor a Dios y al prójimo es algo que forma parte natural de mi vida cotidiana? ¿Cómo lo llevo a la práctica? ¿La comunidad parroquial me ayuda a recordar y a cumplir este mandamiento?

Si nos da mucha rabia olvidar nuestras cosas, mucho más nos debería doler olvidarnos de las cosas de Dios, sobre todo, de lo más básico: el mandamiento primero de todos. Pidamos al Señor que sepamos utilizar todos los recursos de que disponemos para no ser unos desmemoriados y ayudarnos unos a otros, como comunidad parroquial, a recordarlo y a cumplirlo.