Comentario – Viernes XXVI de Tiempo Ordinario

(Lc 10, 13-16)

Jesús, que había crecido en Galilea, se lamenta amargamente de la incredulidad de algunas poblaciones de esa región. Él había intentado abrir el corazón de esa gente no sólo con su predicación, sino también con muchos milagros, pero ellos no se convirtieron. Y Jesús quiere hacerles notar que su incredulidad e indiferencia es peor que la de Tiro, Sidón y Sodoma. ¿A qué se debe esta comparación?

Tiro y Sidón eran centros de comercio. Desde allí salían naves que surcaban el Mediterráneo y allí llegaban productos que se comerciaban en Oriente. Representaban un poder comercial y, con él, la adoración a los bienes materiales. Se entendía entonces que Tiro y Sidón no eran el ambiente adecuado para el florecimiento de profundas actitudes religiosas, para la conversión del corazón. Sodoma era una ciudad que simbolizaba el pecado, una depravación moral que finalmente la llevó a la ruina (Gn 19).

Sin embargo, Jesús se dirige a las poblaciones de Galilea que no se convertían para hacerles notar que no tienen nada que criticar a Tiro, Sidón o Sodoma, porque la dureza del corazón de ellos era superior a la de esas ciudades. Si esas ciudades hubieran presenciado los prodigios de Jesús se habrían convertido rápidamente.

Ante este texto cabe que nos preguntemos si todo lo que hemos recibido del Señor, todo lo que él nos ha manifestado, todos los regalos de su amor, no exigirían una mayor entrega de nuestras vidas, una conversión más profunda de nuestro corazón. En todo caso, no deberíamos escandalizarnos ante la incredulidad de otros, que quizás no han recibido del Señor tantos regalos como los que nosotros hemos experimentado.

Cada uno debe sentirse interpelado por esta invitación a la conversión, porque el evangelio siempre nos pide más, siempre quiere llevarnos más alto. El evangelio nos dice: «Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48).

Oración:

«Ayúdame Señor, con toques de tu gracia, con auxilios de tu Espíritu, para que pueda reconocer tus dones con un corazón agradecido, y así desee responder a tu amor con una conversión más profunda, con una vida y un corazón que sean de tu agrado»

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día