Comentario – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

Los acercamientos de los fariseos a Jesús suelen ser casi siempre con intenciones aviesas. En esta ocasión le preguntan, pero no con intención de aprender, sino de ponerlo a prueba para tener después de qué acusarlo. Las pruebas son aquí zancadillas o intentos de cogerle en un renuncio o de desacreditarlo a los ojos del pueblo que le admiraba. La pregunta es: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?

Los fariseos ya tenían respuesta a esta pregunta. A un hombre le era lícito divorciarse de su mujer siempre que hubiera causa justa o razón suficiente. Para unos esta causa podía ser el motivo más intrascendente (cualquier fallo o falta por leve que fuera); para otros, sólo un adulterio podía ser motivo de divorcio. Vivían, por tanto, bajo una legislación divorcista o que permitía el divorcio. Para ello podían ampararse en la ley de Moisés que permitía esta ruptura matrimonial dando acta de repudio a la mujer. A esta tradición se remiten cuando Jesús les pregunta: ¿Qué os ha mandado Moisés? Y Jesús reconoce la existencia de esta legislación y la justifica invocando una razón: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto.

Luego se trata de una permisión legal debida a la terquedad de los hombres de aquel tiempo, quizá para evitar males mayores. Pero al principio no fue así. Jesús se remite a una tradición anterior a la mosaica, una tradición que, a su entender, habría que recuperar. Al principio Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Son textos del Génesis. Y Jesús se remite a esta Escritura como la tradición primigenia. Dios los creó hombre y mujer y, por tanto, distintos. Siendo los mismos huesos y la misma carne, sin embargo son sexualmente distintos, pero también complementarios. Aquí la diferencia distingue, pero no separa. Aquí la diferencia, por ser complementaria, une. Fueron creados hombre y mujer con miras a formar una unión de dos abierta a la vida, dos en una sola carne. Por eso, porque están naturalmente encaminados a esta unión, el hombre abandonará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y formar con ella una sola carne.

Se abandona en cierto modo a la familia de procedencia para formar una nueva familia o una unión que sea el origen de una nueva familia. Porque la unidad de la carne tiene un inmediato fin procreador. Y aquí está el origen de la familia. Luego en la creación bisexuada del hombre y la mujer ya hay un designio divino de unión. Y como la unión sólo puede darse entre un hombre y una mujer concretos, hay que pensar que cuando se produce esa unión efectiva, Dios la quiere. Es decir, que Dios quiere la unión de ese hombre y esa mujer concretos en los que ha surgido el amor y la mutua atracción. Pues bien, lo que Dios quiere unido porque lo ha unido, que no lo separe el hombre. Separar lo que Dios quiere que sea una sola carne es romper una unión querida por Dios.

Pero ¿semejante voluntad cierra el camino a cualquier permisión como la de Moisés? Cuando esa unión se ve resquebrajada y se presenta como irrecuperable, ¿no habrá que aceptar con resignación este estado de hecho y, por tanto, la separación? ¿Se les puede negar a los separados la posibilidad de restablecer la unión con otra persona? Esas son las preguntas que nos seguimos haciendo hoy. Porque si permitimos a los separados restablecer la unión con otra persona, estamos dando por finalizada o invalidada la unión anterior. ¿No la ha destruido ya de hecho la separación?

Quizá estas y otras preguntas son las que llevan a los discípulos de Jesús a volver sobre el tema. Y su respuesta ahora es más comprometida y diáfana: Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Luego la mujer de la que uno se divorcia (o separa) para casarse con otra sigue siendo su mujer, hasta el punto de serla infiel, cometiendo adulterio, si se casa con otra.

Esta respuesta de Jesús no deja escapatoria. Atrás parece haber quedado el precepto de Moisés y su justificación. Ya ha dejado de comparecer la terquedad como motivo justificante del divorcio. En los nuevos tiempos la terquedad humana ya no parece ser razón suficiente para permitir el divorcio. Jesús, al remitirse a los orígenes, recupera en toda su radicalidad la pureza de esta unión constituida por el hombre y la mujer hasta poder hablar de una sola carne siendo dos: matrimonio monógamo e indisoluble.

Pero hoy, ante la avalancha de experiencias de fracaso, nos cuesta mucho admitir esta indisolubilidad, tanto que nos parece una intransigencia más de la Iglesia que se aferra al dictado de Cristo de manera poco flexible. Pero la Iglesia no es tan inflexible como pudiera parecer. También admite separaciones, aunque no admita divorcios; también concede anulaciones; también se apiada de esas personas que se encuentran en situación irregular. Lo que no puede hacer es invalidar una norma que surge de la entraña del mismo evangelio con su carga incuestionable de radicalidad.

El cristiano está constantemente invitado a vivir la radicalidad evangélica. Pero su fracaso en el intento o su pecado, incluido el de adulterio, no queda al margen de la misericordia del que perdonó a la mujer sorprendida en adulterio o del que pidió el perdón para los que le crucificaban. No, las exigencias evangélicas no son nunca obstáculo para el uso balsámico de la misericordia. Al contrario, es sobre los pecadores sobre los que se derrama más copiosamente.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística