Comentario – Sábado XXVI de Tiempo Ordinario

(Lc 10, 17-24)

Los discípulos se alegran porque los espíritus del mal se someten cuando invocan el nombre del Maestro. Se sienten poderosos. Pero Jesús les advierte que no pongan su mayor alegría en ese poder que han recibido, sino en las realidades celestiales que se les han prometido.

La alegría es un tema típico del evangelio de Lucas, desde la anunciación hasta la Pascua, pasando por una especie de caravana de gente gozosa, entre los que se destaca María, que «se estremecía de gozo en Dios su salvador».

Pero aquí es Jesús el que se llena de alegría; no una alegría mundana, o una euforia psicológica, sino el gozo que procede del Espíritu Santo.

El motivo de la alegría de Jesús es muy particular. Jesús se alegraba contemplando cómo los más pequeños y sencillos recibían la buena noticia y captaban los misterios más profundos del amor de Dios.

Y Jesús se goza porque es su Padre amado el que manifiesta a los sencillos las cosas que permanecen ocultas para los sabios de este mundo.

Todo el evangelio de Lucas es también un testimonio permanente de esta predilección del Padre y de Jesús por los pequeños, los olvidados, los despreciados de la sociedad, pero que albergan en su sencillez un tesoro divino.

Jesús es el que manifiesta esa misteriosa revelación, porque sólo él conoce íntimamente al Padre y puede revelar sus misterios.

Oración:

«Señor Jesús, que te alegrabas con los pobres, dame la gracia de contarme entre los simples de corazón, para que pueda recibir tu Palabra con docilidad y con gozo, para que no me resista a tu acción salvadora, aferrándome a las seguridades del mundo».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día