Cuidar el amor

1.- La unión del hombre y la mujer ha sido bendecida y santificada por Dios. Uno, en su sano juicio, no suele provocar daño a su propio cuerpo. En el matrimonio, tanto el hombre como la mujer «son una sola carne» y, por tanto, busca siempre el uno la felicidad del otro. Ya no se preguntará si «yo soy feliz», sino si «estoy haciendo feliz al otro». Porque en la medida en que el esposo haga feliz a su mujer, será también él feliz y viceversa.

2.- En el matrimonio hay un compromiso de amar para siempre, pero para que esto sea posible «hay que cuidar el amor» como cuidamos de una planta para que no se seque. Y sólo se cuida el amor cuando se dedica el tiempo necesario al otro, cuando se es capaz de renunciar a uno mismo en favor del otro, cuando el diálogo y la tolerancia tienen cabida dentro del hogar. Pregunté a un matrimonio en la celebración de sus bodas de oro cuál era el secreto de que se quisieran tanto y me respondieron al unísono: «comprensión, mucha comprensión. Comprender al otro es ponerse en su lugar, es ser capaz de sufrir y alegrarse cuando el otro sufre o se alegra, igual que todo nuestro cuerpo sufre cuando le duele un miembro. Amar de verdad es ser capaz de decir «lo siento» y «te perdono», igual que se dice «te quiero».

3.- El proyecto de amor según Dios exige permanencia y tiene ansias de plenitud y para siempre, «hasta que la muerte nos separe». Pero la realidad es que este ideal no se puede vivir por diversas razones. En este caso la Iglesia debe ser acogedora. Así lo manifestó el anterior Pontífice, el Papa Juan Pablo II en el III Encuentro Mundial de las Familias: «Ante tantas familias rotas, la Iglesia no se siente llamada a expresar un juicio severo e indiferente, sino más bien a iluminar los diversos dramas humanos a la luz de la Palabra de Dios, acompañada del testimonio de su misericordia. Con este espíritu, la pastoral familiar trata de aliviar también estas situaciones de los creyentes que se han divorciado y vuelto a casar civilmente. No están excluidos de la comunidad; al contrario, están invitados a participar en su vida, recorriendo un camino de crecimiento en el espíritu de las exigencias evangélicas»

José María Martín OSA