La verdad, realidad y tarea

 

Suele ser habitual que los seguidores de una religión –en particular, de las llamadas “religiones del libro” o teístas– absoluticen los textos fundantes de la misma. El motivo es creer que tales textos provienen directamente de Dios mismo. El riesgo grave –dejando aparte las peleas internas motivadas por la existencia de interpretaciones diferentes– es caer en algún tipo de fundamentalismo que pretende someter la realidad presente a la exigencia de aquellos textos, erigidos en criterio absoluto de juicio.

En realidad, el riesgo es triple: en primer lugar, porque el fundamentalismo ignora en la práctica el cambio social y cultural, con las consecuencias que ello implica. En segundo lugar, porque exige una heteronomía que puede llegar a ser alienante, al promover la adhesión a unas creencias, en lugar de estimular la búsqueda autónoma que responda lo más adecuadamente posible a cuestiones presentes. Y, en tercer lugar, porque esa misma adhesión previa a unos textos concretos actúa como factor de separación e incluso de enfrentamiento con otras personas y grupos que no comparten su creencia.

Solo una actitud fundamentalista puede sostener la pretensión de hablar sobre cuestiones como el divorcio o la homosexualidad a partir de textos de hace dos mil años. Desde ella, los exegetas -o “interpretadores” de los textos- se enzarzan en discusiones tan estériles como interminables.

La verdad no cabe en la mente… ni es posible encerrarla en ningún texto escrito, por más que se proclame “revelado”. Esa es nuestra paradoja: somos verdad, pero no podemos poseer la verdad. El mismo Jesús, hombre sabio, dijo “Yo soy la verdad”, pero nunca dijo “Yo tengo la verdad”. Y eso es aplicable para todos nosotros: nuestra identidad profunda es verdad, bondad y belleza, una con todo lo que es; pero, en el día a día, hemos de ir “construyendo” -o descubriendo- la verdad en todo nuestro mundo personal. Por lo que, cuanto más en conexión vivamos con nuestra identidad profunda -en el silencio de la mente pensante-, más estaremos posibilitando que la verdad se abra camino a través de nuestra persona. A más identificación con el ego, más ignorancia y confusión; a más desidentificación, más verdad.  

Por todo ello, frente al fundamentalismo y su pretensión de poseer la verdad, no encuentro palabras más sabias que las del poeta Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

¿Soy capaz de cuestionar todas mis construcciones mentales?

Enrique Martínez Lozano

Igualdad del hombre y la mujer

NO VIVIMOS EL PLAN DE DIOS DESDE LA CREACIÓN Y ASÍ NOS VA

Vaya por delante que es únicamente por el compromiso adquirido con Fe Adulta de comentar la liturgia de este domingo, que me dispongo a escribir unas letras porque si por mí fuera, no gastaría ni tinta ni esfuerzo en comentar unas lecturas en las que tenemos que emplear un montón de tiempo en explicar lo que no quieren decir, y entresacar el auténtico mensaje de liberación y de vuelta a los orígenes al principio de la Creación.

Por eso, resulta muy doloroso, y quienes establecen los textos bíblicos para las lecturas litúrgicas tendrían que saberlo, volver una y otra vez a escuchar esos pasajes que no nos proporcionan un juicio moral de Jesús ante situaciones como el divorcio, porque ese no era en ningún momento su propósito, y sin embargo nos vuelven a recordar que no vivimos el ideal por el que fuimos creados: la igualdad, la mutualidad, la complementación entre los sexos.

La cuestión del evangelio del domingo se centra en la pregunta con doble intención por parte de los fariseos a Jesús sobre si le está permitido al marido repudiar a la mujer. ¿Por qué le hacen esa pregunta si saben que la ley mosaica lo permite? ¿Qué quieren, que Jesús diga que no, y “pillarle” contradiciendo la ley de Dios dada a Moisés?

Para darles respuesta Jesús se remonta al Génesis (parte del texto que se nos presenta como primera lectura de la liturgia de hoy) Gn 2: 18-24. “Dios los hizo varón y hembra por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y serán los dos un solo ser; de modo que ya no son dos, sino un solo ser”.

“Por lo obstinados que sois”… les dice Jesús os dejó escrito Moisés ese mandamiento. El plan de Dios era otro muy distinto…pero el egoísmo, la búsqueda de placer instantáneo, la falta de compromiso real en una relación de amor maduro lleva a “destrozar” la vida de tantas mujeres que a lo largo de la historia han sido y siguen siendo tratadas como objetos.

Jesús, con su predicación del Reino de Dios, cimienta las relaciones humanas en el amor, en el entendimiento mutuo, en el respeto y en el servicio bien entendido. Precisamente Jesús nos presenta a un Dios Abba que está por encima de la ley y los preceptos: la ley mata, el espíritu da vida.

Resulta imposible reconciliar el Dios ley y el Dios Abba de Jesús. Son dos lenguajes tan diferentes, dos experiencias tan distintas que solo pueden llevar al conflicto.

¿Buscamos en Jesús respuestas a cuestiones concretas que tienen que ver con las decisiones morales? Jesús apela a nuestra conciencia, a nuestra dignidad, de manera personal. No hay una ley que aplique a todos los casos por igual.

Y además, ¿cómo vamos a entender esa pregunta hoy cuando en aquellos tiempos la mujer era vista como propiedad del marido, su alianza de matrimonio era algo acordado entre dos varones: él y el padre de la novia? Se podía deshacer de ella como quien se deshace de algo que ya no le sirve. ¿Cómo podemos usar este texto para decir que en nuestra religión no aceptamos el divorcio? ¿Tenía entonces la mujer alguna posibilidad de romper el compromiso con su marido?

Recientemente, ante la noticia de la vuelta de los talibanes al gobierno de Afganistán después de tantos años de guerra, el mundo occidental se ha puesto en pie y reaccionamos entre otras cosas a su “maltrato y abuso” de las mujeres.

Las mujeres estamos cansadas de tener que defender nuestros derechos con respecto a los varones en múltiples áreas de nuestras vidas y cómo no, en la iglesia católica. Sí, puntualizo en la iglesia católica, porque otras iglesias cristianas hace tiempo que se han dado cuenta de que el patriarcado ha dominado durante demasiados siglos nuestras culturas y también ¡cómo no!, nuestra manera de hacer iglesia. No es que otras comunidades lo tengan ya todo conseguido, pero desde luego sus decisiones responden más a los signos de los tiempos que las nuestras.

No podemos admitir en pleno siglo XXI que las mujeres sigamos sufriendo el “dominio” de los varones. Sin embargo, nos deberíamos preguntar en nuestras comunidades cristianas, ¿cómo vivimos la igualdad, la mutualidad, la paridad entre mujeres y hombres? ¿Se hace real el mensaje de Jesús de liberación de cargas culturales, religiosas, tradiciones en lo que se refiere a los ministerios, las tomas de decisiones? LAS MUJERES DECIMOS QUE NO. El plan de Dios desde el principio de la creación no lo vivimos…y así nos va.

Carmen Notario, SFCC

II Vísperas – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXVII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Gallos vigilantes
que la noche alertan,
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.+

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 1P 1, 3-5

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza vida, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Dejad que los niños vengan a mí, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dejad que los niños vengan a mí, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó al mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle con alegría:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Te damos gracias, Señor, porque, a través del mundo, nos has revelado tu poder y tu gloria;
— haz que sepamos ver tu providencia en los avatares del mundo.

Tú que, por la victoria de tu Hijo en la cruz, anunciaste la paz al mundo,
— líbranos de toda desesperación y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
— concédeles que cooperen, con sinceridad y concordia, en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos, fortalece a los débiles,
— para que en todo se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú, que al tercer día, resucitaste gloriosamente a tu Hijo del sepulcro,
— haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

El matrimonio es el marco más adecuado para una plena humanización

Seguimos en el contexto de subida a Jerusalén y la instrucción a los discípulos. La pregunta de los fariseos, tal como la formula Marcos, no es verosímil. El divorcio estaba admitido por todos. Lo que se discutía eran los motivos que podían justificar un divorcio. En el texto paralelo de Mateo dice: ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo? Esto sí tiene sentido, porque lo que buscaban los fariseos era meter a Jesús en la discusión de escuela.

En tiempo de Jesús el matrimonio era un contrato entre familias. Ni el amor ni los novios tenían nada que ver con en el asunto. La mujer pasaba de ser propiedad del padre a ser propiedad del marido. El divorcio era renunciar a una propiedad que solo podía hacer el propietario, el marido. Querer entender el evangelio desde nuestra perspectiva actual es una quimera. Los conocimientos humanos que hoy tenemos nos obligan a otro planteamiento.

No podemos hablar hoy de matrimonio sin hablar de sexualidad; y no podemos hablar de sexualidad sin hablar del amor y de la familia. Son los cuatro pilares donde se desarrolla una verdadera humanidad. En la materia que más puede afectar al progreso de lo específicamente humano, debemos aprovechar al máximo los conocimientos de las ciencias humanas y no quedarnos anclados en visiones arcaicas, por muy espirituales que parezcan.

El matrimonio es el estado natural de un ser humano adulto. En el matrimonio se despliega el instinto más potente del hombre. Todo ser humano es por su misma naturaleza sexuado. Bien entendido que la sexualidad es algo mucho más profundo que unos atributos biológicos externos. ¡Cuánto sufrimiento se hubiera evitado y se puede evitar aún si se tuviera esto en cuenta! La sexualidad es una actitud vital instintiva que lleva al individuo a sentirse varón o mujer y le permite desplegar la naturaleza característica de cada sexo.

La base fundamental de un matrimonio está en una adecuada sexualidad. Un verdadero matrimonio debe sacar todo el jugo posible de esa tendencia, humanizándola al máximo. La capacidad humana consiste en la posibilidad de darse al otro y ayudarle a ser él, sintiendo que en ese darse, encuentra su propia plenitud. En esta posibilidad de humanización no hay límites. Es verdad que tampoco los hay al utilizar la sexualidad para deshumanizarse. La línea divisoria es tan sutil que la mayoría de los seres humanos no llegan a percibirla.

Lo importante no es el acto sino la actitud de cada persona. Siempre que se busca por encima de todo el bien del otro y es expresión de verdadero amor, la sexualidad humaniza a ambos. Siempre que se busca en primer lugar el placer personal, utilizando al otro como instrumento, deshumaniza. El matrimonio no es un estado en que todo está permitido. Estoy convencido de que hay más abusos sexuales dentro del matrimonio que fuera de él.

Hoy no tiene sentido hablar de matrimonio sin dejar claro lo que es el amor. Si una relación de pareja no está fundamentada en el verdadero amor, no tiene nada de humana. Pero lo complicado es aquilatar lo que queremos decir con amor. Es una palabra tan manoseada que es imposible adivinar lo que queremos decir con ella en cada caso. Al más refinado de los egoísmos, que es aprovecharse de lo más íntimo del otro, también le llamamos amor.

El afán de buscar el beneficio personal arruina toda posibilidad de unas relaciones humanas. Esta búsqueda del otro, para satisfacer mis necesidades, anula todas las posibilidades de una relación de pareja. Desde la perspectiva hedonista, la pareja estará fundamentada en lo que el otro me aporta, nunca en lo que yo puedo darle. La consecuencia es nefasta: las parejas solo se mantienen mientras se consiga un equilibrio de intereses mutuos.

Esta es la razón por la que más de la mitad de los matrimonios se rompen, sin contar los que hoy ni siquiera se plantean la unión estable sino que se conforman con sacar en cada instante el mayor provecho de cualquier relación personal. Desde estas perspectivas, por mucho que sea lo que una persona me está dando, en cualquier momento puedo descubrir a otra que me puede dar más. Ya no tendré motivos para seguir con la primera. También puede darse el caso de encontrar otra persona que dándome lo mismo, me exige menos.

El amor consiste en desplegar la capacidad de darse sin esperar nada a cambio. No tiene más límites que los que ponga el que ama. Aquel a quien se ama no puede poner los límites. Pero la superación del falso yo y el descubrimiento de mi auténtico ser es limitado y debo reconocerlo. Debemos tomar conciencia clara de cuál es la diferencia entre el servicio y el servilismo. Jesús dijo que tan letal es el someter al otro como dejarse someter. Si la pareja ha superado mi capacidad de aguante, debo evitar que me someta y aniquile.

Desde nuestro punto de vista cristiano, tenemos un despiste monumental sobre lo que es el sacramento. Para que haya sacramento, no basta con ser creyente e ir a la iglesia. Es imprescindible el mutuo y auténtico amor. Con esas tres palabras, que he subrayado, estamos acotando hasta extremos increíbles la posibilidad real del sacramento. Un verdadero amor es algo que no debemos dar por supuesto. El amor no es puro instinto, no es pasión, no es interés, no es simple amistad, no es el deseo de que otro me quiera. Todas esas realidades son positivas, pero no son suficientes para el logro de una mayor humanidad.

Cuando decimos que el matrimonio es indisoluble, nos estamos refiriendo a una unión fundamentada en un amor auténtico, que puede darse entre creyentes o no creyentes. Puede haber verdadero amor humano-divino aunque no se crea explícitamente en Dios, o no se pertenezca a una religión. Es impensable un auténtico amor si está condicionado a un limitado espacio de tiempo. Un verdadero amor es indestructible. Si he elegido una persona para volcarme con todo lo que soy y así desplegar mi humanidad, nada me podrá detener.

El divorcio, entendido como ruptura del sacramento, es una palabra vacía de contenido para el creyente. La Iglesia hace muy bien en no darle cabida en su vocabulario. No es tan difícil de comprender. Solo si hay verdadero amor hay sacramento. La mejor prueba de que no existió auténtico amor, es que en un momento determinado se termina. Es frecuente oír hablar de un amor que se acabó. Ese amor, que ha terminado, ha sido siempre un falso amor, es decir, egoísmo que solo pretendía el provecho personal interesado y egoísta.

Los seres humanos nos podemos equivocar, incluso en materia tan importante como esta. ¿Qué pasa, cuando dos personas creyeron que había verdadero amor y en el fondo no había más que interés recíproco? Hay que reconocer sin ambages que no hubo sacramento. Por eso la Iglesia solo reconoce la nulidad, es decir, una declaración de que no hubo verdadero sacramento. Y no hacer falta un proceso judicial para demostrarlo. Es muy sencillo: si en un momento determinado no hay amor, nunca hubo verdadero amor y no hubo sacramento.

Fray Marcos

El problema del divorcio y la bendición de los niños

La formación de los discípulos, a la que Marcos dedica la segunda parte de su evangelio, abarca aspectos muy diversos y no sigue un orden lógico. Si el domingo pasado se habló de amigos y enemigos, y del problema del escándalo, el evangelio de hoy se centra en el divorcio. El relato contiene dos escenas: en la primera, los fariseos preguntan a Jesús si se puede repudiar a la mujer, y reciben su respuesta (10,2-9); en la segunda, una vez en la casa, los discípulos insisten sobre el tema y reciben nueva respuesta (10,10-12). Aquí terminaría la lectura breve que permite la liturgia. La larga añade el episodio de la bendición de los niños (10,13-16), muy relacionado con lo anterior, porque mujeres y niños son los seres más débiles de la sociedad familiar. Y Jesús se pone de su parte.

El ideal inicial del matrimonio (Génesis 2,18-24)

En el Génesis, Dios no crea a la mujer para torturar al varón (como en el mito griego de Pandora), sino como un complemento íntimo, hasta el punto de formar una sola carne. En el plan inicial no cabe que el hombre abandone a su mujer; a quienes debe abandonar es a su padre y a su madre, para formar una nueva familia. Las palabras de Génesis 1,27 sugieren claramente la indisolubilidad del matrimonio: el varón y la mujer se convierten en un solo ser.

La triste realidad del divorcio

De acuerdo con lo anterior, cualquier judío sabe que Dios crea al hombre y a la mujer para que se compenetren y complemen­ten. Pero también sabe que los problemas matrimoniales comienzan con Adán y Eva. El matrimonio, incluso en una época en la que la unión íntima y la convivencia amistosa no eran los valores primordiales, se presta a graves conflictos.

Por eso, desde antiguo se admite, como en otros pueblos orientales, la posibilidad del divorcio. Más aún, la tradición rabínica piensa que el divorcio es un privilegio exclusivo de Israel. El Targum Palestinense (Qid. 1,58c, 16ss) pone en boca de Dios las siguientes palabras: «En Israel he dado yo separación, pero no he dado separación en las naciones»; tan sólo en Israel «ha unido Dios su nombre al divorcio».

La ley del divorcio se encuentra en el Deuteronomio, capítulo 24,1ss donde se estipula lo siguiente: «Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa…»

Un detalle que llama la atención en esta ley es su tremendo machismo: sólo el varón puede repudiar y expulsar de la casa. En la perspectiva de la época tiene su lógica, ya que la mujer se parece bastante a un objeto que se compra (como un televisor o un frigorífico), y que se puede devolver si no termina convenciendo. Sin embargo, aunque la sensibilidad de hace veinte siglos fuera distinta de la nuestra (tanto entre los hombres como entre las mujeres), es indudable que unas personas podían ser más sensibles que otras al destino de la mujer. Este detalle es muy interesante para comprender la postura de Jesús. En cualquier caso, la ley es conocida y admitida por todos los grupos religiosos judíos. Por eso resulta desconcertante, a primera vista, la pregunta de los fariseos a Jesús.

Los fariseos y Jesús (Mc 10,2-9)

Cualquier judío piadoso habría respondido: «Sí, el hombre puede repudiar a su mujer». Sin embargo, Jesús, además de ser un judío piadoso, se muestra muy cercano a las mujeres, las acepta en su grupo, permite que lo acompañen. ¿Estará de acuerdo con que el hombre repudie a su mujer? Así se comprende el comentario que añade Mc: le preguntaban «para ponerlo a prueba». Los fariseos quieren colocar a Jesús entre la espada y la pared: entre la dignidad de la mujer y la fidelidad a la ley de Moisés. En cualquier opción que haga, quedará mal: ante sus seguidoras, o ante el pueblo y las autoridades religiosas.

La reacción de Jesús es tan atrevida como inteligente. Porque él también va a poner a los fariseos entre la espada y la pared: entre Dios y Moisés. Empieza con una pregunta muy sencilla: «¿Qué os ha mandado Moisés?». Luego contraataca, distinguiendo entre lo que escribió Moisés en determinado momento y lo que Dios proyectó al comienzo de la historia humana. Al recordar «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre», Jesús rechaza de entrada cualquier motivo de divorcio.

La aceptación posterior del repudio por parte de Moisés no constituye algo ideal, sino que se debió a «vuestro carácter obstinado». Esta interpretación de Jesús supone una gran novedad, porque sitúa la ley de Moisés en su contexto histórico. La tendencia espontánea del judío era considerar toda la Torá (el Pentateuco) como un bloque inmutable y sin fisuras. Algunos rabinos condenaban como herejes a los que decían: «Toda la Ley de Moisés es de Dios, menos tal frase». Jesús, en cambio, distingue entre el proyecto inicial de Dios y las interpretaciones posteriores, que no tienen el mismo valor e incluso pueden ir en contra de ese proyecto.

Los discípulos y Jesús (Mc 10,10-12)

Esta escena saca las conclusiones prácticas de la anterior, tanto para el varón como para la mujer que se divorcian. Las palabras: Si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio, cuentan con la posibilidad de que la mujer se divorcie, cosa que la ley judía solo contemplaba en el caso de que la profesión del marido hiciese insoportable la convivencia, como era el caso de los curtidores, que debían usar unos líquidos pestilentes. En cambio, la legislación romana admitía que la mujer pudiera divorciarse. Por eso, algunos autores ven aquí un indicio de que el evangelio de Marcos fue escrito para la comunidad de Roma. Aunque en los cinco primeros siglos de la historia de Roma (VIII-III a.C.) no se conoció el divorcio, más tarde se introdujo.

Reflexión sobre el divorcio

Cada vez que se lee este evangelio en la misa, donde los matrimonios que participan no están pensando en divorciarse, y las religiosas no pueden hacerlo, cabe pensar que podría haber sido sustituido por otro. Sin embargo, la realidad del divorcio se ha difundido tanto en los últimos años, y afecta de manera tan directa a muchas familias cristianas, que es bueno recordar el ideal propuesto por el Génesis de la compenetración plena entre el varón y la mujer. Hay motivos para que los que siguen unidos den gracias a Dios y para pedir por los que se hallan en crisis y por los que han emprendido una nueva vida.

Los niños, los discípulos y Jesús (10,13-16)

La escena anterior ha tenido lugar «en casa». Ahora se supone que han salido a la calle y ocurre lo siguiente.

Si llevan los niños a Jesús para que los toque, es porque sus padres piensan que el contacto físico con un personaje religioso excepcional será beneficioso para ellos.

¿Por qué los reprenden los discípulos? ¿Porque molestan a Jesús? ¿Porque lo distraen de cosas más importantes? En el fondo, late la idea de que los niños no merecen atención.

La importancia de los niños en relación con el reinado de Dios la hemos visto en el Domingo 25, a propósito de Mc 9,36-37. A lo comentado entonces podemos añadir que en Israel se valoraba especialmente la inocencia de los niños; un midrás tardío decía que la Sekiná marchó al destierro, no con el Sanedrín ni con las secciones sacerdotales, sino con los niños (Eka Rabbati 1,6).

Al final, los padres obtienen mucho más de lo pedían. Querían que Jesús tocase a sus hijos. Él los toma en brazos y los bendice.

Reflexión sobre el bautismo de niños

Desde el siglo II hasta san Agustín se discutió acaloradamente en la Iglesia si los niños debían ser bautizados, o debía esperarse a que fueran adultos. En nuestros tiempos vuelve a plantearse el problema. Lo que no admite duda es que el niño bautizado recibe el reino de Dios como puro regalo, sin  mérito alguno, por la fe de sus padres. En este sentido, es un ejemplo perfecto para quienes piensan que forman parte de Dios por sus propios méritos. Nos invitan a todos a recordar nuestro bautismo con agradecimiento y humildad.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

(Mc 10, 2-16)

Jesús afirma que la práctica del divorcio era sólo una permisión (permitió), como una tolerancia frente a una costumbre y a una debilidad. Pero para Jesús eso no corresponde al plan original de Dios, que une a los esposos como una sola carne para que nunca se separen. Que hoy sean tan comunes las rupturas no debe llevarnos a que nos burlemos de este deseo de Dios.

Por eso Jesús reafirma el rechazo al adulterio, pero con una característica destacable: el varón no tiene derecho a repudiar a la mujer, y si lo hace no tiene derecho a una nueva unión. El texto antiguo (Deut 24, 1-3) daba amplios poderes al varón para liberarse de la mujer si luego de casado descubría en ella algo que no le agradaba, y así dejaba a la mujer a merced de los caprichos del varón.

Jesús elimina esa superioridad despótica y arbitraria del varón y coloca las cosas en su lugar. Las exigencias son las mismas para los dos.

El texto sobre los niños nos indica dos cosas; por un lado la mirada de amor que Dios dirige a los niños. No olvidemos que en aquella época se decía «tantas personas, sin contar las mujeres y los niños», parecía como si no fueran plenamente seres humanos. No era así para Jesús, que no sólo se detenía a acariciarlos y a bendecirlos, sino que además decía que el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos.

Pero por otra parte el evangelio nos invita a recuperar la actitud de humilde confianza que caracteriza a los niños (Sal 131); el Reino de Dios debe ser recibido con esa confianza, propia del que sabe que solo no puede. Así, el corazón tocado por Dios ha renunciado a su autonomía, tiene la profunda convicción de que necesita de Dios y acepta espontáneamente depender de él.

Oración:

«Señor, da la gracia de la fidelidad a los que se han unido en matrimonio; concédeles que se sientan realmente una sola carne, que vivan el gozo de pertenecerse el uno al otro a pesar de todo y sepan superar las dificultades que amenazan al amor».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Matrimonio

1.- Cuando se leen las primeras páginas de la Biblia, que empiezan por el Génesis, y uno lo hace por primera vez, le enoja el lenguaje y las descripciones que va leyendo. Inspiradas por Dios, estas páginas se escribieron hace muchos siglos, eran otras tierras, otras costumbres y otras gentes, muy diferentes de las nuestras. ¿A cual, de mis queridas jóvenes lectoras, le gustaría oír de su enamorado, palabras como las que hemos leído en la misa de hoy? Hueso de mis huesos, carne de mi carne, ¿Cómo le sonaría este piropo?

Por muy extrañas que os parezcan estas historias, quisiera que os dierais cuenta de que su contenido es precioso. En aquellos tiempos a la mujer se la tenía por muy poca cosa, ni siquiera llegaba a tener la categoría de persona humana. Era un ser extraño, apto para satisfacer a los varones y asombroso por el poder de la fecundidad. Gracias a ella, en la casa, fuera esta cueva o choza, podían ir naciendo nuevas criaturas que se convertirían en guerreros, cazadores, leñadores, pastores o agricultores, al servicio de la tribu. Y si nacían hembras, pues, continuarían sirviendo para los mismos menesteres que las que las habían engendrado. Proclamar que aquel ser era hueso de sus huesos y carne de su carne, era asegurar que ambos, varones y hembras, eran de la misma categoría. Se escribieron estos textos hace muchos siglos, quiso Dios, mediante estos relatos, que todos supieran que hombres y mujeres tenían la misma dignidad. ¡Tantas culturas que aceptan la Biblia como su libro fundamental y todavía continúan existiendo diferencias, sintiéndose unos superiores a las otras! Lamentable e injusto es.

2.- También quiso Dios que entendieran que la unión no era una simple aproximación, una mera unión carnal satisfactoria. Aquel atractivo que sentirían, aquel goce del instinto, les debía llevar a olvidarse de dependencias atávicas, deberían arriesgarse a abandonar al padre y la madre, para hacerse una unidad nueva, algo que tendría un proyecto común. Sin decirlo claramente, el texto ya inicia a los hombres en el descubrimiento de la unión matrimonial y del compromiso que de ella se deriva.

Todo esto sucedía porque Dios proclamaba que no estaba bien que el hombre fuera un ser solitario. Lo rodeo de animales vivos que iban poco a poco conociendo y reconociendo, que le gustaban, que le ayudaban, pero que no le dejaban satisfecho. No lo olvidéis nunca, mis queridos jóvenes lectores, la compañía que os pueda proporcionar un perro o un caballo, el entretenimiento que pueda daros el ordenador o el videojuego, la satisfacción que podáis sentir al tener un vehículo propio o la mejor ropa de marca, os dejarán siempre hambrientos de algo, con una insatisfacción silenciosa y profunda que os puede arrastrar a situaciones de pena y postración. El ser humano no está hecho para poseer, sino para compartir. Compartir sus bienes y su misma persona. Compartir su cuerpo, belleza suprema de la creación, entrelazar su espíritu, maravilla sorprendente de lo humano, y fundir su alma y dejarla que en comunidad se entregue al ensueño de la eternidad. Porque lo más maravilloso de esta unión, que en la Biblia se dice: los dos serán una sola carne (otros traducen una sola familia) lo más sorprendente, es que de estos actos limitados al pequeño espacio del recinto del encuentro y encorsetados en el intervalo que pueda durar la unión, de esta fusión puede surgir la mirada encantadora de una criatura, que es capaz de divisar la eternidad. Un hombre y una mujer son capaces de proyectar su vida, la del uno en el otro, para que brote de ellos una nueva dimensión, un individuo autónomo, trascendente como ellos. Es demasiado delicado el misterio, para que se pueda empezar un día y abandonarlo al siguiente, para dejar que intervengan intrusos, para que no se garantice de por vida el compromiso otorgado.

3.- En las factorías donde se elaboran los más delicados utensilios, se obra con cautela, para que no se desbaraten los procesos de fabricación. Se calculan las necesidades que pueda haber, para que los productos finales se conserven. Se someten a un minucioso control de calidad, tanto las materias primas que entran, como el proceso de manipulación y el producto final. Se toman precauciones y se es exigente en todas las fases. Se evita que se mezclen con materiales ajenos a la empresa. En el terreno de los mejores alimentos se obra de una manera semejante. Se parte de seleccionar semillas y terrenos donde crecerán, se tiene cuidado de que los abonos respondan a las necesidades de las plantas, se riegan, se recogen en el momento oportuno los frutos. Si se toman tantas medidas para fabricar con garantías un ordenador o para poder ofrecer un alimento sano y sabroso ¡cuánto más cuidado se debe tener para formar una familia!

El matrimonio debe ser la mejor realización de la convivencia humana, para que los hijos sean la mejor obra de arte que salga de él, para que las personas, al hacer balance de su vida, tengan la satisfacción de que, con esfuerzo, ingenio y voluntad, se ha logrado llevar una vida que ha valido la pena vivir y que además, y no es poco, no se acaba con la muerte.

4.- El fracaso de tantos matrimonios es consecuencia de la improvisación con que se inicia, de la mediocridad con que se entra en él y de la irresponsabilidad con que se vive. Mis queridos jóvenes lectores, no dejéis de prepararos bien, si habéis pensado que vuestro porvenir pasa por el matrimonio. No dejéis tampoco de preguntaros con sinceridad y valentía, si vuestra vida debe ponerse al servicio de los demás, al servicio de las familias, en el sacerdocio, la vida religiosa o el compromiso de ayuda que mejor os parezca. Una de las pruebas del valor del matrimonio la damos nosotros, los célibes, que nos entregamos a protegerlo y defenderlo. Pero, por encima de todo, recordad, unos y otros, que el hombre es el único animal capaz de comprometerse y ser fiel al compromiso libremente adquirido. Esta es una de sus grandezas. A imitación de Jesús, que siempre fue fiel a la misión que el Padre le había confiado. Iluminado por estas verdades se entiende el porqué del matrimonio cristiano, y contempladas sus exigencias y aceptadas ellas, se goza plenamente en esta vida, sabiendo que en la otra existencia, no se habrá extinguido el amor, que es precisamente lo único capaz de atravesar la barrera de la muerte y perdurar.

Pedrojosé Ynaraja

Lectio Divina – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre

INTRODUCCÍÓN

“A los divorciados que os sintáis creyentes, sólo os quiero recordar una cosa: Dios es infinitamente más grande, más comprensivo y más amigo de todo lo que podáis ver en nosotros, los cristianos, o en los hombres de Iglesia. Dios es Dios. Cuando nosotros no os comprendemos, confiad siempre en Él. Las palabras de Jesús “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre” nos invitan a defender la exigencia de la fidelidad que se encierra en el matrimonio. Pero estas mismas palabras, ¿no nos invitan también de alguna manera a no introducir una separación y una marginación de esos hermanos y hermanas que sufren las consecuencias de su fracaso matrimonial?”  (Estas palabras de José A. Pagola, dichas hace bastantes años, son plenamente refrendadas por el Papa Francisco en “Amoris Laetitia”.)

TEXTOS BÍBLICOS

1ª Lectura: Gn. 2,18-24.     2ª Lectura: Heb. 2,9-11.

EVANGELIO

San Marcos 10, 2-16:

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?» Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés? Contestaron: «Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.» Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios «los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.» De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. “En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»

REFLEXIÓN

1.– LA PREGUNTA DE LOS FARISEOS.

Los fariseos y los judíos en general daban por hecho que los varones tenían derecho a separarse de sus esposas. Se apoyaban en la misma ley de Moisés que decía:” «Si resulta que la mujer no halla gracia a los ojos del varón porque descubre en ella “algo vergonzoso”, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en la mano y la despedirá de su casa» (Dt. 24,1). Por eso, aquí se trata no del hecho sino del modo de hacerlo. Así lo explicita Mateo:” ¿Puede un hombre repudiar a su mujer por cualquier causa? (Mt. 19, 3). Y había dos escuelas de interpretación: Según Shamai (la más estricta) sólo se podía repudiar en caso de adulterio; según los seguidores de Hillel (de manga ancha) bastaba encontrar en la esposa «algo desagradable». Y ese “algo” era cualquier motivo.  Mientras los doctos varones discutían, las mujeres no podían ni alzar su voz para defender sus derechos. Y Jesús se indigna de esta manera tan machista de interpretar la ley. Mientras que el hombre es “sujeto de derechos”, la mujer es sólo “objeto de injusticias”.  

2.– LA INTELIGENTE Y DESCONCERTANTE RESPUESTA DE JESUS.

Que Jesús no está de acuerdo con ese planteamiento, lo descubrimos en el mismo evangelio de Marcos, escrito para gente venida del paganismo. “Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”.  Aquí ya “se equipara la mujer al varón”.  Pero Jesús va más lejos. Si el repudio está en la Ley, es por la «dureza de corazón» de los varones y su actitud machista, pero el proyecto original de Dios no fue un matrimonio patriarcal. Dios creó al varón y a la mujer para que fueran «una sola carne». Por eso, «lo que Dios ha unido, que no lo separe el varón». Notemos que el libro del Génesis nos habla de la creación de Eva, después de someter a Adán a una experiencia terrible de soledad. Tanto es así que a Dios le dio lástima: “No es bueno que el hombre se sienta tan solo”. Voy a darle una compañera que le arranque de esa soledad existencial. Y lo hizo a través de un sueño profundo de Adán. Un Adán dormido no podrá nunca presumir de haber intervenido en nada en la creación de Eva. Ésta es “puro regalo de Dios para él”. Y así lo expresó en aquel grito entusiasta:  «Esto sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos” (Gn.2,23).  A ese Proyecto inicial, a ese idilio, a esa sorpresa permanente, a ese éxtasis divino, quiere reconducir el Señor el matrimonio, es decir, “al gozo del amor” (Amoris Laetitia).

3.- ¿QUÉ HACER HOY CON LOS QUE TODAVIA HOY TIENEN EL CORAZÓN ENDURECIDO?

Dios nos hizo libres. Tenemos la inmensa suerte de poder decir a Dios que “sí” y la terrible desgracia de decirle que “no”. Ese mismo Adán que se deshacía en elogios ante la presencia de su mujer, él mismo le acusa. Y allí, en el mismo Paraíso, comienzan ya los primeros conflictos matrimoniales. ¿Abandonará Dios definitivamente a la primera pareja?  Después de un diluvio de pecados, todavía aparecerá sobre la tierra, a manera de anillo nupcial, la maravilla del “Arco Iris” donde los colores se respetan mutuamente, se abrazan sin invadirse, y hacen posible esa maravilla. Y si algo falla por parte del hombre, Dios jamás va en contra de las obras que ha creado. Nunca quiere el fracaso definitivo.   “A veces nos cuesta mucho dar lugar en la pastoral al amor incondicional de Dios. Ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y esa es la peor manera de licuar el Evangelio” (AL 311).

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy convencido de que el “machismo” va contra el proyecto de Dios Creador?  ¿Qué hago por superarlo?

2.- ¿Estoy convencido de que sólo la belleza del amor auténtico puede salvar el matrimonio?

3.- ¿Soy duro con los que tienen el corazón endurecido? ¿Qué puedo hacer para cambiar ese corazón de piedra en un corazón de carne, capaz de amar?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

Con mala intención, Señor,
preguntan los fariseos
qué piensas sobre el divorcio,
cuál es tu mejor consejo.
Es verdad que Moisés
concedió el divorcio al Pueblo,
por su duro corazón,
por su pobre entendimiento.
Mas Tú, Señor, les recuerdas
que Dios tuvo “otro proyecto”:
Creó varón y mujer,
“uno solo”, con dos cuerpos.
Dios quiere que los esposos
compartan sus sentimientos,
sus alegrías, sus penas
para siempre, en todo tiempo.
Pero “lo que Dios unió”
separa el hombre soberbio.
Todo vale, los divorcios.
amor libre y adulterios.
Nosotros Señor, miramos
este “desmadre” con miedo.
Pero a nadie condenamos.
Respetamos sus deseos.
Sí, te pedimos, Señor,
Una bendición del cielo
para todos matrimonios
fieles al “amor primero”.

(Estos versos los compuso José Javier Pérez Benedí)

Matrimonio de amor

1.- Dos de los textos litúrgicos de este domingo –primera lectura y Evangelio–inciden directamente en la valoración de lo que debe ser el matrimonio cristiano. Y resulta más que obvio que el tema es de completa actualidad en estos días. Jesús definió ya hace más de 2.000 años la indisolubilidad del matrimonio frente a la Ley de Moisés que permitía al marido la entrega de un libelo de repudio a la esposa: una fórmula de divorcio legal. Bien es cierto que ley mosaica dejaba al marido como juez y parte en la decisión de despedir a la mujer y como enseñan los historiadores llegó a entregarse el libelo de repudio a esposas ejemplares por el simple hecho de haber envejecido y no ser ya del agrado de los maridos.

En estos tiempos en los que la sociedad ha asumido la mayoría de los postulados sobre los derechos fundamentales de la mujer, resulta asombroso para nosotros, hoy, el poco peso que esta tenía en la sociedad antigua. Y no solo en países con un fuerte sentido de lo tradicional como podía ser Israel, también en Roma, donde el amor a la innovación y el respeto por el derecho codificado eran más que notables. Sin embargo, la esposa era considerada como –poco menos– un esclavo. El cristianismo trae a las gentes del amplio espacio ocupado por el Imperio Romano una nueva dimensión en el respeto de las mujeres y los niños. La defensa de la continuidad del matrimonio –sin rupturas—fue, en primer termino, una defensa de la mujer y de la prole frente al poder y la frivolidad de los hombres. La cuestión era revolucionaria, de acuerdo con los postulados de la sociedad de entonces y, así, una vez más, Jesús de Nazaret se convertía en un revolucionario.

Esta precisión histórica tiene su valor, pero hemos de enfrentarnos a la situación actual que no es muy lisonjera. Los matrimonios siguen rompiéndose y el drama de las parejas rotas alcanza a los hijos. Las causas de la ruptura son variadas y puede, incluso, suponerse que hay un cierto número de casos en que la separación podría justificarse por razones humanitarias, pero no es la mayoría. Los ejemplos de hombres maduros –casi siempre bien situados económicamente– que deciden disponer de una esposa más joven y atractiva, siguen siendo muy numerosos. También, las rupturas por aparición de un tercero en la vida de uno de los cónyuges es una causa muy frecuente. No parece, entonces, que el nivel de dificultades, la presunta rutina o el cansancio mutuo sean causas generalizadas de separación.

2.- No hay otro ingrediente fundamental en el matrimonio que el amor. Y lo mismo ocurre con nuestro sentir cristiano, donde el amor debe inundar todas nuestras acciones. Todos los amores se basan en la misma sustancia. Y es que hay un solo amor que es el Amor. Existe una cierta tendencia a ponerle adjetivos al amor. Se habla de amor de madre, de amor de hombre o de amores apasionados o de amores de hermanos. Y no hay razón de hacer distingos porque la sustancia de esos amores es la misma que la del Gran Amor. Ni siquiera la sexualidad producida en el contexto de un gran y verdadero amor debe excluirse de dicha sustancia. Y ello parece muy claro en la encíclica de nuestro Papa, Benedicto XVI, “Dios es Amor”, donde se da una lección magistral sobre esa unidad de todos los amores en la acción de amar de Dios hacia sus criaturas. El amor es bello, ilusionante, sacrificado, comprensivo, magnánimo, generoso y muchas más cosas. Y no puede ser mentiroso, ni traidor, ni taimado, ni cruel. Por tanto, a partir de la sustancia del amor es difícil pensar en la separación matrimonial. Puede ocurrir que el amor desaparezca. Pero el amor como toda situación de nuestra vida necesita el mismo tratamiento que un organismo viviente. El ejemplo de la planta es útil. Hay que trabajar todos los días para que la planta no se marchite y en dicha labor algunas veces habrá que hacer esfuerzos importantes para evitar situaciones que son contrarias al desarrollo del amor.

La permisividad sexual –valorada hoy mucho y de manera muy parecida igualmente por hombres y mujeres– destruye el principio de la propiedad compartida (material, física y espiritual) de la pareja. Y, además, como vivimos un mundo lleno de falsedad y de dobles verdades, la infidelidad hace daño por igual; hasta el extremo que un cónyuge habitualmente infiel quedará muy fastidiado si descubre que su pareja también le traiciona. Además, en esto de las infidelidades hay mucho más de frivolidad que de necesidad. Una conquista con final exitoso en lo sexual es, para muchos, un galardón de alto valor, cuando, en realidad, no deja de ser el principio de muchos problemas. Y como además el amor es un sentimiento que no llega en seguida –los flechazos, al igual que las conversiones instantáneas, sólo los manda Dios–, se va rápido, dichas conquistas producen remordimientos, sentimientos encontrados y una cierta cantidad de perplejidad y sufrimiento.

3.- La frase de San Agustín que dice «Ama y haz lo que quieras» define el poder del amor. Si se ama no se puede hacer ningún mal. La infidelidad matrimonial, origen de la inmensa mayoría de las separaciones, se alimenta de hechos frívolos y malvados. La promiscuidad –antes «patrimonio exclusivo» de los hombres, pero hoy ampliable al comportamiento de las mujeres– es un principio de inmadurez o la respuesta a estados de ansiedad que deben corregirse. La realidad es que la mayoría de los humanos -con o sin vínculo matrimonial- viven en pareja. Y dicha promiscuidad es a todas luces un estado que tiende a la soledad posterior. Busquemos, con todo nuestro cuerpo y nuestro espíritu, el amor. Es la base de la paz y del sosiego. La sublimación del sexo es un error. Ciertamente que puede haber sexo sin amor, pero también hay muchos caminos que no conducen a ninguna parte.

Una consecuencia de la unión amorosa que se da en el matrimonio es la familia y la unidad principal de la familia está en la unión de la pareja. Eso es el matrimonio. Y este debe ser sano y fuerte. Y una condición para esa sanidad y fortaleza es que se mantenga fuertemente unido. La fidelidad –pedida por Cristo—es condición fundamental. Pero la fidelidad no es un decreto o una orden prefijada sin más. Surge del amor y del deseo de que este permanezca. Al amor hay que cuidarle y alimentarle todos los días y si bien la rutina es uno de sus mayores enemigos, también lo es la frivolidad o los “encantamientos” que el entorno puede producir. Es relativamente fácil para un hombre sentir el golpe instintivo y atávico de la “conquista”. Y es también para una mujer sentir la lisonja de un engañador y seductor que solo busca sexo o satisfacer su vanidad de “macho”. El trabajo y la actividad profesional pueden ser un campo que facilite ese tipo de cuestiones. Pero no por eso, el hombre deja de trabajar. Ni por la misma razón debe hacerlo la mujer. El tema es acostumbrarse a esa hojarasca de la aventura y el halago. Y no darlos importancia. Esa fidelidad profunda, basada en el amor y en reconocimiento de la labor común necesaria para construir una familia feliz, será uno de los mejores ingredientes para el camino nada fácil de la vida en común, que producirá otras vidas a las que “construir” y educar. El Padre del Amor será una ayuda fundamental para los difíciles momentos de un camino duro. Jesús lo explica en el Evangelio de hoy. La Virgen María puede acompañarnos, asimismo, en el deseo de fabricar en nuestro interior un corazón puro y amoroso. La familia cristiana lo necesita.

4.- Hasta el final del Tiempo Ordinario –ya en las puertas del Adviento—leeremos todos los domingos fragmentos de la Carta a los Hebreos. Esta Carta atribuida durante muchos años a San Pablo y hoy considerada como anónima, está dirigida –parece—a cristianos procedentes del judaísmo y por eso tiene como contenido fundamental la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre los otros sacerdocios del rito de la antigua alianza. Y una parte de ese sacerdocio sublime de Cristo es su Sacrificio que liberó al género humano de la esclavitud del pecado. Así, en el fragmento del capítulo segundo que hemos escuchado hoy pone de manifiesto la realidad salvadora del sacrificio de la Cruz. Es un texto muy bello, muy expresivo, el cual merece la pena volver a ser leído cuando llegamos a casa, para que nos sirva de motivo de meditación.

También debe ser objeto de nuestra meditación para que mejor se grabe en nuestros corazones, la lección que nos da Jesús respecto a la indisolubilidad del matrimonio, cuestión que no parece fácil en un mundo como el actual en que ese valor de la fidelidad es ridiculizado por muchos en la calle, en los medios de comunicación, en las conversaciones de todas las horas. Reflexionemos, pues, sobre el mundo que nos circunda e iniciemos, en la medida que nos sea posible, una acción de testimonio que se oponga a ese menosprecio generalizado del matrimonio y de la familia cristianos.

Ángel Gómez Escorial

Como era en el principio

1.- “Dijo Jesús: Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. De modo que ya no son dos sino una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”. San Marcos, Cáp. 10. Se casaron hace ya siete años y al comienzo todo fue maravilloso. El había encontrado la mujer ideal. Ella, al hombre de sus sueños. El nuevo hogar rebosaba de amor, ternura, comunicación, detalles, sentido de Dios. Sin embargo, todo se cambió luego en un progresivo malestar de dos soledades. ¿Qué habrá sucedido?

En tiempos de Moisés, como narra el Deuteronomio, la ley judía autorizaba el divorcio, cuyas causales la escuela de Hillel aceptaba generosamente. Según el Talmud, una esposa podía ser repudiada por no haber dado hijos al hogar, por presentarse en público con la cabeza descubierta, o salar en exceso la sopa.

En cambio la escuela de Shammaí, fundada 30 años antes de Cristo, mantenía una disciplina más estricta. “El altar llora, decían los shammaítas, sobre aquel que repudia a su esposa”. No sabemos a qué grupo pertenecían los fariseos que, según san Marcos, preguntaron a Jesús: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”. Pero anota el evangelista que pretendían ponerlo a prueba. El Señor les responde que aquella actitud de Moisés fue una excepción, a causa de la dura cerviz del pueblo judío. Porque desde el principio Dios quiso que el amor de hombre y mujer gozara de unidad y permanencia. Pero esta palabra del Maestro disuena frente a muchas parejas que atraviesan situaciones adversas. Con sincera ilusión celebraron un día el sacramento del Matrimonio, para comprobar luego que ignoraban qué es amor conyugal. No tenían suficiente madurez, se equivocaron de pareja, o los vicios del otro echaron a perder sus intenciones.

2.- Una dolorosa problemática que no se remedia declarando que “ancha es Castilla”, o criticando con amargura el proyecto cristiano. Porque allí están en juego el futuro de los hijos, la estabilidad sicológica de los cónyuges, el respeto a tantas parejas que han mantenido fieles a pesar de las crisis, la honradez personal, la fe en Jesucristo. La Iglesia procura ser entonces maestra, pero a la vez ha de ser madre. Morris West se queja en uno de sus libros: Durante su crisis matrimonial, la autoridad eclesiástica se portó con él como una madrastra. Vale anotar que numerosas parejas se embarcaron, de modo irresponsable, en un matrimonio católico, lejos de una opción cristiana consciente. Para cumplir un requisito social, o una tradición de familia. Edificaron sobre arena.

Sin embargo y a pesar de todo, que los esposos en problemas nunca olviden su relación con Dios, quien sigue siendo Padre, buscando dialogar de forma objetiva y leal, ayudados quizás por algún consejero. Pero frente a la ruptura, que ninguno de los dos se apresure a iniciar un nuevo proyecto, mientras sangra el corazón y está oscurecida la mente. Podrán sin embargo rescatar del naufragio aquellos valores que san Pablo recomendaba a los efesios: “Tengan en cuenta, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud, o cosa digna de elogio”. Que estos valores, unidos por Dios al matrimonio, no los separe el hombre.

Gustavo Vélez, mxy