Homilía – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

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No podemos servir a dos señores

El tema del dinero aparece muchas veces en el evangelio. La enseñanza de Jesús y, sobre todo, su ejemplo de vida, nos ayudan a situarnos también nosotros en el justo lugar en relación a los bienes de este mundo.

Jesús no desautoriza de entrada el dinero ni a los ricos. Pero sí pone en guardia del peligro que las riquezas pueden representar para la verdadera felicidad.

La sabiduría que alaba la I lectura se concreta sobre todo en el aprecio relativo que hemos de tener de los bienes de este mundo. Pero, sobre todo, es el evangelio el que nos orienta, con el episodio del joven que no se decidió a seguir a Jesús, precisamente porque era rico, y la reflexión un poco dura que hace Jesús a continuación: a los ricos, a los que confían en las riquezas, les va a resultar difícil -imposible, como a un camello pasar por el ojo de una aguja- entrar en el Reino.

 

Sabiduría 7, 7-11. En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza

El libro de la Sabiduría, escrito el siglo anterior a Cristo en Alejandría, nos ofrece hoy un himno en alabanza de la sabiduría, atribuido al joven rey Salomón, que pidió a Dios que le concediera sobre todo sensatez para gobernar.

Todas las cosas que se pueden nombrar: cetros y tronos, el oro y la plata, la salud y la belleza, no valen nada, para el autor del libro, en comparación con la sabiduría que Dios concede a los suyos: «con ella me vinieron todos los bienes juntos».

También el salmista aprecia la sensatez como don de Dios: «enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato». Con la sabiduría de Dios todo lo demás nos irá bien: «baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos».

 

Hebreos 4, 12-13. La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón

En el breve pasaje que leemos hoy, el autor de la carta a los Hebreos compara la eficacia de la Palabra de Dios a una «espada de doble filo», que penetra hasta lo más profundo de una persona, «hasta el punto donde se dividen alma y espíritu».

Esta Palabra, por tanto, «juzga los deseos e intenciones del corazón… y todo está patente a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas».

 

Marcos 10,17-30. Vende lo que tienes y sígueme

En la página de hoy se agrupan varias enseñanzas de Jesús: el episodio del joven que le pregunta sobre la vida eterna, la reflexión de Jesús sobre los ricos y la pregunta de Pedro sobre lo que les toca a los que han abandonado todo para seguirle.

La pregunta del joven rico es «qué ha de hacer para heredar la vida eterna». Jesús le «recita» los mandamientos (en concreto, sólo los referentes a nuestra relación con el prójimo), a lo que el joven responde que ya los ha cumplido todos. Jesús le mira con afecto y le propone la gran disyuntiva: vender lo que tiene, dar el dinero a los pobres y seguirle. Aquí el joven se asusta y se retira entristecido.

Jesús, que debió quedar un tanto defraudado, aprovecha para comunicar a sus discípulos su visión de las riquezas: «qué difícil les va a ser entrar en el reino de Dios a los que ponen su riqueza en el dinero». Lo que ilustra con la famosa comparación: «más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios».

Ahora es Pedro quien pregunta a Jesús qué va a ser de ellos, los que, a diferencia del joven, lo han dejado todo y le siguen. Jesús le asegura que recibirán el ciento por uno ya en este mundo, y luego la vida eterna.

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La verdadera sabiduría

Tanto la primera lectura como el evangelio nos proponen dónde está la verdadera sabiduría para los creyentes de todos los tiempos.

Si hiciéramos ahora una lista de los bienes que más apetecemos -la salud, la felicidad, la amistad, los éxitos, el dinero, el prestigio, el poder- ¿qué lugar ocuparía la sabiduría?

El creyente del libro de la Sabiduría ha preferido la prudencia y la sensatez a todas las cosas de este mundo. El joven que se acercó a Jesús, que era una buena persona, y cumplidor de los mandamientos, no ha sabido dar el paso a lo más importante y ha preferido seguir gozando de sus riquezas que no el plan que le proponía Jesús.

La sabiduría según Dios es algo profundo: no se trata de tener más o menos cultura, más o menos erudición. Es saber ver las cosas y la historia desde los ojos de Dios. Saber discernir qué es bueno y qué es malo, qué es lo importante y qué no.

La sabiduría es una mezcla de sentido común y de visión interior desde la fe. Nos la va comunicando la escucha atenta de la Palabra de Dios (en la Eucaristía, en la Liturgia de las Horas, en la meditación personal, en la «lectio divina»), que va haciendo que nuestra mentalidad vaya coincidiendo con la de Dios.

Muchas personas sencillas según las medidas humanas, nos dan lecciones de auténtica sabiduría según Dios.

 

La fuerza de la Palabra

Es expresiva la comparación que hace la carta a los Hebreos: la Palabra de Dios es «viva y eficaz» y «más tajante que espada de doble filo», que llega hasta la juntura de la carne y el hueso, lo ve todo y nos conoce hasta el fondo.

También cuando celebramos la Eucaristía, en que Cristo se nos da ante todo como Palabra, esta es por su parte viva y eficaz, como la del Génesis: «dijo y se hizo». Es Palabra que penetra, fecunda, anima, discierne, juzga, estimula. Quiere ser eficaz como lo era la de Cristo cuando curaba y resucitaba y calmaba tempestades.

En cada Eucaristía nos ponemos ante el espejo de esa Palabra. Unas veces nos acaricia y nos consuela. Otras nos juzga y nos invita a un discernimiento más claro de nuestras intenciones y obras, o nos condena cuando nuestros caminos no son los buenos: nos va comunicando la sabiduría de Dios

Además de la comparación que leemos hoy son expresivas otras que se aplican en la Biblia a la Palabra de Dios: es luz («lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mis senderos»), alimento («no sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios»), semilla sembrada en el campo, que produce fruto, lluvia y nieve («como descienden la lluvia y la nieve y empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, así será mi Palabra»)….

 

Vende lo que tienes

Es una escena simpática: un joven inquieto que busca caminos y quiere dar un sentido más pleno a su vida. Pero el diálogo acaba en un fracaso. El joven no supo ver dónde estaba lo verdaderamente importante y no superó el obstáculo que su riqueza le ponía para seguir a Jesús. Al contrario que el que habla en el libro de la Sabiduría, que considera todo como nada, comparado con la sabiduría de Dios. Jesús le pedía un «plus», además de cumplir los mandamientos: la total entrega. Como cuando en otro lugar invitaba a sus discípulos a tomar su cruz y seguirle. Jesús no pide «cosas», sino la entrega absoluta.

Menos mal que Pedro y los demás apóstoles sí se decidieron a dejarlo todo y seguir al Maestro. ¡Cuántos en la historia de la comunidad cristiana, han obedecido a esta llamada de Jesús, han abandonado todo y le han seguido! Fue famoso san Antonio, entre los siglos III y IV, el «padre de los monjes», que escuchando precisamente este pasaje de Marcos en un sermón, se decidió a vender sus bienes y retirarse al desierto de Egipto.

Aunque el pasaje de hoy no se pueda considerar necesariamente como referido a lo que hoy llamamos «vida religiosa» o «consagrada», sin embargo hay que reconocer que los religiosos -miles y miles en toda la Iglesia- siguen la consigna de Jesús. En un mundo en que el ideal se sitúa en tener, en poseer, en enriquecerse de bienes materiales, ellos, con el voto de pobreza, relativizan su amor a los bienes para dedicarse con mayor agilidad a su colaboración con Cristo en la salvación del mundo. Prefieren «perder algo» para «ganar lo principal». Prefieren desprenderse de las cosas que puedan entorpecer su camino de discípulos de Jesús. Como tantos misioneros que lo dejan todo y se marchan a tierras donde no tienen ningún «seguro» de subsistencia. O como tantos jóvenes que dejan la familia y sus posibles y prometedoras carreras para entrar en un Seminario y aceptar la vocación a la vida de ministros ordenados en la comunidad cristiana.

También nosotros deseamos seguir de cerca de Cristo. Cumplimos los mandamientos -¡sólo faltaría que matáramos o robáramos o defraudáramos a nuestros padres!- pero somos invitados a una entrega más total a Cristo, sin anteponer nada a su amor, cada uno en su vocación dentro de la Iglesia. Se trata de seguir a Cristo sin demasiados cálculos y reticencias. También a nosotros nos cuesta renunciar a lo que estamos apegados: las riquezas o las ideas o la familia o los proyectos. Cuando estamos llenos de cosas, no tenemos agilidad par avanzar por el camino. El atleta que quiera correr con una maleta a cuestas conseguirá pocas medallas. Es el ejemplo que nos dio el mismo Jesús: «el cual, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, y se humilló hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2, 6-7).

 

Peligro de las riquezas

El triste episodio del joven que se retira asustado le da ocasión a Jesús para reflexionar sobre lo que ha sido la causa de esta cobardía: las riquezas.

Jesús no tiene nada contra los ricos, ni afirma que las riquezas son malas. Pero sí advierte una y otra vez que son peligrosas, en el sentido de que nos pueden impedir estar abiertos a los bienes verdaderos del Reino. Depende de cómo se usan esas riquezas, porque nos pueden llevar a sentirnos tan satisfechos y llenos de nosotros, que no quede en nuestro ánimo lugar para Dios ni para la caridad con los hermanos. De quienes afirma la imposibilidad de salvarse es de «los que ponen su confianza en el dinero».

La comparación del camello que no puede pasar por el ojo de la aguja no sería cuestión de aguarla con interpretaciones más o menos verosímiles. Sencillamente, es una exageración intencionada, como otras de Jesús (como lo de la fe que mueve montañas o lo de la paja y la viga en el ojo), expresando así que es imposible que uno que se apegue a los bienes de este mundo pueda tener todavía sitio para los bienes del Reino. Es una afirmación inquietante, que hay que aceptar tal como está.

 

Lo hemos dejado todo

La pregunta de Pedro, seguramente compartida por los demás apóstoles, expresa la poca madurez que tenía su fe y su seguimiento de Cristo.

Su afirmación es exacta: «lo hemos dejado todo y te hemos seguido», las redes, las barcas, la mesa de los tributos. No como el joven, cuya negativa acaban de presenciar ellos también. Pero tal vez se muestra aquí que esperan una recompensa, que no ha sido del todo gratuito su seguimiento. Su concepción del mesianismo es más bien política e interesada. Dos de ellos pedirán estar a la derecha y a la izquierda del Señor cuando llegue el reino. ¿Pregunta acaso una madre cuánto le van a pagar por su trabajo? ¿pone un amigo precio a un favor? ¿pasó Jesús factura por su entrega en la cruz?

La respuesta de Jesús es esperanzadora y misteriosa a la vez: «recibirá en este tiempo cien veces más y en la edad futura vida eterna». No se trata de cantidades aritméticas y tantos por ciento. La respuesta se refiere a la nueva familia que se crea en torno a Jesús: dejamos un hermano y encontramos cien, con la perspectiva de la vida eterna como premio definitivo y generoso.

Una experiencia de ese «ciento por uno» que promete Jesús la tienen tantos cristianos, clérigos, religiosos y laicos, que entregan sus mejores energías a trabajar por el Reino de Dios, y saben lo que es la generosidad de Dios incluso en este mundo, gozando, por ejemplo, de ese otro género de familia y parentesco que Jesús ha formado en torno a sí.

Aunque también experimentamos todos, en alguna medida, esa otra palabrita que Jesús añade a la lista de ventajas: «con persecuciones». No asegura el éxito y el aplauso de todos. En todo caso, la felicidad del que se sacrifica por los demás. Lo que sí promete es la cruz y la persecución. Una cruz que estaba incluida en su programa mesiánico y que también tocará a sus discípulos. El amor muchas veces supone sacrificio. Pero vale la pena.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B