Lectio Divina – Viernes XXVII de Tiempo Ordinario

1.- Introducción

Señor, al iniciar hoy mi oración sobre el evangelio del día, quiero estar muy cerca de Ti. Cuando tengo sed, tengo necesidad de una fuente; y cuando estoy enfermo tengo necesidad de médico. En esta sociedad tan violenta, tengo necesidad de encontrarme contigo que eres: paz, alegría, libertad y vida. Sé que Tú puedes más para el bien que el demonio para el mal. ¡Gracias!

2.- Lectura sosegada del Evangelio.  Lucas 11, 15-26

En aquel tiempo, cuando Jesús expulsó a un demonio, algunos dijeron: «Éste expulsa a los demonios con el poder de Satanás». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Ël, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?.. porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos». «El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo; y, al no encontrarlo, dice: «Me volveré a mi casa, de donde salí.» Y al llegar la encuentra barrida y en orden. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio».

3.- Qué dice el texto.


Meditación-reflexión

El fuerte y el más fuerte. De eso nos habla el evangelio de hoy. Y todos constatamos, cada día, la fuerza y el poder del mal. La violencia desatada en los atentados  no tiene nombre. No se mira a las personas: si son hombres o mujeres; si son ancianos o niños; si son de un país u otro.  Y cuando el mal es más grande, todavía mejor para los terroristas. Por otra parte estamos todavía amedrentados por los efectos del Covid-19. Han sido demasiados los que nos han dejado. Da la impresión de que se hubieran desatado las fuerzas del mal y quisieran  convertir este mundo en un infierno de dolor, esclavitud, y miedo. Y es precisamente ahora cuando más necesitamos acudir al evangelio para constatar que hay “Alguien que es más fuerte que el fuerte”.Ése es Jesús que, resucitando de entre los muertos, ha vencido la muerte y todo tipo de muerte, de modo que las fuerzas del mal tienen que ceder. Por eso, es el mismo Jesús quien nos dice: “El que no está conmigo, está contra mí”. Y es como si dijera: el que no está con Jesús que es verdad, bondad, alegría y vida, se deshumaniza. Y va contra Jesús todo aquel que atenta contra la persona humana. El fuerte, trata de desunirnos, deshumanizarnos; pero “El más fuerte” nos atrae a la unidad, a la libertad, a la alegría y a la vida en plenitud.

Palabra del Papa

“El evangelio de hoy comienza con el demonio expulsado y termina con el demonio que vuelve! San Pedro lo dijo: “Es como un león feroz, que gira a nuestro alrededor». Es así.‘Pero, padre, ¡usted es un poco anticuado! Nos hace asustar con estas cosas…’. ¡No, yo no! ¡Es el Evangelio! Y no se trata de mentiras: ¡es la Palabra del Señor! Le pedimos al Señor la gracia de tomar en serio estas cosas. Él vino a luchar por nuestra salvación. ¡Él ha vencido al demonio! Por favor, ¡no hagamos tratos con el diablo! Él trata de volver a casa, a tomar posesión de nosotros… ¡No relativizar, sino vigilar! ¡Y siempre con Jesús!” (Cf. S.S. Francisco, 11 de octubre de 2013, homilía en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a  mí este texto que acabo de meditar. (Silencio).

5.- Propósito: En un mundo de tanta violencia, yo voy a vivir esta jornada sembrando paz, alegría y libertad.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, si miro al mundo que me rodea, me dan ganas de llorar. Hay hambre, miseria, violencia, mucha violencia, esclavitud y miedo. Dame tu gracia para no caer en la tentación del miedo, de la tristeza, de la desilusión y de tirar la toalla. Yo creo en Ti que has vencido la muerte y eres “más fuerte que el fuerte”. 

Comentario – Viernes XXVII de Tiempo Ordinario

(Lc 11, 15-26)

Jesús provocaba admiración en la gente no sólo por sus palabras, sino también por sus prodigios, porque su presencia sanaba, liberaba, restablecía a los seres humanos enfermos y dominados por todo tipo de males.

Los fariseos, envidiosos por el poder y el prestigio que Jesús tenía entre la gente, ya no sabían qué hacer para desacreditarlo; entonces se les ocurre decir que Jesús hacía prodigios porque tenía el poder de Satanás, y que expulsaba demonios con el mismo poder. Jesús responde que Satanás no puede expulsar a sus propios discípulos. Porque si en un reino hay división ese reino se viene abajo. Pero en realidad este texto quiere destacar que Jesús hace el bien y libera a los hombres con un poder divino, no demoníaco. El poder de Dios hace el bien, las fuerzas del mal sólo destruyen y enferman al hombre.

Más adelante Jesús advierte a los que han sido liberados de algún mal que estén atentos para no volver a caer en lo mismo, porque es más difícil levantarse luego de una recaída. Alguien que acaba de ser liberado, alguien que acaba de convertirse o de cambiar de vida, tiene un entusiasmo que le ayuda a perseverar, pero cuando uno vuelve a caer, ya no siente el atractivo hacia el bien, que se le ha hecho rutinario. Otros textos de la Biblia advierten severamente a los que se sienten tentados de volver atrás. Vale la pena leer Heb 6, 4-6: «Es muy difícil que cuantos fueron una vez iluminados, gustaron el don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, saborearon las buenas nuevas de Dios y los prodigios del mundo futuro, y sin embargo cayeron, se renueven otra vez por la penitencia, porque crucifican de nuevo al Hijo de Dios». También puede leerse: Heb 10, 26; 12, 17. Pero no podemos ignorar las palabras claras y directas de 2 Ped 2, 21-22: «Hubiera sido mejor que no conocieran el camino de la justicia, antes que, después de conocerlo, volverse atrás del santo precepto que les fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio: el perro vuelve a su vómito y la cerda recién lavada vuelve a revolcarse en el barro’”.

Oración:

«Señor, que conoces mi fragilidad y sabes cuánto me atrae el mal, dame la gracia de perseverar en tu camino, fortaléceme y muéstrame siempre la belleza y la atracción del bien para que no vuelva a revolearme en el barro».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La misa del domingo

Salomón, hijo del Rey David, pide a Dios sabiduría en vez de riquezas (1ª. lectura). Renunciando a las riquezas por preferir el espíritu de sabiduría que viene de Dios, encuentra que finalmente con ella le vienen todos los bienes, riquezas incluidas. La renuncia inicial dio paso a una ganancia mucho mayor, en todo sentido.

La sabiduría de Dios se expresa en su Palabra, que es viva y eficaz (2ª. lectura). Cristo es la Palabra viva del Padre. Su palabra penetra hasta lo más profundo del ser. Él ve lo que hay en los corazones humanos, escruta y conoce sus sentimientos y pensamientos, todo está patente a sus ojos.

En el Evangelio escuchamos cómo al Señor «se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”» Mateo y Lucas especifican que era un joven. De él dicen que «tenía muchos bienes», es decir, era rico. Pero a pesar de tenerlo todo, experimenta que algo le falta: «¿qué haré para heredar la vida eterna?». Experimenta en sí un hambre de infinito, quiere alcanzar la vida eterna, y con esta inquietud profunda se acerca al Señor Jesús. Busca la respuesta que sacie su anhelo de eternidad, busca el camino que tiene que seguir.

Aquel joven no se da por satisfecho ante la respuesta del Señor. Cuando le señala los mandamientos como camino para alcanzar la vida eterna, él responde como suplicante: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño». Experimenta que tampoco eso le basta, tiene necesidad de algo más: «¿Qué más me falta?» (Mt 19, 20).

Entonces la mirada del Señor penetra hasta lo más profundo de aquel inquieto corazón. Él, que ve lo profundo, conoce la respuesta, sabe que ese joven ha nacido para seguirlo. El Señor ha conducido a aquel joven a hacer explícita toda su inquietud, a que tome conciencia y exprese que necesita más, que nada de lo que tiene o ha hecho lo satisface: su corazón sigue reclamándole ese “qué más”. Es entonces cuando la mirada del Señor se carga de un amor intenso, un amor de predilección, un amor que sólo puede venir de Dios: «mirándolo lo amó», dice literalmente el texto griego. Es mucho más que mirarlo «con cariño». El Señor le permite experimentar en ese instante, a través de su mirada, todo el amor con que Él lo ama: «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti» (Jer 31, 3). Aquel joven debió experimentar cómo el amor del Señor lo inundaba, buscando despertar en él una respuesta de amor. Sólo ese amor sería capaz de saciar el hambre de infinito que experimentaba su corazón con tanta vehemencia, lanzándolo a la búsqueda.

La historia de toda vocación es una historia de amor, del encuentro con la mirada del Señor que penetra hasta lo más profundo, que inunda, que enciende el amor en uno, un amor tan fuerte e intenso que no se puede apagar, que queda prendido en los huesos: «Yo decía: “No volveré a recordarlo…”. Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía» (Jer 20, 9). Sólo al experimentar ese amor del Señor y al experimentar encenderse el amor en su corazón, el elegido será capaz de dejarlo todo para ganarlo a Él y junto con Él la vida eterna.

Luego de mostrarle ese amor, luego de buscar seducirlo por esa mirada plena del amor de Dios, el Señor le dice: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el Cielo, y luego sígueme». El llamado es claro, explícito. Ante las palabras del Señor aquel joven deberá tomar una decisión y realizar una opción: dejarlo todo, renunciar a las propias riquezas para ir en pos de Aquel que trae la Vida eterna, de Aquel con quien vienen al ser humano todos los bienes anhelados, o aferrarse a sus seguridades humanas, a las riquezas que posee, riquezas que jamás podrán comprarle la vida eterna.

El llamado del Señor, que sale al encuentro de los anhelos de aquel joven, ha penetrado hasta las coyundas de su alma. Al joven le toca responder desde su libertad. Mas en aquel joven pudo más el amor por la riqueza que el amor al Señor, que el amor a Dios. La riqueza se ha convertido para él en la fuente de una seguridad sicológica de la que no está dispuesto a desprenderse para encontrar en el Señor su única seguridad y felicidad.

El resultado de la negativa al llamado del Señor, que es asimismo una negativa a los reclamos vehementes de su propio corazón, es la frustración profunda que se expresa en la tristeza.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Riqueza es aquello a lo que le damos valor, aquello que es lo más importante para uno, aquello que creemos que nos hace valiosos e importantes ante los demás. El corazón se apega a lo que uno considera su riqueza, por ello dice el Señor: «donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 21). Cuando uno considera el dinero su riqueza, apegándose su corazón al dinero, mal puede amar a Dios: «nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt 6, 24).

Se suele considerar la riqueza sólo en su sentido material, pero hay riquezas que no son materiales. Hay también riquezas de otro orden. El que considera que sus riquezas son sus bienes materiales, quedará pobre y vacío interiormente. Si la riqueza en cambio la encuentra en los valores morales y espirituales, quedará enriquecido interiormente. Así pues, mientras hay riquezas que empobrecen y degradan al ser humano, hay otras riquezas que lo enriquecen y elevan inmensamente en su humanidad, o incluso “más allá” de su humanidad, lanzándolo al infinito. Cada cual quedará finalmente enriquecido o empobrecido por lo que considere sus riquezas.

Quien en Cristo encuentra su riqueza, considera todo lo demás como “basura”. No que lo desprecie, sino que aprende a darle a cada cosa su justo valor. Y la riqueza que Cristo ofrece, la riqueza que Él mismo es para todo ser humano que anhela alcanzar la vida eterna y la plenitud humana, con nada se compara, nada ni nadie más puede ofrecerla. Quien lo posee a Él, quien por Él es poseído, se hace partícipe de una riqueza incalculable, que deviene en un «pesado caudal de gloria eterna» (2Cor 4, 17). ¿Quién sino Él puede ofrecernos la vida eterna? Las “riquezas” de este mundo no sólo no pueden comprar esa vida eterna, sino que pueden llevarnos a perderla.

Ser sensato es dar a cada cosa su valor real en vistas a la realización del ser humano, en vistas a su plenitud y felicidad eterna. Mientras vamos de peregrinos en este mundo tan lleno de ilusiones, es necesario aprender a estimar el valor real de cada cosa, con la misma sagacidad con que un negociante de joyas sabe distinguir entre una joya verdadera y una falsa, entre una joya de gran valor y otra de menor valor. A él no se le puede engañar. En cambio, ¡pobre de aquel tonto que toma por un diamante fino un pedazo de vidrio!

La realización de la persona humana pasa por la valoración objetiva que haga de los bienes que se presentan ante él y de la opción correcta que haga a partir de esta luz objetiva. La Palabra divina es criterio objetivo para tal discernimiento, nos da la sabiduría necesaria para hacer opciones acertadas en la vida. Prescindir de las enseñanzas divinas lleva a despreciar lo verdaderamente valioso y considerar como riqueza lo que no es sino vanidad de vanidades.

Junto con la sabiduría divina que nos ayude a discernir en el caminar debemos implorar incesantemente el coraje necesario para abandonar todo aquello que constituya un obstáculo para nuestra propia realización, a fin de alcanzar en Cristo, cuando acabe nuestra peregrinación en este mundo, la vida resucitada que no tendrá fin.

¿Qué me falta, Señor?

¿Qué me falta, Señor,
en este mundo de desconciertos eternos?
“¡Qué difícil les va a ser a los ricos
y a los que ponen su confianza en el dinero,
entrar en el Reino de Dios!”.
Y afirmo que la riqueza no es lo importante
pero me encanta rodearme de ella;
protesto de la opulencia de los otros,
y no valoro el tesoro que mis manos guardan.
Yo busco tu Reino, de corazón,
sabiendo que lo imposible para los hombres,
no lo es para Dios,
porque Dios lo puede todo.

¿Qué me falta, Señor,
porque estoy inquieto buscando,
preguntando, adivinando?
“Anda, vende lo que tienes,
dale el dinero a los pobres,
así tendrás un tesoro en el cielo,
y luego sígueme”.
Intuyo qué es lo importante, y, sin embargo,
me estoy perdiendo por el camino.
Me preocupo inútilmente por algo
que ya me has regalado,
mientras vivo en un permanente desconcierto.
Yo busco tu Reino, de corazón,
sabiendo que lo imposible para los hombres,
no lo es para Dios,
porque Dios lo puede todo.
¿Qué me falta, Señor,
en este mundo de satisfechos tan insatisfechos?

Dime, Señor, qué me falta y qué me sobra
para alcanzar las puertas de tu Reino.
Dime, Señor, qué me falta
para que pueda verte como Padre
en un mundo de hermanos.
Dime, Señor, qué me falta,
qué me estás pidiendo
de mil maneras cada mañana.
Yo busco tu Reino, de corazón,
sabiendo que lo imposible para los hombres,
no lo es para Dios,
porque Dios lo puede todo.

Comentario al evangelio – Viernes XXVII de Tiempo Ordinario

El misterio de Jesús no siempre es comprendido igual, desde la libertad del hombre, como observamos en el evangelio de hoy. Ante un milagro de Jesús, qué distintas son las reacciones. A unos les seduce. A otros les confunde en su maldad; y, como no pueden negar el hecho, atribuyen el milagro al poder del mal. Es que, si admitían que todo venía del poder de Dios, habrían de reconocer en Jesús al Mesías. Y esto les dolía mucho.

Porque los milagros, los signos de sanación que Jesús realiza, son la gran prueba y señal de que el Reino de Dios había llegado. Jesús pasó haciendo el bien; su Reino no era de este mundo pero liberaba a este mundo de sus esclavitudes.

Nosotros hemos elegido “estar con Jesús”, hemos optado por él. Siempre es posible, como dice el Evangelio, caer en la tentación, y alejarse de él; por eso nos ponemos en guardia y a Dios le pedimos que no nos deje caer. Jesús es más fuerte que el mal, como es más fuerte el amor que el pecado. He aquí la fuente y la raíz de nuestro optimismo cristiano. Y con Jesús, queremos hacer también signos de sanación, de liberación, luchar contra el mal y el dolor. Nosotros, al revés de los enemigos de Jesús que no admitían la evidencia, confiamos y creemos en él, aun en la oscuridad y dificultad. Y nos va bien.

Ciudad Redonda

Meditación – Viernes XXVII de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XXVII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 11, 15-26):

En aquel tiempo, después de que Jesús hubo expulsado un demonio, algunos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo.

Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios.

»Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo; y, al no encontrarlo, dice: ‘Me volveré a mi casa, de donde salí’. Y al llegar la encuentra barrida y en orden. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio».

Hoy, Jesús, lleno de paciencia, revela la omnipotencia de Dios. “Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia”: estas palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios. Es por esto que la liturgia, en una de las colectas más antiguas, invita a orar diciendo: “Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón”.

Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso. “Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. “Dios es amor” (1Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan.

—Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús.

Liturgia – Viernes XXVII de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA XXVII SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Para la feria cualquier formulario permitido; Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-impar

  • Jl 1, 13-15; 2, 1-2. El Día del Señor, día de oscuridad y negrura.
  • Sal 9. El Señor juzgará el orbe con justicia.
  • Lc 11, 15-26. Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.

Antífona de entrada             Cf. Est 4, 17
A tu poder, Señor, está sometido el mundo entero; nadie puede oponerse a ti. Tú creaste el cielo y la tierra y las maravillas todas que existen bajo el cielo. Tú eres Señor del universo.

Monición de entrada y acto penitencial
Finalizamos hoy la celebración de los días de témporas acudiendo al Padre bueno que se compadece de todos y no odia nada de lo que ha hecho; que cierra los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan y los perdona, porque es nuestro Dios y Señor. Por eso, hoy de un modo especial, al comenzar la celebración, reconozcamos en silencio nuestros pecados, y pidamos al Señor que tenga piedad de nosotros y que convierta nuestro corazón.

• Tú, que has venido a llamar a los pecadores. Señor, ten piedad.
• Tú, que has sido enviado a sanar los corazones afligidos. Cristo, ten piedad.
• Tú, que nos das tu amor y tu bondad. Señor, ten piedad.

Oración colecta
TE pedimos, Señor,
que bondadosamente escuches las súplicas
y perdones las culpas
de quienes ante ti nos reconocemos pecadores,
y nos concedas benigno la misericordia y la paz.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Dirijamos ahora nuestras súplicas a Dios Padre, que manifiesta su poder sobre todo en la misericordia y la compasión, pidiéndole perdón por nuestros pecados y por los del mundo entero.

1.- Por la Iglesia; para que sea signo en instrumento de reconciliación y lugar de acogida abierta a todos los hombres de cualquier raza y condición. Roguemos al Señor.

2.- Por los sacerdotes, ministros de la Iglesia; para que realicen con entrega generosa el ministerio sacramental del perdón y de la reconciliación. Roguemos al Señor.

3.- Por los países que viven en guerra; para que sus gobernantes pongan en común todos sus esfuerzos para conseguir la paz, superando todo egoísmo, sed de prestigio y rivalidad. Roguemos al Señor.

4.- Por los que sufren las consecuencias del pecado del mundo: los oprimidos, los explotados, los perseguidos; para que sean atendidas sus demandas de justicia y de paz. Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros, que estamos en torno al altar y celebramos la Eucaristía; para que seamos testigos de la santidad a la que Cristo nos llama. Roguemos al Señor.

Escucha nuestras súplicas, Señor, ten misericordia de nosotros y perdona nuestros pecados, para que te podamos servir en santidad y justicia todos los días de nuestra vida. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
ACEPTA, Señor,
el sacrificio establecido por ti y,
por estos santos misterios que celebramos
en razón de nuestro ministerio,
perfecciona en nosotros
como conviene la obra santificadora de tu redención.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Lam 3, 25
El Señor es bueno para quienes esperan en él, para quien lo busca.

Oración después de la comunión
CONCÉDENOS, Dios misericordioso,
que, al apreciar por esta comunión
el perdón de los pecados,
en adelante podamos evitarlos con tu ayuda.           
Por Jesucristo nuestro Señor.