Comentario al evangelio – Viernes XXVII de Tiempo Ordinario

El misterio de Jesús no siempre es comprendido igual, desde la libertad del hombre, como observamos en el evangelio de hoy. Ante un milagro de Jesús, qué distintas son las reacciones. A unos les seduce. A otros les confunde en su maldad; y, como no pueden negar el hecho, atribuyen el milagro al poder del mal. Es que, si admitían que todo venía del poder de Dios, habrían de reconocer en Jesús al Mesías. Y esto les dolía mucho.

Porque los milagros, los signos de sanación que Jesús realiza, son la gran prueba y señal de que el Reino de Dios había llegado. Jesús pasó haciendo el bien; su Reino no era de este mundo pero liberaba a este mundo de sus esclavitudes.

Nosotros hemos elegido “estar con Jesús”, hemos optado por él. Siempre es posible, como dice el Evangelio, caer en la tentación, y alejarse de él; por eso nos ponemos en guardia y a Dios le pedimos que no nos deje caer. Jesús es más fuerte que el mal, como es más fuerte el amor que el pecado. He aquí la fuente y la raíz de nuestro optimismo cristiano. Y con Jesús, queremos hacer también signos de sanación, de liberación, luchar contra el mal y el dolor. Nosotros, al revés de los enemigos de Jesús que no admitían la evidencia, confiamos y creemos en él, aun en la oscuridad y dificultad. Y nos va bien.

Ciudad Redonda