Comentario – Viernes XXVII de Tiempo Ordinario

(Lc 11, 15-26)

Jesús provocaba admiración en la gente no sólo por sus palabras, sino también por sus prodigios, porque su presencia sanaba, liberaba, restablecía a los seres humanos enfermos y dominados por todo tipo de males.

Los fariseos, envidiosos por el poder y el prestigio que Jesús tenía entre la gente, ya no sabían qué hacer para desacreditarlo; entonces se les ocurre decir que Jesús hacía prodigios porque tenía el poder de Satanás, y que expulsaba demonios con el mismo poder. Jesús responde que Satanás no puede expulsar a sus propios discípulos. Porque si en un reino hay división ese reino se viene abajo. Pero en realidad este texto quiere destacar que Jesús hace el bien y libera a los hombres con un poder divino, no demoníaco. El poder de Dios hace el bien, las fuerzas del mal sólo destruyen y enferman al hombre.

Más adelante Jesús advierte a los que han sido liberados de algún mal que estén atentos para no volver a caer en lo mismo, porque es más difícil levantarse luego de una recaída. Alguien que acaba de ser liberado, alguien que acaba de convertirse o de cambiar de vida, tiene un entusiasmo que le ayuda a perseverar, pero cuando uno vuelve a caer, ya no siente el atractivo hacia el bien, que se le ha hecho rutinario. Otros textos de la Biblia advierten severamente a los que se sienten tentados de volver atrás. Vale la pena leer Heb 6, 4-6: «Es muy difícil que cuantos fueron una vez iluminados, gustaron el don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, saborearon las buenas nuevas de Dios y los prodigios del mundo futuro, y sin embargo cayeron, se renueven otra vez por la penitencia, porque crucifican de nuevo al Hijo de Dios». También puede leerse: Heb 10, 26; 12, 17. Pero no podemos ignorar las palabras claras y directas de 2 Ped 2, 21-22: «Hubiera sido mejor que no conocieran el camino de la justicia, antes que, después de conocerlo, volverse atrás del santo precepto que les fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio: el perro vuelve a su vómito y la cerda recién lavada vuelve a revolcarse en el barro’”.

Oración:

«Señor, que conoces mi fragilidad y sabes cuánto me atrae el mal, dame la gracia de perseverar en tu camino, fortaléceme y muéstrame siempre la belleza y la atracción del bien para que no vuelva a revolearme en el barro».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día