Comentario – Sábado XXVII de Tiempo Ordinario

(Lc 11, 27-28)

Una mujer, feliz de escuchar las enseñanzas de Jesús, le grita: «Feliz el vientre que te llevó». Jesús responde que son más felices los que escuchan a Dios y viven su Palabra. ¿Hay que ver en esta respuesta una especie de desprecio a María, la madre de Jesús, una invitación a ignorarla?

Si leemos Lucas 1, 48 veremos que María misma anuncia en su canto que todas las generaciones la llamarían «feliz», e Isabel, inspirada por el Espíritu Santo, también la llama «feliz» (1, 45).

Así, el evangelio de Lucas nos está indicando que para Jesús la grandeza de su madre no está tanto en haberlo llevado en su vientre, sino en su santidad y en su fe; porque en el evangelio de Lucas los felices son los santos, los que viven como a Dios le agrada, los que ya poseen el Reino de Dios (6, 20). Por eso, si leemos bien las palabras de su prima Isabel, ella le dice: «Feliz de ti porque has creído» (1, 45). Y Lucas nos cuenta también que María no vivía las cosas de Dios con superficialidad, sino que «conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (2, 19.51).

Eso significa que María fue preparada por Dios para que no fuera una madre cualquiera, para que no ofreciera sólo su cuerpo, sino también su corazón entero.

Entonces todos estamos llamados a compartir la felicidad de María; porque nosotros no podremos engendrar a Jesús en nuestro cuerpo, pero sí podemos engendrarlo en el corazón por la fe, imitando a María. La mujer que le gritó a Jesús estaba elogiando a su madre, pero ella no podía gozar de esa maternidad biológica, ya que «madre hay una sola». Lo que sí podía compartir esa mujer con María era el gozo que da la Palabra de Dios cuando es guardada y vivida.

Oración:

«Señor Jesús, también yo quiero elogiar a tu madre querida, no sólo porque tuvo el privilegio de llevarte en su vientre, sino porque ella te recibió con una fe y una confianza inmensas, y por eso ella es modelo de los creyentes».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día