De camellos y agujas

1.- “De camino, alguien se acercó a Jesús corriendo, se arrodilló y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna? Jesús le contestó: Nadie es bueno sino sólo Dios”. San Marcos, Cáp. 10. Parece que el camello como animal doméstico, ya era conocido en el tercer milenio antes de Cristo. En Israel se utilizaba como bestia de carga, de silla y de tiro, mientras a los beduinos les proporcionaba también carne y leche.

A este cuadrúpedo se refirió Jesús para señalar el peligro que traen las riquezas: “Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”. Y aunque algunos comentaristas han tratado de dulcificar tal expresión, ensayando otras traducciones del texto, parece que el Señor habló realmente de camellos y agujas. La tradición de los rabinos guardaba refranes parecidos, aunque en relación con otros animales: “Nadie piensa que un elefante pueda enhebrar una aguja con la trompa, ni tampoco bailar sobre una taza”.

2.- San Marcos nos cuenta que alguien llegó corriendo hasta Jesús, pero enseguida se alejó cabizbajo. Quiso seguir al Maestro, pero “tenía muchas posesiones”. ¿Se trata de un joven? El término griego lo indica, pero sus abundantes haberes no lo identifican como adolescente. Sin embargo es un muchacho sano. Habla de vida eterna, un concepto que exige cierta altitud de miras y un nivel suficiente en la fe judía. Llama a Jesús “Maestro bueno”, lo cual demuestra una sintonía personal. Aunque el Señor le aclara, como avivando el interés de su interlocutor, que “nadie es bueno sino sólo Dios”. Además cuando el Señor le explica que esa vida se alcanza al cumplir los mandamientos, el joven declara: “Todo esto lo he observado desde pequeño”.

3.- Jesús ha citado ante su visitante los mandatos que se refieren al prójimo, añadiendo uno que no está expresamente en Moisés: “No cometas fraude con nadie”. Podría equivaler a no robarás. Una persona rica puede que no se antoje de robar, pero sí es tentada de cometer otros fraudes, como recargar de trabajo a los obreros, o pagarles con retraso. Al descubrir en aquel joven madera para cosas más altas, el Maestro le añade: “Una cosa te falta: Vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo- y luego sígueme. A estas palabras, apunta el evangelista, el muchacho frunció el ceño y se alejó pesaroso, porque era muy rico”. Cabrían dos aplicaciones de esta enseñanza de Jesús. La primera sería literal, como la realizó san Francisco de Asís, desposándose con la Dama Pobreza. La segunda más general, pero no menos evangélica: “Comparte todo lo tuyo con los necesitados. Aligera cada vez tu equipaje, para poder entrar con más rapidez en el Reino”. Los unos y los otros capitalizamos en el cielo, donde no hay polilla, ni herrumbre, ni ladrones que amenacen nuestro tesoro.

4.- El llamado “Principio de Peter” mantiene a mucha gente, aburguesada en su nivel de competencia. El peldaño siguiente les estará vedado, no tienen cualidades para ello. En el seguimiento de Jesús ocurre lo contrario. Todos estamos llamados a ascender. Pero qué lástima. Muchísimos se quedan a mitad del camino, por no arriesgarse a una entrega generosa al evangelio.

Gustavo Vélez, mxy