El camino a la vida

En todo lo que hacemos -y en lo que dejamos de hacer-, los humanos buscamos ser felices, es decir, vivir en plenitud o, en el lenguaje del texto evangélico, “vida eterna”.

Esta simple constatación plantea, de entrada, una doble cuestión: por qué por dónde buscamos la vida.

Buscamos la vida porque hemos “olvidado” que, en nuestra identidad profunda, ya la somos. Tal olvido, que nace de la ignorancia original, nos hace creer que estamos desgajados de ella y la proyectamos fuera. La “vida eterna” o vida en plenitud -pensamos en nuestra ceguera- debe ser “algo” que está en “otro lugar” y que debemos alcanzar a partir de nuestro esfuerzo.

Y la buscamos, con frecuencia, de mil modos diferentes. Las religiones han priorizado el camino de las creencias y de las normas: “si crees…, si cumples…, la conseguirás”.  

El joven protagonista del relato “ha cumplido todo”, pero solo siente frustración. Y es entonces cuando el sabio de Nazaret le indica el camino acertado: no se trata de “hacer méritos” -que, con facilidad, solo consiguen engordar al ego-, sino de soltar, liberarse de todo aquello con lo que, en nuestra ignorancia, nos habíamos identificado.

La creencia de estar separados de la vida produjo en nosotros un vacío insoportable, que intentamos llenar con mil objetos. Hasta que descubrimos que era una tarea inútil. Y, como el joven del relato, seguimos preguntando: ¿qué más puedo hacer?

No hay nada que hacer, excepto comprender que la vida no es “algo” que haya que lograr, sino que es lo que ya somos y nunca podemos perder. Somos vida. Ahí termina la búsqueda y la tensión. Y, al reconocerlo, en lugar de embarcarnos en un esfuerzo nunca suficiente para intentar alcanzar un objetivo siempre elusivo, nos dejamos fluir en una acción adecuada, creativa y eficaz, la que cada momento nos reclama.

¿Me reconozco como vida, más allá de la persona en la que me experimento?

Enrique Martínez Lozano

Fortuna y añoranza. Memoria del joven rico

Vanias, mi administrador, acaba de comunicarme con satisfacción que la última vendimia ha sido espléndida y que tenemos ya comerciantes de Antioquía dispuestos a comprarla a un precio más alto de lo que esperábamos. Por otra parte, el negocio de pieles que heredé de mi padre es cada día más floreciente y todos me dan la enhorabuena por ello y me recuerdan, con un tono obsequioso en el que adivino cierta adulación, las palabras de la Escritura que he oído tantas veces de nuestros sabios: “La fortuna del rico es su plaza fuerte; como muralla inexpugnable es su opinión” (Pr 18,11). “La bendición de Yahvé es la que enriquece y nada le añade el trabajo a que obliga” (Pr 10,22).

Soy consciente de que mi posición económica provoca cierta envidia y también extrañeza ante mis frecuentes crisis de melancolía. «Todos te admiran por tu conducta intachable y además posees todos los bienes que un hombre puede desear – me dicen a veces mis amigos – y, sin embargo, tu talante es casi siempre sombrío y ausente… ». Y es que ellos ignoran la causa de la pesadumbre secreta que se alberga en mi corazón y que nunca he confesado a nadie.

Hubo un momento en mi juventud en que viví inquieto y en búsqueda: como hijo de fariseo, estaba habituado desde niño a la observancia escrupulosa de nuestra Ley y nunca quebranté a sabiendas ni una sola de sus prescripciones. Pero dentro de mí bullían la insatisfacción y las preguntas: había oído hablar tanto de la bondad de nuestro Dios, que me parecía imposible que lo único que pidiera de nosotros era un aburrido cumplimiento de normas y leyes. Soñaba con una vida plena y libre pero, cuando preguntaba a algún rabbí, sus consejos me exhortaban siempre a hacer algo más por Dios y a esmerarme en cumplir hasta la menor de sus mandatos, como agradecimiento a las abundantes riquezas con que había bendecido a nuestra familia.

Como la fama del rabbí Jesús se había extendido por toda Judea, decidí acudir a él buscando, una vez más, consejo y orientación. Me dijeron que estaba saliendo de la ciudad, parece ser que en dirección a Jerusalén, y eché a correr hasta alcanzar al grupo con el que caminaba. Cuando me vio llegar se detuvo: yo me puse de rodillas ante él como señal de respeto y para hacerle ver mi deseo sincero de encontrar una salida a mi incertidumbre. «¿Qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?» , le pregunté mirándole a los ojos. Y aunque sentí en el acto que de él a mí comenzaba a fluir una corriente de afecto, su respuesta me decepcionó porque era la misma que había escuchado ya de muchos otros: «Ya sabes los mandamientos… » Sin embargo, algo me hizo intuir que no era eso sólo lo que quería decirme y, ante mi insistencia, me hizo una extraña propuesta: «Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Después vente conmigo».

Se apoderó de mí el estupor y me sentí como un corredor que, de pronto, se encuentra al borde de un abismo. O, mejor, ante una encrucijada en la que se le invita a dejar atrás todos los caminos ya frecuentados para adentrarse en uno absolutamente nuevo y lleno de incógnitas: ¿Cambiar el hacer que todos me recomendaban por el des-hacerme de mis bienes? ¿Dejar atrás la seguridad de mis posesiones para emprender la aventura incierta de irme con alguien del que se decía que no tenía ni domicilio fijo? ¿Atreverme a creer una palabra que afirmaba que la vida plena, feliz y desbordante que iba buscando estaba más en el dejar que en el poseer? ¿Admitir como verdadera la afirmación de aquel hombre de que «me faltaba algo», precisamente a mí que había recitado tantas veces lleno de fe: «El Señor es mi pastor, nada me falta… »?

Me estaba pidiendo que renunciara no sólo a mis posesiones materiales, sino también a todo aquello que hasta ese momento constituía mi seguridad y mi riqueza y sentí vértigo. Miré al grupo de sus discípulos: era gente ruda y sencilla, con vestiduras descuidadas y sandalias polvorientas, y recordé la solidez de mi hogar, las tierras que sabía me corresponderían en la herencia y la reverencia y el respeto que mi fortuna me otorgaría en el futuro.

Tomé la decisión. Me puse en pie lentamente, evitando mirarle, temeroso de que el afecto que había sentido en su mirada fuera demasiado convincente, y me alejé despacio, consciente de que sus ojos continuaban fijos en mí y de que quizá esperaba que me decidiera a regresar.

No lo hice y desde aquel momento no ha habido hora, ni día, ni año, en que no me haya arrepentido de ello. Vivo sin carecer de nada, pero me falta la alegría. Soy alguien a quien se considera y se consulta, pero daría mi vida por haberme hecho discípulo de aquel Maestro que me habló desde otra sabiduría. El dinero, el saber y el poder se han convertido en ataduras tan fuertes que han ahogado mis sueños y me han encerrado dentro de unas vallas que me impiden caminar libre de trabas.

Y ya nunca me abandonarán la nostalgia y la añoranza por no haber confiado en la promesa de vida que me ofreció aquel galileo itinerante que un día se cruzó en mi camino.

Dolores Aleixandre

II Vísperas – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXVIII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como una luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo vamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces —siempre, siempre—, entonces
seremos bien lo que seremos.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA: Hb 12, 22-24

Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Vosotros, que lo habéis dejado todo y me habéis seguido, recibiréis el ciento por uno y poseeréis la vida eterna.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Vosotros, que lo habéis dejado todo y me habéis seguido, recibiréis el ciento por uno y poseeréis la vida eterna.

PRECES

Alegrándonos en el Señor, de quien viene todo don, digámosle:

Escucha, Señor, nuestra oración.

Padre y Señor de todos, que enviaste a tu Hijo al mundo para que tu nombre fuese glorificado, desde donde sale el sol hasta el ocaso,
— fortalece el testimonio de tu Iglesia entre los pueblos.

Haznos dóciles a la predicación de los apóstoles,
— y sumisos a la verdad de nuestra fe.

Tú que amas a los justos,
— haz justicia a los oprimidos.

Liberta a los cautivos, abre los ojos a los ciegos,
— endereza a los que ya se doblan, guarda a los peregrinos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que los que duermen ya el sueño de la paz
— lleguen, por tu Hijo, a la santa resurrección.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:
Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

No se trata de renunciar a algo sino de elegir lo mejor

 
 

Es un episodio entrañable, pero es muy ambiguo en la redacción y desconcertante en el desenlace. El hombre rico no se decide a dar el paso. Aunque lo verdaderamente importante es el motivo por el que se niega a seguir a Jesús: las riquezas. Para los judíos, las riquezas habían sido siempre signo de la bendición de Dios. Jesús no puede arremeter contra ellas y hacernos ver que son la causa de todos los males. Sabemos que fue un tema muy discutido entre los primeros cristianos. El relato nos deja ya una muestra de esta controversia.

El llegar corriendo, indica gran interés y una urgente necesidad. El joven era rico, pero no las tenía todas consigo. Sin duda, el rico esperaba de Jesús algún precepto aún más difícil que los de Moisés, que estaría dispuesto a cumplir. Jesús no añade más preceptos sino una propuesta original. En vez de seguridades, confianza sin límites. En vez de cumplimiento de la Ley, seguimiento. Jesús sube a Jerusalén, va a la muerte. Seguir a Jesús supone estar dispuesto al fracaso. El arrodillarse, es un signo exagerado de respeto y admiración.

“Heredar vida definitiva”. No está nada claro el sentido de esa expresión. El texto dice “zoe aionion” que es una expresión muy ambigua. Al traducirla la Vulgata por ‘vida eterna’ condicionó su sentido durante demasiado tiempo. En tiempo de Jesús, significaba garantizar una existencia feliz más allá de la muerte. El rico ya tenía garantizada la existencia feliz en el más acá. Lo que busca en Jesús es asegurar la misma felicidad para el más allá.

Los mandamientos que Jesús le recuerda son los de la segunda tabla, es decir los que se refieren al prójimo, no los que se refieren directamente a Dios. Esta enseñanza es original y exclusiva de Jesús. Para cualquier judío, los más importantes eran los de la primera tabla, que se refieren a Dios. Está clara la intención de hacernos pensar en una nueva manera de religiosidad: la humanidad se manifiesta en la relación con los demás, no con Dios.

¿Por qué me llamas ‘bueno’? El texto griego dice “agazos” no “kalos” que él mismo se aplica. Jesús revela donde está la verdadera pobreza. Él se siente vacío hasta de la misma bondad. El hombre ni es nada ni tiene nada, porque ni siquiera hay un sujeto (ego) capaz de ser o tener. Es difícil no dejarse atrapar por las riquezas, pero es mucho más difícil superar el sentimiento de superioridad. Lo nefasto será creerme bueno y con derechos ante Dios.

Una cosa te falta. Jesús no da importancia al cumplimiento de la Ley. Lo que le falta no es vender lo que tiene sino seguirle. El desprenderse de todo es una exigencia del seguimiento. Para ‘heredar la vida’ basta cumplir la Ley; para entrar en el Reino hay que preocuparse de los demás. No está claro a qué se refiere Jesús. El joven le pregunta por una vida para el más allá y el texto sugiere que le responde con una invitación a seguir a Jesús en el grupo.

¡Qué difícil será entrar en el Reino al que pone su confianza en las riquezas! Las riquezas en sí ni son buenas ni son malas. Es absurdo pesar que Dios prefiere que pasemos necesidades. El apego a las posesiones sin tener en cuenta al pobre o, peor aún, a costa de él es lo que impide al hombre alcanzar una meta humana. El desenlace es triste, pero el comentario que hace Jesús es más desolador. Los discípulos quedan hundidos en la miseria.

Entonces, ¿quién podrá ‘salvarse’? Los discípulos siguen pensando que es imposible subsistir sin seguridades. La pregunta no se refiere a quién podrá salvarse en el más allá, tal y como entendemos hoy la salvación, sino a quién podrá mantener una vida verdaderamente humana si se desprende de todo lo que tiene y no asegura su futuro. Así cobra sentido la respuesta de Jesús, “para los hombres, imposible, no para Dios.

Estamos ante uno de los textos más difíciles de comprender de todo el evangelio. Llevamos veinte siglos dando tumbos entre la demagogia barata y el espiritualismo tranquilizador pero estéril. No podemos sacar una norma general de una propuesta individual. Si vende los bienes, se supone que tiene que haber un comprador, que estará, de entrada, condenado. Jesús no puede dar una norma, que, para poder cumplirla, exige que otro no la cumpla. La propuesta de Jesús es la total superación del hedonismo, es decir, satisfacción y seguridades.

Buscar la propia salvación individual aquí abajo, o en el más allá, es la mejor señal de no haber superado el “ego”. El objetivo último de todo ser humano es la entrega incondicional al servicio del otro. El apego a las riquezas nace siempre del falso yo. Mientras exista la preocupación por uno mismo, no puede alcanzarse la meta. El obstáculo no son las riquezas sino la existencia del yo que me lleva a buscar seguridades para más acá o para el más allá.

Pensar que el rico está condenado y el pobre está salvado es demagogia. El hecho de tener o no tener bienes materiales no es lo significativo. El que no tiene nada puede estar más apegado a los bienes que ambiciona que el rico a lo que posee. Lo difícil es mantener un equilibrio que nos permita vivir humanamente y no nos impida darnos al otro. Tanto el pobre como el rico tendrán que dar un paso para entrar en la dinámica del evangelio.

Otra trampa es creer que el evangelio propone solo la pobreza de espíritu. Según esto, no importa lo que hayas acumulado, con tal de que tengas “espíritu cristiano”, lleves una vida “religiosa” y seas capaz de dar limosna y hacer “obras de caridad”. La Iglesia como institución ha caído en esta trampa. Bajo el pretexto de tener para dárselo a los pobres, no le ha importado acumular riquezas. La Iglesia tiene que ser pobre y renunciar a las seguridades.

El relato no ofrece un cristianismo a dos velocidades. Los ‘consejos evangélicos’ serían un plus voluntario para los más decididos. Esto ha hecho mucho daño, porque ha dado motivo a la mayoría de cristianos para pensar que lo que dice el evangelio no va con ellos. Ha hecho daño también a los que optan por la vida religiosa, porque les ha hecho creer que son los perfectos y con más derechos ante Dios porque han renunciado a las posesiones materiales.

El fariseísmo que seguimos manteniendo en este tema es desconcertante. Seguimos buscando mil escusas para no vernos obligados a entrar en la dinámica del evangelio. Incluso cuando renunciamos al consumo o a las seguridades terrenas lo hacemos esperando que me lo paguen con creces en el más allá. Es un hecho que muchos de los puestos de la jerarquía se buscan expresamente para medrar y tener más dinero y más poder.

La propuesta de Jesús no conlleva ninguna renuncia. Si, al llevarla a la práctica, tenemos la sensación de perder algo, es que no hemos comprendido nada. Se trata de elegir el camino que me lleve a la plenitud de humanidad. Como seres limitados, elegir un camino lleva consigo el renunciar a otro. En contra del sentir común, el renunciar a tener más no es de tontos, sino de personas muy despiertas. La sabiduría consistiría en la libertad de elección.

Fray Marcos

Salomón, el joven rico y los discípulos

Las lecturas de este domingo enfrentan tres posturas: la de Salomón, que pone la sabiduría por encima del oro, la plata y las piedras preciosas; la del rico, que pone su riqueza por encima de Jesús; la de los discípulos, que renuncian a todo para seguirlo.

Salomón: la sabiduría vale más que el oro (Sabiduría 7,7-11)

El libro de la Sabiduría se escribió en el siglo I a.C., probablemente en Alejandría, en griego (por eso los judíos no lo consideran inspirado). No sabemos quién lo escribió, pero el autor finge ser Salomón. Un recurso muy habitual en la época, para dar mayor prestigio al libro. Salomón, al comienzo de su reinado, tuvo un sueño en el que Dios le ofreció pedir lo que quisiera. En vez de oro, plata, la derrota de sus enemigos, etc., pidió sabiduría para gobernar al pueblo. Inspirándose en ese relato, el autor del libro de la Sabiduría pone estas palabras en boca del rey:

El joven rico: la riqueza vale más que Jesús (Marcos 10,17-30)

El evangelio contiene dos escenas: en la primera, los protagonistas son el rico y Jesús.

El protagonista, antes de formular su pregunta, pretende captarse la benevolencia de Jesús o, quizá también, justificar por qué acude a él: lo llama «maestro bueno», título que no se aplica en Israel a ningún maestro (solo conocemos un ejemplo del siglo IV d.C.).

La pregunta. El problema que lo angustia es «qué haré para heredar la vida eterna», algo fundamental para entender todo el pasaje. Lo que pretende el protagonista, dicho con otra expresión judía de la época, es «formar parte de la vida futura» o «del mundo futuro»; lo que muchos entre nosotros entienden por «salvarse». Este deseo sitúa al protagonista en un ámbito poco frecuente entre los judíos de la época: admite un mundo futuro, distinto del presente, mejor que éste, y desea participar de él. Por otra parte, su pregunta no es tan rara como podemos imaginar. Si nos preguntasen qué hay que hacer para salvarse, las respuestas es probable que variasen bastante. Una pregunta parecida la encontramos hecha al rabí Eliezer (hacia el año 90) por sus discípulos. Y responde: «Procu­raos la estima de vuestros vecinos; impedid que vuestros hijos lean la Escritura a la ligera y haced que se sienten entre las rodillas de los discípulos de los sabios; y, cuando oréis, sed conscientes de quién tenéis delante. Así conseguiréis la vida del mundo futuro».

La respuesta de Jesús. Antes de responder, aborda el saludo y da un toque de atención sobre el uso precipitado de las palabras. El único bueno es Dios. (Por entonces no existía la Congregación para la Doctrina de la Fe, que lo habría condenado por error cristológico).

Luego responde a la pregunta haciendo referencia a cinco mandamientos mosaicos, todos ellos de la segunda tabla, aunque cambiando el orden y añadiendo «no estafarás», que no aparece en el decálogo.

Lo curioso es que Jesús no dice nada de los mandamientos de la primera tabla, que podríamos considerar los más importantes: no tener otros dioses rivales de Dios, no pronunciar el nombre de Dios en falso, y santificar el sábado. Para Jesús, de forma bastante escandalosa para nuestra sensibilidad, para «salvarse» basta portarse bien con el prójimo.

Cuando el protagonista le responde que eso lo ha cumplido desde joven, Jesús lo mira con cariño y le propone algo nuevo: que deje de pensar en la otra vida y piense en esta vida, dándole un sentido nuevo. Hasta ahora, incluso cumpliendo los mandamientos, él sigue siendo el centro de su vida. Lo que le pide Jesús es que cambie de orienta­ción: renunciando a sus bienes, renuncia a sí mismo, y otras personas ocupan el horizonte: primero los pobres, de forma inmediata; luego, de manera definitiva, Jesús, al que debe seguir para siempre.

La reacción del rico. El programa de Jesús se limita a tres verbos: vender, dar, seguir. El joven no vende, no da, no sigue. Se aleja. «Porque era muy rico». Con esta actitud, no pierde la vida eterna (que depende de los mandamientos observados), pero pierde el seguir a Jesús, dar plenitud a su vida ahora, en la tierra.

Mientras el rico se aleja, tiene lugar la segunda escena, en la que Jesús completa su enseñanza sobre el peligro de la riqueza y el problema de los ricos.

Las palabras «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!» requieren una aclaración. Entrar en el reino de Dios no significa salvarse en la otra vida. Eso ya ha quedado claro que se consigue mediante la observancia de los mandamientos, sea uno rico o pobre. Entrar en el Reino de Dios significa entrar en la comunidad cristiana, comprometerse de forma seria y permanente con la persona de Jesús en esta vida.

Ante el asombro de los discípulos, Jesús repite su enseñanza añadiendo la famosa comparación del camello por el ojo de la aguja. Ya en la alta Edad Media comenzó a interpretarse el ojo de la aguja como una puerta pequeña en la muralla de Jerusalén; pero esa puerta nunca ha existido y la explicación sólo pretende suavizar las palabras de Jesús de manera un tanto ridícula. Jesús expresa con imaginación oriental la dificultad de que un rico entre en la comunidad cristiana.

¿Por qué se espantan los discípulos? Su reacción podemos interpretarla de dos formas, según los dos posibles sentidos del verbo griego: 1) ¿quién puede salvarse?; 2) ¿quién puede subsistir?

En el primer caso, los discípulos refle­jarían la mentalidad de que la riqueza es una bendición de Dios; si los ricos no se salvan, ¿quién podrá salvarse?

En el segundo caso, los discípulos pensarían que la comunidad no puede subsis­tir si no entran ricos en ella que pongan sus bienes a disposi­ción de todos.

En cualquier hipótesis, la respuesta de Jesús («Dios lo puede todo») da por terminado el tema.

Los discípulos: Jesús vale más que todo

La intervención de Pedro no empalma con lo anterior, sino que contrasta la actitud de los discípulos con la del rico: «nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido». Ahora quiere saber qué les tocará.

La respuesta de Jesús enumera siete objetos de renuncia, como símbolo de renuncia total: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, tierras. Todo ello tendrá su recompensa en esta vida (cien veces más en todo lo anterior, menos en padres) y, en la otra, vida eterna. Pero, al hablar de la recompensa en esta vida, Mc añade «con persecuciones».

Decía Salomón que, con la sabiduría «me vinieron todos los bienes juntos». A los discípulos, la abundancia de bienes se la proporciona el seguimiento de Jesús.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

(Mc 10, 17-30)

Llega ante Jesús un hombre entusiasmado, llega corriendo, porque presiente que en Jesús puede encontrar la respuesta a sus cuestionamientos más profundos. Además, se acerca con actitud de discípulo, dispuesto a recibir la enseñanza, porque trata a Jesús de «maestro bueno», y le plantea la inquietud que lo atormenta: «¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» La pregunta del hombre es en realidad una pregunta tradicional que se dirigía al maestro, que implicaba el deseo de saber cuál es la mejor manera para crecer en el camino de Dios. La respuesta de Jesús apunta a los deberes de amor para con el prójimo que ya se conocían en el Antiguo Testamento. Es más, en el postexilio se habían acentuado las exigencias fraternas y se había acuñado la ley de oro: «no hagas a nadie lo que no quieres que te hagan» (Tobías 4, 15). Sin embargo, el hombre quiere algo más, quiere un nuevo desafío para continuar avanzando en el camino de la ley de Dios y adquirir así una importante herencia de Dios.

Pero como el joven quiere «hacer» más para adquirir más, Jesús accede a su pedido y le pide exactamente lo que él no es capaz de hacer: repartir todo lo que tiene entre los pobres. Al pedirle lo que no estaba dispuesto a dar, Jesús desnuda el corazón del hombre mostrándole que sus intenciones de entrega total no son auténticas, y lo coloca en su justo y verdadero lugar. Por otra parte, Jesús no acepta repetir la expresión del hombre: «adquirir la vida eterna»; simplemente le habla de un tesoro en el cielo para los que den ese paso.

Los discípulos reaccionan diciendo: «Entonces ¿quién puede salvarse?» (v. 26). Queda claro que no se referían al abandono de las riquezas, porque ellos eran pobres y lo habían dejado todo, sino a la dificultad de despojarse por completo ante Dios. Jesús responde que eso es posible por la acción de Dios. Al que acepte ese desafío, que incluye no sólo los bienes, sino toda relación humana vivida como dominio y posesión, se le promete no sólo la recompensa celestial, sino una plenitud terrena donde no falta nada de lo que se necesita para ser verdaderamente feliz.

Oración:

«Señor, sabes que mi corazón se apega y se aferra a cosas y personas como si fueran su Dios y salvador. Dame tu gracia para despojarme ante ti, para tener un corazón disponible para tu Reino».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

¿Todo o nada?

1.- Leemos hoy, mis queridos jóvenes lectores, un episodio evangélico fascinante, pero que, según quien lo comente, y tomado a la tremenda, puede frustrar. Se encontró Jesús un día con un joven semejante a vosotros. Cualquier chico o chica que no arrastra una vida incolora inodora e insípida, ha vivido algún momento de fervor cristiano y de entusiasmo religioso. Se ha cruzado en su vida el Señor y no he querido separarse nunca de Él. Ha deseado seguirle, incorporado a su pandilla. ¿Qué hay que hacer para enrolarse en su equipo? Ese chico, del que nos habla el relato, llegó exaltado, corriendo, y le hizo una pregunta de tal índole. Jesús le contestó serenamente que bastaba con cumplir los mandamientos y le puso algunos ejemplos concretos de ellos. Le brillaron los ojos al muchacho y contestó decidido: de siempre los cumplo ¿qué hay que hacer más? Era ambicioso y precipitado, como uno muchas veces debe ser. Quería comerse el mundo de un mordisco.

Pues, si quería progresar hasta el límite, si quería ser un campeón, debía desprenderse de todo, darlo a los pobres y entonces podría seguirle. Hoy en día conozco a algunos que han contestado afirmativamente a esta propuesta y en el Tercer mundo o en el Cuarto. Viviendo en una choza en el desierto o en una barraca en un suburbio, sirven a los más necesitados, a los injustamente tratados por la sociedad, a los marginados. O escondidos en un edificio, ignorados por las portadas de los periódicos o por los noticiarios de la Televisión, ayudan en un asilo de ancianos, en un cottolengo o en una casa de acogida de emigrantes sin papeles. Pero, hay que reconocerlo, no todos responden de la misma manera. Reconocer que uno no es valiente del todo produce una cierta amargura, pero es humildad. El joven aquel marchó triste, era rico. Ahora es preciso preguntarse ¿quién de vosotros será capaz de vivir sin un PC, prescindir de un simple utilitario para desplazarse, dejar de comer o beber, de cuando en cuando, con selección? ¿Quién de vosotras será capaz de dejar de comprarse ropa de temporada, libros de ensueño, reproductor MP3, deportivos de última aparición? Cada uno que se traduzca a su lenguaje y situación, los ejemplos que se me han ocurrido poner.

2.- Hay momentos álgidos en la vida espiritual, pero no son siempre cruciales. El chico marchó triste, pero no se alejó condenado, no exageremos el tono, como hacen algunos. El camino del cumplimiento de los preceptos del Señor es una senda segura y firme, aunque no sea la mejor autopista. No perdamos la paz interior, los que no lo hemos dejado todo. Yo mismo, gracias a que no he abandonado el ordenador, ni lo he desconectado, gracias a que tengo la Biblia y otros libros, puedo ahora compartir con vosotros estas reflexiones. Y en el Cielo, estoy seguro, que dirán que no es moco de pavo lo que alcanzo a hacer. La riqueza es un serio trastorno. Jesús, que por semita, era más exagerado que los andaluces, que ya es decir, sale con una comparación estrambótica. Y dice aquello del camello y el agujero de una aguja. Las de aquel tiempo, y he visto unas cuantas, lo tenían mucho más grande que las que utilizaba mi madre, pero ni una mosca sería capaz de atravesarlo. (No penséis, como tal vez alguien os pueda sugerir, que en Jerusalén hubiera una puerta pequeñita, que llamaban ojo de aguja, nadie ha encontrado vestigios de ella, y se ha excavado mucho por aquellos pagos) No queráis ser acomodaticios, tampoco os desesperéis, el Señor al verle marchar no dijo de él que más le valiera no haber nacido, como sí afirmo de otro.

El joven aquel pudo encontrarse otro día con el Maestro. A cualquiera de nosotros nos puede salir al encuentro un día, pidiéndonos una limosna, un sacrificio, un acto valiente de protesta pública profética, pidiéndonos que amemos a una pobre criatura enferma, ayuda a un emigrante de color que nos parece desagradable, de un país que nos suena a hostil, acogida benevolente y comprensiva a una persona que ha llevado una vida desordenada o francamente perversa, a quien nadie ofrece ayuda. Será entonces la segunda oportunidad, o la tercera o la enésima. No os desaniméis nunca. Por el camino del Emaús de nuestra vida, en cualquier momento se puede poner Jesús a nuestro lado y encontrarnos entonces, dispuestos a acompañarle.

3.- Ahora bien, mis queridos jóvenes lectores, hablo por experiencia, nosotros los que durante nuestra vida hemos pretendido desprendernos de toda riqueza y posesión, los que hemos deseado no amasar fortunas, los que hemos aceptado no dejarnos amar exclusivamente por alguien, para amar con pasión a todo el mundo y sin pringarnos, hemos experimentado que en nuestro corazón se ha abierto una vena por la que penetra el amor de Dios, que lo inunda y lo enriquece todo, acompañada esta inmensa dicha por el gozo de que nuestra vida ha sido una indescriptible aventura y esperamos que este júbilo atraviese y se agrande, al pasar el ámbito de la muerte.

¿Todo o nada? Más bien todo lo que soy capaz ahora de dar con un poco de generosidad, esperando otro momento para darme más. Nunca hay que contestar a Dios negativamente. Hoy mejor que ayer y mañana mejor que hoy.

Pedrojosé Ynaraja

Lectio Divina – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

Vende lo que tienes, dáselo a los pobres y sígueme

INTRODUCCIÓN

Vende lo que tienes”. Este es el inevitable punto de partida. Buscar a toda costa la libertad de todo lo que mantiene esclavizada a la persona. Cada uno sabe qué es lo que le mantiene atado.

“Dale el dinero a los pobres”. He aquí el itinerario. No basta con desprenderse. También lo hacen los que quieren renovar su guardarropa. Hay que comprometerse con la suerte de los pobres, hacer su camino, y luchar por terminar con la pobreza.

“Y sígueme”. Esta es la razón de todo el proceso. No se abandona todo por nada. Se deja algo por Alguien. Es cuestión de establecer una jerarquía de valores y dejarse llevar por el amor del que nos ha amado primero (José-Román Flecha).

TEXTOS BÍBLICOS

1ª lectura: Sab. 7,7-11.        2ª lectura: Heb. 4,12-13.

EVANGELIO

Mc. 10,17-27.

Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme». A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!». Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios». Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».

REFLEXIÓN

1.– Una afirmación: Jesús miró con cariño al joven.  “Se le acercó corriendo” y es que tenía muchas ganas de verle. “Se arrodilló”. Veía en Jesús algo especial. “Guardaba los mandamientos desde niño”. Era un muchacho, “cumplidor de la ley”.  Tenía dinero, mucho dinero, es decir, esta vida asegurada. Pero le faltaba algo: quería asegurar también la vida futura.  Por eso pregunta a Jesús: ¿Qué debo hacer para asegurarme también la vida eterna?  Él esperaba que Jesús le impusiera alguna otra ley o que hiciera alguna limosna especial. Pero Jesús le desconcierta cuando le habla de “dejar el dinero y darlo a los pobres” Después ya le podrá seguir. Esta alternativa de Jesús no encaja en su proyecto de vida. Y deja a Jesús. En realidad, lo que le propone Jesús es: “Si quieres ser perfecto”, es decir, si quieres llegar al final, si no te conformas con una medianía, con una vulgaridad, con ser uno más, uno del montón…Si quieres pasar del “tener al ser”.  “Aquel joven se quedó muy triste”. Y uno se pregunta: ¿Por qué? Jesús no le ha quitado absolutamente nada. Le ha dejado en libertad y con todo el dinero acumulado.  Aquel joven se dio cuenta de que, al abandonar a Jesús, había perdido la gran oportunidad de su vida.  Se había quedado con “su riqueza” pero había perdido la gran riqueza que es Jesús. Aquella primera mirada de Jesús se le clavó en el corazón, le persiguió, y no le dejó ya vivir en paz.

2.– Una admiración: !qué lástima! La pena, la lástima, el vacío, la decepción, acompañó a aquel joven durante toda la vida. Pero esa pena, esa decepción, esa frustración, acompañará a Jesús por toda la eternidad.  Y no habla aquí de condenación, sino de ver que ese joven no ha estado a la altura, no ha sido capaz de realizar los sueños tan bonitos que, desde toda la eternidad, Dios ha tenido sobre él.  “Desde toda la eternidad nos llamó para que fuéramos santos” (Ef. 1,4). Y lo que pasó a ese joven nos puede pasar a cualquiera de nosotros. A mí no me gustaría ir al cielo y encontrarme con un Dios decepcionado con mi vida. No quiero encontrarme con un Dios que me diga: Entra, pero “yo esperaba más de ti” Y tú y yo tenemos todavía tiempo para que esto no suceda. Todavía tenemos tiempo para adorar, alabar, amar, servir a los hermanos, hacer de nuestra vida “una ofrenda agradable a Él.

3.– Una interrogación: Y tú, ¿qué piensas hacer con tu vida? El problema del “dinero” no es que sea malo en sí y, de hecho, con él podemos hacer cosas buenas. Pero el Señor nos advierte en este evangelio del señorío que puede ejercer sobre nosotros. De tal manera puede avasallar nuestro corazón que ya no le deja libertad para optar por Jesús. Por otra parte, en un mundo concreto, con esas enormes desigualdades sociales, es imposible rezar el Padre Nuestro, decir que Dios es el Padre de todos, y dejar a nuestros hermanos muriendo de hambre, sin tener cubiertas las necesidades más elementales de la vida. En este sentido el “compartir” no es un lujo, es una apremiante necesidad.

PREGUNTAS

1.- ¿Me dejo seducir por la mirada de Jesús?  ¿Quién, si no es Él, podrá llevarme a la realización plena de mi ser?

2.- ¿Me preocupa que Dios no se quede contento con mi vida? Y esto ¿A qué me compromete?

3.- El dinero nos ata. Y pregunto: ¿Se puede ser feliz estando atado?

Este evangelio, en verso, suena así:

En nuestra vida, Señor
soñamos con la “riqueza”.
En la escala de valores
le damos la preferencia.
Pensamos que, siendo ricos,
nuestra vida es una fiesta,
un camino de placeres
y divertidas sorpresas.
Hoy, Señor, en tu Evangelio,
nos brindas otra propuesta:
“Dar los bienes a los pobres
para tener vida eterna”
“La riqueza es un peligro”
nos adviertes con franqueza:
llena la casa de cosas
y el corazón de tristeza.
Nunca podremos ser “libres”
atados a una cadena.
Nadie gana una carrera
con una maleta a cuestas.
Si compartimos los bienes,
“Tú eres, Señor, nuestra herencia”.
Entonces, de par en par,
la alegría abre la puerta.
Al comulgar hoy, Señor,
el pan y el vino en tu mesa,
haz que nosotros vivamos
“con las manos siempre abiertas”

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

Sabiduría, palabra, riquezas…

1.- La economía, la bolsa, el mundo de la inversión están de moda. Por ejemplo, en los periódicos y otros medios de comunicación, han aumentando considerablemente los espacios dedicados a estas cosas. Crear riqueza es una obligación para todos aquellos que tengan en sus manos responsabilidades de gobierno o de empresa. El desarrollo económico suele acabar con muchas injusticias y la exclusiva división de un país entre ricos y pobres es un mal asunto. Dicho desarrollo acorta las distancias entre unos y otros. El trabajo en común, unos objetivos bien pensados y un gran sentido del bien común pueden ayudar a mejorar el mundo. El mensaje del Génesis de “Creced y multiplicaos” se expresa bien con esa labor en común para crecer y mejorar. La Tierra fue un don para el hombre y ahí la puso Nuestro Señor para que fundamentase una armónica creación de riquezas.

Pero la codicia y el uso de la violencia –aspectos que también están incluidos en la naturaleza del pecado original—crearon un desequilibrio muy grave. Hoy el consumismo es otro gran problema y la tendencia al lujo y a lo “exclusivo”, así como las economías especulativas y no productivas están creando, otra vez, una gran distancia entre ricos y pobres, aún dentro de los países industrializados. Sin embargo, la ecuación final es que hay mas justicia social interior en esos países ricos, aun creada a costa de la explotación de otros países, que –todo hay que decirlo—han sido incapaces, por el egoísmo de sus élites, en crear una mayor riqueza y distribuirla. Pero no quiere ser este comentario un tratado de economía. Solo pretende mostrar, desde el amor y la humildad, la enseñanza del Señor Jesús.

2.- Y, entonces, cuando Jesús de Nazaret dice que no se puede servir a Dios y al dinero está marcando, no solo un consejo moral, describe una constante de la historia del hombre. La adoración al dinero es una gran idolatría y la codicia un pecado muy grande. Es verdad que durante mucho tiempo se ha dado mucha más importancia a –por ejemplo—los pecados sexuales o aquellos que tienden al desorden de la vida cotidiana: orgías, juergas, borracheras. Y no sé hablado apenas de la falta de amor y de caridad, de la atención a los pobres, del demonio de la codicia o del también ídolo atroz de la soberbia.

Es conocida la doble interpretación de las Bienaventuranzas. San Mateo da su matizada versión de ellas y dice: “Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Está marcando un formidable matiz para nuestro interior, que no es –para nada– una atenuación del sólo “Dichosos los pobres” de San Marcos. No es que Mateo cree una clase de pobres y Marcos otra. En su complementariedad está precisamente nuestra dedicación a los pobres, pero Mateo nos da pistas para nuestra posición ante las riquezas. Y es que si nuestro espíritu es de pobres y no atesoramos en nuestro corazón afán de riquezas nunca seremos ricos, aunque la vida parezca que nos ofrece todo para serlo. Si el joven del evangelio de este Domingo 28 del Tiempo Ordinario hubiese tenido espíritu de pobre, no se habría ido triste, habría quedado junto a Jesús. Pero, si por el contrario, aun siendo muy pobres, nuestro corazón está lleno de codicia llegaremos a ser ricos o unos desgraciados. Esto es así. Nadie con auténtico espíritu de pobre llegará a ser rico. Y nadie con el corazón lleno de codicia será pobre al estilo evangélico. Es verdad, por otro lado, que en estos temas hay que ser muy cuidadosos en las interpretaciones. Al pobre total, quien apenas come y ve como sus hijos ni siquiera pueden desarrollarse físicamente, no se le puede hablar sólo de la pobreza en el espíritu. Hay que, primero, arrancarle de las garras de la pobreza severa y luego hablarle de esos matices. Jesús se expresó muy bien, con precisión. Dijo: “No se puede servir a Dios y al dinero”. No hizo referencia a riquezas en especie o a otro tipo de posesiones, las cuales, en cierto modo, pueden servir para dar trabajo o cobijo a otros. Es el dinero lo que corrompe y cuando se coloca en el corazón del hombre, echa de él a Dios.

3. – «Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mi un espíritu de sabiduría». «La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo» Las frases del Libro de la Sabiduría y de la Carta a los Hebreos, suplen perfectamente cualquier posibilidad de insistencia en el comentario. La sabiduría era para los judíos el buen entendimiento de las cosas de Dios y junto a ello, también, los conocimientos generales que definen mejor el concepto que nosotros tenemos de sabiduría. La frase de la epístola habla de la Palabra de Dios como viva, eficaz y tajante. Y en el ingrediente de ambas cosas tenemos la mejor receta para vivir mejor. Necesitamos la sabiduría enviada por Dios y podemos encontrarla en su Palabra. Espera la sabiduría el que reza. Y la mejor forma de orar es repetir continuamente la lectura de la Palabra de Dios.

Le hacia falta al joven rico sabiduría para abandonar sus riquezas y seguir a Jesús. El dinero no es un buen ingrediente para los seguidores de Cristo. El culto al dinero es idolatría y es fácil ver a gente torturada por sus deseos de riqueza. El dinero además modifica voluntades y en nuestros tiempos parece que todo puede comprarse con dinero. La sabiduría que debemos pedirle al Señor, saber discernir sobre el valor de la riqueza o de la pobreza. Y que nos aleje de la adoración al dinero.

Ángel Gómez Escorial

¡Sígueme!

1.- «Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí un espíritu de sabiduría» (Sb 7, 7) El autor del libro sagrado exulta de gozo. Ha rogado a Dios que le conceda la sabiduría y Dios le ha escuchado, ha satisfecho su deseo. Él no pedía riquezas, ni salud, ni prosperidad. Él sólo quiso ser prudente, tener la justa medida de las cosas, poseer la sabiduría que le hiciera comprender el sentido real de la vida y de la muerte, capaz de verlo todo bajo el prisma mismo de Dios.

Cómo tenemos que aprender a pedir al Señor lo que más nos conviene, lo que en verdad es mejor para nosotros. A veces, por no decir siempre, pedimos solamente cosas materiales, cosas que duran poco o que no sirven para gran cosa: éxito en los negocios, suerte en la lotería o en las quinielas, salud para el cuerpo, una vida confortable y sin complicaciones. Cosas que son buenas, sí, pero que no son las más importantes, ni las más necesarias. Cosas que se quedan en la materia, sin tener en cuenta las exigencias del espíritu. Cosas que a menudo son incluso un estorbo para vivir mejor nuestro cristianismo. Cosas que, a la larga, nos alejan del Señor. Si todo lo tuviéramos solucionado, terminaríamos olvidándonos de Dios.

Hoy, reflexionando ante la oración del sabio de la Biblia, vamos a pedirte con él, Señor, que nos concedas la sabiduría. Ese don del Espíritu Santo que nos haga vivir de otro modo. Más conscientes del valor relativo que tienen las cosas materiales. Persuadidos de que una sola cosa es necesaria, sólo una es imprescindible, sólo una es definitiva: vivir y morir plenamente nuestra fe de cristianos, esta aventura fabulosa de amarte sobre todas las cosas, y de querer sinceramente a los demás. Somos torpes, pobres ciegos incapaces de descubrir la luz, caminando sin rumbo por una noche perenne. Sé tú, Señor, nuestro buen lazarillo, atiende nuestra súplica y concédenos la sabiduría.

«Todos los bienes juntos me vinieron con ella, había en sus manos riquezas incontables» (Sb 7, 11) «La preferí a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. No la equiparé a la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco de arena, y junto a ella la plata vale lo que el barro». Palabras extrañas para nuestros oídos, incomprensibles para nuestra corta inteligencia. Y, sin embargo, es la verdadera ciencia, la oculta sabiduría de los que realmente saben.

«La preferí a la salud y a la belleza, me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Todos los bienes juntos me vinieron con ella, había en sus manos riquezas incontables». Todo viene con la sabiduría de Dios. El alma se llena de alegría sin fin. El cuerpo, también el cuerpo, se transforma. La paz sin sombras invade la vida. Una paz imperdurable. Y en medio de la lucha de cada día, en medio de las rudas tempestades del vivir de siempre, las aguas se remansan en el fondo del corazón. Dándonos una calma serena que domina cada situación… Otra vez, Señor, te lo pedimos: danos tu sabiduría. La preferimos -díselo de veras, aunque te cueste entender-, la preferimos a todos los bienes de la tierra.

«Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato…» (Sb 89, 12) Señor, vuélvete hacia nosotros. No estés por más tiempo enojado. ¿Hasta cuándo va a durar tu enfado? Ten compasión de tus siervos… Eso viene a decir el salmista en su oración, tuya y mía ha de ser hoy. Son palabras llenas de sencillez, palabras que reflejan una gran confianza, la naturalidad espontánea con que un hijo ha de dirigirse a un Padre tan bueno y clemente como es Dios.

Pienso que ya se te ha pasado el enfado, Señor, y que las humildes palabras del salmista han desarmado tu justo enojo. Gracias, Dios mío… Te lo suplico, enséñanos a ser buenos, ayúdanos a serlo. Y una eficaz manera de que nos concedas lo que te pedimos es enseñándonos, como dice el salmista, a calcular nuestros años; esto es, a darnos cuenta de lo poco que dura nuestra vida terrena, comprender que los años pasan como las nubes que empuja el viento, sin dejar apenas rastro tras de sí. Ojalá estemos persuadidos de que sólo lo bueno que hayamos realizado en esta vida, nos acompañará después de la muerte.

2.- «Por la mañana sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo…» (Sal 89, 14) Ese tono de confianza y sencillez que antes advertíamos. sigue predominando en la oración del salmista, que con osadía de niño pide y pide a su Padre, sin cansarse y sin reparar en lo desmesurado de su petición. Sácianos, dice, llena con tu gloria nuestro corazón, hasta que rebose; cólmanos con tu amor y con tu alegría. Ten en cuenta, dice también, los días en que nos afligiste, los años en que los que sufrimos tantas desdichas.

Tú lo sabes, Señor. Tú sabes que hemos pasado momentos tremendamente difíciles, que hemos vivido años muy malos. Por todo eso, y, de modo particular, porque tú eres nuestro Padre, nuestro buen Dios, concédenos esa paz y ese gozo que tanto necesitamos… Terminemos recitando en silencio, en la intimidad con Dios, los últimos versos del canto sacro: «Que tus siervos vean tu acción y sus hijos tu gloria. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos».

3.- «La palabra de Dios es viva y eficaz…» (Hb 4, 12) Las palabras son el cauce por donde transcurren las aguas de nuestra intimidad. A través de las palabras hacemos llegar hasta los demás lo que guardamos en nuestro interior. Por medio de las palabras conocemos los sentimientos de cuantos nos rodean. Son como haces de luz que iluminan nuestra vida, como impulsos vigorosos que nos animan, que nos alegran, que nos consuelan. O que nos entristecen, o nos desalientan. Palabras humanas que nos sostienen, o que nos derriban.

Y cuando la palabra es divina su virtualidad, su fuerza, sus posibilidades alcanzan unos límites insospechados, infinitos. Así, por la Palabra divina ha venido a la existencia todo cuanto existe. Por la Palabra de Dios hemos nacido a una vida nueva, la vida de los hijos de Dios. Por la Palabra nace y crece en nosotros la fe que nos redime, Cristo-Palabra se hace presente entre los hombres. Para consolar, para animar, para llenar de fulgor nuestras oscuras sendas. Su Palabra es simiente de vida eterna, semilla de gozo y paz, granos de buen trigo que llena de esperanza nuestro triste vivir… Escucha, pues, con atención, hermano mío, abre los surcos de tu alma. Así la Palabra penetrará hasta lo más hondo de tu ser y te llenará de dicha y de paz.

«Nada se oculta; todo está presente y descubierto a los ojos de Aquel a quien hemos de rendir cuentas» (Hb 4, 13) Qué fácil resulta el engañarnos unos a otros, parecer una cosa y ser realmente otra. Todos tenemos, unos más y otros menos, una gran capacidad de disimulo. Somos buenos actores cuando nos interesa. Sabemos reír y sabemos llorar, aparentar amabilidad, o simular hosquedad. Aparecer como ricos y ser pobres, o ser adinerados y convencer a los demás de no tener nada. Otras veces damos la impresión de saber mucho de todo, de hacer pasar por un silencio prudente lo que realmente es ignorancia supina.

Pero con Dios no nos sirven nuestros burdos carnavales. Él siempre ve lo que hay detrás del disfraz con el que nos cubrimos, conoce el rostro que se tapa tras una careta más o menos bella… Todo está patente a los ojos de Dios, todo aparece claro a su aguda mirada. Y lo malo, o lo bueno, es que todos hemos de rendir cuentas ante Dios, sin poder entonces disimular más. En ese momento cada uno será lo que realmente es. Entonces recibiremos lo que de verdad hemos merecido con nuestras obras, ni más ni menos.

4.- «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» (Mc 10, 17) El joven rico del Evangelio ha quedado como prototipo de vocación frustrada, de ilusiones rotas, de deseos fallidos. Él tenía buena voluntad e inquietud por ser cada vez mejor, por alcanzar metas más altas. Aspiraba nada menos que a conquistar la vida eterna. En esto es ya un ejemplo para cada uno de nosotros, tan conformistas a veces, tan aburguesados a menudo, tan amigos de la postura horizontal, tan dados a no querer complicarnos la vida, como si fuera suficiente un ir tirando para lograr el premio final. No nos engañemos y despertemos de nuestro cómodo dormitar en una mediocridad anodina. Sólo los esforzados, los violentos, los que luchan por mejorar cada día, alcanzarán la dicha de los justos.

El Señor responde a aquel muchacho que tantas ganas tenía de ser perfecto. Primero es preciso cumplir los mandamientos de la Ley de Dios. Ese es el principio, los cimientos sobre los que hemos de edificar nuestra amistad con Dios. Nadie, en efecto, puede ser amigo suyo y al mismo tiempo no cumplir sus mandatos. Eso sería una paradoja, un absurdo, una mentira. Vosotros sois mis amigos nos dice Jesús, si hacéis lo que os mando.

Pero ese muchacho quiere más, su espíritu anhela volar alto, llegar hasta la cima más elevada de la perfección. Al verle tan audaz y entusiasmado, Jesús le mira con amor. El Señor gusta de corazones apasionados, capaces de grandes sueños, de proyectos imposibles e ilusiones juveniles, de espíritus con aire deportivo que luchan por llegar lo más arriba posible en el itinerario hacia Dios. Lástima que este muchacho se echara atrás en el momento decisivo. Su mirada clara y luminosa se ensombreció, su corazón joven envejeció de pronto, se anquilosó. El que vino con tanta urgencia se quedó parado en su marcha hacia adelante, se retiró entristecido. El que hubiera sido quizá otro discípulo amado, otro apóstol apasionado y valiente, se quedó enmarcado en ese personaje triste que dijo que no a la llamada de Dios.

También hoy pasa Jesús por nuestras calles, también hoy muchos corren tras de él con el corazón cargado de ilusiones y de buenos deseos. Como entonces, hay quienes le siguen después de haberlo abandonado todo por él, encontrando luego cien veces más de cuanto dejaron. Otros, como el joven rico, se echan atrás cuando oyen la voz del Señor que los llama a una vida abnegada y generosa, se quedan tristes y aburridos, agarrados a esas riquezas caducas que de poco les servirán.

Antonio García Moreno