Lectio Divina – Lunes XXVIII de Tiempo Ordinario

1.- Introducción.

Señor, hoy vengo a la oración a no pedirte nada. Demasiadas oraciones he hecho en mi vida de súplica, de petición. Hoy vengo a escucharte, a estar contigo, a sentir tu cercanía y tu amistad, a disfrutar al caer en la cuenta de que aquí mismo, junto a mí hay Alguien que es más que Jonás y más que Salomón.  Aquí estás Tú, mi Señor. Te entrego las riendas de mi vida.

2.- Lectura reposada del Evangelio: Lucas 11, 29-32

En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús y Él se puso a decirles: Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

El vientre del pez sumergido en lo profundo del mar es un símbolo precioso de todas nuestras situaciones límite: violencias, atropellos, sufrimientos, enfermedades, incluso muerte física. El salto del pez a la playa de la vida es signo de victoria. El que nos saca de lo más hondo, es Alguien que es más que Jonás y más que Salomón. Es Jesús, el Hombre-Dios. Él es el que “muriendo por nosotros”, ha bajado a los infiernos, a lo profundo de la miseria humana y “resucitando por nosotros” nos ha elevado a lo más alto de los cielos. Es verdad que Jesús ha anunciado su muerte en varias ocasiones, pero nunca ha hablado de su muerte sin hablar también de resurrección. “Mirad que el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte, y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero a los tres días, RESUCITARA” (Mc. 10,33-34). Después de que Cristo ha vencido todas las situaciones de muerte, ya nadie nos puede quitar la esperanza. Por más hundidos que nos encontremos, siempre podremos decir: “esto tiene que tener salida”. La Resurrección de Cristo “nos ha abierto una puerta que ya nadie nos puede cerrar” (Ap. 3,8). 

Palabra del Papa

“Realmente hace un milagro, porque en este caso él [Jonás] ha dejado de lado su terquedad y ha obedecido a la voluntad de Dios, y ha hecho lo que el Señor le había mandado.  Nínive se convierte y ante esta conversión, Jonás, que es el hombre que no es dócil al Espíritu de Dios, se enfada: Jonás sintió una gran tristeza y se desdeñó. E, incluso, reprende al Señor. La historia de Jonás y Nínive se articula en tres capítulos: el primero es la resistencia a la misión que el Señor le confía; el segundo es la obediencia, y cuando se obedece se hacen milagros. La obediencia a la voluntad de Dios y Nínive se convierte. En el tercer capítulo, hay una resistencia a la misericordia de Dios. Esas palabras: ‘Señor, ¿no era esto quizás lo que yo decía cuando estaba en mi pueblo? Porque Tú eres un Dios misericordioso y clemente’, y yo he hecho todo el trabajo de predicar, he hecho mi trabajo bien hecho, ¿y Tú les perdonas? Y el corazón con esa dureza que no deja entrar la misericordia de Dios. Es más importante mi sermón, son más importantes mis pensamientos, es más importante toda esa lista de mandamientos que debo observar, todo, todo, todo que la misericordia de Dios. Y este drama también Jesús lo ha vivido con los doctores de la Ley, que no entendía por qué Él no dejó que lapidaran a aquella mujer adúltera, cuando Él iba a cenar con los publicanos y pecadores: no lo entendían. No entendían la misericordia. Hay que esperar en el Señor, porque en el Señor hay misericordia, y en Él hay abundante redención”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 6 de octubre de 2015, en Santa Marta).

 4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito. Con la presencia de Cristo Resucitado yo ya no me hundo por nada.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, Dios mío, si hubieras muerto en una Cruz y no hubieras resucitado, hubieras sido un fracasado. Todos tus bellos sueños, tus hermosas palabras, tu vida intachable, todo habría quedado sepultado en una tumba. Ya nadie se acordaría de Ti. Pero has resucitado y estás vivo, y nos das también a nosotros la posibilidad de vivir y soñar y la viva esperanza de “unos cielos nuevos y una nueva tierra”. ¡Gracias, Señor!

El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor

El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor

La primera lectura consta de solo dos versículos (Is 53,10-11) que pertenecen al cuarto cántico del Siervo de Dios y son la conclusión de dicho cántico (Is 52,13-53,12). Los cristianos aplicamos a Jesucristo el contenido del cántico, identificándolo con el “Siervo de Dios”. Tal relación la establece el mismo Nuevo Testamento (cf. Mt, Lc, Hch, Rm, 2 Cor, Hb, 1 Pe) y orienta la reflexión teológica en esta misma dirección, si bien carezcamos de una clave de lectura adecuada para aplicar al contenido del cántico.

El texto manifiesta el modo “misterioso” del obrar de Dios, que escribe derecho con renglones torcidos. Lo que todos necesitamos es la clave de lectura para interpretar y profundizar en la voluntad de Dios. El Siervo de Dios y el mismo Jesucristo han experimentado en su propia carne el contenido del cántico. Jesucristo fue “triturado por el sufrimiento” y “entregó su vida como expiación”, tal como aparece en la institución de la Eucaristía: «Tomad, esto es mi cuerpo… esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos» (Mc 14,22-23).

Esta misma clave de lectura, es decir, tomar en consideración la acción de Dios en la historia, es lo que nosotros debiéramos tratar de entender para afrontar los acontecimientos de la vida en los que estamos implicados personalmente y también nuestra sociedad y el mundo entero. No debiéramos conformarnos con una simple primera lectura e interpretación de la historia sino más bien tratar de profundizar en los acontecimientos contemporáneos con una visión de fe, con la convicción de que Dios está presente en el devenir de este mundo en el que vivimos.

El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor

La segunda lectura presenta a Jesucristo no ya como Siervo de Dios sino con las características sublimadas de Sumo Sacerdote. La referencia al Antiguo Testamento aparece clara en la figura de tal personaje. Ahora bien, llamar a Jesucristo «Sumo Sacerdote» no debiera confundirnos si lo colocamos en la línea del Antiguo Testamento. La misma carta a los Hebreos distingue claramente a los Sumos Sacerdotes del Antiguo Testamento respecto del Sacerdocio de Jesucristo, afirmando que Jesucristo «no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque (Jesucristo) lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo» (Hb 7,278).

Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento hay continuidad pero también discontinuidad. Jesucristo puede ser considerado como Sumo Sacerdote, usando la terminología del Antiguo Testamento (y esta es continuidad), pero Jesucristo difiere totalmente del sacerdocio del Antiguo Testamento (y esto es discontinuidad). No se trata solo de terminología, de palabras, sino de alcanzar a descubrir la radical diferencia entre el sacerdocio del Antiguo Testamento y el de Jesucristo.

Así hablamos de un «sacerdocio nuevo», referido a Jesucristo, y de una «alianza nueva», sellada con la sangre de Jesucristo, y de  un «templo nuevo», en el que Jesucristo ha sido constituido «medio de propiciación, mediante la fe en su sangre, para mostrar su justicia pasando por alto los pecados del pasado… a fin de manifestar que era justo y que justifica al que tiene fe en Jesús» (cf. Hb 3,25-26).

La conclusión de la segunda lectura es bien comprensible teniendo en cuenta todo lo que precede, pues nos dice: «por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno» (Hb 4,16).

“Comparecer confiados ante el trono de Dios” es tanto como hacer valer nuestra fe en Jesucristo. Esta es la dimensión que corresponde a la persona creyente en Jesucristo, cosa que nadie puede dar por descontada sino que implica la coherencia de la fe cristiana llevada a la práctica diaria.

El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor

La coherencia de la fe cristiana contrasta con la actitud de los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que pretenden ocupar los primeros puestos en la gloria de Jesús, lo que motiva la intervención del Señor con la correspondiente catequesis.

Esta escena aparece en Mateo (20,20-28) y en Marcos y está precedida por el tercer anuncio de la pasión del Señor (Mt 20,17-19; Mc 10,32-34), con el que el Señor avisa e instruye a sus discípulos de lo que está por venir: «El Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte… y lo matarán; pero a los tres días resucitará» (Mc 10,33-34).

En tal situación resulta sorprendente la petición de Santiago y de Juan pidiendo puestos de honor en el reino que suponen inmediato. Las primeras palabras de Jesús son decisivas, pero no fueron comprendidas por los dos hermanos, pues el Señor les dice: «No sabéis lo que pedís» (Mc 10,38), para explicarles a continuación que tal puesto ya está reservado (cf. Mc 10,40).

A primera vista parece que los dos hermanos han sido puestos en evidencia por el Señor frente a los demás discípulos. Pero no es así, dado que «los otros diez» se indignaron contra Santiago y Juan por haber expresado su petición, cosa que en el fondo parece ser la aspiración de todos ellos, dado que el Señor les explica el contraste existente entre los poderosos de este mundo, que tiranizan y oprimen a los demás con tal de mantenerse en el poder, y por otra parte el estilo del reino de Dios, que parece ser paradójico, puesto que el Señor explica a todos sus discípulos que «el que quiera ser grande… que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» (Mc 10,43-44).

Las palabras del Señor hemos de tomarlas muy en serio, porque son la clave de lectura de la enseñanza que propone a todos sus discípulos. Entendamos bien que el punto de comparación no es una bonita idea ni consiste en bonitas palabras, sino que la enseñanza que Jesús propone a todos sus discípulos la presenta a partir de su propio ejemplo, dado que les dice: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

Esta es la enseñanza que todos los cristianos tenemos que aprender y tratar de practicar cada día en relación con las personas con quienes vivimos. Tal enseñanza no es difícil de entender. La dificultad está en llevarla a la práctica, pues para conseguirlo tenemos que dejar atrás nuestro arrogante y engreído «yo», ese «yo» que todos llevamos muy arraigado dentro de nosotros, como ponen de manifiesto los dos hermanos, Santiago y Juan, y los demás discípulos.

A todo discípulo le corresponde la tarea de aprender, no tanto teorías sino más bien la realidad de la vida, y tal realidad, tratándose de la vida cristiana, se concretiza en el servicio a las demás personas, tomando siempre como punto de referencia al mismo Jesucristo, quien, siendo de condición divina… se despojó de su rango… y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz (cf. Fil 2,6-8).

La vida cristiana no conoce más camino que el servicio a las demás personas, el «único» camino, sencillamente porque es el que ha recorrido Jesucristo y el que nos ha enseñado a quienes acogemos su invitación para seguir sus pasos y gozar siempre de su compañía.

Fr. José Mª Viejo Viejo O.P.

Comentario – Lunes XXVIII de Tiempo Ordinario

(Lc 11, 29-32)

Los fariseos reclamaban señales a Jesús, pero en realidad no querían creer en él. Y Jesús dijo que los que no quieren creer en la palabra de Dios «no creerán aunque resucite un muerto» (Lc 16, 31). Por eso Jesús dice que en definitiva la única señal necesaria es la de Jonás.

¿Qué significa esto? Que los ninivitas, que eran un pueblo pagano, no le pidieron ninguna señal al profeta Jonás para aceptar su palabra; simplemente le creyeron y se convirtieron, se arrepintieron y pidieron perdón con un corazón dolorido, a pesar de que Jonás predicaba sin deseos y sintiéndose forzado por Dios.

Jesús se dirigía aquí a judíos que se consideraban más que paganos, porque se creían piadosos, muy creyentes y fíeles a Dios, intentando hacerles ver que sus corazones en realidad estaban cerrados a la Palabra, de manera que ninguna señal sería suficiente si ellos no cambiaban de actitud.

Jesús mismo era el gran signo. Su manera de actuar, su entrega, la belleza de su mensaje, son la mejor señal. Por eso predicar el evangelio es ofrecer una belleza, es servir una mesa, es presentar un espectáculo maravilloso. Hacer presente a Jesús es la gran señal, más que cualquier milagro.

Pero es una señal que sólo se descubre y se valora desde la fe, y por eso no puede imponerse. La vida de Jesús, consagrada plenamente a la Palabra, su entrega total y sus numerosos prodigios nunca serán suficientes para abrir los corazones cerrados, porque ellos siempre tienen la posibilidad de rechazar la iniciativa de Dios.

Oración:

«Señor, toca mi corazón con tu gracia y no permitas que sea indiferente a tu Palabra. Concédeme que acepte tu amor sin exigirte más signos que tu misma presencia, santa y cautivante».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Comentario – Lunes XXVIII de Tiempo Ordinario

Jesús no sólo tuvo éxitos en su vida; también se encontró con la resistencia y la hostilidad, que fue la que le llevó finalmente a la cruz. Es lo que pone de manifiesto el pasaje evangélico de san Lucas, que sitúa a Jesús, como en tantas otras ocasiones rodeado de gente que le busca, que le venera, que le aclama. Pero es en esa situación triunfal en la que Jesús denuncia la «la perversidad» de su generación, una malicia que se describe en términos de incredulidad o de resistencia a creer en él. Decía: Esta generación es una generación perversa. ¿En qué radica su perversidad? Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.

La actividad mesiánica de Jesús estaba colmada de signos. Sus numerosas curaciones milagrosas fueron vistas por muchos de sus contemporáneos como signos de la presencia de un gran profeta en medio de su pueblo. Pero no todos apreciaron en estas acciones extraordinarias signos de la actuación de un enviado de Dios, sino más bien signos demoníacos o acciones llevadas a cabo en estrecha alianza con el diablo. Las interpretaciones eran totalmente antagónicas, pero coincidían en una cosa: eran efectos en los que se revelaban fuerzas sobrenaturales. Había quienes seguían pidiendo un signo, quizá más espectacular y convincente, un signo al que nadie pudiera oponer argumentos.

Pero Jesús se niega a satisfacer estas exigencias «diabólicas» que, a sus ojos, no son sino tentaciones, la reproducción de las tentaciones del desierto: Si eres Hijo de Diosdi a esta piedra que se convierta en pantírate desde el alero del templo, demuestra que lo eres realmente ofreciendo una prueba irrefutable.

La incredulidad es muy dura en sus reivindicaciones; siempre reclama signos, y signos más incuestionables. Ninguno de los signos que se le ofrecen es suficiente; siempre pide más. Es el orgullo del hombre que se resiste a doblegar su voluntad y su inteligencia a una autoridad superior. Pero la imagen reivindicante de un ser tan pequeño como el hombre exigiendo pruebas a su Creador puede resultar hasta ridícula. Y sin embargo, no es infrecuente encontrarnos a un hombre plantado ante Dios en actitud desafiante y exigente. Es como si la vasija se dirigiera al alfarero reclamando una mejor hechura: «¿Por qué me has hecho así?»

Decía que Jesús se negó a satisfacer estas exigencias: no se les dará –les dice- más signo que el signo de Jonás entre los habitantes de Nínive. ¿De qué fue signo Jonás para los habitantes de aquella gran ciudad? Simplemente de la presencia en medio de ellos de un enviado de Dios que les hablaba con su palabra de una manera convincente. Se trata sólo del poder de convicción de una palabra en boca de un profeta que predica desde su propia experiencia exhortando a la conversión. De Jonás no se dice que hiciera milagros; pero su predicación convenció y convirtió a los habitantes de Nínive, que se vistieron de saco y de sayal e hicieron penitencia.

Jesús, aunque es más que Jonás, no pide otro crédito que el que tuvo Jonás entre los destinatarios de su misión. Jesús, de nuevo, encuentra más resistencia a su mensaje entre los judíos de su generación que entre los paganos de cualquier época, como aquellos ninivitas que se convirtieron con la predicación de Jonás. Es esta incredulidad culpable la que le lleva a calificar de perversa a su generación; puesto que se trata de una incredulidad que, en el día del juicio, merecerá condena hasta de los habitantes de Nínive que se alzarán y harán que los condenen.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Homilía – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

1

Los tres anuncios de la Pasión

En su camino hacia Jerusalén, que es un símbolo de su marcha hacia la hora pascual de su muerte y resurrección, Jesús anunció por tercera vez que iba a ser entregado y morir.

Este tercer anuncio no lo leemos hoy. Si en vez de empezar la lectura del evangelio en el v. 35 hubiera admitido los vv. 33-34, hubiéramos escuchado esto: «subimos a Jerusalén y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas: le condenarán a muerte… y a los tres días resucitará». En este contexto llega la petición de los dos apóstoles y la lección que luego da Jesús a todos.

Es intencionada la manera como Marcos nos presenta los tres anuncios de Jesús y la poca comprensión que muestran los apóstoles. Parece como si tuviera interés en «dejarles mal». Después del primero leemos la reacción de Pedro, que le merece la dura respuesta de Jesús, llamándole «Satanás». Después del segundo, nos cuenta Marcos que los discípulos discutían sobre quién sería el mayor entre ellos. Ahora, después del tercero, viene la poco afortunada petición de Santiago y Juan. O sea, los apóstoles están muy lejos de comprender el destino que anuncia Jesús.

 

Isaías 53, 10-11. Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años

La página de hoy es parte del impresionante cuarto canto del Siervo, que leemos por entero el Viernes Santo. Se ha elegido este pasaje como anuncio -claro para nosotros- de la pasión y muerte de Jesús: «triturado con el sufrimiento», «entrega su vida como expiación» por los demás. En el evangelio escucharemos que Jesús dice que ha venido «para servir y dar su vida en rescate por todos».

Pero se subrayan de modo particular los aspectos positivos, el premio que Dios tiene preparado para este Siervo que se entrega por todos: «verá su descendencia», «verá la luz», «mi Siervo justificará a muchos», porque «cargó los crímenes de ellos».

El salmo también presenta una visión positiva: «su misericordia llena la tierra», «los ojos del Señor están puestos en sus fieles para librar sus vidas de la muerte», «que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti».

 

Hebreos 4, 14-16. Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia

La carta a los Hebreos aduce un argumento para exhortar a sus lectores a la fidelidad y a la perseverancia: la presencia de Jesús como nuestro Mediador y Sacerdote.

Aunque los cristianos puedan estar en momentos de debilidad y tentación, tienen un Sacerdote que conoce todo eso, que sabe lo frágiles que somos los humanos, y lo sabe por experiencia: es «capaz de compadecerse de nuestras debilidades, porque ha sido probado en todo como nosotros, menos en el pecado». Eso nos debe dar confianza a la hora de acercarnos a la presencia de Dios.

 

Marcos 10, 35-45. El Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos

Al tercer anuncio de la muerte y resurrección de Jesús -que, como hemos dicho, no leemos este domingo- reaccionan Juan y Santiago con una actitud radicalmente opuesta: piden los puestos de honor en el Reino que intuyen está a punto de inaugurarse (el evangelio de Mateo dice que fue la madre de los dos la que hizo la petición, aunque también allí Jesús responde a los dos apóstoles, no a la madre). Es lógico el enfado de los otros diez, porque veían peligrar sus deseos, a los que los dos se anticipaban.

La respuesta de Jesús habla de la «copa» y del «bautismo», ambos términos símbolo de la desgracia y la muerte («aparta de mí este cáliz»: Me 14,36), a lo que los dos contestan, un poco presuntuosamente, que sí son capaces de beber esa copa y ser bautizados en la muerte, como el Maestro.

A continuación, Jesús les da la lección de cómo hay que entender los primeros puestos: «el que quiera ser grande, sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos». Se pone a sí mismo como modelo: «el Hijo de hombre no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

2

Jesús, el Siervo y el Sacerdote entregado por todos

Hoy las tres lecturas, se puede decir que presentan un admirable paralelismo.

Isaías anuncia un Siervo «triturado por el sufrimiento», que «entrega su vida como expiación», o sea, como ofrenda «vicaria» que él ofrece por todos los demás, que eran quienes con su pecado habían abierto un abismo entre Dios y la humanidad: «mi Siervo justificará a muchos porque cargó con los crímenes de ellos».

En el evangelio hemos escuchado eso mismo, pero ahora aplicado a Jesús por él mismo: «el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos». Eso lo demostró a lo largo de su vida y sobre todo en la cruz.

La carta a los Hebreos interpreta la entrega de Jesús desde la clave del sacerdocio. El Mediador (Sacerdote) que tenemos ante el Padre, sabe lo difícil que es nuestra vida. Él experimentó el trabajo y el cansancio,

la soledad y la amistad, las incomprensiones y los éxitos, el dolor y la muerte: «ha sido probado en todo exactamente como nosotros». Por eso puede com-padecerse de nosotros, porque se ha acercado hasta las raíces mismas de nuestro ser. Por eso es un buen Pontífice (el que hace de puente) y Mediador, y nos puede ayudar en los momentos de fracaso: es «capaz de compadecerse de nuestras debilidades». Eso es lo que nos da confianza para presentarnos ante Dios y alcanzar su misericordia.

 

¿Servidores o en los primeros puestos?

Jesús aprovecha la ocasión para darles una lección sobre la actitud que sus seguidores deben tener en la vida, siguiendo el ejemplo que les da él mismo.

Critica el modelo de las autoridades políticas, que entienden su autoridad como dominio y tiranía. Jesús dice a los doce -antes de dar esta lección reúne a todos- que sus seguidores deben buscar los últimos puestos, no los primeros. Servir, y no pretender que les sirvan. A los dos apóstoles ambiciosos les asegura que sí tendrán que compartir su cruz (uno de ellos, Santiago, bien pronto), pero que no vayan buscando puestos de honor.

A todos nos gusta más ser servidos que servir. Ocupar los primeros lugares que los últimos. ¿A quién le gusta ser esclavo de todos? Más bien buscamos poder esclavizar a otros, si podemos. En eso nos parecemos a Santiago y a Juan, que, en evidente contraste con lo que Jesús enseña, y entendiendo y el Reino en una clave terrena y política, presentan su candidatura a los primeros puestos de honor.

El mal uso de la autoridad no sólo habría que referirlo al ámbito social y político, que nombra Jesús, sino también al familiar o comunitario o eclesial. Todos tenemos la tentación de dominar y tiranizar a los demás, si se dejan. La Iglesia, toda entera, como comunidad de Jesús, debe ser servidora de la Humanidad, y no su dueña y señora. No apoyada en el poder, sino dispuesta al amor servicial, animada por el ejemplo de Jesús en el lavatorio de la Última Cena.

Pero todos somos destinatarios de la lección. Porque todos, más o menos conscientemente, ambicionamos puestos de honor en nuestro seguimiento de Jesús. Tampoco nosotros, en nuestra vida familiar o comunitaria, tenemos que entender la autoridad como la de «los que son reconocidos como jefes de los pueblos», que «los tiranizan y los oprimen». Para nosotros, «nada de eso». Los cristianos tenemos que entender la autoridad, en el ámbito en que la tengamos, como servicio y entrega por los demás: «el que quiera ser primero, sea esclavo de todos».

Cuando nos examinamos sinceramente sobre este punto, a veces descubrimos que tendemos a dominar y no a servir, que en el pequeño o gran territorio de nuestra autoridad nos comportamos como los que tiranizan y oprimen, en vez de imitar a Jesús, que está en medio de la gente «como el que sirve».

 

Dispuestos a sacrificarnos por los demás

Pero además, y yendo a la raíz de la lección, debemos preguntarnos si aceptamos el evangelio de Jesús con todo incluido, también la cruz y la entrega total, no sólo en sus aspectos más fáciles. El mundo de hoy nos invita a rehuir el dolor y el sufrimiento. Lo que cuenta es el placer inmediato. Pero un cristiano tiene que asumir a Cristo con todas las consecuencias, «que cargue cada día con su cruz y le siga». Ser cristiano es seguir el camino de Cristo, en su «subida» a Jerusalén. A todos nos gusta más el domingo de resurrección que el Viernes Santo, pero ambos van unidos y no podemos separar la gloria de la actitud de entrega servicial.

Igual que el amor verdadero, también el seguimiento de Cristo exige a veces renuncia y sacrificio. Como tiene que sacrificarse el estudiante para aprobar, el atleta para ganar, el labrador para cosechar, los padres para sacar la familia adelante. Depende del ideal que se tenga. Para un cristiano el ideal es colaborar con Cristo en la salvación del mundo. Por eso, en la vida de comunidad muchas veces debemos estar dispuestos al trabajo por los demás, sin pasar factura. La filosofía de la cruz no se basa en la cruz misma, con una actitud masoquista, sino en la construcción de un mundo nuevo. Lo que parece una paradoja -buscar los últimos lugares, ser el esclavo de todos- sólo tiene sentido desde esta perspectiva de Jesús.

Cuando comulgamos en la Eucaristía, no recibimos sólo a Cristo Maestro o Amigo o Compañero de camino, sino al Siervo entregado. Para que aprendamos a ser también nosotros «entregados por» los demás.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Mc 10, 35-45 – Evangelio Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

La propuesta de la gloria “sin poder”

El evangelio nos ofrece una escena llena de paradojas, en las que se ponen de manifiesto los intereses de sus discípulos y la verdadera meta de Jesús en su caminar hacia Jerusalén. Ha precedido a todo esto el tercer anuncio de la pasión (Mc 10,33). La intervención de los hijos del Zebedeo no estaría en sintonía con ese anuncio de la pasión. Es, pues, muy intencionado el redactor de Marcos al mostrar que el diálogo con los hijos del Zebedeo necesitaba poner un tercer anuncio. El texto tiene dos partes: la petición de los hijos del Zebedeo (vv.35-40) y la enseñanza a los Doce (vv. 42-45). Es un conjunto que ha podido componerse en torno al seguimiento y al poder. De la misma manera que antes se había reflexionado sobre el seguimiento y las riquezas (10,17ss), en el marco del “camino hacia Jerusalén”.

Pensaban los discípulos que iban a conseguir la grandeza y el poder, como le piden los hijos del Zebedeo: estar a su derecha y a su izquierda, ser ministros o algo así. Incluso están dispuestos, decían, a dar la vida por ello; la copa y el martirio es uno de los símbolos de aceptar la suerte y el sufrimiento y lo que haga falta. Es verdad que en el AT la “copa” también puede ser una participación en la alegría (cf Jr 25,15; 49,12; Sal 75,9; Is 51,17). Podemos imaginar que los hijos del Zebedeo estaban pensando en una copa o bautismo de gloria, más que de sufrimiento. Sin embargo la gloria de Jesús era la cruz, y es allí donde no estarán los discípulos en Jerusalén. Lo dejarán abandonado, y será crucificado en medio de dos bandidos (fueron éstos lo que tendrían el privilegio de estar a la derecha y la izquierda), como ignominia que confunde su causa con los intereses de este mundo. Esta es una lección inolvidable que pone de manifiesto que seguir a Jesús es una tarea incomensurable.

Es verdad que los discípulos podrán rehacer su vida, cambiar de mentalidad para anunciar el evangelio, pero hasta ese momento, Jesús camina hacia Jerusalén con las ideas lúcidas del profeta que sabe que su causa pude ser confundida por los que le rodean y por los que se han convertido en contrarios a su mensaje del Reino. Los grandes tienen una patología clara: dominan, esclavizan, no dejan que madure nadie en la esencia ética y humana. Por el contrario, el Dios del Reino, trata a cada uno con amor y según lo que necesita. Ahí está la clave de lo que quiere llevar adelante Jesús como causa, aunque sea pasando por la cruz. Un Dios que sirve a los hombres no es apreciado ni tenido como tal por lo poderosos, pero para el mensaje del evangelio, ese Dios que sirve como si fuera el último de todos, merece ser tenido por el Dios de verdad. Es eso lo que encarna Jesús, el profeta de Nazaret.

Llama la atención el v. 45, “el dicho” sobre el rescate (lytron) por todos. Este dicho puede estar inspirado en Is 53,12. No se trata propiamente de sacrificio ni de expiación, porque Dios no necesita que alguien pague por los otros. No es propiamente hablando una idea de sustitución, aunque algunos insisten demasiado en ello. Es, en definitiva, una idea de solidaridad con la humanidad que no sabe encontrar a Dios. Y para ello Él debe pasar por la muerte. No porque Dios lo quiera, sino porque los poderosos de este mundo no le han permitido hacer las cosas según la voluntad de Dios. Pensar que Jesús venía a sufrir o quería sufrir sería una concepción del cristianismo fuera del ámbito y las claves de la misericordia divina. El Hijo del Hombre debe creer en el ser humano y vivir en solidaridad con él. El Cur Deus homo? (por qué Dios se hizo hombre) de Anselmo de Canterbury, debería haberse inspirado mejor en esta idea de la solidaridad divina con la humanidad que en la visión “jurídica” de una deuda y un pago, que sería imposible. Dios no cobra rescates con la vida de su Hijo, sino que lo ofrece como don gratuito de su amor.

Heb 4, 14-16 (2ª lectura Domingo XXIX de Tiempo Ordinario)

La misericordia sacerdotal de Jesús

La segunda lectura continúa con la carta a los Hebreos en la que se nos muestra el papel del Hijo de Dios como Sumo Sacerdote. El autor quiere marcar las diferencias con el sumo sacerdote de esta tierra, que tenía el privilegio de entrar en el “Sancta Sanctorum” del templo de Jerusalén. Pero allí no había nada, estaba vacío. Por ello, se necesitaba un Sumo Sacerdote que pudiera introducirnos en el mismo seno del amor y la misericordia de Dios que está en todas partes, cerca de los que le buscan y le necesitan. Para ser sacerdote no basta estar muy cerca de Dios, sino también muy cerca de los hombres y de sus miserias. Es eso lo que se muestra en este momento en el texto de la carta a los hebreos en que se comienza una sección sobre la humanidad del Sumo Sacerdote.

Este Sumo Sacerdote, aprendió en la debilidad, como nosotros, aunque nunca se apartó del camino recto y verdadero: ¡nunca pecó!. Es uno de los pasajes más bellos en esta teología que el autor de la carta hace sobre el sacerdocio de Jesús. Esto da una confianza en el Dios al que El nos lleva, que supera la rigidez de un sacerdocio ritualista o simplemente formal. El sacerdocio de Jesús se amasa en la debilidad de nuestra existencia para conducirnos al Dios vivo y verdadero, al que no le importan los sacrificios rituales, sino el corazón del hombre. Si bien el título de Sumo Sacerdote no es muy halagüeño y se usa poco en el NT, debemos reconocer que estos versos de la carta a los Hebreos logran una teología nueva del verdadero sacerdocio de Jesús: es sumo sacerdote, porque es misericordioso.

Is 53, 10-11 (1ª lectura Domingo XXIX de Tiempo Ordinario)

Un Mesías que ha de sufrir

La primera lectura corresponde a un texto que se conoce actualmente como Trito-Isaías, un discípulo lejano, quizá después del destierro de Babilonia (s. VI) del gran maestro del s. VIII, que ha dado nombre al libro. Pero además, este es uno de los textos más claros en los que se pone de manifiesto el valor redentor del sufrimiento (forma un conjunto con Is 52,13-53,12), de tal manera que es la Iglesia primitiva, después de lo que sucedió con la muerte y resurrección de Jesús, quien se atrevió a desafiar a la teología oficial del judaísmo y hablar de un Mesías que podía sufrir para salvar a su pueblo.

Esto era lo que no admitía el judaísmo y lo que encontró la Iglesia primitiva como la identidad de su Mesías salvador. ¿Cómo podía ser eso que el Mesías no participara de los sufrimientos del pueblo? Un Mesías que viniera a pasearse en medio del pueblo sin experimentar sus llantos no sería un verdadero liberador. Si Dios sufre con su pueblo, también debía sufrir su enviado.

Comentario al evangelio – Lunes XXVIII de Tiempo Ordinario

El hombre, desde su libertad, y tocado por la gracia, tiene que decidirse y optar por Jesús, por Dios. Sin embargo, a veces, siente el peso del “silencio de Dios”, le vienen las preguntas; acaso, con tormento interior. Entonces, angustiosamente, quiere asideros, ansía signos y evidencias; cree, ¡ay!, que de esa manera arribará más fácil al puerto de Dios. Peor es el descaro de aquellos a los que Jesús tilda de “generación perversa”. Los jefes religiosos piden signos, pero con “perversas” intenciones.

En el evangelio de hoy, Jesús rechaza los signos espectaculares que le reclaman. Es que Él mismo, Jesús, es la señal, la revelación, la palabra entera de Dios. Incluso, en los milagros, solía repetir “no se lo digáis a nadie”. Lo ilustra con dos ejemplos: Jonás y Salomón; eran menos que Jesús y sin embargo suscitaron la conversión de la frívola Nínive y la admiración de la reina del Sur. Sin embargo, los de casa, los escribas y ancianos,  se sabían muy bien la ley y los profetas, pero sus ojos estaban manchados. La luz es el objeto formal de los ojos, pero hiere a los ojos enfermos; como el amor va directamente al corazón, y sin embargo es rechazado por un corazón malévolo. De nada servirían los signos, si no sabemos verlos.

Sólo Jesús es nuestro signo. “La señal del cristiano es la santa cruz”, enseñaba el viejo catecismo. Le fe desnuda en Cristo muerto y resucitado. No hemos de reclamar evidencias y seguridades. “Sólo la fe nos alumbra”.

No caigamos en el afán loco de apariciones y revelaciones portentosas y mágicas (muchas, con voces catastrofistas). Nuestro apoyo y seguridad es el Señor, nada más. Poco creemos en el Señor, cuando acudimos a los sucedáneos.

Incluso, podríamos decir que, hoy, tenemos la gracia de muchos milagros… pero no son “maravillosos”. Son tantos cristianos buenos, tantos mártires, tanta ciencia puesta al servicio de los demás, tantos profetas que nos iluminan el querer de Dios sobre nuestro mundo. ¿Pero los buscamos? ¿Tenemos los ojos limpios para descubrirlos?

Ciudad Redonda

Meditación – Lunes XXVIII de Tiempo Ordinario

Hoy es lunes XXVIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 11, 29-32):

En aquel tiempo, habiéndose reunido la gente alrededor de Jesús, Él comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás».

Hoy, la voz dulce —pero severa— de Cristo pone en guardia a los que están convencidos de tener ya el “billete” para el Paraíso solamente porque dicen: «¡Jesús, qué bello que eres!». Cristo ha pagado el precio de nuestra salvación sin excluir a nadie, pero hay que observar unas condiciones básicas. Y, entre otras, está la de no pretender que Cristo lo haga todo y nosotros nada. Esto sería no solamente necedad, sino malvada soberbia. Por esto, el Señor hoy usa la palabra “malvada”: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás» (Lc 11,29). Le da el nombre de “malvada” porque pone la condición de ver antes milagros espectaculares para dar después su eventual y condescendiente adhesión.

Ni ante sus paisanos de Nazaret accedió, porque —¡exigentes!— pretendían que Jesús signara su misión de profeta y Mesías mediante maravillosos prodigios, que ellos querrían saborear como espectadores sentados desde la butaca de un cine. Pero eso no puede ser: el Señor ofrece la salvación, pero sólo a aquel que se sujeta a Él mediante una obediencia que nace de la fe, que espera y calla. Dios pretende esa fe antecedente (que en nuestro interior Él mismo ha puesto como una semilla de gracia).

Un testigo en contra de los creyentes que mantienen una caricatura de la fe será la reina del Mediodía, que se desplazó desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y resulta que «aquí hay algo más que Salomón» (Lc 11,31). Dice un proverbio que «no hay peor sordo que quien no quiere oír». Cristo, condenado a muerte, resucitará a los tres días: a quien le reconozca, le propone la salvación, mientras que para los otros —regresando como Juez— no quedará ya nada qué hacer, sino oír la condenación por obstinada incredulidad. Aceptémosle con fe y amor adelantados. Le reconoceremos y nos reconocerá como suyos. Decía el Siervo de Dios Don Alberione: «Dios no gasta la luz: enciende las lamparillas en la medida en que hagan falta, pero siempre en tiempo oportuno».

P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP