Homilía – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

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Los tres anuncios de la Pasión

En su camino hacia Jerusalén, que es un símbolo de su marcha hacia la hora pascual de su muerte y resurrección, Jesús anunció por tercera vez que iba a ser entregado y morir.

Este tercer anuncio no lo leemos hoy. Si en vez de empezar la lectura del evangelio en el v. 35 hubiera admitido los vv. 33-34, hubiéramos escuchado esto: «subimos a Jerusalén y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas: le condenarán a muerte… y a los tres días resucitará». En este contexto llega la petición de los dos apóstoles y la lección que luego da Jesús a todos.

Es intencionada la manera como Marcos nos presenta los tres anuncios de Jesús y la poca comprensión que muestran los apóstoles. Parece como si tuviera interés en «dejarles mal». Después del primero leemos la reacción de Pedro, que le merece la dura respuesta de Jesús, llamándole «Satanás». Después del segundo, nos cuenta Marcos que los discípulos discutían sobre quién sería el mayor entre ellos. Ahora, después del tercero, viene la poco afortunada petición de Santiago y Juan. O sea, los apóstoles están muy lejos de comprender el destino que anuncia Jesús.

 

Isaías 53, 10-11. Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años

La página de hoy es parte del impresionante cuarto canto del Siervo, que leemos por entero el Viernes Santo. Se ha elegido este pasaje como anuncio -claro para nosotros- de la pasión y muerte de Jesús: «triturado con el sufrimiento», «entrega su vida como expiación» por los demás. En el evangelio escucharemos que Jesús dice que ha venido «para servir y dar su vida en rescate por todos».

Pero se subrayan de modo particular los aspectos positivos, el premio que Dios tiene preparado para este Siervo que se entrega por todos: «verá su descendencia», «verá la luz», «mi Siervo justificará a muchos», porque «cargó los crímenes de ellos».

El salmo también presenta una visión positiva: «su misericordia llena la tierra», «los ojos del Señor están puestos en sus fieles para librar sus vidas de la muerte», «que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti».

 

Hebreos 4, 14-16. Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia

La carta a los Hebreos aduce un argumento para exhortar a sus lectores a la fidelidad y a la perseverancia: la presencia de Jesús como nuestro Mediador y Sacerdote.

Aunque los cristianos puedan estar en momentos de debilidad y tentación, tienen un Sacerdote que conoce todo eso, que sabe lo frágiles que somos los humanos, y lo sabe por experiencia: es «capaz de compadecerse de nuestras debilidades, porque ha sido probado en todo como nosotros, menos en el pecado». Eso nos debe dar confianza a la hora de acercarnos a la presencia de Dios.

 

Marcos 10, 35-45. El Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos

Al tercer anuncio de la muerte y resurrección de Jesús -que, como hemos dicho, no leemos este domingo- reaccionan Juan y Santiago con una actitud radicalmente opuesta: piden los puestos de honor en el Reino que intuyen está a punto de inaugurarse (el evangelio de Mateo dice que fue la madre de los dos la que hizo la petición, aunque también allí Jesús responde a los dos apóstoles, no a la madre). Es lógico el enfado de los otros diez, porque veían peligrar sus deseos, a los que los dos se anticipaban.

La respuesta de Jesús habla de la «copa» y del «bautismo», ambos términos símbolo de la desgracia y la muerte («aparta de mí este cáliz»: Me 14,36), a lo que los dos contestan, un poco presuntuosamente, que sí son capaces de beber esa copa y ser bautizados en la muerte, como el Maestro.

A continuación, Jesús les da la lección de cómo hay que entender los primeros puestos: «el que quiera ser grande, sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos». Se pone a sí mismo como modelo: «el Hijo de hombre no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

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Jesús, el Siervo y el Sacerdote entregado por todos

Hoy las tres lecturas, se puede decir que presentan un admirable paralelismo.

Isaías anuncia un Siervo «triturado por el sufrimiento», que «entrega su vida como expiación», o sea, como ofrenda «vicaria» que él ofrece por todos los demás, que eran quienes con su pecado habían abierto un abismo entre Dios y la humanidad: «mi Siervo justificará a muchos porque cargó con los crímenes de ellos».

En el evangelio hemos escuchado eso mismo, pero ahora aplicado a Jesús por él mismo: «el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos». Eso lo demostró a lo largo de su vida y sobre todo en la cruz.

La carta a los Hebreos interpreta la entrega de Jesús desde la clave del sacerdocio. El Mediador (Sacerdote) que tenemos ante el Padre, sabe lo difícil que es nuestra vida. Él experimentó el trabajo y el cansancio,

la soledad y la amistad, las incomprensiones y los éxitos, el dolor y la muerte: «ha sido probado en todo exactamente como nosotros». Por eso puede com-padecerse de nosotros, porque se ha acercado hasta las raíces mismas de nuestro ser. Por eso es un buen Pontífice (el que hace de puente) y Mediador, y nos puede ayudar en los momentos de fracaso: es «capaz de compadecerse de nuestras debilidades». Eso es lo que nos da confianza para presentarnos ante Dios y alcanzar su misericordia.

 

¿Servidores o en los primeros puestos?

Jesús aprovecha la ocasión para darles una lección sobre la actitud que sus seguidores deben tener en la vida, siguiendo el ejemplo que les da él mismo.

Critica el modelo de las autoridades políticas, que entienden su autoridad como dominio y tiranía. Jesús dice a los doce -antes de dar esta lección reúne a todos- que sus seguidores deben buscar los últimos puestos, no los primeros. Servir, y no pretender que les sirvan. A los dos apóstoles ambiciosos les asegura que sí tendrán que compartir su cruz (uno de ellos, Santiago, bien pronto), pero que no vayan buscando puestos de honor.

A todos nos gusta más ser servidos que servir. Ocupar los primeros lugares que los últimos. ¿A quién le gusta ser esclavo de todos? Más bien buscamos poder esclavizar a otros, si podemos. En eso nos parecemos a Santiago y a Juan, que, en evidente contraste con lo que Jesús enseña, y entendiendo y el Reino en una clave terrena y política, presentan su candidatura a los primeros puestos de honor.

El mal uso de la autoridad no sólo habría que referirlo al ámbito social y político, que nombra Jesús, sino también al familiar o comunitario o eclesial. Todos tenemos la tentación de dominar y tiranizar a los demás, si se dejan. La Iglesia, toda entera, como comunidad de Jesús, debe ser servidora de la Humanidad, y no su dueña y señora. No apoyada en el poder, sino dispuesta al amor servicial, animada por el ejemplo de Jesús en el lavatorio de la Última Cena.

Pero todos somos destinatarios de la lección. Porque todos, más o menos conscientemente, ambicionamos puestos de honor en nuestro seguimiento de Jesús. Tampoco nosotros, en nuestra vida familiar o comunitaria, tenemos que entender la autoridad como la de «los que son reconocidos como jefes de los pueblos», que «los tiranizan y los oprimen». Para nosotros, «nada de eso». Los cristianos tenemos que entender la autoridad, en el ámbito en que la tengamos, como servicio y entrega por los demás: «el que quiera ser primero, sea esclavo de todos».

Cuando nos examinamos sinceramente sobre este punto, a veces descubrimos que tendemos a dominar y no a servir, que en el pequeño o gran territorio de nuestra autoridad nos comportamos como los que tiranizan y oprimen, en vez de imitar a Jesús, que está en medio de la gente «como el que sirve».

 

Dispuestos a sacrificarnos por los demás

Pero además, y yendo a la raíz de la lección, debemos preguntarnos si aceptamos el evangelio de Jesús con todo incluido, también la cruz y la entrega total, no sólo en sus aspectos más fáciles. El mundo de hoy nos invita a rehuir el dolor y el sufrimiento. Lo que cuenta es el placer inmediato. Pero un cristiano tiene que asumir a Cristo con todas las consecuencias, «que cargue cada día con su cruz y le siga». Ser cristiano es seguir el camino de Cristo, en su «subida» a Jerusalén. A todos nos gusta más el domingo de resurrección que el Viernes Santo, pero ambos van unidos y no podemos separar la gloria de la actitud de entrega servicial.

Igual que el amor verdadero, también el seguimiento de Cristo exige a veces renuncia y sacrificio. Como tiene que sacrificarse el estudiante para aprobar, el atleta para ganar, el labrador para cosechar, los padres para sacar la familia adelante. Depende del ideal que se tenga. Para un cristiano el ideal es colaborar con Cristo en la salvación del mundo. Por eso, en la vida de comunidad muchas veces debemos estar dispuestos al trabajo por los demás, sin pasar factura. La filosofía de la cruz no se basa en la cruz misma, con una actitud masoquista, sino en la construcción de un mundo nuevo. Lo que parece una paradoja -buscar los últimos lugares, ser el esclavo de todos- sólo tiene sentido desde esta perspectiva de Jesús.

Cuando comulgamos en la Eucaristía, no recibimos sólo a Cristo Maestro o Amigo o Compañero de camino, sino al Siervo entregado. Para que aprendamos a ser también nosotros «entregados por» los demás.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B