Lectio Divina – Jueves XXVIII de Tiempo Ordinario

1.-Oración introductoria.

Señor, al leer el evangelio de este día me lleno de tristeza. Los escribas y fariseos de entonces no te comprendieron. Tú venías con aires nuevos, querías implantar entre los hombres un estilo nuevo, una manera nueva de ver las cosas; pero ellos querían seguir siempre con lo mismo. Estaban embriagados con el vino viejo y no quisieron gustar el nuevo, que era infinitamente mejor. El vino nuevo de Jesús tiene sabor a libertad, a fraternidad, a gozo en el Espíritu. Señor, en este rato de oración, dame la gracia de saborear este vino.

2.- Lectura reposada del Evangelio: Lucas 11, 47-54

En aquel tiempo, dijo el Señor: ¡Ay de vosotros, porque edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron! Por tanto, sois testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis. Por eso dijo la Sabiduría de Dios: Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán, para que se pidan cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, el que pereció entre el altar y el Santuario. Sí, os aseguro que se pedirán cuentas a esta generación. ¡Ay de vosotros, los juristas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido. Y cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle implacablemente y hacerle hablar de muchas cosas, buscando, con insidias, cazar alguna palabra de su boca.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

No cabe duda de que Jesús fue un gran profeta, el mayor de todos los profetas de Israel. Y el profeta hace dos cosas: anuncia la Buena Nueva de Dios y denuncia las situaciones de injusticia y de pecado. Jesús anunció el Reinado de Dios. En el mundo, desde que reinaron los hombres, todo fue de mal en peor. Por eso Dios envió a su propio Hijo para hacer una revolución en nuestra manera de pensar y actuar. El camino para la felicidad no es el del poder, el saber o el poseer, sino el de la humildad, la sencillez, el compartir y el servir. Pero tampoco es camino de felicidad el de los escribas y fariseos que interpretaban las leyes y las tradiciones judías sin tener en cuenta el amor y el servicio a los demás. Jesús nos deja un precioso testamento antes de morir: “Amaos unos a otros como Yo os he amado”. En el cumplimiento de este mandamiento pone Jesús la auténtica felicidad: gustar la libertad, el servicio al hermano por amor, la alegría de vivir y la esperanza cierta de una vida en plenitud más allá de esta vida.  

Palabra del Papa

“Jesús recuerda a los doctores de la ley, que Abrahán exultó en la esperanza al ver su día y se llenó de alegría. Esto es lo que no entendían los doctores de la ley. No entendían la alegría de la promesa; no entendían la alegría de la esperanza; no entendían la alegría de la alianza. ¡No entendían! No sabían ser felices, porque habían perdido el sentido de la felicidad, que solamente viene de la fe. Por eso, nuestro padre Abraham ha sido capaz de ser feliz porque tenía fe: se ha hecho justo en la fe. Estos habían perdido la fe. ¡Eran doctores de la ley, pero sin fe! Y aún más: ¡habían perdido la ley! Porque el centro de la ley es el amor, el amor por Dios y por el prójimo. Solamente tenían un sistema de doctrinas precisas y que precisaban cada día más que nadie las tocara. Hombres sin fe, sin ley, sin ley, unidos a doctrinas que también se convertían en una actitud casuística: ¿se puede pagar la tasa al César, no se puede? Esta mujer, que se ha casado siete veces, ¿cuándo vaya al cielo será mujer de esos siete? Esta casuística… Este era su mundo, un mundo abstracto, un mundo sin amor, un mundo sin fe, un mundo sin esperanza, un mundo sin confianza, un mundo sin Dios. ¡Y por esto no podían ser felices! (Cf Homilía de S.S. Francisco, 26 de marzo de 2015, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto del evangelio ya meditado. (Silencio)

5.-Propòsito. Lo que hoy debo hacer lo haré motivado por el amor.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, reconozco que tengo mucho de fariseo: obro por cumplir leyes, normas, costumbres, pero no me detengo a pensar desde dónde estoy haciendo estas cosas. También caigo en la cuenta de que, en aquellas obras buenas que realizo, se cuela el orgullo, la vanagloria, el deseo de complacencia. Dame, Señor, la gracia de obrar con la única finalidad de agradarte a ti y hacer el bien a mis hermanos.

Comentario – Jueves XXVIII de Tiempo Ordinario

(Lc 11, 47-54)

Jesús continúa con sus duros reproches a los fariseos y a los que enseñaban la Ley, y los declara herederos de los que asesinaron a los grandes profetas. Porque así como en otras épocas el mensaje de los profetas desestabilizaba, molestaba, exigía cambios que no estaban dispuestos a hacer, y por eso decidían eliminarlos, lo mismo querían hacer los fariseos y maestros con Cristo. Su mensaje les exigía un cambio de mentalidad, y ellos estaban cómodos enseñando siempre lo mismo, sintiéndose superiores a los demás, y controlando la vida de la gente con el pretexto de un falso celo por la Ley. No querían perder esa seguridad vanidosa y el poder, y por eso miraban a Jesús con recelo, su mensaje les parecía peligroso.

Y para ser todavía más directo, Jesús los compara con Caín, que mató a su propio hermano por envidia.

Pero lo peor de estos corazones cerrados es que su mal no queda encerrado dentro de su pequeño círculo, sino que termina afectando al pueblo. El poder que ellos tenían hacía que la gente temiera acercarse a Cristo. El evangelio de Juan describe esta situación diciendo que muchos no confesaban abiertamente su fe en Cristo por temor de que los fariseos los expulsaran de la sinagoga (Jn 12, 42; 9, 22). Por eso Jesús dice en este texto: «No entraron ustedes y a los que están entrando se lo impiden».

El efecto de estas palabras fue tremendo, porque los escribas y fariseos se sintieron descubiertos y humillados, y su reacción fue la de acosarlo para encontrar alguna manera decorosa de eliminarlo definitivamente.

Pero, si Jesús dice que la historia, desde Caín y Abel, se sigue repitiendo, convendría que nos preguntemos si no la estamos repitiendo también nosotros de alguna manera. Quizás hayamos encontrado el modo de eliminar a Cristo de nuestras vidas cuando su Palabra nos cuestiona, o quizás intentemos eliminar de nuestras vidas a los hermanos que nos desestabilizan o con su sola existencia nos indican la necesidad de un cambio.

Oración:

«Señor, tu Palabra nunca me deja igual, siempre me invita a renovar mi existencia, me llama a una conversión permanente. Dame la gracia de no frenar el poder de esa Palabra, de no eliminarla de mi existencia con falsos argumentos».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Comentario – Jueves XXVIII de Tiempo Ordinario

Jesús prolonga su crítica a la conducta de los fariseos que, después de haber sido testigos de lo que sus padres habían hecho con los profetas, ahora les edifican mausoleos, como si quisieran rendir honor a los que en otro tiempo habían sido perseguidos y asesinados por sus padres. Pero Jesús interpreta que dando sepultura a tales profetas estarían aprobando el asesinato perpetrado por sus padres contra ellos: sus padres les habrían matado y ellos se habrían limitado a darles sepultura sin desaprobar la conducta homicida de sus antepasados. Sin embargo, edificarles un mausoleo no era darles sepultura, sino mantener o recuperar la memoria de estos ilustres mensajeros de Dios que habían sido desoídos en su momento histórico. Quería ser, por tanto, una señal de reconocimiento.

Pero Jesús descubre en este acto de enaltecimiento del profeta por parte de los fariseos de su tiempo una muestra más de esa hipocresía que les caracteriza. Aparentan dar gloria a los profetas caídos, haciendo memoria de ellos y edificándoles mausoleos, sin renegar de la conducta ni de la mentalidad de sus padres, que eran quienes les habían dado muerte. Ello explica que los nuevos profetas, profetas como Juan Bautista y el mismo Jesús, que se sitúa en el surco de esta tradición, sigan siendo desestimados y perseguidos a semejanza de los antiguos. Seguía cumpliéndose la sabiduría de Dios cuando dice: «Les enviaré profetas y apóstoles: a algunos los perseguirán y matarán»; y así a esta generación se le pedirá cuentas de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario».

Luego a esta generación, que le es contemporánea y que edifica mausoleos a los profetas asesinados por anteriores generaciones, también se le pedirá cuentas de la sangre derramada de tales profetas, no sólo por ser hijos complacientes de aquellos asesinos, cuya acción no fue nunca desaprobada por estos, sino por continuar aquella tradición de oposición y resistencia institucional a los enviados de Dios, entre los cuales se cuenta el mismo Jesús. Y es que son ellos los que, con su juridicismo, se han adueñado de la llave del saber, pero ni han entrado ellos en este espacio de sabiduría, ni han

Éste es su gran pecado, y Jesús se lo echa en cara aumentando la tensión existente entre ellos. De tal manera se habían adueñado letrados y fariseos de la potestad magisterial sobre el pueblo de Israel que no admitían que nadie viniese con una doctrina distinta a darles lecciones, aunque lo hiciera como enviado de Dios. En semejante contexto no debe extrañar que entrasen en conflicto con cualquiera que se presentase con la indumentaria del profeta portador de un mensaje divino.

Tras estas imprecaciones (¡Ay de vosotros…!) difíciles de encajar, aquellos letrados y fariseos–nos dice el evangelista- empezaron a acosarlo y a tirarle de la lengua –de la misma manera que habían hecho sus padres con los antiguos profetas- con muchas preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras.

El propósito de tales preguntas era tener materia para acusarlo ante un tribunal capaz de dictar sentencia de muerte. Como Jesús predice, acabarán colmando la medida de sus padres al dar muerte no sólo al último enviado de Dios, sino al mismo Hijo. De este modo colmaban la medida de sus padres y se hacían reos de aquella sangre profética que recapitulaba Jesús como cabeza de linaje y víctima del definitivo sacrificio. Para esta mentalidad farisaica no había, ni hay, más antídoto que la humildad. Sólo desde la humildad podían ceder la llave del saber a este nuevo Maestro que venía de parte de Dios como Hijo encarnado y Ungido del Espíritu.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

¿Por qué será que Jesús nunca piensa como nosotros?

1. – La autoridad de una persona se mide por los metros cuadrados de su despacho. A más autoridad, mas despacho; mas salas y antesalas.

Este concepto de autoridad, que todos llevamos muy adentro, no sé si hará reír al Señor o llorar. Nos verá a todos nosotros jugando a gigantes y cabezudos. El que no se atreva a subir en altos zancos, al menos engordará su cabezota para ser notado, para no pasar desapercibido, para mostrarse a sí mismo y a los demás que es algo.

Un sillón así lleno de gloria y autoridad es lo que Juan y Santiago vienen a reclamarle al Señor: los mejores puestos para tener más poder, para poder escalar, para poder favorecer a los familiares y amigos. No ha cambiado mucho, desde entonces la humanidad.

2. – ¿Por qué será que Jesús nunca piensa como nosotros? El que quiera ser grande sea vuestro servidor. El que quiera ser el primero sea vuestro esclavo. ¿Puede pedirse al hombre de hoy mayor indignidad y bajeza? Servir cuando ya no se sirve a la Patria, ni se sirve al Rey, ni hay chicas de servir.

Solo ya uno que sigue sirviendo, que no se siente abajado de su grandeza, que ha bajado miríadas de kilómetros desde lo alto del cielo, que ha llegado a la mayor muestra de servicio, dando la vida por los amigos. Y ese es el Hijo del Hombre. Ese es Jesús.

Y Jesús nos dice que en su Reino toda autoridad está en servir y que no hay autoridad sin servicio a los demás. No es un servicio de relumbrón. Ni servicio de fotografía, como aquella vieja instantánea de la revista “Blanco y Negro” de los años 20, en la que una señora muy emperifollada, mirando al fotógrafo, echa un cazo de sopa en el plato de una huerfanita, que mira con horror como la sopa cae fuera del plato.

3. – Servir no es sólo trabajar. Se puede trabajar amargado y con el corazón lleno de odio. Eso no es el servir cristiano. Servir es mirar a la persona y se hace algo por alguien a quien se considera hermano.

Servir es estar con los ojos abiertos para ver en qué puedo echar una mano, en que puedo ayudar, cómo puedo dar alegría. Al que tengo cerca.

Servir es atender a los demás en nuestra profesión con delicadeza y cariño. Es saber sonreír detrás del despacho, tras una ventanilla o en un mostrador.

Servir es estar dispuesto a hacer el tonto precisamente porque se está siempre dispuesto a ayudar a hacer un favor.

Pero yo os diría que la novena bienaventuranza sería: bienaventurado cuando sientas que haces el tonto atendiendo a todos los que acuden a ti, porque eso es señal de que sirves a los demás y de que estás en la verdadera dinámica del Reino.

4.- Hoy pide la Iglesia ayuda para esos miles de misioneros y misioneras que han hecho de su vida un servicio a los demás. Hombres y mujeres que olvidados de si mismos han dejado patria y familia, cultura y lengua, su acostumbrada forma de comer, de dormir, todo para llevar a sus hermanos el conocimiento de un Dios hermano que dio por ellos su cuerpo, su sangre su vida en acto de servicio. Seamos como un vagón de tren casando y envejecido de tanto viaje, y que abandonado en vía muerta es feliz de dar cobijo, contra el frío y la lluvia, a una familia, desplazada y refugiada que huye del hambre y de la guerra. Y decir para terminar que a mí como jesuita me emociona la elección de San Francisco Javier como eje y centro de la campaña del Domund de este año. Se cumplen los 500 años del nacimiento de ese grande y singular misionero que es, además, patrón de las misiones. Ayudemos a nuestros hermanos y seamos, al menos, como ese vagón que cobija a los más pobres.

José María Maruri, SJ

No te pido grandeza

Señor, no te pido triunfo,
ni fama ni gloria ni poder.

Haz que acoja,
en lo limitado de cada día,
tu brisa, tu gracia, tu Palabra,
tu voluntad
como un regalo espléndido
para poder vivir.

Abre mis ojos, y hazme sensible
a las necesidades
de los hermanos y hermanas
que caminan junto a mí
cansados, agotados, tristes,
enfermos, rotos.

No me dejes caer en la tentación
de quedar bien,
de buscar la eficacia,
de justificar mis actitudes,
de acumular méritos engañosos
para Ti.

Guía mis pasos por tus sendas,
aunque me resista.
Gáname la partida,
no hagas casos a mis protestas.
Dame lo que necesito,
aunque no lo pida.

Florentino Ulibarri

Notas para fijarnos en el evangelio

• Siguiendo a San Marcos, entre el último versículo que leíamos en el domingo pasado y éstos de hoy, hay tres (Mc 10,32-34) que tienen su interés. En primer lugar porque nos recuerdan que Jesús y los que le siguen caminan hacia Jerusalén: Jesús adelantándose decididamente; los demás, sorprendidos y asustados (10,32). En segundo lugar, porque Jesús anuncia su Pasión y Resurrección por tercera vez (10,33-34).

• Por tanto, el texto de hoy se tiene que situar en ese contexto. Lo que Jesús va haciendo y diciendo en su subida a Jerusalén provoca reacciones diversas entre los discípulos: sorpresa, miedo (32) y, ahora, expectativas de poder (37).

• La petición de Santiago y Juan (35-37), que muestra que todavía no han entendido qué clase de Mesías es Jesús —“no sabéis…” (38)—, es aprovechada por Él para volver a explicarse sobre qué ha venido a hacer y sobre qué supone seguirlo (38ss).

• “La derecha” y “la izquierda” del rey (37) son los lugares de honor y de gobierno. La proximidad de Jerusalén (17) despierta, en los discípulos, esperanzas de triunfo —“tu gloria” (37)—.

• “El cáliz” (38) es imagen bíblica de sufrimiento (Is 51,17- 22; Jr 25,15; Ez 23,32-34; Sal 75,9). Aquí hace una alusión clara a la pasión y muerte que Jesús asume de modo libre y responsable.

• “El bautismo”(38) es también una imagen de la Biblia con la que se expresa una amenaza o peligro inminente: el pueblo de Israel tenía una visión amenazadora del mar, en el que las olas de agua nos pueden sumergir. Como con el “cáliz”, se hace referencia a la pasión y muerte de Jesús, el cual había empezado su ministerio con la inmersión en las aguas del Jordán (Mc 1,9-11), unido a todos los pecadores. Aquel bautismo ya preveía la angustia y el sufrimiento que acompañarán su llegada a Jerusalén. Otro evangelista, Lucas, dice que Jesús desea ese bautismo: “Tengo que pasar por un bautismo y ¡cómo deseo que eso se cumpla!” (Lc 12). Lo que desea Jesús es llevar la salvación a la humanidad, y eso supone darlo todo, dar la vida por amor. Desea obedecer la voluntad del Padre: es la responsabilidad que ha asumido, una responsabilidad que compromete.

• Los dos “hijos de Zebedeo” (35) y “los otros diez” (41) consideran el poder y el prestigio como un valor de la persona. También era mentalidad común, como veíamos el domingo pasado, que tener dinero era signo de la bendición de Dios. Jesús hace reflexionar para poder descubrir que la sed de poder es incompatible con las ganas de seguirle a Él (42). Jesús los invita, y nos invita, a cambiar (43): lo que da valor a la persona es que se haga “servidor”, “esclavo de todos” (43-44).

• El debate de esta escena ya se había producido, de modo semejante, después del segundo anuncio de la pasión (Mc 9,33-37). Lo veíamos hace algunos domingos: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). La actitud de servicio desinteresado y generoso ha de marcar la vida de los cristianos; ésta es una norma básica para las relaciones comunitarias. Ahora Jesús lo subraya ante la posibilidad de convertir la Iglesia en una institución con mecanismos calcados de los “jefes de los pueblos”. Y advierte que el ejercicio de la autoridad en el grupo de los discípulos es una tarea que no tiene nada que ver con el poder o el prestigio sino todo lo contrario: sólo puede ser reconocida la autoridad del que sirve como Jesús ha servido: “dando la vida”. Dicho de otro modo: Jesús resucitado quiere seguir sirviendo del mismo modo que lo hacía hasta su Pascua: haciéndose “esclavo de todos” (44), porque “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (45).

• La anterior traducción por “todos”, ahora por “muchos” (44.45) es una fórmula semítica que equivale a “por toda la humanidad”. En Jesús se realiza lo que Isaías había anunciado sobre el Siervo del Señor que da la vida para salvar a los pecadores (Is 53,10-11). Jesús manifiesta su amor universal, hace realidad el designio salvador de Dios.

Comentario al evangelio – Jueves XXVIII de Tiempo Ordinario

La tensión es grande entre Jesús y los dirigentes religiosos. Es hora de persecución, de sufrimiento, de martirio. Primero fueron perseguidos los profetas del Antiguo Testamento, luego vino Jesús, llevado a la muerte, y, por fin, los seguidores de Jesús, tantos mártires en la Iglesia.

Los fariseos y maestros de la ley, ahora, quieren honrar a los mismos profetas que sus padres mataron, pero, en el fondo, se comportan de la misma manera: persiguiendo a los profetas, a los enviados de Dios, al mismo Jesús a quien mataron.

Dos “ayes” les dedica hoy Jesús: “¡Ay de vosotros!, que aprobáis lo que hicieron vuestros padres que mataron a los profetas”, “¡Ay de vosotros!, que os habéis quedado con la llave del saber”.

Los dirigentes religiosos identifican la sabiduría de Dios con su humano saber. Se sienten propietarios, no comunicadores, de la verdad de Dios. Por eso, la manipulan, la condicionan, echan a los demás “unos fardos” que ni ellos soportan ni son voluntad de Dios. Estos dirigentes se sienten tan seguros y cerrados sobre sí mismos que persiguen y matan a los profetas, a los enviados por Dios para señalar el camino de Dios, la salvación de todos. No aceptan la novedad que Jesús trae al mundo, metidos como están en sus ritos y formalismos.

Una conclusión elemental es que no siempre los caminos de los hombres se ajustan a los caminos de Dios. Que hay que discernir mucho. Decir en seguida que algo es voluntad de Dios resulta peligroso.  Pensar que nuestro juicio moral sobre los acontecimientos sea el mismo de Dios es discutible.

Muchos cristianos son perseguidos, igual que Jesús y los profetas. La vida y la palabra de los profetas y apóstoles, con frecuencia, chocan con los egoísmos mundanos. Entonces, hemos de reflexionar: “Lo mismo hicieron con Jesús”. Y sus seguidores sacamos las consecuencias; necesitamos fe, fortaleza, audacia, perdón y testimonio. Si así lo hacemos, estaremos dispuestos ante  lo que hoy se repite en el evangelio: el Señor nos pedirá cuentas.

Ciudad Redonda

Meditación – Jueves XXVIII de Tiempo Ordinario

Hoy es jueves XXVIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas: (Lc 11, 47-54):

En aquel tiempo, el Señor dijo: «¡Ay de vosotros, porque edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron! Por tanto, sois testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulcros. Por eso dijo la Sabiduría de Dios: ‘Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán’, para que se pidan cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, el que pereció entre el altar y el Santuario. Sí, os aseguro que se pedirán cuentas a esta generación. ¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido».

Y cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle implacablemente y hacerle hablar de muchas cosas, buscando, con insidias, cazar alguna palabra de su boca.

Hoy, se nos plantea el sentido, aceptación y trato dado a los profetas: «Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán» (Lc 11,49). Son personas de cualquier condición social o religiosa, que han recibido el mensaje divino y se han impregnado de él; impulsados por el Espíritu, lo expresan con signos o palabras comprensibles para su tiempo. Es un mensaje transmitido mediante discursos, nunca halagadores, o acciones, casi siempre difíciles de aceptar. Una característica de la profecía es su incomodidad. El don resulta molesto para quien lo recibe, pues le escuece internamente, y es incómodo para su entorno, que hoy, gracias a Internet o los satélites, puede extenderse a todo el mundo.

Los contemporáneos del profeta pretenden condenarlo al silencio, lo calumnian, lo desacreditan, así hasta que muere. Llega entonces el momento de erigirle el sepulcro y de organizarle homenajes, cuando ya no molesta. No faltan actualmente profetas que gozan de fama universal. La Madre Teresa, Juan XXIII, Monseñor Romero… ¿Nos acordamos de lo que reclamaban y nos exigían?, ¿ponemos en práctica lo que nos hicieron ver? A nuestra generación se le pedirá cuentas de la capa de ozono que ha destruido, de la desertización que nuestro despilfarro de agua ha causado, pero también del ostracismo al que hemos reducido a nuestros profetas.

Todavía hay personas que se reservan para ellas el “derecho de saber en exclusiva”, que lo comparten —en el mejor de los casos— con los suyos, con aquellos que les permiten continuar aupados en sus éxitos y su fama. Personas que cierran el paso a los que intentan entrar en los ámbitos del conocimiento, no sea que tal vez sepan tanto como ellos y los adelanten: «¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido» (Lc 11,52).

Ahora, como en tiempos de Jesús, muchos analizan frases y estudian textos para desacreditar a los que incomodan con sus palabras: ¿es éste nuestro proceder? «No hay cosa más peligrosa que juzgar las cosas de Dios con los discursos humanos» (San Juan Crisóstomo).

Rev. D. Pedro-José YNARAJA i Díaz

Liturgia – Jueves XXVIII de Tiempo Ordinario

JUEVES DE LA XXVIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Para la feria cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-impar.

  • Rom 3, 21-30. El hombre es justificado por la fe, sin obras de la ley.
  • Sal 129. Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.
  • Lc 11, 47-54. Se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías.

Antífona de entrada          Sal 46, 2
Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo.

Monición de entrada
Hoy vamos a pedir la Eucaristía de un modo muy especial por las vocaciones sacerdotales. Es una gran necesidad de la Iglesia, y de un modo especial, de nuestra Iglesia particular, que necesita muchos sacerdotes para llevar a cabo la nueva evangelización de nuestro pueblo. Dispongámonos, por tanto, al comenzar estos sagrados misterios, a recibir el amor de Dios abriendo nuestros corazones para que los renueve, reconociendo con humildad que somos pecadores.

• Tú que nos llamas a seguirte. Señor, ten piedad.
• Tú que nunca abandonas a tu rebaño. Cristo, ten piedad.
• Tú que estás presente en tu Iglesia. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH, Dios,
que quisiste dar pastores a tu pueblo,
derrama sobre tu Iglesia el Espíritu de piedad y fortaleza,
que suscite dignos ministros de tu altar
y los haga testigos valientes y humildes de tu Evangelio.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos ahora, hermanos, confiadamente a Dios Padre, que en Jesucristo nos ha dado al único Maestro que no defrauda.

1.- Por la Iglesia, nacida del amor del Padre y fundada por Jesucristo. Roguemos al Señor.

2.- Por las vocaciones sacerdotales, religiosas y a la familia cristiana. Roguemos al Señor.

3.- Por la honradez y el servicio de los gobernantes y todos los políticos. Roguemos al Señor.

4.- Por los que se han alejado de Jesucristo y por los que se han alejado de la fe. Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros, llamados a trabajar por la paz y la reconciliación. Roguemos al Señor.

Señor y Dios nuestro, escucha la oración que te hemos dirigido, y ayúdanos a que, viviendo sinceramente, alejemos de nuestras vidas toda conducta condenable. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
OH, Dios,
que actúas con la eficacia de tus sacramentos,
concédenos que nuestro ministerio
sea digno de estos dones sagrados.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Sal 102, 1
Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre.

Oración después de la comunión
SEÑOR,
alimentados con el pan de la mesa celestial
te pedimos que, por este sacramento de amor,
germinen las semillas que esparces generosamente en el campo de tu Iglesia,
de manera que sean cada vez más numerosos
los que elijan el camino de servirte en los hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.