Comentario – Jueves XXVIII de Tiempo Ordinario

(Lc 11, 47-54)

Jesús continúa con sus duros reproches a los fariseos y a los que enseñaban la Ley, y los declara herederos de los que asesinaron a los grandes profetas. Porque así como en otras épocas el mensaje de los profetas desestabilizaba, molestaba, exigía cambios que no estaban dispuestos a hacer, y por eso decidían eliminarlos, lo mismo querían hacer los fariseos y maestros con Cristo. Su mensaje les exigía un cambio de mentalidad, y ellos estaban cómodos enseñando siempre lo mismo, sintiéndose superiores a los demás, y controlando la vida de la gente con el pretexto de un falso celo por la Ley. No querían perder esa seguridad vanidosa y el poder, y por eso miraban a Jesús con recelo, su mensaje les parecía peligroso.

Y para ser todavía más directo, Jesús los compara con Caín, que mató a su propio hermano por envidia.

Pero lo peor de estos corazones cerrados es que su mal no queda encerrado dentro de su pequeño círculo, sino que termina afectando al pueblo. El poder que ellos tenían hacía que la gente temiera acercarse a Cristo. El evangelio de Juan describe esta situación diciendo que muchos no confesaban abiertamente su fe en Cristo por temor de que los fariseos los expulsaran de la sinagoga (Jn 12, 42; 9, 22). Por eso Jesús dice en este texto: «No entraron ustedes y a los que están entrando se lo impiden».

El efecto de estas palabras fue tremendo, porque los escribas y fariseos se sintieron descubiertos y humillados, y su reacción fue la de acosarlo para encontrar alguna manera decorosa de eliminarlo definitivamente.

Pero, si Jesús dice que la historia, desde Caín y Abel, se sigue repitiendo, convendría que nos preguntemos si no la estamos repitiendo también nosotros de alguna manera. Quizás hayamos encontrado el modo de eliminar a Cristo de nuestras vidas cuando su Palabra nos cuestiona, o quizás intentemos eliminar de nuestras vidas a los hermanos que nos desestabilizan o con su sola existencia nos indican la necesidad de un cambio.

Oración:

«Señor, tu Palabra nunca me deja igual, siempre me invita a renovar mi existencia, me llama a una conversión permanente. Dame la gracia de no frenar el poder de esa Palabra, de no eliminarla de mi existencia con falsos argumentos».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día