Notas para fijarnos en el evangelio

• Siguiendo a San Marcos, entre el último versículo que leíamos en el domingo pasado y éstos de hoy, hay tres (Mc 10,32-34) que tienen su interés. En primer lugar porque nos recuerdan que Jesús y los que le siguen caminan hacia Jerusalén: Jesús adelantándose decididamente; los demás, sorprendidos y asustados (10,32). En segundo lugar, porque Jesús anuncia su Pasión y Resurrección por tercera vez (10,33-34).

• Por tanto, el texto de hoy se tiene que situar en ese contexto. Lo que Jesús va haciendo y diciendo en su subida a Jerusalén provoca reacciones diversas entre los discípulos: sorpresa, miedo (32) y, ahora, expectativas de poder (37).

• La petición de Santiago y Juan (35-37), que muestra que todavía no han entendido qué clase de Mesías es Jesús —“no sabéis…” (38)—, es aprovechada por Él para volver a explicarse sobre qué ha venido a hacer y sobre qué supone seguirlo (38ss).

• “La derecha” y “la izquierda” del rey (37) son los lugares de honor y de gobierno. La proximidad de Jerusalén (17) despierta, en los discípulos, esperanzas de triunfo —“tu gloria” (37)—.

• “El cáliz” (38) es imagen bíblica de sufrimiento (Is 51,17- 22; Jr 25,15; Ez 23,32-34; Sal 75,9). Aquí hace una alusión clara a la pasión y muerte que Jesús asume de modo libre y responsable.

• “El bautismo”(38) es también una imagen de la Biblia con la que se expresa una amenaza o peligro inminente: el pueblo de Israel tenía una visión amenazadora del mar, en el que las olas de agua nos pueden sumergir. Como con el “cáliz”, se hace referencia a la pasión y muerte de Jesús, el cual había empezado su ministerio con la inmersión en las aguas del Jordán (Mc 1,9-11), unido a todos los pecadores. Aquel bautismo ya preveía la angustia y el sufrimiento que acompañarán su llegada a Jerusalén. Otro evangelista, Lucas, dice que Jesús desea ese bautismo: “Tengo que pasar por un bautismo y ¡cómo deseo que eso se cumpla!” (Lc 12). Lo que desea Jesús es llevar la salvación a la humanidad, y eso supone darlo todo, dar la vida por amor. Desea obedecer la voluntad del Padre: es la responsabilidad que ha asumido, una responsabilidad que compromete.

• Los dos “hijos de Zebedeo” (35) y “los otros diez” (41) consideran el poder y el prestigio como un valor de la persona. También era mentalidad común, como veíamos el domingo pasado, que tener dinero era signo de la bendición de Dios. Jesús hace reflexionar para poder descubrir que la sed de poder es incompatible con las ganas de seguirle a Él (42). Jesús los invita, y nos invita, a cambiar (43): lo que da valor a la persona es que se haga “servidor”, “esclavo de todos” (43-44).

• El debate de esta escena ya se había producido, de modo semejante, después del segundo anuncio de la pasión (Mc 9,33-37). Lo veíamos hace algunos domingos: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). La actitud de servicio desinteresado y generoso ha de marcar la vida de los cristianos; ésta es una norma básica para las relaciones comunitarias. Ahora Jesús lo subraya ante la posibilidad de convertir la Iglesia en una institución con mecanismos calcados de los “jefes de los pueblos”. Y advierte que el ejercicio de la autoridad en el grupo de los discípulos es una tarea que no tiene nada que ver con el poder o el prestigio sino todo lo contrario: sólo puede ser reconocida la autoridad del que sirve como Jesús ha servido: “dando la vida”. Dicho de otro modo: Jesús resucitado quiere seguir sirviendo del mismo modo que lo hacía hasta su Pascua: haciéndose “esclavo de todos” (44), porque “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (45).

• La anterior traducción por “todos”, ahora por “muchos” (44.45) es una fórmula semítica que equivale a “por toda la humanidad”. En Jesús se realiza lo que Isaías había anunciado sobre el Siervo del Señor que da la vida para salvar a los pecadores (Is 53,10-11). Jesús manifiesta su amor universal, hace realidad el designio salvador de Dios.