Comentario – Viernes XXVIII de Tiempo Ordinario

(Lc 12, 1-7)

Jesús era acosado por una multitud que lo perseguía. Sin embargo, por un instante quiere dirigirse a sus discípulos y alertarlos contra la hipocresía. El sentido de esta palabra es el de representar un papel, actuar debajo de una máscara, aparentar lo que no se es. Los fariseos eran para Jesús el caso típico de la simulación, de la apariencia, de la gloria vacía de contenido; más aún, eran «sepulcros blanqueados» que bajo la apariencia de la pintura blanca escondían podredumbre (Mt 23, 27), porque sólo «parecen justos» (Mt 23, 28), pero no lo son; y hasta usan las cosas sagradas, como la oración, para aparentar y cubrir sus maldades: «Devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones» (Lc 20, 46). El hipócrita se oculta a sí mismo su propia verdad y pretende ser consejero de los demás (Lc 6, 42).

Jesús recomienda a sus amigos que se cuiden de caer en esa obsesión por disfrazar la propia realidad, porque «no hay nada escondido que no se descubra» (12, 2). Y luego, para que no caigan en el mecanismo de la apariencia como táctica para evitar persecuciones, Jesús los invita a confiar en Dios que no olvida ni siquiera a los pajaritos, y a mirar más el bien de la salvación que el de la vida misma.

Pero aquí podríamos leer también una invitación a valorar la propia dignidad para no caer en la indignidad de cuidar la apariencia y de seducir a los demás con engaños: «Ustedes valen más que muchos pájaros».

Esta invitación de Jesús a dejar de lado el temor es también una invitación a convencernos del amor que Dios nos tiene y a confiarnos en ese amor, porque «en el amor no hay lugar para el temor; el amor perfecto elimina el temor» (1 Jn 4, 18). Sólo hay lugar para el «santo temor de Dios», que es el profundo respeto ante su santidad, y el temor de ofenderlo con nuestras acciones (Prov 14, 26-27).

Oración:

«Señor Jesús, tú que sientes horror ante la hipocresía y no quieres que me engañe a mí mismo aparentando lo que no soy, ayúdame a ser transparente ante ti para que pueda reconocer mi propia verdad».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día