Comentario – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

Celebramos el Domund, día mundial de las misiones. Una honda aspiración del corazón humana es mejorar las cosas al tiempo que se mejora a sí mismo; pero para mejorar tanto lo uno como lo otro, es preciso cambiar algo. Hay cosas que nosotros no podemos cambiar: la órbita de los planetas, la dinámica de las mareas, la sucesión de los días con sus noches, la fuerza de la gravedad, en general, las leyes de la naturaleza. Podemos influir en ellas, pero no cambiarlas. Son ellas las que nos imponen su dominio. Ni siquiera podemos modificar el clima de nuestra región, a pesar de lo mucho que se habla del cambio climático como consecuencia de nuestra actividad contaminante.

Hay cosas, por tanto, que no está en nuestro poder cambiar; pero otras sí las podemos cambiar, aunque no solos, sino con la ayuda de otros y de Dios. Con la ayuda de otros se pueden cambiar sociedades, regímenes de gobierno, naciones; con la ayuda de Dios se puede cambiar la faz del mundo; se pueden cambiar sobre todo vidas. Por ahí, por el cambio de las personas, comienza el cambio de las familias, de las comunidades, de la sociedad, del mundo. Si mejoramos a las personas, mejoraremos el mundo, porque somos nosotros los que hacemos al mundo más habitable.

Jesucristo vino al mundo para introducir en él una levadura transformante: la levadura del Reino de los cielos, un fermento capaz de transformar el mundo hasta hacer de la tierra cielo, o de la pequeña semilla árbol frondoso. Pero esa levadura donde en realidad empieza a fermentar es en los corazones humanos que se han abierto a esta semilla o se han dejado fecundar por ella. El camino que Jesús propone para cambiar el mundo es el de la apertura a su mensaje de salvación, que es también llamada a la conversión o al cambio en aquellos aspectos de la vida que hay que mejorar.

El cambio al que invita Jesús es siempre un cambio de actitud o cambio interior. Tal es el cambio que exige a aquellos discípulos (los hijos de Zebedeo) que se acercan a él con esta petición: Concédenos sentarnos en tu gloria (o reino glorioso) uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Aquellos hombres ambicionaban honores y grandezas, la sede en la que poder ser reconocidos como grandes del Reino. Pero Jesús les obliga a cambiar de actitud: el que entre vosotros –les dice- quiera ser (realmente) grande sea vuestro servidor.

La primera actitud, la de ambicionar grandezas, es aquella en la que vive instalado nuestro mundo, ese mundo que se desenvuelve entre rivalidades, luchas, contiendas, guerras, asesinatos, abusos, inhumanidad… cosas todos que causan tantos sufrimientos. Si no queremos padecer la amargura de tales efectos hay que cambiar de actitud, buscar ante todo la utilidad de los demás, ponerse al servicio de todos hasta dar la vida, como el Hijo del hombre, en rescate por todos. Sólo por este camino se mejora realmente el mundo. La ambición de grandeza sólo conduce a la tiranía (en cualquiera de sus formas) y a la opresión de los sometidos por la fuerza de las armas o del miedo.

Pero el camino del servicio implica muchas veces sacrificios humanos, el sacrificio de la propia vida. Así nos lo enseña la historia de los mártires y los santos: los que han entregado la vida en rescate por otros, a imitación del siervo de Yahvé, el triturado con el sufrimiento, el entregado voluntariamente en expiación, el inocente que cargó con los crímenes de los culpables para justificarlos, el probado en todo como nosotros, teniendo que atravesar el cielo para hacerse como uno de nosotros, menos en el pecado, el mismo Hijo del hombre que había venido al mundo para dar su vida en rescate por él.

Él es nuestro Sumo Sacerdote, un sacerdote capaz de compadecerse de nosotros, precisamente por haber pasado, como nosotros, por la prueba del dolor. Es la experiencia compartida del sufrimiento la que le permite compadecerse de los que estamos también en el sufrimiento. Su compasión le convierte en víctima u ofrenda de un sacrificio; es decir, la compasión convierte al sacerdote en víctima.

De este modo nos hace llegar la misericordia de Dios, que es la medicina que cambia los corazones de los miserables de este mundo que pasan a ser también misericordiosos sin dejar del todo atrás sus propias miserias y, por tanto, sin dejar de suplicar la misericordia de Dios: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti. Pero el sacrificio del Sumo Sacerdote tiene continuidad en otros muchos sacrificios ofrecidos en expiación por los pecados del mundo. Mientras el mundo siga en el pecado, mientras el mundo no cambie, seguirán siendo necesarios nuevos sacrificios: ofrendas de vida para su rescate o salvación.

Para esto salen también los misioneros al mundo, para cambiarlo, dando la vida, esto es, energías, tiempo, dedicación, cultura, salvación, por esta mejora. El último cambio o transformación de la tierra en cielo sólo a Dios corresponde; como la concesión del puesto que cada uno debe ocupar en el Reino, le está reservado al Padre. Pero nosotros podemos preparar ese cambio, adecuando nuestros corazones a su voluntad y deseos. Recemos por los misioneros y apoyemos todas sus iniciativas eclesiales.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

I Vísperas – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXIX DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Rom 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Vosotros beberéis el cáliz que yo de he beber y recibiréis el bautismo que yo he de recibir», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Vosotros beberéis el cáliz que yo de he beber y recibiréis el bautismo que yo he de recibir», dice el Señor.

PRECES
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia
— y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte en tu reino,
— y obtengan así la salvación.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
— y sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
— y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
— y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXVIII de Tiempo Ordinario

1.- Oración introductoria.

Señor, en la lectura del evangelio de hoy, me hablas del Espíritu Santo. Lo necesito todos los días antes de hacer mi oración. Yo no puedo conectar con la Palabra inspirada de la Sagrada Escritura si antes no invoco al que la ha inspirado. Por eso te pido que me des tu Espíritu para sintonizar con tu Palabra.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Lucas 12, 8-12

«Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. «A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará. Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Jesús es una persona ante la cual nadie puede quedar indiferente: O se le acepta o se le rechaza. Y esta decisión está cargada de gravedad: En Jesús nos jugamos la vida a una sola carta. Si opto por Jesús mi opción no es sólo de vida sino de vida eterna.  Lo mismo si lo rechazo. “El que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios”. Blasfemar contra el Espíritu Santo es cerrarse al don de Dios, no querer recibir de Dios lo que Él nos quiere dar. ¿Y qué es el hombre sin Dios? Si lo que caracteriza al hombre es el soplo de Dios sobre el barro, si al hombre le quitamos ese soplo de vida se convierte en pura tierra. Y es imperdonable que el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, quiera vivir sin aire, sin suelo, sin sol, sin vida. En cambio, el que se deja conducir por el Espíritu Santo, tiene en su corazón, su Maestro Interior, que le dice en cada momento, lo que debe decir y lo que debe hacer. El Espíritu Santo es el gran don que nos dejó Jesús antes de morir.

Palabra del Papa

“Grande es el amor de Jesús por la Iglesia. Jesús se casó con la Iglesia por amor. Es su esposa: bella, santa, pecadora, pero la ama igual. Es un amor fiel; es un amor perseverante, no se cansa nunca de amar a su Iglesia; es un amor fecundo. ¡Es un amor fiel! ¡Jesús es el fiel! San Pablo, en una de sus Cartas, dice: ‘Si tú confiesas a Cristo, Él te confesará a ti, delante del Padre; si tú reniegas a Cristo, Él te renegará a ti; si tú no eres fiel a Cristo, Él permanece fiel, porque ¡no puede renegarse a sí mismo!’ La fidelidad es precisamente el ser del amor de Jesús. Y el amor de Jesús en su Iglesia es fiel. Esta fidelidad es como una luz sobre el matrimonio. La fidelidad del amor. Siempre. Fiel siempre, pero también incansable en su perseverancia. Precisamente como el amor de Jesús por su Esposa. Por ello la vida matrimonial debe ser perseverante. Porque al contrario el amor no puede ir adelante. La perseverancia en el amor, en los momentos bonitos y en los momentos difíciles, cuando hay problemas: los problemas con los hijos, los problemas económicos, los problemas aquí, los problemas allí. Pero el amor persevera, va adelante, siempre buscando resolver las cosas, para salvar la familia. Perseverantes: se alzan cada mañana, el hombre y la mujer, y llevan adelante la familia. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 2 de junio de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Guardo silencio).

5.-Propósito: Pedir insistentemente al Padre que me dé el supremo don: el Espíritu Santo

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Hoy, Señor, he aprendido algo en lo que no había caído en la cuenta: la importancia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en mi propia vida de cristiano. Permíteme que no peque nunca contra el Espíritu, que abra mi corazón de par en par a ese precioso regalo. Y que, de aquí en adelante, Él sea el “espacio acogedor” donde yo me retire para respirar a gusto a Dios.

Un camino claro

1.- «El Señor quiso triturarlo por el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años; lo que el Señor quiere prosperará por sus manos» (Is 53, 10) El Señor quiso triturarlo. Lo quiso Dios, el Padre Eterno, el Infinitamente Bueno. Lo quiso. Triturarlo, al Hijo, al Verbo hecho carne, a Dios mismo hecho hombre. Misterio que nos asombra y confunde. Misterio que rebosa nuestras posibilidades de comprensión. Misterio que sobresale luminoso por entre las tinieblas de nuestras cortas luces.

Y él, Jesús de Nazaret, dijo que sí. Se sometió a los planes pavorosos del Altísimo. Y su carne joven sintió el rudo golpe del látigo, la penetración lacerante de la lanza, el punzar de mil espinas sobre la frente y la nuca. Triturado, aniquilado como víctima de holocausto, derramado totalmente sobre el altar de Dios, sobre el altar de la Cruz.

Un descendencia numerosa, una vida sin fin, el triunfo definitivo en sus manos de Rey de reyes. Y la Cruz desnuda y nudosa se cubre de esplendorosos rayos de gloria, del nimbo luminoso de la Resurrección… Te contemplamos colgado de la Cruz. Y te vemos sereno, majestuoso, vencedor de la muerte… Y te pedimos la gracia de asemejarnos a ti, para vivir colgados de la Cruz de cada día, abrazados a ella. Para morir sin morir, para morir y resucitar, para saber perder la vida y así ganarla definitivamente.

«A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo que ha aprendido mi Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos» (Is 53, 11) Precisamente por esa humillación, Dios lo ensalzó. De ahí que diga San Pablo: «Tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús, quien, existiendo en la forma de Dios, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres, y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz, por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre.

Los mismos sentimientos que tú, Señor. El mismo deseo de pasar oculto, el mismo afán de entregarte a los planes de Dios, el mismo empeño en llevar tu decisión inicial hasta las últimas consecuencias. Estar dispuesto a la misma muerte por amor a ti. Y estar dispuesto también a no morir, a vivir día tras día el martirio escondido de una vida plenamente cristiana. Tener los mismos sentimientos que tú… Haz que así sea. A pesar de nuestra miseria, despierta en nuestro corazón los mismos deseos, las mismas ilusiones de amor que tiene el tuyo.

Así lograremos, también nosotros, la gloria de vencer, de ser exaltados junto a Cristo, gozar de su inmenso triunfo. Una vida nueva y distinta. Una esperanza viva y siempre abierta. Poder cantar jubilosos el himno de los vencedores, la marcha triunfal de los que reinarán eternamente en la Tierra Prometida por Dios.

2.- «Aclamad, justos, al Señor, que la palabra del Señor es sincera…» (Sal 32, 4) El cantor de Dios nos anima a que clamemos al Señor, le alabemos y le agradezcamos esa palabra suya tan persuasiva y sincera. Sí, es un motivo de agradecimiento y de gozo el saber que Dios nos habla. Él, bondad y perfección infinita, se digna dirigirnos la palabra. Salva la infinita distancia que existe entre la criatura y el Creador y, abajándose hasta nuestra pequeñez, nos habla, nos hace llegar con nuestras mismas palabras los tesoros inmensos que guarda en su corazón.

En la liturgia es un rasgo que se repite en todas las ceremonias en las que se haga una lectura de la Escritura Santa. Al final el lector dice que aquello que ha leído es Palabra de Dios, o del Señor. Los oyentes contestan siempre: Te alabamos, Señor, o gloria a Ti, Señor. Así se hace un acto de fe en esa palabra que, aunque escrita y leída por un hombre, nos viene del mismo Dios.

Palabra divina que nunca engaña. Palabra sincera que se diferencia profundamente de la palabra de un hombre. Esta es falible muchas veces, por mala intención o sencillamente por ignorancia. Dios, en cambio, nunca se engaña ni nos engaña. Su palabra es la misma verdad, luz que ilumina el camino mejor que podemos recorrer durante nuestra vida en la tierra.

«Los ojos del Señor está puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia» (Sal 32, 18) La palabra sincera y fiel de Dios es siempre una palabra interpelativa. Él, siempre que nos habla, espera una respuesta adecuada, verdadera. Así, pues, sólo con sinceridad podemos corresponder al Señor, sólo con una actitud de fidelidad y autenticidad.

Si nos esforzamos por serles fieles, entonces el Señor pondrá sus ojos en nosotros, es decir, nos mirará con agrado y nos ayudará continuamente en nuestro vivir de cada día… Su cercanía protectora nos acompañará incluso más allá de la muerte, que será sólo un instante de cruce, un corto tránsito de las tinieblas y el sufrimiento hacia la luz y la alegría. Decididos a rectificar y a ser fieles de aquí en adelante, digamos con el salmista que confiamos en la promesa de Dios, que lo esperamos todo de él, nuestro auxilio y nuestro escudo. Tratemos de corresponder día a día, momento a momento, a sus gratas exigencias de amor que nunca muere, con una fidelidad que nada ni nadie pueda relajar.

3.- «Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote…» (Hb 4, 14) Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote que ha realizado, de una vez por todas, la redención de nuestras almas. Él ha entrado en el santuario mismo de los cielos y ha ofrecido su propia sangre como holocausto perfecto… Esta realidad formidable de nuestra redención por los sufrimientos de Cristo, ha de mantenernos firmes en la confesión valiente de nuestra fe.

Firmes y fuertes, transidos por la luz de Dios. A nuestro alrededor habrá flaqueza, vacilación, tinieblas. Y muchos ocultarán su fe, o renegarán de ella o, lo que es peor, la deformarán. Intentarán plegar sus creencias a las ideas de moda, se conformarán con las exigencias de este siglo y cambiarán la forma de vivir y de pensar. Y en lugar de la fe teologal tendrán unas creencias humanas, que ya no merecen llamarse fe… Ante esta coyuntura hemos de ser fuertes, constantes, consecuentes con nuestra fe. Y confesarla con decisión, con valentía, sin miedo a ser llamado retrógrado, integrista o lo que sea. La fe es algo muy serio para andar con titubeos o concesiones absurdas.

«Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia…» (Hb 4, 16) Permanece fiel hasta la muerte y recibirás la corona de la vida. Así dice San Juan en el Apocalipsis. Y es que sólo quienes participan en la lucha tienen derecho a participar en la victoria… A quien me confesare delante de los hombres, dijo Cristo, yo lo confesaré ante mi Padre que está en los cielos.

Por eso nos acercamos seguros al trono de la gracia de Dios, porque permanecemos fieles a la fe de nuestros padres. Esa fe que aprendimos en los viejos catecismos; la fe tradicional que arranca de los primeros tiempos y se ha mantenido intacta a través de los siglos, custodiada y explicada, bajo la luz del Espíritu de Dios, por nuestra Madre la Iglesia, que otra vez compendia su fe y su moral en el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica.

Por el contrario, los que quieren inventar un credo nuevo, los que intentan descubrir una iglesia nueva y distinta, esos están inseguros, vacilantes, problematizados, acomplejados, caminando a tientas, empeñados en desbrozar un camino nuevo, olvidados de que el camino ya está descubierto, abierto, limpio y claro, un camino llamado Cristo.

4.- «Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan…» (Mc 10, 45) Qué atrevidos son los jóvenes, qué osadía suelen tener. Eso explica, aunque no justifique, la actuación de los hijos de Zebedeo. Juan desde luego era muy joven, y probablemente también lo sería su hermano Santiago. Ante el estupor y la indignación de los demás apóstoles, «los hijos del trueno» se atreven a pedir al Maestro los primeros puestos en el Reino, ocupar como principales ministros del gran Rey los sitiales de la derecha y el de la izquierda.

«No sabéis lo que pedís -les recrimina Jesús-, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?». Ellos contestaron sin vacilar: «¡Podemos!” El Maestro debió sonreír ante aquellos nobles deseos tan llenos de ingenuidad. Jesús, como siempre, les habla con claridad de las dificultades que supone el seguirle: Beberéis mi cáliz, sufriréis por amor a mí, pero esos puestos ya están reservados para otros.

Al parecer, esa contestación no les desanima en su afán de seguir a Jesucristo y continuarán cerca de él, amándole con toda el alma, sirviéndole hasta el fin de sus vidas, abriendo y cerrando la serie de los doce apóstoles que morirán en servicio del Evangelio. Así, Santiago el Mayor será el primero en morir, mientras que Juan será el último del Colegio Apostólico que morirá, dando testimonio de lo que vio hasta el momento final de su vida, bebiendo día a día, sorbo a sorbo, aquel cáliz de gozo y de dolor que el Señor les había prometido.

La atrevida petición de los hijos de Zebedeo da pie al Maestro para enseñar a los Doce, y a cada uno de nosotros, que en el Reino de Dios no se puede buscar la gloria y el honor de la misma forma a como se consigue en los reinos de acá abajo, en que los ambiciosos, o los malvados sin escrúpulos, suelen escalar hasta la cima de los primeros puestos, para aprovecharse luego de los demás y enriquecerse a costa de unos y de otros. En el Reino de Dios para triunfar hay que humillarse antes, para llegar a reinar con Cristo primero hay que pasarse la vida sirviendo.

«El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos». Esa es la doctrina sublime y misteriosa del divino Maestro. No hay otro camino ni otra fórmula. Ese es el itinerario que Cristo, nuestro Dios y Señor ha marcado con su misma vida. Él, siendo quien era, no consideró codiciable su propia grandeza divina y se despojó de su rango hasta hacerse un hombre más. Incluso, dentro de su condición humana, tomó la forma de siervo y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Su humillación fue suprema y única, un camino claro, decidido y generoso para que nosotros lo recorramos con abnegación y con gozo.

Antonio García Moreno

Comentario – Sábado XXVIII de Tiempo Ordinario

(Lc 12, 8-12)

Jesús está pidiendo valentía para confesarlo sin echarse atrás, como anunciando las tremendas persecuciones que sufrirían luego los primeros cristianos. Pero para no echarse atrás primero hay que liberarse del temor, dando más importancia a lo que no puede ser eliminado por la espada y poniéndose en las manos de Dios que quiere lo mejor para nosotros (12, 47). En los versículos 8 y 9 hace una promesa: el que tenga la valentía de confesar que es discípulo de Cristo, sin pretender ocultarlo, será confesado ante los ángeles de Dios, lo cual significa la seguridad de alcanzar la vida eterna. Pero para eso no bastan las fuerzas humanas, es necesario dejarse llevar por el Espíritu Santo, y permitirle también que él haga nuestra defensa ante los perseguidores.

Y puesto que es el Espíritu Santo el que transforma nuestros corazones y nos permite cumplir la voluntad divina (Ez 36, 26-27), cuando rechazamos su acción interior nos autoexcluimos del perdón de Dios. Por eso este texto dice que quien blasfeme contra el Espíritu Santo no puede ser perdonado; esto significa que no podemos recibir el perdón mientras nosotros mismos lo rechacemos.

En Mc 3, 30 se nos indica claramente que, al mencionar este pecado contra el Espíritu Santo, Jesús «se refería a los que decían que estaba endemoniado». Así podemos precisar que la blasfemia contra el Espíritu Santo es la actitud del que se cierra a la acción del Espíritu poniendo como excusa que esa acción viene de Satanás; haciendo callar a Dios con excusas, con tal de no cambiar los propios planes. Este pecado contra el Espíritu Santo designa entonces al corazón cerrado que rechaza la Palabra de Dios, rechaza los signos de su amor, y en definitiva rechaza el perdón de Dios, y por eso no puede ser perdonado mientras persevere en esa actitud, ya que Dios no actúa en contra de las decisiones de la libertad humana. La iniciativa siempre es suya, y él nos da su gracia para que podamos responderle; pero hay una respuesta que debe brotar de nuestra libre aceptación.

Oración:

«Señor, no permitas que me avergüence de ti cuando me sienta amenazado por mi fe, impúlsame con tu Espíritu para que reconozca a Jesús ante los demás y pueda dar testimonio de su amor».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

El «Día de la Catolicidad»

1.- Todas las comunidades cristianas celebran hoy la Jornada Misionera Universal. Entre nosotros, esta Jornada es conocida como Domund, el “día de la catolicidad”. Y esta celebración se efectúa bajo el denominador común de “la caridad, alma de la misión”.

“Efectivamente, el amor que Dios nutre por cada persona, nos dice Benedicto XVI, constituye el núcleo de la experiencia y del anuncio del Evangelio, y todos cuantos lo acogen se convierten a su vez en testigos.

Benedicto XVI nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el amor como alma de la misión, amor que se manifiesta, sobre todo, en la donación de la propia vida, de tal manera que afirma: “La cruz es signo sorprendente de este amor. En la muerte de Cristo, en la cruz, se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical (…). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar”.

2. El mártir no es un extraño para nosotros. Sabemos quién es y logramos captar su personalidad y su significado histórico; sin embargo, con frecuencia, su imagen parece evocar en nosotros un mundo que no es ya el nuestro. Aparece como un personaje lejano, relegado a épocas y períodos históricos que pertenecen al pasado y que tan sólo la memoria litúrgica nos lo propone de nuevo en el culto cotidiano.

El mártir, en la acepción que hoy tiene, es aquel que da su propia vida por la verdad del Evangelio. En este sentido es muy expresivo un texto de Orígenes: “Todo el que da testimonio de la verdad, bien sea con palabras o bien con hechos o trabajando de alguna manera en favor de ella, puede llamarse con todo derecho testigo”.

Esta dimensión permite comprender plenamente el significado de los mártires en la historia en la vida de la comunidad cristiana. Mediante su testimonio, la Iglesia verifica que sólo a través de este camino se puede hacer plenamente creíble el anuncio del evangelio.

3. El evangelista nos describe a Cristo marchando delante de los apóstoles camino de Jerusalén, anunciándoles por tercera vez: “Vamos a Jerusalén. El Hijo del Hombre tiene que sufrir y padecer, va a morir a manos de los enemigos y al tercer día resucitará.”

“¡Va adelante!” Contemplemos qué rasgos los de san Marcos, como quien lleva prisa, como quien va marcando el camino a todos los que le acompañan, como señalando a los apóstoles, que son su Iglesia, cuál debe ser también el camino de ellos: Ir felices a la vocación de sufrimiento, de persecución, de testimonio, de martirio. Este es el destino de la Iglesia, igual que el de Cristo.

Cristo, que ya ha leído la intimidad de los corazones de sus discípulos, les dice que la expresen. Ellos le dicen: “Maestro, queremos que nos concedas sentarnos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”.

Jesús les replica: “No sabéis lo que pedís, ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo voy a beber?” Es una expresión oriental para decir: “¿Podéis asumir la tribulación, el martirio que yo voy a asumir? ¿Podéis ser bautizados con el bautismo con que voy a ser bautizado?”

En sentido original bautismo es sumergirse, es el bautismo por inmersión, meterlo en una poza y sacarlo. Bautizarse, en este sentido, quiere decir que Cristo va a sumergirse en el mar del sufrimiento. Ellos le contestan: “Sí, podemos beber este cáliz y sumergirnos en ese mar.”

Entonces Jesús les promete una participación en la pasión expiatoria de la cruz. Después, tras haber enseñado de nuevo a los discípulos que el poder del mundo no debe tener ningún valor para ellos, sino que deben buscar siempre el servicio a los demás, les habla de su propio servicio: “Dar su vida en rescate por todos.”

Cristo les dice: “Pues, beber el cáliz y sufrir sí va a suceder.” Pero lo que vosotros pedís: Esa gloria de un poder político, esa vanidad que inspira vuestros corazones, eso no depende de mí. Ya está determinado, en el designio de Dios, la vocación.

4. Analizando aquel anhelo y aquella enmienda, dice unas palabras muy sabias: “Los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” ¡Esta es la misión de la Iglesia!

Misión que sigue un camino en pos de Cristo desinteresadamente y que como Cristo, debe decir: “No he venido a buscar ventajas, honores, cosas que solamente adulan el paladar de la vanidad. He venido a servir.”

Por eso, el profeta Isaías nos presenta a Cristo como el “siervo”, el “siervo de Dios” que sufre por los demás, el que va a servir, y dando su vida es la muestra más grande del servicio.

El profeta Isaías, nos revela que el que se mete a redentor muere crucificado, como dice el refrán, pero que Dios se ha comprometido a hacer triunfar la causa de quienes han dado su vida por el pueblo.

Esta es la vocación de la Iglesia: Vocación de servicio. Vocación de padecer, e incluso vocación de martirio, por los demás. Y una muerte dolorosa para pagar los pecados de los hombres: En sus sufrimientos quedaron pagados todos los crímenes del pueblo.

Qué hermosa figura para ver, desde ese Cristo muerto en la cruz, toda la sangre derramada por el hombre; y mirar cómo en la muerte se expresa, precisamente, el crimen del hombre, el pecado. “Por los pecados del pueblo, muere.”

Antonio Díaz Tortajada

Los primeros en el Domund

1.- Celebrando el V Centenario de San Francisco Javier, patrón de las misiones junto con Santa Teresita del Niño Jesús, en el Día del Señor, el DOMUND –un año más- llama con fuerza a las puertas de nuestra generosidad cristiana.

Pedir, el puesto a la derecha o a la izquierda del Señor, no es cosa nuestra (aunque, por pedir, que no quede¡) Por el contrario, el estar en primera línea, a la hora de evangelizar trabajando para que el nombre de Jesús sea conocido, bendecido y celebrado, si que está a nuestro alcance: en la mano de todos los cristianos, de multitud de católicos que quieren ser grandes, pero al estilo de Jesús. Hoy, en concreto, apoyando con la oración y económicamente las iniciativas que los misioneros promueven y mantienen en diversas latitudes de nuestro mundo.

–Ser servidores implica, por ejemplo en este día del Domund, sentirnos misioneros desde la distancia, pero afectivamente cercanos con el corazón, con aquellos hombres y mujeres que –desde su pequeñez- son gigantes porque llevan, junto con el pan de cada día, la gran noticia del Evangelio.

–Ser servidores, como el evangelio de hoy indica, es sentirnos solidarios con aquellos que, como San Francisco Javier, siguen siendo testigos de la gran misión que Jesús encomendó a sus apóstoles:¡ Id y predicad; id y bautizad!

Hoy, desgraciadamente, asistimos a una escalada o lucha desmesurada por el ascenso en los puestos profesionales. La mayoría de la personas “anhelan” estar a la derecha o a la izquierda del jefe (y no precisamente de Dios). ¡Cuánto más cerca del que manda….mejor que mejor! Y, si luego, es para mandar a los demás ¡tres veces hurra!

Es bueno recordar aquella parábola en la que, un sacerdote, decidió pintar una ermita, y colocó encima de un caballo todas las imágenes para protegerlas de posibles daños. Camino de la parroquia, y al pasar por diversas calles, las mujeres y los hombres de pueblo se arrodillaban. El caballo, al sentirse tan importante, objeto de adoración, dio tal salto que se desprendió de todos los santos que llevaba encima.

El evangelio, por el contrario, nos alerta: quien quiera ser grande, que empiece por ser pequeño. A ir contracorriente. A no pretender aquello que no le corresponde. A no vivir sumido en sueños inalcanzables. A no estar acomodado o bien situado.

El Domund, entre otras cosas, es el mundo al revés. Donde explota la pobreza, los misioneros, plantan la esperanza; donde existe riqueza, los misioneros alientan la caridad; donde aflora la injusticia, los misioneros propugnan un equitativo reparto de los bienes. Donde no aparece Dios, los misioneros ( y esa es la novedad que llevan consigo) pregonan y son testigos de un Jesucristo que sigue vivo, operativo en su iglesia y salvación de todos los hombres.

2.- Pretender reducir, la vida de nuestros misioneros, a una simple labor humanitaria sería traicionar al sentido evangélico, la vocación a la cual se sintieron llamados. Oración y trabajo, anuncio y servicio, justicia y evangelio, Dios y hombre, paz y pan, son entre otros, vías paralelas que son irrenunciables, complementarias y que constituyen la grandeza y el rostro mejor, de aquellos que son felices anunciando a Jesucristo muerto y resucitado.

Ellos, los misioneros, son así. Disfrutan (no tanto soñando con un puesto junto a Dios) sino cumpliendo la voluntad de Dios y anunciándolo de balde allá donde la iglesia los ha enviado.

Mientras tanto, nosotros que estamos mejor situados económicamente, no podemos cerrar los ojos y mucho menos los bolsillos, ante la segunda interpelación de ésta jornada: nuestra aportación económica será exponente de que, Dios, sigue siendo importante en nuestra vida y que, además, queremos que lo sea en la vida de otras personas.

Ojala, ante el Señor, digamos: concédenos ser los primeros en generosidad; los primeros en sensibilidad misionera; los primeros en dar a conocer tu nombre; los primeros en valorar la labor impresionante de nuestros misioneros, etc.

No estará de más, por lo menos, pedirlo con sinceridad. Entre otras cosas porque, podemos correr el riesgo de olvidar que, también desde aquí, como San Francisco Javier podemos ser testigos y maestros de la misión: anunciado a Jesucristo y facilitando medios para las misiones católicas.

3.- ¿QUIERO SER EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO?

¿El primero en exigir y el último en ofrecer?
¿El primero en soñar, y el último en trabajar?
¿El primero en aspirar, y el último en superarme?
¿El primero en dudar, y el último en creer?
¿El primero en ser servido, y el último en ayudar?
¿PRETENDO SER EL PRIMERO y EL ÚLTIMO?
¿El primero en cerrar la mano, y el último en abrirla?
¿El primero en anhelar grandezas, y el último en ser sencillo?
¿El primero en humillar, y el último en ser humillado?
¿El primero en mirar a otro lado, y el último en salir al paso?
¿El primero en mandar, y el último en obedecer?
¿SOY EL PRIMERO y EL ÚLTIMO?
¿Soy el primero en ser recomendado, y el último en recomendar?
¿Soy el primero en vanidad, y el último en humildad?
¿Soy el primero en silenciar, y el último en anunciar?
¿Soy el primero en quejarme, y el último en sufrir?
¿Soy el primero en temor, y el último en valentía?

Como, los Zebedeos, también nosotros estamos llenos de defectos y de aspiraciones.

Lo malo, no es tenerlas, sino la falta de conciencia de lo que supone seguir a Jesús: beber el trago amargo de su cáliz (persecución, incomprensión, hostilidades o sacrificios)

Javier Leoz

Servir a Dios en el hermano

1.- «Servir a Cristo es reinar» decían los predicadores antiguos. Sigue siendo actual lo que encierra este pensamiento para definir lo que es un cristiano. Podíamos añadir algo más: «servir a Cristo en el hermano es reinar». Porque es fácil decir que amamos a Dios, pero lo que de verdad demuestra ese amor a Dios es el servicio al hermano necesitado. Lo que buscaban los hijos de Zebedeo eran los mejores puestos en el reino que Jesús prometía. No se habían dado cuenta en ese momento, lo descubrirán después, que sólo quien sirve merece entrar en el Reino que Jesús anuncia y establece. Es por esto por lo que el Papa se proclama a sí mismo como «siervo de los siervos de Dios».

2.- El siervo de Yahvé preconizado por Isaías se encarna en Jesús de Nazaret. El fue sometido al tormento y a la humillación como expiación por todos nosotros. Fue llevado como oveja al matadero, enmudecía y no abría la boca. Pero así «justificará a muchos», asumiendo nuestros crímenes. El que no había cometido pecado cargó con nuestros pecados, se convierte en el sumo sacerdote que alcanza con su sacrificio y entrega la gracia que necesitamos. Por pura gracia estamos salvados, dirá el Apóstol. El momento supremo de esta entrega coincide con el anonadamiento de la cruz, el cáliz que tuvo que beber, haciéndose esclavo de todos. No hay mayor demostración de humildad que contemplar al propio Hijo de Dios tomar la condición de siervo para rescatar a todos. ¿Cómo podemos dudar del efecto que produce su entrega, cómo podemos pensar que la salvación depende de nuestros méritos si ya estamos salvados?

3.- Cuentan que un ciego y un cojo tenían que llegar a una ciudad antes de que anocheciera y se acabaran sus provisiones. El ciego cargó sobre sus hombros al cojo, mientras éste le iba indicando el camino a seguir. Hubo un momento en que se cansaron y el ciego acusó al cojo de que no hacía nada, pues todo el peso tenía que soportarlo él. El cojo se sintió ofendido por las palabras que había escuchado y su amor propio le decía que podía prescindir de la ayuda del ciego, pues tarde o temprano llegaría al final del camino. Por un momento cada uno decidió actuar por su cuenta, pero pronto se dieron cuenta de que les iba a ser imposible llegar a la meta. Decidieron ayudarse de nuevo, y los dos llegaron al final del trayecto antes de que la oscuridad cubriera la tierra y contentos de haberse ayudado mutuamente. La verdad es que todos nos necesitamos, pues todos hemos recibido de Dios unos dones para ponerlos al servicio de los demás. Quien no vive para servir, no sirve para vivir. Es el espíritu de servicio y no la búsqueda del poder y del prestigio lo que nos debe distinguir como seguidores de Jesús. Así lo entendió la madre Teresa de Calcuta, quien en una bella oración expresaba este pensamiento: «¿Lo que me hace más feliz? Ser útil a los demás». Ella, que dio su vida en servicio de los más pobres de los pobres recomendaba a sus monjas que había que «dar sí, pero con alegría». De esta manera el regalo sería doble. En este día del Domund, recordemos a Francisco Javier. Han pasado 500 años desde su nacimiento, pero su ejemplo sigue siendo actual. El entregó su vida a la causa de Jesús y a su Evangelio. Todos debemos ser misioneros en nuestro entorno concreto, debemos ser mensajeros del amor de Dios y maestros en el arte de servir al más necesitado.

José María Martín OSA

Son grandes, aunque no lo sepan

Nunca viene su nombre en los periódicos. Nadie les cede el paso en lugar alguno. No tienen títulos ni cuentas corrientes envidiables, pero son grandes. No poseen muchas riquezas, pero tienen algo que no se puede comprar con dinero: bondad, capacidad de acogida, ternura y compasión hacia el necesitado.

Hombres y mujeres del montón, gentes de a pie a los que apenas valora nadie, pero que van pasando por la vida poniendo amor y cariño a su alrededor. Personas sencillas y buenas que solo saben vivir echando una mano y haciendo el bien.

Gentes que no conocen el orgullo ni tienen grandes pretensiones. Hombres y mujeres a los que se les encuentra en el momento oportuno, cuando se necesita la palabra de ánimo, la mirada cordial, la mano cercana.

Padres sencillos y buenos que se toman tiempo para escuchar a sus hijos pequeños, responder a sus infinitas preguntas, disfrutar con sus juegos y descubrir de nuevo junto a ellos lo mejor de la vida.

Madres incansables que llenan el hogar de calor y alegría. Mujeres que no tienen precio, pues saben dar a sus hijos lo que más necesitan para enfrentarse confiadamente a su futuro.

Esposos que van madurando su amor día a día, aprendiendo a ceder, cuidando generosamente la felicidad del otro, perdonándose mutuamente en los mil pequeños roces de la vida.

Estas gentes desconocidas son los que hacen el mundo más habitable y la vida más humana. Ellos ponen un aire limpio y respirable en nuestra sociedad. De ellos ha dicho Jesús que son grandes porque viven al servicio de los demás.

Ellos mismos no lo saben, pero gracias a sus vidas se abre paso en nuestras calles y hogares la energía más antigua y genuina: la energía del amor. En el desierto de este mundo, a veces tan inhóspito, donde solo parece crecer la rivalidad y el enfrentamiento, ellos son pequeños oasis en los que brota la amistad, la confianza y la mutua ayuda. No se pierden en discursos y teorías. Lo suyo es amar calladamente y prestar ayuda a quien lo necesite.

Es posible que nadie les agradezca nunca nada. Probablemente no se les harán grandes homenajes. Pero estos hombres y mujeres son grandes porque son humanos. Ahí está su grandeza. Ellos son los mejores seguidores de Jesús, pues viven haciendo un mundo más digno, como él. Sin saberlo, están abriendo caminos al reino de Dios.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado XXVIII de Tiempo Ordinario

Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. ¡Cuánto me gustaría creerme por completo estas palabras de Jesús , y no preocuparme de lo que tengo que decir (sobre todo, si lo tengo que decir en ruso…) Bromas aparte, tuve un compañero de Noviciado en Loja (Granada, España) de República Dominicana, que se tomaba estas palabras al pie de la letra. De hecho, casi no preparaba las reuniones de catequesis, porque el Espíritu Santo os enseñará lo que tenéis que decir…

Los mártires de los primeros siglos sí entendían estas palabras. Ellos vivían en una sana tensión, esperando la venida de Jesús, y por eso se esforzaban en ser coherentes. Y precisamente por eso, porque eran coherentes, porque su vida y sus palabras estaban entrelazadas, sabían lo que tenían que decir. No vivían en compartimentos estancos. Incluso ante los verdugos. Y más de uno tuvo oportunidad, casi seguro, de dar testimonio, sin abogado defensor y sin derecho al Habeas Corpus.

El sábado es el día que, tradicionalmente, se dedica al recuerdo más concreto de María. Mujer de pocas palabras, pero precisas. Y de grandes obras. Nosotros hablamos y hablamos y hablamos, enviamos SMS, redactamos correos, vemos la tele, oímos la radio… Cada día, miles y miles de palabras salen de nuestros labios o llegan a nuestros oídos. ¿De qué hablamos? ¿Qué escuchamos? ¿Se nota que somos cristianos, también en esta faceta de nuestra vida?

Dejando de lado los momentos en que no queda más remedio que hablar del tiempo (ascensores, salas de espera, colas en la compra…), siempre hay ocasiones para dar testimonio. Con las palabras, pero sobre todo con las obras. Al volante (si conduces), en las aulas (si estudias), en el trabajo, ¿cómo eres? Porque no estamos hablando de dar testimonio en el día del Juicio Final (entonces será un pelín tarde), sino en el día a día, en nuestra vida ordinaria. Ahí se ve cómo está nuestra fe. E igual que se puede pecar de pensamiento, palabra, obra y omisión, también podemos dar testimonio de muchas maneras.

Abrahán creyó. Santa María creyó. ¿Y tú?

Ciudad Redonda