Los primeros en el Domund

1.- Celebrando el V Centenario de San Francisco Javier, patrón de las misiones junto con Santa Teresita del Niño Jesús, en el Día del Señor, el DOMUND –un año más- llama con fuerza a las puertas de nuestra generosidad cristiana.

Pedir, el puesto a la derecha o a la izquierda del Señor, no es cosa nuestra (aunque, por pedir, que no quede¡) Por el contrario, el estar en primera línea, a la hora de evangelizar trabajando para que el nombre de Jesús sea conocido, bendecido y celebrado, si que está a nuestro alcance: en la mano de todos los cristianos, de multitud de católicos que quieren ser grandes, pero al estilo de Jesús. Hoy, en concreto, apoyando con la oración y económicamente las iniciativas que los misioneros promueven y mantienen en diversas latitudes de nuestro mundo.

–Ser servidores implica, por ejemplo en este día del Domund, sentirnos misioneros desde la distancia, pero afectivamente cercanos con el corazón, con aquellos hombres y mujeres que –desde su pequeñez- son gigantes porque llevan, junto con el pan de cada día, la gran noticia del Evangelio.

–Ser servidores, como el evangelio de hoy indica, es sentirnos solidarios con aquellos que, como San Francisco Javier, siguen siendo testigos de la gran misión que Jesús encomendó a sus apóstoles:¡ Id y predicad; id y bautizad!

Hoy, desgraciadamente, asistimos a una escalada o lucha desmesurada por el ascenso en los puestos profesionales. La mayoría de la personas “anhelan” estar a la derecha o a la izquierda del jefe (y no precisamente de Dios). ¡Cuánto más cerca del que manda….mejor que mejor! Y, si luego, es para mandar a los demás ¡tres veces hurra!

Es bueno recordar aquella parábola en la que, un sacerdote, decidió pintar una ermita, y colocó encima de un caballo todas las imágenes para protegerlas de posibles daños. Camino de la parroquia, y al pasar por diversas calles, las mujeres y los hombres de pueblo se arrodillaban. El caballo, al sentirse tan importante, objeto de adoración, dio tal salto que se desprendió de todos los santos que llevaba encima.

El evangelio, por el contrario, nos alerta: quien quiera ser grande, que empiece por ser pequeño. A ir contracorriente. A no pretender aquello que no le corresponde. A no vivir sumido en sueños inalcanzables. A no estar acomodado o bien situado.

El Domund, entre otras cosas, es el mundo al revés. Donde explota la pobreza, los misioneros, plantan la esperanza; donde existe riqueza, los misioneros alientan la caridad; donde aflora la injusticia, los misioneros propugnan un equitativo reparto de los bienes. Donde no aparece Dios, los misioneros ( y esa es la novedad que llevan consigo) pregonan y son testigos de un Jesucristo que sigue vivo, operativo en su iglesia y salvación de todos los hombres.

2.- Pretender reducir, la vida de nuestros misioneros, a una simple labor humanitaria sería traicionar al sentido evangélico, la vocación a la cual se sintieron llamados. Oración y trabajo, anuncio y servicio, justicia y evangelio, Dios y hombre, paz y pan, son entre otros, vías paralelas que son irrenunciables, complementarias y que constituyen la grandeza y el rostro mejor, de aquellos que son felices anunciando a Jesucristo muerto y resucitado.

Ellos, los misioneros, son así. Disfrutan (no tanto soñando con un puesto junto a Dios) sino cumpliendo la voluntad de Dios y anunciándolo de balde allá donde la iglesia los ha enviado.

Mientras tanto, nosotros que estamos mejor situados económicamente, no podemos cerrar los ojos y mucho menos los bolsillos, ante la segunda interpelación de ésta jornada: nuestra aportación económica será exponente de que, Dios, sigue siendo importante en nuestra vida y que, además, queremos que lo sea en la vida de otras personas.

Ojala, ante el Señor, digamos: concédenos ser los primeros en generosidad; los primeros en sensibilidad misionera; los primeros en dar a conocer tu nombre; los primeros en valorar la labor impresionante de nuestros misioneros, etc.

No estará de más, por lo menos, pedirlo con sinceridad. Entre otras cosas porque, podemos correr el riesgo de olvidar que, también desde aquí, como San Francisco Javier podemos ser testigos y maestros de la misión: anunciado a Jesucristo y facilitando medios para las misiones católicas.

3.- ¿QUIERO SER EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO?

¿El primero en exigir y el último en ofrecer?
¿El primero en soñar, y el último en trabajar?
¿El primero en aspirar, y el último en superarme?
¿El primero en dudar, y el último en creer?
¿El primero en ser servido, y el último en ayudar?
¿PRETENDO SER EL PRIMERO y EL ÚLTIMO?
¿El primero en cerrar la mano, y el último en abrirla?
¿El primero en anhelar grandezas, y el último en ser sencillo?
¿El primero en humillar, y el último en ser humillado?
¿El primero en mirar a otro lado, y el último en salir al paso?
¿El primero en mandar, y el último en obedecer?
¿SOY EL PRIMERO y EL ÚLTIMO?
¿Soy el primero en ser recomendado, y el último en recomendar?
¿Soy el primero en vanidad, y el último en humildad?
¿Soy el primero en silenciar, y el último en anunciar?
¿Soy el primero en quejarme, y el último en sufrir?
¿Soy el primero en temor, y el último en valentía?

Como, los Zebedeos, también nosotros estamos llenos de defectos y de aspiraciones.

Lo malo, no es tenerlas, sino la falta de conciencia de lo que supone seguir a Jesús: beber el trago amargo de su cáliz (persecución, incomprensión, hostilidades o sacrificios)

Javier Leoz