Servir a Dios en el hermano

1.- «Servir a Cristo es reinar» decían los predicadores antiguos. Sigue siendo actual lo que encierra este pensamiento para definir lo que es un cristiano. Podíamos añadir algo más: «servir a Cristo en el hermano es reinar». Porque es fácil decir que amamos a Dios, pero lo que de verdad demuestra ese amor a Dios es el servicio al hermano necesitado. Lo que buscaban los hijos de Zebedeo eran los mejores puestos en el reino que Jesús prometía. No se habían dado cuenta en ese momento, lo descubrirán después, que sólo quien sirve merece entrar en el Reino que Jesús anuncia y establece. Es por esto por lo que el Papa se proclama a sí mismo como «siervo de los siervos de Dios».

2.- El siervo de Yahvé preconizado por Isaías se encarna en Jesús de Nazaret. El fue sometido al tormento y a la humillación como expiación por todos nosotros. Fue llevado como oveja al matadero, enmudecía y no abría la boca. Pero así «justificará a muchos», asumiendo nuestros crímenes. El que no había cometido pecado cargó con nuestros pecados, se convierte en el sumo sacerdote que alcanza con su sacrificio y entrega la gracia que necesitamos. Por pura gracia estamos salvados, dirá el Apóstol. El momento supremo de esta entrega coincide con el anonadamiento de la cruz, el cáliz que tuvo que beber, haciéndose esclavo de todos. No hay mayor demostración de humildad que contemplar al propio Hijo de Dios tomar la condición de siervo para rescatar a todos. ¿Cómo podemos dudar del efecto que produce su entrega, cómo podemos pensar que la salvación depende de nuestros méritos si ya estamos salvados?

3.- Cuentan que un ciego y un cojo tenían que llegar a una ciudad antes de que anocheciera y se acabaran sus provisiones. El ciego cargó sobre sus hombros al cojo, mientras éste le iba indicando el camino a seguir. Hubo un momento en que se cansaron y el ciego acusó al cojo de que no hacía nada, pues todo el peso tenía que soportarlo él. El cojo se sintió ofendido por las palabras que había escuchado y su amor propio le decía que podía prescindir de la ayuda del ciego, pues tarde o temprano llegaría al final del camino. Por un momento cada uno decidió actuar por su cuenta, pero pronto se dieron cuenta de que les iba a ser imposible llegar a la meta. Decidieron ayudarse de nuevo, y los dos llegaron al final del trayecto antes de que la oscuridad cubriera la tierra y contentos de haberse ayudado mutuamente. La verdad es que todos nos necesitamos, pues todos hemos recibido de Dios unos dones para ponerlos al servicio de los demás. Quien no vive para servir, no sirve para vivir. Es el espíritu de servicio y no la búsqueda del poder y del prestigio lo que nos debe distinguir como seguidores de Jesús. Así lo entendió la madre Teresa de Calcuta, quien en una bella oración expresaba este pensamiento: «¿Lo que me hace más feliz? Ser útil a los demás». Ella, que dio su vida en servicio de los más pobres de los pobres recomendaba a sus monjas que había que «dar sí, pero con alegría». De esta manera el regalo sería doble. En este día del Domund, recordemos a Francisco Javier. Han pasado 500 años desde su nacimiento, pero su ejemplo sigue siendo actual. El entregó su vida a la causa de Jesús y a su Evangelio. Todos debemos ser misioneros en nuestro entorno concreto, debemos ser mensajeros del amor de Dios y maestros en el arte de servir al más necesitado.

José María Martín OSA