Homilía – Domingo XXX de Tiempo Ordinario

1

El final está ya a la vista

La escena del evangelio de hoy sucede al salir de Jericó, camino de Jerusalén.

Marcos reúne en estos últimos capítulos varios episodios y discusiones, cada vez más agresivas, en el único viaje que él describe de Jesús a Jerusalén, aunque sabemos por Juan y Lucas que fue varias veces a la capital.

Todo tiene aquí color mesiánico: si el ciego Bartimeo le grita con un título mesiánico, «Hijo de David», Jesús ya no le reprende, ni manda que guarden el «secreto mesiánico», como en anteriores ocasiones. La muerte está a las puertas. El gesto simbólico de la higuera estéril también declara abiertamente que ese árbol es el pueblo de Israel, que no acoge al Mesías enviado por Dios.

 

Jeremías 31, 7-9. Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos

Jeremías fue un profeta al que le tocó hablar en nombre de Dios en tiempos calamitosos para su pueblo. Tuvo que anunciar muchas veces las desgracias que se habían merecido por su pecado.

Pero hoy leemos, ya en sus últimos capítulos, una página esperanzadora, la vuelta de los israelitas del destierro: «el Señor ha salvado a su pueblo», «os traeré del país del Norte», «seré un padre para Israel».

Además, dice explícitamente que en la multitud que retornará habrá «ciegos y cojos». Es lo que prepara más explícitamente la curación del ciego que realizará Jesús, según leeremos en el evangelio.

También el salmo tiene un color optimista: «cuando el Señor cambió la suerte de Sión», «al ir, iban llorando; al volver, vuelven cantando». En verdad pueden decir los creyentes del pueblo elegido: «el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres».

 

Hebreos 5, 1-6. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec

Para destacar la neta superioridad del sacerdocio de Cristo en relación al sacerdocio de la antigua Alianza, la que se concentraba en el Templo de Jerusalén, el autor de la carta describe ante todo -y es lo que leemos hoy- las características de estos sacerdotes.

Un sacerdote es un hombre que «representa a los hombres en el culto a Dios, y ofrece dones y sacrificios» en nombre de todos. Hombre como es, «envuelto en debilidades» él mismo, debe «comprender a los extraviados», y además «tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados», antes que por los del pueblo.

Eso sí, nadie puede arrogarse el honor del sacerdocio por su cuenta. Aarón fue nombrado. En el AT los sacerdotes recibían el ministerio por una sucesión familiar, dentro de la tribu de Leví. Cristo recibió el sacerdocio del mismo Dios, no de manos humanas: «Tú eres sacerdote eterno».

Se compara este sacerdocio con el de Melquisedec, personaje misterioso que aparece en la historia de Abrahán.

 

Marcos 10, 46-52. Maestro, haz que pueda ver

A la salida de Jericó, ya casi a las puertas de Jerusalén, sucede la milagrosa curación del ciego Bartimeo.

Marcos hace de la escena un relato vivo, dinámico, lleno de detalles: el ciego que está en la cuneta del camino, pidiendo limosna; oye la multitud que pasa, se entera que es Jesús y empieza a gritar: «Hijo de David, ten compasión de mí», y a pesar de que le regañan para que se calle, él grita más fuerte. Jesús se detiene, manda que le llamen. Alguien se acerca al ciego y le anima a que se acerque. Él suelta el manto, da un salto y se acerca a Jesús. El diálogo es breve y dinámico: «¿qué quieres que haga por ti?», «Maestro, que pueda ver». Jesús le cura devolviéndole la vista y le dice: «anda, tu fe te ha curado», unas palabras muy parecidas a las que había dicho a la mujer enferma de hemorragias. Y el ciego «lo seguía por el camino». Aquí no hay ninguna orden de que se callen. No hay rastro del «secreto mesiánico». Ya es inminente el final.

El que se conserve el nombre de Bartimeo se debe tal vez que luego fue uno de los discípulos conocidos de la primera generación.

2

Dios devuelve la vista a los ciegos

Lo que había prometido Dios, según Jeremías, de que haría volver al pueblo, con gran gozo, del destierro, incluidos los «ciegos y los cojos», se cumple en Jesús.

Lo de devolver la vista a los ciegos ya se anunciaba, sobre todo en Isaías, como uno de los signos mesiánicos. Por eso los cuatro evangelistas narran episodios de curación de ciegos. Es uno de los «signos» más expresivos de la salvación que viene a traer el Mesías enviado por Dios.

Es triste el destino de los ciegos. Su ceguera, su tiniebla continuada, el abandono que solían padecer en la sociedad, que les obligaba casi siempre a la vida de mendicantes, era un vivo retrato de la miseria humana y de la marginación social.

Pero esta ceguera de los ojos del cuerpo es símbolo de otras clases de ceguera. Hay personas que gozan de muy buena vista física, pero se puede decir que están ciegas espiritualmente. Esa parece ser la intención de que Marcos sitúe este milagro en medio de otras escenas que subrayan la incredulidad de los judíos y la torpeza de entendederas de los apóstoles. Otros que se creían con más vista, no siguieron a Jesús. Bartimeo, sí.

Un poco nos podemos sentir todos representados por Bartimeo. Como cuando vamos al oculista a hacernos un chequeo de nuestra vista, hoy podemos reflexionar sobre cómo va nuestra vista espiritual. ¿No se podría decir que estamos ciegos, porque no acabamos de ver lo que Dios quiere que veamos, o que nos conformamos con caminar por la vida entre penumbras, cuando tenemos cerca al médico oculista, Jesús, la Luz del mundo? Tendríamos que hacer nuestra la oración del ciego de Jericó: «Maestro, que pueda ver».

En el acto penitencial con que empezamos la Eucaristía, también nosotros cantamos cada vez la misma invocación que gritaba Bartimeo: «Jesús, ten compasión de mí». Todos tenemos algún mal del que tendríamos que «gritar» a Jesús que nos libere.

 

¿Ayudamos nosotros a los que lo necesitan?

También podemos dejarnos interpelar por la escena del evangelio en el sentido de cómo tratamos a los ciegos que están a la vera del camino, buscando, gritando su deseo de ver. Hay muchas personas, jóvenes y mayores, que no encuentran sentido a la vida y que pueden dirigirse a nosotros, los cristianos, por si les podemos dar una respuesta a sus preguntas.

¿Somos de los que se molestan por esos gritos, porque siempre resulta incómodo el que pide o el que formula preguntas? ¿o nos acercamos a la persona y la conducimos a Jesús, diciéndole amablemente: «ánimo, levántate, que te llama»?

Jeremías ayudó a sus contemporáneos, tanto cuando les avisaba de los males que les iba a traer el deterioro de su fe como cuando les anunció el final del destierro y la bondad salvadora de Dios.

Jesús se detuvo, al oír los gritos del pobre ciego. Siempre tenía tiempo para los que le necesitaban. Sus discípulos muchas veces perdían la paciencia, con los niños o con este mendicante que gritaba. Él, no.

¡A cuántos ha ayudado la comunidad de Jesús a lo largo de la historia a encontrar la paz y el camino, recobrando la vista! ¡A cuántos ha anunciado la Buena Noticia del amor de Dios!

Cristo es la Luz del mundo. Pero también nos encargó a nosotros que fuéramos luz y que esa lámpara alumbre a otros, para que no tropiecen y vean el camino. ¿A cuántos hemos ayudado a ver, a cuántos hemos podido decir que se levanten y que acudan a Cristo Jesús?

El encargo va también para nosotros: «llamadlo». No le dejéis tirado en la cuneta. Decidle que estoy pasando. Los cristianos debemos ser evangelizadores. ¿Está ciego el mundo?  ¡Llamadlo! Gritadle, si es el caso. No os canséis. Echadle una mano, dadle ánimos: «ánimo, levántate, que te llama».

 

El sacerdote, mediador

El autor de la carta a los Hebreos, entrando en el tema central, quería, sobre todo, subrayar que Jesús es el Sumo Sacerdote, superior en todo a los sacerdotes que actuaban en el Templo. Eso lo escucharemos el domingo próximo. De momento, hoy describe la identidad de un sacerdote.

Un sacerdote es mediador entre Dios y los hombres. No se ha arrogado él mismo ese título. Aarón fue nombrado por Moisés, y los sacerdotes del AT iban heredando familiarmente ese ministerio, dentro de la tribu de Leví. Nosotros añadiríamos ahora que un sacerdote cristiano tampoco se da a sí mismo el ministerio, sino que lo nombra la Iglesia, por manos de su Obispo.

El mismo Jesús, que no pertenecía a una familia sacerdotal, fue nombrado Sacerdote, no ciertamente por manos humanas, sino por Dios: «Tú eres mi Hijo, tú eres sacerdote eterno». Y «según el orden de Melquisedec», el misterioso personaje -rey de Salem y sacerdote de Dios- que ofrece pan y vino a Abrahán: no perteneciente todavía, por tanto, al sacerdocio instituido de la tribu de Leví, y por eso mismo figura especial de Cristo.

Ahora bien, los sacerdotes del Templo, incluido el sumo sacerdote de turno, es elegido para que represente al pueblo ante Dios, ofreciéndole culto y peticiones y sacrificios en nombre de todos. Ofrecen estos sacrificios, ante todo, por sus propios pecados, porque «están envueltos en debilidades» igual que los demás.

Un sacerdote tiende puentes, un «pontífice», que debe estar unido tanto a los hombres como a Dios, porque representa a los hombres ante Dios y a Dios ante los hombres. Nosotros nos alegramos de tener un Sacerdote como Cristo, Hijo de Dios y hombre verdadero, que ha querido experimentar también nuestras debilidades, menos el pecado.

Pero a la vez somos conscientes que él ha querido hacernos partícipes de su sacerdocio a todos nosotros. Todos, por el Bautismo (y la Confirmación) hemos sido incorporados a su sacerdocio, o sea, a su misión mediadora, y somos portadores de la Buena Noticia de Dios a los demás (la misión evangelizadora) y de las súplicas y oraciones de la humanidad ante Dios (por ejemplo, en la Oración Universal de la Misa). Es lo que con entusiasmo expresa la introducción al Misal, hablando de todos los bautizados que formamos la Iglesia: «pueblo que ha recibido el llamamiento de presentar a Dios las peticiones de la familia humana; pueblo que, en Cristo, da gracias por el misterio de la salvación ofreciendo su sacrificio…» (IGMR 5).

Dentro de ese pueblo, todo él partícipe del sacerdocio mediador de Cristo, algunos han recibido una gracia especial en el sacramento del Orden, por manos del Obispo, ahora «ofrecen el sacrificio y presiden la asamblea del pueblo santo» IGMR 4).

Siempre que celebramos la Eucaristía, además de acoger nosotros mismos la Palabra salvadora de Dios y entrar en comunión con Cristo Jesús, somos invitados a ejercer este sacerdocio mediador, por ejemplo, en la Oración Universal, en la que presentamos a Dios las súplicas de toda la humanidad, y además somos invitados, también fuera de la celebración, a llevar al mundo la Buena Noticia del amor de Dios y la fuerza salvadora de Cristo.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B