Comentario – Martes XXIX de Tiempo Ordinario

(Lc 12, 35-38)

Este texto es una fuerte invitación a la vigilancia, es una exhortación a vivir intensamente, a no perder inútilmente el tiempo y las posibilidades de amar que nos brinda cada día. El ideal que se nos presenta aquí es el de dejar de sobrevivir, soportando las obligaciones y tratando sólo de gozar. Más que sobrevivir como se pueda se trata de vivir cada día a pleno, como si fuera el último, aun cuando tengamos que luchar y cansarnos. No es vivir en la superficialidad del placer pasajero o de la costumbre, sino en la entrega libre y gozosa de nuestra vida en el servicio a Dios y a los demás.

Este es en realidad el sentido fundamental del texto, ya que no se detiene a dar descripciones catastróficas, no le interesa anunciar cómo será el fin del mundo. Sólo nos recuerda que verdaderamente este día puede ser el último, porque el fin llegará a la hora menos pensada.

¡Cómo se simplificaría nuestra existencia, cómo nos preocuparíamos por las cosas realmente importantes si viviéramos cada día como si fuera el último! Porque es una posibilidad real; este día puede ser el último.

Viviendo bien cada día el corazón se hace fuerte para enfrentar lo que sea, aunque se trate del fin del mundo, porque no hay mejor manera de preparar el futuro, que vivir bien el presente, y no hay mejor manera de debilitarse y de arruinar el futuro, que vivir pendientes de él.

Sin embargo, hay que reconocer que este texto nos invita a la vigilancia, a la espera, a la vigilia con las lámparas encendidas. Pero se trata del amor que está siempre atento para reconocer al amado, para descubrir los signos de su presencia, para no dejar de ver los nuevos caminos que él va abriendo de manera que se produzca un nuevo encuentro. Porque el que ama siempre desea más y más del encuentro con el amado; el presente nunca es suficiente, hay sed de más: «Yo dormía, pero era mi corazón el que velaba» (Cantares 5, 2). Así será hasta que él aparezca clamando: «¡Levántate amada mía, y ven, hermosa mía» (2, 10).

Oración:

«Señor, ayúdame a descubrir el inmenso valor de este día, dame la gracia de descubrirlo como una inmensa oportunidad que me estás regalando para llegar a la profundidad de la vida, para entregarme a tu amor».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día