Comentario – Sábado XXIX de Tiempo Ordinario

(Lc 13, 1-9)

Los hombres asesinados, o muertos en catástrofes, no sufrieron esas situaciones terribles a causa de sus pecados, por el hecho de haber sido más pecadores que los que se libraron de esos sufrimientos. Así Jesús quiere explicar que Dios no está controlando los pecados de cada hombre para hacérselos pagar con sufrimientos proporcionados a la gravedad de esos pecados. Jesús niega la idea de un Dios que se dedique a medir lo que el hombre hace para castigarlo.

Ya en el libro de Job advertimos que los amigos de Job, que querían convencerlo de que él sufría por los pecados que había cometido (4, 7-8; 5, 17) no hablaron correctamente, mientras Job, que negaba ese mecanismo de castigo terreno (13, 7-9; 21, 30-31), dejaba a salvo la verdadera imagen de Dios. De hecho, Dios mismo dice a Elifaz y a los otros amigos acusadores: «Mi ira se ha encendido contra ti y contra tus dos amigos, porque no han dicho la verdad sobre mí, como mi siervo Job» (Job 42, 7).

Sin embargo, esa no es toda la verdad; Jesús también dice que el pecado no es inofensivo: «Si no se arrepienten acabarán como ellos». El pecado daña nuestra vida y hace que nuestra existencia termine mal, no porque Dios se dedique a castigarnos, sino por la propia fuerza destructiva y venenosa que tiene el pecado.

Cualquiera sabe que el que odia termina enfermándose y arruinando su vida de una forma o de otra, siempre termina siendo víctima de su propio veneno. Igualmente, el que se encierra en la búsqueda del placer termina probando la miseria de su propio egoísmo, arruina su vida no porque Dios le envía castigos, sino porque el mismo pecado debilita su corazón y toda su vida, lo hace vulnerable a todo tipo de males.

Sin embargo, con el ejemplo de la higuera Jesús indica que Dios ofrece una oportunidad para rehacer la vida enferma por el pecado.

Oración:

«Señor, protégeme para que el pecado no me domine, no dejes que caiga en las redes del mal y que mi vida se destruya por la fuerza seductora del pecado. Ayúdame a renacer Señor, con el poder de tu gracia, hazme fuerte frente a las tentaciones».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día