Lectio Divina – Sábado XXIX de Tiempo Ordinario

1.- Oración introductoria.

Señor, te pido que me enseñes en esta oración a descubrir lo que verdaderamente piensas sobre el dolor y el sufrimiento humano. Es inmenso y cada día hay mucha violencia y mueren víctimas inocentes y torres de Siloé que  caen y aplastan a muchos hermanos nuestros. Estamos envueltos en accidentes, enfermedades, guerras, muertes… Estos son, Jesús, nuestros problemas. ¿Qué piensas de todo esto? 

2.- Lectura sosegada del evangelio: Lucas 13, 1-9

En aquel tiempo llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: «Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?» Pero él le respondió: «Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, las cortas.»

3.- Qué dice el texto

Meditación-reflexión

Todavía hoy hay mucha gente que piensa que todos los males son castigos de Dios, por su mala vida. Jesús afirma rotundamente en este evangelio: ¡Os digo que no! Nos debe quedar muy claro que uno no es malo porque las cosas “le salgan mal ni bueno porque todo le sonríe”. Esta manera de ver las cosas ha sido superada por Jesús.  Le llevaron a Jesús un ciego de nacimiento. Le preguntan: Maestro, ¿Quién ha pecado? ¿El o sus padres, para que naciera ciego? Y Jesús contesta: “Ni él ni sus padres” (Jn. 9,3). Pensar que Dios está en el cielo apuntando nuestros errores para echárnoslos a la cara, avergonzarnos y castigarnos en un momento oportuno, es una falsa imagen de Dios que debemos desterrarla para siempre. Lo que de verdad preocupa a Dios es  nuestra conversión. Y la palabra que se usa es “metanoia” un cambio de mente, una distinta manera de pensar. Dios es ese viñador que, a pesar de llevar la higuera tres años sin dar fruto, no la arranca sino que espera un año más.  ¿Para qué? Para regarla, cuidarla, abonarla. Dios nos anima a cambiar porque está convencido de que así y sólo así,  podemos ser felices. Siendo unos criados holgazanes,  despreocupados, desconfiados del dueño, no podemos madurar como personas.  El Señor tiene una enorme paciencia con nosotros y nunca se cansa de esperar. Sólo aquel que ama sabe esperar.

Palabra del Papa.

“No es fácil entender este comportamiento de la misericordia, porque estamos acostumbrados a juzgar: no somos personas que dan espontáneamente un poco de espacio a la comprensión y también a la misericordia. Para ser misericordiosos son necesarias dos actitudes. La primera es el conocimiento de sí mismos: saber que hemos hecho muchas cosas malas: ¡somos pecadores! Y frente al arrepentimiento, la justicia de Dios… se transforma en misericordia y perdón. Pero es necesario avergonzarse de los pecados. Es verdad, ninguno de nosotros ha matado a nadie, pero hay muchas cosas pequeñas, muchos pecados cotidianos, de todos los días… Y cuando uno piensa: «¡Pero qué corazón tan pequeño: ¡He hecho esto contra el Señor!» ¡Y se avergüenza! Avergonzarse ante Dios y esta vergüenza es una gracia: es la gracia de ser pecadores. «Soy pecador y me avergüenzo ante Ti y te pido perdón». Es sencillo, pero es tan difícil decir: «He pecado». (Cf. S.S. Francisco, 17 de marzo de 2014, homilía en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este evangelio ya meditado. (Guardo silencio)

5.-Propósito. Hoy cambiaré mi manera de pensar y tomaré por modelo el evangelio.

6.- Dios me  ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy he descubierto muchos errores en mi vida; pero ante todo me interesa fijarme en uno: reconozco que, después de tantos años intentando ser cristiano, no lo he conseguido. No sólo no conozco tus proyectos, tus ideales, tus pensamientos, tu manera de enfocar la vida, sino que no te conozco a Ti como el Dios del amor. No acabo de fiarme de Ti, de abandonarme en tus brazos, de descansar en tu corazón de Padre. El día que me crea de verdad esto, seré el hombre más feliz del mundo. ¡Ayúdame, Señor!