Jericó

1.- El episodio evangélico que leemos en la misa de hoy, mis queridos jóvenes lectores, pasa en esta bonita población, interesante y muy curiosa. Cuando uno peregrina a Tierra Santa no deja de visitarla. Desgraciadamente acostumbra a hacerlo con prisa. Jericó alberga en su campo arqueológico una torre, vestigio el más antiguo que se ha encontrado, de construcción urbana. Tal vez se encuentren algún día restos más viejos, pero, hasta ahora, es la población más pretérita de la que tenemos testimonios. La otra peculiaridad es que es la ciudad situada más baja respecto a la superficie de la Tierra. Está muy cerca de los 400 m. bajo del nivel del Mediterráneo. Destaca también por tener un mosaico, en las paredes de un antiguo palacio musulmán, con representaciones de animales, cosa que no ocurre en otros lugares pertenecientes a esta cultura. Buscamos los viajeros también algún sicómoro que nos recuerde a Zaqueo, del que hoy no hablaré. A los ciegos nadie los busca, se los encuentra. Quisiera uno pasar de largo e ignorarlos, no tienen importancia arqueológica, ni sirven para presumir posteriormente de riqueza cultural. Algo así, de otra manera, debían pensar los que acompañaban a Jesús, en aquella última subida a Jerusalén.

2.- Jericó es un precioso oasis situado al Este del desierto de Judá, al final de las estribaciones de las montañas de Moab, ya en la actual Jordania. Ni en tiempos evangélicos, ni ahora, la limpieza es una cualidad que sobresalga en los medios rurales del medio-oriente. La arena de estos páramos lo penetra todo y lo ensucia todo, y a ella acompañan dañinos microorganismos. Os he explicado esto, mis queridos jóvenes lectores, para que no os extrañe que sea un lugar donde con facilidad pueda padecerse el tracoma, una infección de la conjuntiva, contagiosa, que probablemente es la que padecía el ciego del relato evangélico de este domingo (el hijo de Timeo, por este nombre le conocían los del lugar, que le veían pidiendo limosna, junto al camino).

Ser ciego era, además de una desgracia, causa de marginación, pues, aunque pudiera, no se le permitía, por ejemplo, acercarse al altar para ofrecer sacrificios. La ley podía protegerlo, pero también le marcaba. Pero nuestro personaje no por serlo se acobardaba, no era ignorante, sabía lo suyo. Sabía algo fundamental. Era capaz de reconocer a Jesús, aunque no pudiera verlo. Sabía, mejor que muchos otros, que era hijo de David, una manera de decir que era el Mesías, el ungido del Señor. Y sabía que el tal privilegiado, no vendría a proporcionar victorias militares para su pueblo. Esperaba de Él salvación para Israel, pero para élla pequeña salvación de su ceguera. Y acertaba en su saber, sin ser un sabiondo.

3.- El Maestro caminaba, iba delante del grupo, decidido, hacia la Ciudad Santa, para que se cumpliera con Él el gran asunto pendiente desde el inicio de la humanidad: su redención. Era una gran empresa, la gran empresa, la suprema de las que en su historia cumpliría y, hete aquí, que le quiere entretener con su petición, ese minúsculo ciego, ese atrevido invidente, que siente la imperiosa necesidad de recobrar la vista, este es, en aquel momento, su máximo deseo. Grita el hijo de Timeo, grita sin dejar que su voz se ahogue en el tumulto. Jesús lo oye y le llama y él salta decidido, dejándolo todo (se desprendió del manto, la opción de encontrarse con el Señor bien merecía tal renuncia).

–¿Qué quieres de mí?

— Maestro, que pueda ver. (Ver, se entiende, con los ojos de la cara, pues, con los de su interior, ya veía suficiente.

— Pues que así sea, la Fe que tienes en mí, te ha curado.

Y le seguía. Es lo normal, lo que corresponde. A nosotros, el Evangelio también ha iluminado nuestras vidas, ¿somos agradecidos y le seguimos? O ¿vagamos distraídos, ocupando el tiempo en inútiles actividades, estudiando para adquirir lucrativos empleos, aunque resulten injustos, o aspirando a plazas de prestigio, obtenidas tal vez fraudulentamente, olvidados de nuestros contemporáneos que sufren injusta pobreza material o espiritual, o aprendiendo deportes caros, innecesarios, por muy entretenidos que resulten?

Pedrojosé Ynaraja