Los ciegos de tristeza

1.- Hay personas entristecidas, patológicamente tristes, entre las gentes que frecuentan la Iglesia y que viven una vida de una fe incompleta o defectuosa. Tienen pocas alegrías porque no ven. Y no es una metáfora. No ven. El hálito que Jesús de Nazaret comunica a los que le siguen es de alegría. Pero hay que ver, precisamente, cual es el camino para conseguir esa alegría. La clave es simple. Tienen que dejar de ser ciegos y ver a los hermanos y hermanas. Si su ceguera les lleva a verse a ellos mismos, mal reflejados en un también muy mal espejo, sin divisar la realidad hermosa y difícil de los hermanos que tienen alrededor pues estarán tristes, muy tristes.

Puede ser, no obstante, que, muy a pesar suyo –a pesar nuestro, de todos—estén ciegos ya sin remedio. Entonces deben de hacer un esfuerzo, ponerse de pie, de un salto y gritar para que el Maestro les oiga. No es posible culpar en exclusiva de la ceguera a esos ciegos que permanecen solitarios en las iglesias, sin ni siquiera dar la paz en las eucaristías. Algo, como una enfermedad, una forma de pecado de los que habitualmente no se confiesan, les ha dejado ciegos. Solos no pueden recuperar la vista. Han de abandonar su soberbia y seguir, en puro grito, a Jesús para que les saque de la oscuridad. En fin, ni que decir tiene que esto que hemos dicho refiriéndonos a muchos hermanos en tercera persona es perfectamente aplicable a todos. Hay una ceguera mayor o menor en nuestra vida de cristianos. Y es lo que permanentemente tenemos que evitar. Es más que obvio que solo el Maestro nos puede devolver la vista.

2.- ¿Qué quieres que haga por ti? Eso le pregunta Jesús de Nazaret al ciego de Jericó. ¿Nos lo ha preguntado alguna vez a nosotros? ¿Hemos recibido esa pregunta en nuestros momentos de oración, cuando la cercanía a Jesús en evidente? Lo más seguro es que sí. O, tal vez, estamos todavía esperándole a la vera del camino, a que pase para podérselo pedir. No es mala esta espera. Forma parte de los “tempos” de la oración. Lo que habrá que tener cuidado es no dejarle pasar, no distraerse o no tener tanta dureza de corazón que nos impida reconocerle cuando pase a nuestro lado. Hemos de tener la respuesta preparada. No podemos pedir al Señor que nos haga grandes, ricos, poderosos o que nos toque la lotería. “Sólo” tenemos que rogarle que veamos. Decir como el ciego del Evangelio: “Maestro que pueda ver”. Y es que la vista que nos dé el Señor será guía para el camino subsiguiente al que debemos comprometernos. Es un camino de paz, amor y solidaridad, de servicio a los hermanos y de construcción de ese Reino que predicaba el Señor. Ojalá, podamos estar ciegos, para que nos cure el Señor, pero jamás con los ojos cerrados a las necesidades de nuestros hermanos, del mundo sufriente que nos circunda.

3.- El mensaje de las lecturas de hoy es de alegría. El ciego seguía alegre a Jesús por su curación. En la primera lectura, Jeremías profetiza sobre una vuelta feliz a la tierra prometida, guiados por el Señor. Se menciona el camino de cojos y ciegos guiados por Dios. Jesús consumará ese camino devolviendo a los ciegos la vista y el paso firme a los ciegos. Pero el resultado final, el destino definitivo es ese mundo feliz, el Reino de Dios, que ya anuncia Jeremías.

El salmo 125 –¿por qué habrá habitualmente tan pocas referencias a los salmos en las homilías cuando todos son bellísimos?—es, asimismo, un canto de alegría para los que volvían del destierro de Babilonia. “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares” ¿No es cierto que todos esperamos el desenlace alegre de nuestras cosas, de nuestros problemas? La misericordia del Señor llega siempre. Hemos de esperar y tener confianza. Y es que tenemos un mediador extraordinario ante Dios. Un Sumo Sacerdote puro, sin pecado, tal como nos dice la Carta a los Hebreos. Ese mediador que nos ha devuelto la vista, nos dará visión de águila para mejor ordenar nuestra vida y nuestros asuntos.

Ángel Gómez Escorial