Lectio Divina – Viernes XXX de Tiempo Ordinario

1.- Introducción.

Señor, de nuevo los testarudos fariseos a la carga. ¡Cuánta paciencia tuviste con ellos! Les dijiste una y otra vez que el amor es lo primero, que todo lo que se hace sin amor no sirve; que el obrar con amor nos llena de gozo y que el mero cumplimiento de la ley nos lleva a la tristeza. Se lo dijiste mil veces a ellos y también nos lo dices a nosotros. Y, sin embargo, todavía seguimos amarrados a las normas porque éstas nos dan seguridad. ¿Habrá más seguridad que vivir en el amor?  ¿Habrá más alegría que el sentirte en brazos de Dios, nuestro Padre? Hazme, Señor, cristiano, pero cristiano de verdad.

2.- Lectura reposada del evangelio. San Lucas 14, 1-6

Un sábado entró Jesús en casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, y ellos le estaban observando. Había allí, delante de él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los maestros de la ley y a los fariseos: ¿Es lícito curar en sábado, o no? Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió. Y a ellos les dijo: ¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento? Y no pudieron replicar a esto.

3.- Qué dice el texto.

Meditación –reflexión

La pregunta de Jesús y la respuesta de los fariseos es bien distinta. ¿Por qué pregunta Jesús? ¿Pregunta por el tiempo que hace? ¿Pregunta por el lugar donde vamos a pasar las vacaciones? ¿Pregunta cómo van las acciones en la Bolsa? Esas preguntas  superficiales Jesús no las hace. Jesús pregunta por cosas serias. ¿Se puede hacer el bien? ¿Hay mucha gente que sólo piensa en hacer el mal; pero ¿hay alguien que se atreva a prohibir hacer el bien? ¿Para qué estamos en la vida si no es para eso? ¿En nombre de quien se puede prohibir hacer el bien a todas las personas? A estas preguntas de profundidad, los fariseos dan la callada por respuesta.  ¿Por qué se callan? Porque tienen una ley que, según ellos viene de Dios y prohíbe trabajar en sábado, incluso si el trabajo consiste en hacer el bien. Jesús no puede estar de acuerdo con esta manera de tergiversar la misma ley de Dios. Precisamente el sábado, día en que cesan las labores de la semana, es el día dedicado a Dios y a los hermanos. ¿O es que se puede ofender a Dios haciendo el bien a sus hijos? Cuando la religión se vive, vaciándola del contenido del amor, se pueden cometer verdaderos disparates. Sólo cuando el amor es el centro de la vida, podemos estar centrados en nuestra fe.

Palabra del Papa

“El camino para ser fieles a la ley, sin descuidar la justicia, sin descuidar el amor es el camino contrario: desde el amor a la integridad; desde el amor al discernimiento; desde el amor a la ley. Este es el camino que nos enseña Jesús, totalmente opuesto al de los doctores de la ley. Y este camino del amor a la justicia, lleva a Dios. En cambio, el otro camino, el de estar apegados únicamente a la ley, a la letra de la ley, lleva al cierre, lleva al egoísmo. El camino que va desde el amor al conocimiento y al discernimiento, al cumplimiento pleno, conduce a la santidad, a la salvación, al encuentro con Jesús. Mientras que, este otro camino lleva al egoísmo, a la soberbia de sentirse justos, a esta santidad entre comillas de las apariencias, ¿no? Jesús le dice a esta gente que le gusta mostrarse a la gente como hombres de oración, de ayuno…: Pero, haced lo que dicen, pero no lo que hacen. Estos son los dos caminos y hay pequeños gestos de Jesús que nos hacen entender este camino del amor al conocimiento pleno y al discernimiento. Jesús nos lleva de la mano y nos sana”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 31 de octubre de 2014, en Santa Marta).

4.-Qué me dice esta palabra meditada. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Hoy es el día en que  voy a hacerme una pregunta vital para mí: ¿Estoy contento con lo que hago? ¿Y con el modo de hacerlo?

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy te voy a pedir una cosa: esa tenacidad que los fariseos tenían con la ley, con las tradiciones, haz que yo la tenga con la fuerza  del  amor que Tú nos has dejado como testamento, poco antes de morirHaz que yo sepa amar como Tú nos has amado. No quiero más leyes ni más reglamentos.

Comentario – Viernes XXX de Tiempo Ordinario

(Lc 14, 1-6)

Una persona enferma se pone delante de Jesús. Sería bueno que el lector se preguntara cuál es su actitud cuando se le presenta una persona enferma. El mundo de hoy, tan vitalista y consumista, busca el placer, la intensidad, ama la juventud y la fuerza, pero no tolera todo lo que le hable de debilidad, todo lo que le haga recordar los límites de esta vida.

Por eso es normal que a un hombre de hoy le resulte profundamente desagradable que una persona débil y enferma se le ponga delante.

Jesús en cambio, con un corazón sano y generoso, no podía sentir repulsión por las personas débiles, sólo podía amarlos; es más, eran sus preferidos, porque él quiere de verdad socorrer nuestra miseria.

Por eso el evangelio no nos dice solamente curó al enfermo; nos dice también que Jesús «lo tomó». No basta decir que toleró su presencia, o que no intentó sacárselo de encima, sino que lo agarró, lo abrazó, así le hizo sentir que era importante para él, y sólo después lo curó.

Jesús indica que hacer el bien al hermano necesitado está por encima de las demás leyes, como la ley del descanso, y se presenta como un amante de la vida, dador de vida para el ser humano.

Pero los fariseos, que debían buscar el bien del pueblo, son incapaces de alegrarse por el bien de la persona curada. Ellos simplemente «lo vigilaban». Pero Jesús les hace saber que, así como un padre no puede dejar a su hijo dentro de un pozo, él no puede dejar solo al hermano enfermo sin aliviarlo.

El celo por la ley de Dios debería expresarse ante todo en el celo por la felicidad del hermano, porque la primera ley es el amor.

Oración:

«Señor, ayúdame a descubrir tu mano fuerte que me toma cuando estoy débil y abatido, pero regálame también fortaleza y generosidad para aliviar los angustias de los demás, para sostenerlos con mi amor Ama y fortalece tú a los demás a través de mis gestos».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La misa del domingo

Por medio de Moisés (1ª. lectura) Dios sella una Alianza con su pueblo elegido y le ofrece un código de conducta moral, «mandamientos, preceptos y normas» que ha de poner en práctica. Una y otra vez nos encontramos con la insistencia de aprender y poner en práctica estos mandamientos (Dt 4,1.5.13-14; 5,1.31; 6,1.24-25; 7,11; 11,32; 12,1; etc.). ¿Pero por qué Dios tanta insistencia en ello? ¿Para quién es el beneficio? ¿Para Dios? Pues no, lo es para su criatura humana, creada libre, pero con necesidad de una orientación para que haciendo un recto uso de su libertad, y desde el pleno ejercicio de la misma, pueda elegir el bien y llegar así a ser lo que está llamada a ser, pueda en ese despliegue orientar todo el mundo hacia Dios y pueda finalmente participar plena y definitivamente de la comunión de amor con su Creador. Los mandamientos divinos no son, pues, una limitación o imposición ajena a la naturaleza humana, todo lo contrario, son el camino que el hombre ha de seguir para llegar a ser feliz, para realizarse verdaderamente, para alcanzar su máxima y verdadera grandeza: «cuida de practicar lo que te hará feliz.» Hacer lo que Dios manda trae la felicidad al propio hombre.

El Señor Jesús jamás trasgredió los mandamientos, los cumplió todos perfectamente amando a Dios por sobre todo, con todo su ser, su mente y corazón. En Él no se halló pecado alguno. Obedeciendo fielmente a su Padre y llevando a cabo la misión reconciliadora encomendada por Él, llegó a ser el Sumo Sacerdote que nos convenía: «santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos» (2ª. lectura). Como tal no tuvo necesidad de ofrecer innumerables sacrificios, como hacían los sacerdotes de la antigua Alianza, sino que realizó un sólo sacrificio, de una vez para siempre, «ofreciéndose a sí mismo» por nosotros en el Altar de la Cruz.

En el Evangelio vemos que se acerca un escriba, supuestamente un gran estudioso y conocedor de la Ley, y le pregunta a Jesús: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» La pregunta se debe al hecho de que la Ley escrita, es decir, la Torah, contenía, según los rabinos, 613 preceptos. De estos 248 eran positivos, es decir, ordenaban determinadas acciones, mientras 365 eran negativos, ya que eran prohibiciones. Unos y otros se dividían en preceptos leves y preceptos graves, según la importancia que se les atribuía. Entre estos mismos preceptos podía existir también una jerarquía. De allí la pregunta a Jesús, cuál consideraba Él como el más importante de todos.

La respuesta de Jesús no se hizo esperar: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» Es el “Shemá Israel”, que todo israelita sabía de memoria.

Pero como si tal mandamiento no fuese por sí sólo íntegro y completo, al menos en el campo práctico, añadió este otro mandamiento que también se encontraba en la Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» En esto consiste la gran novedad que aporta el Señor Jesús: Él enlaza ambos preceptos para formar uno sólo, el “máximo” mandamiento. Y aunque establece una jerarquía poniendo en primer lugar el amor a Dios, establece también un nexo inquebrantable entre este amor y los otros dos amores: al prójimo y a uno mismo.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Sufre quien no es correspondido en su amor. Se queda solo quien se niega a amar o no logra ser amado. ¿Y no es espantosa y angustiante esa soledad? ¿No es a quedarnos sin nadie a lo que más le tememos y huimos? ¿No hemos sido alguna vez o somos acaso ahora infinitamente tristes cuando experimentamos la ausencia de alguien que nos ame, de alguien a quien amar? ¿Quién resiste la soledad, ese sentirse “sólo en esta vida”, no tener a nadie que se preocupe por uno? En la soledad la alegría por la vida se extingue poco a poco, el sufrimiento se hace a veces insoportable.

¡Y es que necesitamos de otros “tú” humanos, necesitamos de la comunión profunda con esos otros seres semejantes a nosotros, necesitamos amar y ser amados para ser felices! Llámese amor paternal o filial, amor fraternal, amor de enamorados o esposos, amor de amistad… necesitamos amar, y nuestra vida se llena de luz, se hace hermosa y plena de sentido cuando amamos y somos amados. Es entonces cuando descubrimos que nuestra felicidad finalmente no depende de cuánto dinero tengamos, de cuántos éxitos en la vida logremos o de cuánta fama y poder alcancemos, tampoco de cuántos placeres gocemos y disfrutemos, sino de cuánto amemos y seamos amados de verdad.

¿Pero por qué es ésta una necesidad para nosotros? Es porque hemos sido creados por Dios-Amor (Ver 1Jn 4,8.16), para el amor, que experimentamos en nosotros esa profunda “hambre” de amor y comunión. ¿Pero es posible alcanzar ese amor al que aspira intensamente mi corazón? ¡Sí! Y el camino es abrirnos al amor de Dios, dejándonos amar por Él, amándolo a Él sobre todo y con todo nuestro ser. De ese modo entramos en comunión con aquél “Tú” por excelencia que responde verdaderamente a nuestros profundos anhelos de amor, y nutridos de ese amor divino, nos hacemos capaces al mismo tiempo de amar como Él a nosotros mismos y a nuestros semejantes.

En efecto, quien pone a Dios en el centro de sus amores, no limita su amor a sólo Dios, no ama menos a los demás, no “pierde”, sino que experimenta que su corazón se ensancha cada vez más, que su amor se purifica, crece, madura y se expresa en lazos de una verdadera amistad, de un auténtico amor y comunión que nunca pasarán, porque Dios no pasa nunca y quien lo ama a Él y en Él ama a todos, jamás perderá a quienes ama sino que los ganará en Él por toda la eternidad.

Amarte y amarnos

Si me olvido del amor y de la justicia,
me separo de Ti, Dios mío,
y todo lo que haga, aunque te lo ofrezca,
no puede agradarte.
Mi culto es paja e idolatría

Si me olvido de tu mandato,
de amarte con todo mi ser y fuerzas
y de amar al prójimo de igual manera,
¿de qué me sirven mis saberes,
títulos y creencias?

Si me olvido de tus tiernas preferencias,
¿de qué me sirve lo demás?,
¿dónde pongo mi centro, eje y meta?
Me pierdo sin remedio.
Soy persona hueca y vacía.

Aunque me haga a holocaustos y sacrificios,
penitencias, rezos y obediencias,
no estaré mas cerca de tu casa solariega.
Sólo tu mandato de amarte y amarnos
es senda clara y segura.

Para creer en Ti
necesito creer en el amor y la justicia,
en tus tiernas preferencias.
Y vale mucho más creer en estas cosas
que pronunciar o adorar tu nombre con osadía.

Fuera del amor y de la justicia,
de tus tiernas preferencias,
es imposible que yo, con mi historia,
aunque te llame Padre y me considere hijo,
pueda llegar a tu casa solariega..

¡Llévame por tus sendas y caminos
aunque me haga el torpe,
me despiste
o resista!!

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXX de Tiempo Ordinario

Es discernimiento es como una lupa que permite ver con más detalle. El evangelio de hoy nos permite discernir tres rasgos farisaicos que a menudo se esconden tras una máscara de honestidad. Los encontramos en los comensales presentes en aquella casa de uno de los principales fariseos que invitó a Jesús a comer. Sus actitudes aparentemente eran correctas, pero escondían veneno. Con dos preguntas, Jesús las desmontó. No les dio ocasión de réplica, al evidenciarlas. Contemplemos esas actitudes ocultas bajo una misma conducta.

  • Jesús distingue entre cautela y prejuicio. Es de sabios y prudentes no confiar inmediatamente en un desconocido, sobre todo si se tratan cosas de capital importancia. Se requiere una verificación previa antes de dar crédito a un mensaje novedoso. Conducirse por este criterio no debe ser reprobado, en principio, como algo perverso.

Pero no es éste el caso de aquellos fariseos: Sus pérfidas intenciones desacreditaron las reservas. Partían de una actitud presuntuosa de saberse dueños de la verdad y buscaban atrapar a Jesús en cualquier desliz para descalificarlo y hundirlo. Su maldad estaba en haber emitido un juicio demoledor antes de haber conocido el mensaje. Jesús supo diferenciar tal prejuicio malvado de la prudente cautela.

  • Jesús tampoco confunde la observancia con el legalismo. Es legítimo y obligado el hacer respetar y cumplir la Ley. La Ley es buena con tal que proteja valores auténticos, libere de subjetivismos arbitrarios y ayude a las personas en su humana debilidad. Por ello, el mismo Jesús aclaró fehacientemente que no había venido a derogar la ley ni a abolirla, sino a darle un cumplimiento completo.

Pero la Ley puede ser utilizada como arma de ataque para eliminar al adversario. El bien se puede utilizar así para el mal. Ocurre cuando el odio se agazapa detrás de la defensa ardiente de las causas más nobles. Sin amor al prójimo y sin limpieza de corazón se contaminan los más bellos ideales. Como hicieron los comensales del relato de hoy.

  • Jesús diferencia el silencio de la mudez. Es de sabios permanecer en silencio cuando no se sabe resolver una cuestión o responder a un problema. Decía sarcásticamente Mark Twain: “Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda”. El silencio es noble si muestra modestia discipular, abierta a la verdad.

Pero la mudez de aquellos fariseos era de otro tipo. Ante la evidencia de los hechos –hacer el bien coincide con lo que la Ley promovía- optan por callar, justo para no darle la razón a Jesús. Ya le habían calificado de infame y no estaban dispuestos a renunciar a su prejuicio. ¡Cuántas veces ocurre! Se calla lo bueno de los otros -adversarios o no- si no sirve a los propios intereses. Esta mudez es otra forma de falsificar la verdad. Por ello, Jesús no la pudo pasar por alto ni excusar. 

Meditación – Viernes XXX de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XXX de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 14, 1-6):

Un sábado, Jesús fue a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Había allí, delante de Él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?». Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió. Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?». Y no pudieron replicar a esto.

Hoy fijamos nuestra atención en la punzante pregunta que Jesús hace a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?» (Lc 14,3), y en la significativa anotación que hace san Lucas: «Pero ellos se callaron» (Lc 14,4).

Son muchos los episodios evangélicos en los que el Señor echa en cara a los fariseos su hipocresía. Es notable el empeño de Dios en dejarnos claro hasta qué punto le desagrada ese pecado —la falsa apariencia, el engaño vanidoso—, que se sitúa en las antípodas de aquel elogio de Cristo a Natanael: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Jn 1,47). Dios ama la sencillez de corazón, la ingenuidad de espíritu y, por el contrario, rechaza enérgicamente el enmarañamiento, la mirada turbia, el ánimo doble, la hipocresía.

Lo significativo de la pregunta del Señor y de la respuesta silenciosa de los fariseos es la mala conciencia que éstos, en el fondo, tenían. Delante yacía un enfermo que buscaba ser curado por Jesús. El cumplimiento de la Ley judaica —mera atención a la letra con menosprecio del espíritu— y la fatua presunción de su conducta intachable, les lleva a escandalizarse ante la actitud de Cristo que, llevado por su corazón misericordioso, no se deja atar por el formalismo de una ley, y quiere devolver la salud al que carecía de ella.

Los fariseos se dan cuenta de que su conducta hipócrita no es justificable y, por eso, callan. En este pasaje resplandece una clara lección: la necesidad de entender que la santidad es seguimiento de Cristo —hasta el enamoramiento pleno— y no frío cumplimiento legal de unos preceptos. Los mandamientos son santos porque proceden directamente de la Sabiduría infinita de Dios, pero es posible vivirlos de una manera legalista y vacía, y entonces se da la incongruencia —auténtico sarcasmo— de pretender seguir a Dios para terminar yendo detrás de nosotros mismos.

Dejemos que la encantadora sencillez de la Virgen María se imponga en nuestras vidas.

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench

Liturgia – Viernes XXX de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA XXX SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-impar

  • Rom 9, 1-5. Desearía ser un proscrito por el bien de mis hermanos.
  • Sal 147. Glorifica al Señor, Jerusalén.
  • Lc 14, 1-6. ¿A quién se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca en día de sábado?

Antífona de entrada             Sal 85, 1-3
Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, conscientes de que con nuestra forma de vida no correspondemos al amor que Dios ha demostrado que nos tiene, y que ha llevado a nuestro Señor Jesucristo a derramar su Sangre por nosotros, comencemos la Eucaristía pidiendo perdón por nuestros pecados.

• Tú que extendiste tus brazos en la cruz para reconciliarnos a todos. Señor, ten piedad.
• Tú que te entregaste a la muerte por nosotros, pecadores. Cristo, ten piedad.
• Tú que nos has justificado al precio de tu sangre. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH Dios,
que has redimido a todos los hombres con la Sangre preciosa de tu Unigénito,
conserva en nosotros la acción de tu misericordia
para que, celebrando siempre el misterio de nuestra salvación,
merezcamos alcanzar sus frutos.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Pidamos, hermanos, a Dios nuestro Padre, en cuyas manos están los destinos del universo, que escuche las oraciones de su pueblo.

1.- Por la santa Iglesia de Dios: para que sea fiel a la voluntad de Cristo y se purifique de sus faltas y debilidades. Roguemos al Señor.

2.- Por los que gobiernan las naciones: para que trabajen por la paz del mundo, a fin de que todos los pueblos puedan vivir y progresar en justicia, en paz y en libertad. Roguemos al Señor.

3.- Por los pobres y los afligidos, por los enfermos y los moribundos, y por todos los que sufren: para que encuentren el consuelo y la salud. Roguemos al Señor.

4.- Por todos los que estamos aquí reunidos: para que perseveremos en la verdadera fe y crezcamos siempre en la caridad. Roguemos al Señor.

Dios todopoderoso y eterno, que por tu Hijo y Señor nuestro Jesucristo nos has dado el conocimiento de tu verdad: mira con bondad al pueblo que te suplica, líbralo de toda ignorancia y de todo pecado para que llegue a la gloria del reino eterno. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR,
que el sacrificio salvador de tu Hijo, Rey pacífico,
ofrecido bajo estos signos sacramentales que significan la paz y la unidad,
sirva para fortalecer la concordia entre todos tus hijos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Sal 103, 13. 14-15
La tierra se sacia de tu acción fecunda, Señor, para sacar pan de los campos y vino que alegre el corazón del hombre.

Oración después de la comunión
SACIADOS con el alimento y la bebida de salvación,
te rogamos, Señor,
que derrames sobre nosotros la Sangre de nuestro Salvador,
y ella sea, para nosotros,
la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.