Comentario – Domingo XXXI de Tiempo Ordinario

En cierta ocasión, nos dice el evangelista, se acercó a Jesús un letrado con una pregunta que no parece escondiera ninguna intención aviesa: ¿Qué mandamiento es el primero de todos? Evidentemente, no se trata de «primero» en el orden expositivo, sino en el orden estimativo: el primero en importancia; el primero por ser aquel que debe ser tenido más en cuenta o que sostiene todos los demás. Probablemente era una cuestión planteada en las discusiones escolares mantenidas por los rabinos.

La respuesta de Jesús es en sus comienzos la que cabía esperar de un rabino familiarizado con los escritos de la Ley (Pentateuco): El primero es: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». A esta formulación deuteronómica del primer mandamiento, tomada en su literalidad, añade: El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»No hay mandamiento mayor que éstos.

Para un judío, nada es más importante que Dios. Por eso el primer mandamiento para el que forma parte del pueblo de Dios es el reconocimiento de este Dios como único Señor; y en cuanto único debe ser apreciado y amado de manera única, por encima de todo y con todo nuestro ser, alma, mente y corazón. Jesús también reconoce la primacía de Dios y coincide con el Deuteronomio en calificar este mandamiento como primero. Pero hay un segundo mandamiento que, siendo segundo, es equiparable al primero en importancia; ningún otro mandamiento es mayor que estos dos. En realidad, están tan estrechamente unidos que constituyen las dos caras de la misma moneda.

El segundo mandamiento también consiste en «amar», pero el destinatario de este amor no es ahora Dios, sino el prójimo, un igual en naturaleza. En su formulación, Jesús ofrece, siguiendo el dictado de la antigua regla de oro, la medida del amor al prójimo: como a ti mismo. Desear para el prójimo el bien que deseamos para nosotros mismos es una buena medida, aunque pueda estar expuesta al error, dado que podemos confundir un bien con un mal. Por eso en otros lugares se nos ofrecerá una medida superior: como yo os he amadoAmaos unos a otros como yo os he amado. Esta es la medida suprema del amor: como Cristo nos ha amado (y nos ama), que es el mejor reflejo del amor de Dios en la tierra.

Amar es un verbo en activa que implica acción: la acción de dar y de darse en bien de los demás. El que ama busca el bien de la persona amada. Supone, por tanto, una actitud benevolente y benéfica que debe traducirse en obras o en actos; sólo éstos demuestran la verdad o la seriedad de las actitudes. Al prójimo amado y necesitado le podemos colmar de bienes materiales o tangibles (comida, vestido, vivienda, dinero) y espirituales o intangibles (¿) –educación, consuelo, afecto, apoyo, ánimo, perdón, esperanza-; pero a Dios, ¿con qué bienes le podemos enriquecer?, ¿qué le podemos dar que no hayamos recibido antes de Él?, ¿en qué modo le podemos demostrar nuestro amor?

Es evidente que en cuanto «Perfecto» Dios no necesita nada de nosotros. Sólo podemos demostrarle nuestro amor reconociéndole como lo que es respecto de nosotros, reconociéndole como único Señor. Eso debe generar en nosotros actitudes de adoración y de alabanza; pero también de obediencia amorosa. No se trata sólo de decir «Señor, Señor», sino de cumplir su voluntad; en definitiva, porque reconocemos en esa voluntad una voluntad benéfica, que quiere el bien para sus criaturas y sus hijos, pues se trata de la voluntad de un Padre que es suprema bondad.

En relación con Dios «amar» es esencialmente dejarse amar o dejarse fecundar por el amor de Dios; y así, fecundados, amaremos todo lo que Dios ama, al mismo Dios y a cualquiera de sus criaturas que son hechura de sus manos, especialmente a esas criaturas que conservan la «imagen y la semejanza de Dios» en sí mismas y que han sido elevadas a la dignidad de hijos. En último término, amar a Dios es amar «desde Dios» todo lo que Dios ama.

Cuando el letrado oyó la respuesta de Jesús, contestó dando su aprobación: Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es único y no hay otro más que él y hay que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

Al parecer, aquel letrado había entendido muy bien el valor que Jesús concedía al amor al prójimo, tanto que lo situaba por encima de las mismas ofrendas –holocaustos y sacrificios- presentadas a Dios. Esto no significaba hacer del primer mandamiento (el amor a Dios) segundo y del segundo (el amor al prójimo) primero; pero sí hacer del amor (tanto a Dios como al prójimo) algo más valioso que esos actos de culto –hechos de sacrificios- que podían estar fácilmente faltos de amor y, por tanto, vacíos.

La expresión del letrado, que le hace decir a Jesucristo: No estás lejos del Reino de Dios, puesto que muestra tener una mentalidad muy próxima a la suya, no dista de aquella otra: Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos. Y la misericordia sólo se puede tener con el prójimo –es, por tanto, amor al prójimo-; Dios carece de miserias para poder tener misericordia de Él. Luego Dios manifiesta tener más aprecio por la misericordia con que remediamos las miserias de nuestros hermanos que por los sacrificios que podamos ofrecerle a Él.

Y si le agradan nuestros sacrificios, como le agradó el sacrificio de su Hijo, es porque son expresión de amor (y obediencia) y porque son fuente de misericordia para con nuestro prójimo. Pensar así es comulgar con el pensamiento de Cristo; es «no estar lejos del Reino de los cielos», y ello a pesar de no ser, como aquel letrado, todavía cristiano. Pero nosotros lo somos, al menos porque hemos recibido el bautismo; no obstante, hemos de preguntarnos si en nuestro modo de pensar estamos «cerca o lejos» de Jesucristo que es estar cerca o lejos del Reino de los cielos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

I Vísperas – Domingo XXXI de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXXI DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre.

Si con él morimos, viviremos con él;
si con él sufrimos, reinaremos con él.

En él nuestras penas, en él nuestro gozo;
en él la esperanza, en él nuestro amor.

En él toda gracia, en él nuestra paz;
en él nuestra gloria, en él la salvación. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Hb 13, 20-21

Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os ponga a punto en todo bien, para que cumpláis su voluntad. Él realizará en nosotros lo que es de su agrado, por medio de Jesucristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor, Dios nuestro, es el único. Ama al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Guarda en tu corazón sus mandamientos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor, Dios nuestro, es el único. Ama al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Guarda en tu corazón sus mandamientos.

PRECES
Recordando la bondad de Cristo, que se compadeció del pueblo hambriento y obró en favor suyo los prodigios de su amor, digámosle con fe:

Muéstranos, Señor, tu amor.

Reconocemos, Señor, que todos los beneficios que hoy hemos recibido proceden de tu bondad;
— haz que no tornen a ti vacíos, sino que den fruto, con un corazón noble de nuestra parte.

Oh Cristo, luz y salvación de todos los pueblos, protege a los que dan testimonio de ti en el mundo
— y enciende en ellos el fuego de tu Espíritu.

Haz, Señor, que todos los hombres respeten la dignidad de sus hermanos,
— y que todos juntos edifiquemos un mundo cada vez más humano.

A ti, que eres el médico de las lamas y de los cuerpos,
— te pedimos que alivies a los enfermos y des la paz a los agonizantes, visitándolos con tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos,
— cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor de poder y de misericordia, que has querido hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles, concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXX de Tiempo Ordinario

1.- Introducción.

Señor, hoy quiero profundizar en la virtud de la gratuidad. Quiero dejar de ser un eterno pedigüeño y dedicarme a darte gracias por tantas gracias que inmerecidamente he recibido y sigo recibiendo de Ti. Dame  también la gracia de ver a mis hermanos y hermanas como “un regalo” que tú me das y no como un obstáculo. Que me sienta siempre como un “don” tuyo y pueda hacer de mi vida “un don para los demás”.

2.- Lectura reposada del evangelio. Lucas 14,1. 7-11

En aquel tiempo, entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: «Deja el sitio a éste», y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.» Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado. Dijo también al que le había invitado: Cuando hagas una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a los parientes , ni a los vecinos ricos, no sea que ellos, a su vez, te inviten y tengas ya tu recompensa. Cuando hagas una comida llama a los pobres, a los tullidos, a los cojos y a los ciegos, y tendrás la dicha de que no puedan pagarte, porque recibirás la recompensa en la resurrección de los justos.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Jesús, a lo largo del evangelio, ha hablado de “bienaventuranzas”. Pero la del evangelio de hoy es sumamente significativa: “Dichoso tú, cuando no pueden pagarte”. Nos habla de invitar a los que no pueden invitarnos ni recompensarnos. En este evangelio se nos invita a recorrer un camino poco conocido y menos frecuentado: el camino de la gratuidad. En este mundo a todo le ponemos precio. Entramos en un comercio y, si algo nos gusta, decimos: Y esto ¿cuánto vale?  Incluso las cosas que no tienen precio, no las sabemos apreciar. No apreciamos la luz del sol, la lluvia, la brisa que nos acaricia. Como Dios nos las da gratis, no las valoramos. La amistad, el  cariño, la fraternidad, nos las da Dios gratis.  Más aún, Él se nos dio en la persona de su Hijo. Y está dispuesto a darse siempre que nosotros queramos. ¿Cuánto hemos pagado por creer? Ahora bien, si Dios se nos da gratis, ¿Por qué no hacemos de la gratuidad la virtud por excelencia? ¿Por qué no somos felices haciendo felices a los demás? El amor interesado deja de ser verdadero amor.  Aquel que ama porque le aman, sirve porque le sirven, da porque le recompensan, no ha disfrutado del auténtico amor. Hemos de aprender a ser dichosos sirviendo a las personas que no nos pueden pagar.  ¿Dónde está la paga? Precisamente en poder tener ese amor tan exquisito. Una persona que es feliz dando sin pensar en recibir, es una riqueza allá donde se encuentre.  Estas son las personas que hacen grande a nuestro mundo.

Palabra del Papa.

“Medita  lo que Dios te dice en el Evangelio. Ir más allá de las apariencias. Señor, si cada día me dedicara a modelar mi corazón conforme al tuyo, pronto ya no habría más espacio en él para odiar a nadie. Quisiera repetir con ilusión en cada instante esta sincera advocación: «Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo». Es contra toda lógica del mundo, sí, pues es la lógica de Dios: «el que se humille a sí mismo, será engrandecido», «a quien te golpee una mejilla, has de colocarle la otra», «amad  a vuestros enemigos», «aquél que diga tonto a su hermano, es reo de justicia», «tus pecados te son perdonados», «perdónalos, porque no saben lo que hacen», «hoy estarás conmigo en el paraíso»…Dame un verdadero corazón, un corazón del verdadero Dios, un corazón lleno de puro amor. «Haz mi corazón semejante al tuyo» y concédeme la gracia de imitarlo en cada instante, siendo universal, nunca excluyente, que nunca juzgue, sino que siempre acoja con misericordia, que busque al que «no quisiera» buscar, que ame al que «no quisiera» amar, y termine por querer amarle.… Hazme una persona sencilla, que sepa colocarse como la menor, con corazón sencillo, manso y humilde, y sepa mirar a los demás como los miras Tú. Así sea.         «El que sirve a los demás y vive sin honores ejerce la verdadera autoridad en la Iglesia. Jesús nos invita a cambiar de mentalidad y a pasar del afán del poder al gozo de desaparecer y servir; a erradicar el instinto de dominio sobre los demás y vivir la virtud de la humildad.» (Homilía de S.S. Francisco, 18 de octubre de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra. (Guardo silencio)

5.Propósito: Fomentar en este día la gratuidad. En este día voy a dar una sorpresa a alguna persona que no se la esperaba.

6.- Dios me ha hablado hoy por medio de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración

Dame, Señor, la gracia de la gratuidad, la gracia de ser feliz no esperando recompensa; la gracia de obrar buscando sólo el agradarte. Que en vez de recrearme con las obras de mis manos, emplee el tiempo en recrearme con las obras de las tuyas. Que disfrute en la alabanza, en la adoración, en la acción de gracias, en el salir de mí mismo y buscar hacer siempre lo que a ti te agrada.

El mandamiento principal

1.- «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno» (Dt 6, 4) Es este pasaje uno de los más repetido a lo largo de los siglos. Es la oración llamada «shemá», que significa «escucha» en hebreo, palabra que inicia el texto sagrado y que hace una llamada de atención a quien va dirigida, subrayando además la importancia de lo a continuación se dice. En efecto, en este pasaje inspirado se contiene el resumen de toda la ley divina, el mandamiento principal que, si se cumple fielmente, implica el cumplimiento de todos los demás.

Cuando Jesús es interrogado acerca del mandamiento más importante contesta recitando la «shemá». Y añade que el segundo es amar al prójimo como a uno mismo. En esto se encierra toda la Ley y los Profetas. Con su respuesta simplifica al máximo toda casuística de los escribas y fariseos, que desmenuzaban la Ley en mil preceptos nimios que complicaban la vida de los judíos, al mismo tiempo que vaciaban a la Ley de su espíritu.

Amar a Dios sobre todas las cosas y amarlo con todas las fuerzas de nuestro ser, he aquí el mandamiento primero que hemos de tener siempre en cuenta. Sólo Dios puede ocupar el centro de nuestro corazón, sólo él ha de ser amado por encima de todo. Ninguna criatura, ningún bien por grande que sea, puede sustituir el amor que a Dios debemos.

«Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria» (Dt 6, 6) Son tan decisivas estas palabras para la vida, y para la muerte, del hombre que nunca se pueden olvidar. De ellas dependen nuestra salvación temporal y eterna, nuestra dicha terrena y celestial. Por eso hay que gravarlas en lo más profundo del alma, tenerlas siempre presente. Los judíos tomaban, y toman hoy, al pie de la letra estas palabras y las escribían en rollos pequeños de papiro que se ataban en las muñecas y sobre la frente, para que nunca se apartaran de sus ojos. No es necesario llegar a esos extremos, pero si es necesario que nuestra vida esté impregnada y movida por el amor a Dios.

Son palabras que han de pervivir a lo largo de los tiempos. Palabras por tanto, que hay que transmitir de generación en generación, de padres a hijos. En definitiva es lo más grande que un padre puede enseñar y legar a sus hijos, el convencimiento de que sólo amando a Dios sobre todas las cosas nos redimirá y nos salvará. Transmisión que ha de verificarse por medio de palabras, pero sobre todo a través de una vida intachable que tenga como centro y como fin el cumplimiento amoroso, abnegado y heroico si es preciso, de la voluntad de Dios. Ese ha de ser el modo principal y mejor de enseñar a hijos y hermanos, a cuantos nos rodeen, persuadir a todos que el primer mandamiento, el que ha de decidir nuestra existencia para bien o para mal, es amar a Dios sobre todas las cosas y con toda el alma.

2.- «Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza» (Sal 17, 2) En los tiempos del salmista, las incursiones guerreras del enemigo eran frecuentes y peligrosas. En estas ocasiones había que refugiarse en la fortaleza de la ciudad, último reducto a donde el enemigo apenas si podía llegar. Sobre todo cuando esa guarnición se asentaba en la cima de una montaña, sobre una roca desde la que se dominaban los alrededores por donde necesariamente tendría que trepar el enemigo.

Todas esas circunstancias y detalles explican las palabras de este salmo, nos hacen comprender los sentimientos del trovador de Dios y podemos así, con ayuda de la gracia, recitar con sentido su misma plegaria: «Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza. Señor, mi roca, ni alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte…».

«Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos» (Sal 17, 4) Enemigos todos los tenemos. Por el mero hecho de ser hombres, y no ángeles, dice la doctrina cristiana que tenemos tres enemigos: el mundo, el demonio y la carne. Nada más y nada menos. Qué pena que seamos a menudo tan chiquillos, tan inconscientes, tan ingenuos. Nos comportamos como si no hubiera peligro alguno, como si el demonio no existiera, como si eso fuera un cuento de viejas para asustar a los niños malos, como si la carne no estuviera continuamente, de un modo o de otro, clamando por su fueros.

Vamos, al menos ahora, a invocar al Señor para que nos libre de nuestros terribles e incansables enemigos. Seguros de que él es todopoderoso y podrá salvarnos en esos peligros que de continuo nos acechan. Y ante esta persuasión de la ayuda divina, digamos con el salmista: «Viva el Señor, bendita sea mi roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador».

3.- «…puede salvar definitivamente a los que por medio de Él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor» (Hb 7, 25)

Ser salvado, ser liberado. Esto es lo que cuenta de verdad. Esto es lo que el hombre ansía desde lo más hondo de su ser, aunque a veces ni siquiera se dé cuenta de ello. Aunque no tenga idea clara de que quiere ser salvado, o aunque eso de lo que desea ser liberado no sea lo que realmente le conviene. Y, efectivamente, muchas veces ponemos la liberación del hombre en lo que realmente no le libera. Pensamos, por ejemplo, que el hombre será totalmente libre cuando no haya injusticias sociales, o cuando todos naden en la abundancia. Se olvida que la liberación del hombre es algo más profundo, más íntimo; algo más en consonancia con su dignidad de persona humana.

La liberación auténtica ha de llevar al hombre a su plenitud total, ha de proporcionarle la paz del espíritu, la alegría de vivir, la ruptura radical con su propio egoísmo, la ilusión de entregarse con desinterés a los demás, el gozo inefable de amar y ser amado.

«Y tal convenía que fuese nuestro Pontífice: santo, inocente, sin mancha…» (Hb 7, 26)

Esa liberación única le viene al hombre sólo a través de Cristo. Por eso pensar en otros liberadores es inútil, como la experiencia lo ha ido demostrando a lo largo de la Historia. En efecto, muchos que se proclamaron líderes de la liberación del hombre han quedado sepultados en el olvido, o en el recuerdo de su fracaso.

Sólo Jesucristo nos libera, sólo él nos salva y nos trae la paz y el gozo, la esperanza, la satisfacción plena de nuestros más íntimos anhelos. Esa liberación, en efecto, abarca mucho más que el rompimiento de unos vínculos sociales o económicos. Su liberación se proyecta hacia la eternidad, atraviesa y destruye cuantas fronteras se interfieran en nuestro más libre vuelo.

4.- «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (Mc 12, 28) Las palabras y la conducta de Jesús despertaban la admiración y el respeto también en los escribas, aquellos doctos que estudiaban y explicaban la Ley. Hoy, como entonces, además de la gente sencilla, hay muchos intelectuales que se inclinan ante la sabiduría de Jesucristo y le siguen como al gran Maestro de todos los tiempos. En realidad cualquiera que mire y escuche al Señor sin prejuicios, con actitud sencilla, podrá percibir la magnitud excelsa del mensaje cristiano y su capacidad redentora para el hombre.

Los estudiosos de la Ley se perdían en mil disquisiciones y diatribas acerca de los mandamientos, intentando determinar con exactitud cuántos eran en total y cuál había de ser el orden de los mismos, según una determinada jerarquía de valores. Como suele ocurrir, no había acuerdo entre los estudiosos. Aquellos rabinos o maestros de Israel se dividían entre sí al tratar dicha cuestión. Uno de ellos, deseoso de saber la opinión del joven y prestigioso Rabí de Nazaret le pregunta acerca de cual era el principal mandamiento.

El Señor responde sin vacilar: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Y añade que el segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Mayor que éstos no hay mandamiento alguno. La repuesta satisface plenamente al escriba, que elogia abiertamente a Jesús, sin importarle que sus colegas despreciasen, e incluso odiasen a aquel Rabí sin escuela que venía de una humilde aldea cono Nazaret.

Amar a Dios y al prójimo, he aquí el resumen y la síntesis de toda la Ley de Dios. En realidad todos los demás mandamientos son derivaciones del amor a Dios, incluido el segundo que Jesús indica en este mensaje. El que ama a Dios, necesariamente ha de amar a las criaturas que han salido de sus manos, máxime a los hombres, que están llamados a ser sus hijos. Por otra parte el que ama a su semejante nunca le ofenderá en lo más mínimo. Si le ama de verdad no se atreverá ni a pensar mal de él. Más aún, procurará hacerle todo el bien que esté a su alcance, sin buscar contraprestación alguna, olvidándose de sí mismo y procurando agradar en todo sólo a Dios, centro supremo de nuestro amor.

Esto vale más que todo lo demás, que por mucho que nos parezca valer, de nada vale si no hay amor. Las mayores hazañas y los más grandes heroísmos, si no se hacen por amor de Dios. No son más que meras anécdotas, que quizá figuren rutilantes en el libro de la Historia, pero que no se escribirán en el libro de la vida, ése que se abrirá el día del juicio final para decidir, según su contenido, el destino definitivo de cada hombre.

Antonio García Moreno

Comentario – Sábado XXX de Tiempo Ordinario

(Lc 14, 1. 7-11)

Jesús fue invitado por un banquete que organizaba un jefe de los fariseos. Si recordamos que entre los fariseos era frecuente la costumbre de cuidar la apariencia social y de buscar ser admirados y reconocidos, se nos hace evidente que el ambiente de ese banquete, lleno de fariseos preocupados por estar cerca del jefe mayor, no era precisamente de humildad y sencillez. De hecho el evangelio narra que «los invitados andaban buscando los primeros puestos» (v. 7).

A ellos Jesús dirige una enseñanza: cuando uno busca el último lugar se evita problemas y tensiones; evita una carrera desgastante de vanidades, temores, competencias y humillaciones. En cambio, el que busca el primer lugar se expone a fracasos dolorosos, situaciones humillantes, desengaños.

Por eso decía Carlos de Foucauld: «Señor, te pido que me des el último lugar, ese lugar que nadie querrá quitarme».

Pero para los que llevan años, o quizás toda la vida, pendientes de la mirada de los demás, es muy difícil liberarse de este verdadero vicio y reconocer que «somos lo que somos ante la mirada de Dios, y nada más».

Es necesario pedir la luz de Dios para reconocer que la preocupación por ser bien vistos nos lleva a representar un personaje, de manera que finalmente ni nosotros mismos sabemos quiénes somos en realidad, y así perdemos la identidad que Dios quiso regalarnos.

De esa manera, tampoco tenemos nada auténtico para ofrecer a los demás y no podremos amar a nadie en serio.

Oración:

«Coloca en mí tus sentimientos y tu generosidad, Señor, para que aprenda a compartir mi vida con los pobres, y sobre todo a vivir con ellos la fiesta de la amistad. Libérame de actuar buscando siempre mis propios intereses, haciendo de las relaciones humanas un permanente comercio».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Nuestra oxidada armadura

1.- «Un letrado le preguntó a Jesús: ¿Qué mandamiento es el primero de todos? Respondió Jesús: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». San Marcos, Cáp.12. Había un guerrero que «se ponía entusiasmado su armadura ante la mera mención de una cruzada. Y a veces partía en varias direcciones a la vez, lo cual no es nada fácil». Así nos describe Robert Fisher a «El caballero de la armadura oxidada». De tanto luchar contra los enemigos, procurando ser el número uno en el reino, se quedó prisionero dentro de su arnés. Y entonces se le volvió imposible amar a su esposa y a su hijo.

2.- Cuenta san Marcos que un letrado, de los muchos que en Jerusalén se dedicaban al estudio de la ley, se acercó un día a Jesús para preguntarle: «: ¿Qué mandamiento es el primero de todos? La sinagoga contemporánea de Jesús presentaba a sus discípulos 613 preceptos. Una agobiante carga de normas que oprimía a los judíos observantes.

La respuesta del Señor quizás desconcertó al letrado. Jesús lo invita a regresar al capítulo sexto del Deuteronomio. Allí estaba consignado el Shemá, la plegaria que todo varón israelita debía recitar por la mañana y por la tarde. Su texto, escrito sobre pequeños pergaminos, habría de colocarse en la frente, sobre el brazo izquierdo y también en las puertas de la casa: «Escucha Israel: El Señor nuestro es el único Señor. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser» Y el segundo mandato, añade Jesús, es semejante a éste: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Charles Peguy comenta: «El amor a Dios y el amor a los hombres entre sí, son los dos hijos mellizos del amor de Dios a los hombres».

3.- Este pasaje que, excepto san Juan, guardaron todos los evangelistas, marca un viraje de 180 grados en las relaciones del hombre con Dios. Es como la bisagra que articula el Antiguo y el Nuevo Testamento. Antes se había dicho: Cumplirás: Ahora el Maestro nos dice: Amarás. Pero a un Padre bondadoso de los Cielos. Y los prójimos «como yo os he amado». Así el Señor destruye la oxidada armadura, donde muchos quizás estamos presos. Tal vez nos esforzamos demasiado en rechazar enemigos, en recitar fórmulas, observar normas, defender estructuras, pero nos olvidamos de amar a Dios y a los hermanos.

Por lo cual necesitamos de urgencia un curso acelerado de cristianismo.

Primer nivel: Examinar sinceramente a quiénes amamos de verdad y por qué los amamos. Trabajo en grupo.

Segundo nivel: Comprender las normas que brotan de nuestra fe, como instrumentos para el amor a Dios y a los prójimos. Investigación sobre el Evangelio.

Tercer nivel: Sentir en lo interior que Dios nos ama infinitamente. Material de apoyo: El libro de los Salmos.

Cuarto nivel: Borrar de nuestro panorama interior todo miedo, todo recuerdo amargo. Puede colaborarnos algún sacerdote.

Quinto nivel: Estrenar una inmensa alegría, en el corazón y en el rostro, porque hemos empezado a conocer a Jesucristo.

Un caricaturista español se pregunta: «¿Qué tal que expulsaran de la Iglesia a quienes no aman suficientemente?».

Gustavo Vélez, mxy

Dios es amor

1. – En mis tiempos se decía “nadie da, nunca nada” Y en cambio San Pablo nos dice que Cristo fue un SÍ. ¿Cómo es posible que hayamos convertido nosotros nuestra Fe en un NO tan rotundo?

La Ley tenía 613 preceptos, ¿y la nuestra? Además de los diez mandamientos de Dios y los cinco preceptos de la Iglesia tenemos una larga regulación sobre los Sacramentos y todo un Derecho Canónico con 1752 cánones.

¿Qué puede pasar con esto? Que confundamos las cosas y de hecho se hace, que se da más importancia al ayuno eucarístico, que a la necesidad que tenemos de acercarnos a Jesús Sacramentado; que es más importante no faltar nunca a la misa dominical, mientras estamos negando su justo salario a quien se lo debemos, que nos importa más que se bautice nuestro niño en un día determinado –y con bombo y platillo— que le eduquemos cristianamente y santamente al niño. Total, ¡un batiburrillo espiritual!

2. – Dios es amor y esa es su vida interna entre las tres Divinas Personas, y es amor hacia fuera, volcándose sobre las creaturas que ha creado. Y el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y por tanto es esencialmente amor, amor a Dios su Padre, y amor a los demás hombres hijos de un mismo Padre.

Amar a dios nos puede parecer fácil, cuando lo convertimos en un sentimiento facilón, ante un ser que es Padre bueno y para más, con barbas blancas como es el Padre eterno…

Pero es San Juan, el Evangelista del Amor, quien define a Dios como Amor, y el que al mismo tiempo añade: “Si decimos que amamos a Dios a quien no vemos y no amamos a nuestros hermanos a quienes vemos, somos unos mentirosos”

Para Juan amar a Dios y amar a los demás es una misma cosa. ¡Y es el Señor el que cuando nos dice cómo nos va a juzgar nos da a entender que Él se ha metido en los hombres de forma que lo que los hombres hallamos hecho con Él lo tomará por hecho a Sí mismo, y al contrario.

José María Maruri SJ

Dos caminos para la gloria: Dios y el hermano

1.- Amar a Dios es relativamente fácil: es una realidad tan invisible, nos exige tan poco que –conquistarle a nuestra manera- (como dirían los jóvenes) ¡está chupado! Pero ¿le amamos como El quiere? ¿Le cortejamos como El merece? ¿Le festejamos totalmente? ¿Le buscamos desde abajo y con los de abajo?

Si, amigos; porque mirar hacia arriba, pensar en alto o en voz baja en Dios, no es muy comprometido a simple vista. Hacerlo, a través de la aduana de los hermanos; advirtiendo al que está en frente de mí como a un hermano (en el trabajo, en la vecindad, en la política, en la profesión, en el día a día) es todo un reto. Esa es la palabra: amar al prójimo, en muchísimos momentos, se convierte en todo un reto. En una utopía. A veces, en algo insalvable y muy embarazoso que pone a prueba la autenticidad o falsedad de nuestra fe.

Pero, el Señor, nos advierte: el amor de Dios se filtra por el hombre y, el amor al hombre (el auténtico, que no conoce límites ni tregua, ni descansa –como diría San Pablo) tiene su origen y su fuente en Dios.

Lo curioso del Evangelio de hoy es que, el escriba, parecía preguntar con cierta “sorna” a Jesús sobre la Ley. ¿O es que nosotros no somos conocedores del precepto sobre el que hurgaba el escriba? ¡Por supuesto que sí! Lo que ocurre es que, aún estando al tanto, damos tanto margen a la grandeza de Dios, a su infinito corazón de “padrazo” que, hasta llegamos a concluir para nuestros adentros: “bueno; aunque falle con aquel, con aquella; aunque no perdone; aunque no olvide ofensas….Dios ya sabe por qué fallo; por qué no perdono o por qué no olvido los agravios”. Es el Dios a nuestra medida. El Dios de nuestras débiles y pobres auto justificaciones.

2.- Con el evangelio en la mano, la Palabra de Dios, nos invita a volcarnos con el de arriba y con el de abajo; a sonreír al guapo y al feo; a ayudar al que me cae bien y al que me cae mal; a perdonar al que está lejos y al que tengo cerca; a entregarme con el alegre y con el triste; con el pobre y con el rico; con el que me cae bien y con el que tengo (por grandes o por pequeñas cosas) atragantado.

¡Escucha, hermano mío! Nos dice Jesús en el Evangelio de este día. Ya sé que eres sabedor de los Mandamientos de mi Padre; que intentas amarle (aunque a veces lo olvides); que respetas su nombre (aunque algunos lo maldigan y blasfemen); que miras al cielo (aunque andas demasiado pendiente de lo que ganas en la tierra).

¡Escucha, hermano mío! Nos repite, Jesús: No arrincones ni el amor a Dios, ni tampoco el amor a los hombres. No te justifiques diciendo: ¡no puedo más! ¡Ya he cedido bastante! ¡Ya estoy canso de ser yo siempre quien perdone, quien se acerque, quien haga borrón y cuenta nueva, quien ponga la segunda mejilla!

¡Escucha, hermano mío! Nos responde Jesús: yo también ofrecí la segunda mejilla; compartí la mesa con el que me traicionó y hasta me fié de quien, en las horas más amargas de mi vida, tres veces me negó. Pero los amé con locura. ¿Sabéis por qué? Porque eran hermanos míos. Hijos de un mismo Padre. Y, por mi Padre y porque sé que le agrada a mi Padre, los amé con la misma fuerza que os amo a vosotros.

3.- Que esta eucaristía, con la escucha atenta del Evangelio, nos ayude a descubrir esas dos vías que –juntas y en paralelo- van derechas a la gloria que Dios nos tiene prometida: verle y contemplarle cara a cara por el amor que le tributamos en la tierra y porque, en el hermano, supimos honrarle, cuidarle y respetarle. ¡Escucha, hermano mío! ¡No lo olvides!

Javier Leoz

El amor se aprende

Casi nadie piensa que el amor es algo que hay que ir aprendiendo poco a poco a lo largo de la vida. La mayoría da por supuesto que el ser humano sabe amar espontáneamente. Por eso se pueden detectar tantos errores y tanta ambigüedad en ese mundo misterioso y atractivo del amor.

Hay quienes piensan que el amor consiste fundamentalmente en ser amado y no en amar. Por eso se pasan la vida esforzándose por lograr que alguien los ame. Para estas personas, lo importante es ser atractivo, resultar agradable, tener una conversación interesante, hacerse querer. En general terminan siendo bastante desdichados.

Otros están convencidos de que amar es algo sencillo, y que lo difícil es encontrar personas agradables a las que se les pueda querer. Estos solo se acercan a quien les cae simpático. En cuanto no encuentran la respuesta apetecida, su «amor» se desvanece.

Hay quienes confunden el amor con el deseo. Todo lo reducen a encontrar a alguien que satisfaga su deseo de compañía, afecto o placer. Cuando dicen «te quiero», en realidad están diciendo «te deseo», «me apeteces».

Cuando Jesús habla del amor a Dios y al prójimo como lo más importante y decisivo de la vida, está pensando en otra cosa. Para Jesús, el amor es la fuerza que mueve y hace crecer la vida, pues nos puede liberar de la soledad y la separación para hacernos entrar en la comunión con Dios y con los otros.

Pero, concretamente, ese «amar al prójimo como a uno mismo» requiere un verdadero aprendizaje, siempre posible para quien tiene a Jesús como Maestro.

La primera tarea es aprender a escuchar al otro. Tratar de comprender lo que vive. Sin esa escucha sincera de sus sufrimientos, necesidades y aspiraciones no es posible el verdadero amor.

Lo segundo es aprender a dar. No hay amor donde no hay entrega generosa, donación desinteresada, regalo. El amor es todo lo contrario a acaparar, apropiarse del otro, utilizarlo, aprovecharse de él.

Por último, amar exige aprender a perdonar. Aceptar al otro con sus debilidades y su mediocridad. No retirar rápidamente la amistad o el amor. Ofrecer una y otra vez la posibilidad del reencuentro. Devolver bien por mal.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado XXX de Tiempo Ordinario

El evangelio de hoy parece centrarse en la humildad como culmina el relato. Pero Jesús no define ni describe esta virtud. Sirviéndose de parábolas dibuja con honda sencillez su perfil. Partamos del hecho de que, a cada uno, se nos valora y clasifica por lo que hacemos, por lo que parecemos, por lo que decimos y por la manera en que lo decimos. Jesús se fija en lo primero –la conducta externa- para ofrecer tres enseñanzas concatenadas sobre la humildad.

  • La humildad de aceptar el propio lugar. La humildad va referida a la opinión que tenemos sobre nosotros mismos y sobre los demás. Es una facultad que nos permite reconocer cuál es nuestro verdadero lugar y situarnos en él. Es una forma de autoconocimiento (conocernos) que desemboca en la autoaceptación (amarnos). Observamos, no obstante, que hay algo en lo que cada persona supera a todas las demás. Por tanto, todos merecemos el primer puesto y, a la vez, nadie lo merece. Ese principio evita tanto la autoglorificación como el autodesprecio.
  • La humildad de ocupar el último puesto. En algún lugar de nuestro ADN llevamos inscrita la tendencia indómita a ser los únicos o, cuando no, los primeros. El primer puesto es un imán que seduce y arrastra a costa de lo que sea.  Lo vemos todos los días en el mundo de la política, del deporte, de la economía, de la vida académica… y de la misma familia, o de la comunidad cristiana. La existencia de envidias y complejos lo muestran fehacientemente. Pues bien, Jesús nos enseña a afrontar esa tendencia y a ocupar “nuestro” lugar con dos máximas: Una es activa: ceder el primer lugar a otro, dejar que sea otro quien ocupe el primer lugar. La segunda es pasiva: dejar que otros nos indiquen nuestro verdadero lugar. Para ello hay que conjugar el verbo “bajar”.  Como dijo bellamente el poeta: «Baja y subirás volando / al cielo de tu consuelo, / porque para subir al cielo / se sube siempre bajando».
  • La humildad de ocupar el primer puesto. Los primeros puestos son muy apetecibles; pero también peligrosos. No debemos idealizar las cosas. Esos lugares llevan aparejadas muchas preocupaciones y embrollos. Por esa razón muchos se mantienen alejados de los primeros puestos. Tal actitud puede ser catalogada como prudente, pero no necesariamente como cristiana por el egoísmo que suele esconder. El amor a Dios y al prójimo deben llevarnos a sacrificar humildemente la propia paz cuando se nos requiere para un servicio abnegado y difícil. De hecho muchos quieren mandar, pero son muy pocos los que con un corazón magnánimo se muestran disponibles para lavar humildemente los pies de los hermanos, como hizo Jesús. Hoy como siempre, los primeros puestos exigen una sobredosis de humildad.

Ciudad Redonda