Comentario – Domingo XXXI de Tiempo Ordinario

(Mc 12, 28-34)

Era pesada la multitud de normas y preceptos que tenían los judíos, no sólo en la Sagrada Escritura, sino sobre todo en las tradiciones que habían impuesto los fariseos.

Nosotros también, muchas veces nos perdemos en medio de una multitud de obligaciones morales que pesan en nuestra conciencia, y nos llenamos de escrúpulos, de autoreproches, de sentimientos de culpa. Necesitamos que Jesús nos diga dónde tenemos que tratar de poner el acento para tener la tranquilidad de estar en su camino a pesar de nuestras debilidades.

Y Jesús es muy claro; lo primero que espera Dios de nosotros es que lo amemos. Puede suceder, de hecho, que una persona no cometa pecados evidentes, que su vida sea correcta y elogiable, pero que en realidad sólo se ame a sí misma y su propia perfección. Jesús nos dice que no es eso lo que Dios espera de nosotros, sino que en primer lugar espera que lo amemos, con un amor verdadero que brote de lo más profundo, del «corazón», con un amor que sea también deseo de su amor y de su presencia, es decir, con toda el «alma», y con un amor donde se integre también todo el dinamismo de nuestra vida, nuestros impulsos, nuestro trabajo, nuestras acciones; no porque tengamos que ser perfectos en todo lo que hagamos, sino porque lo hacemos presente a él en medio de todo lo que hacemos.

Pero este amor debe manifestarse también en una forma de actuar semejante a la de Dios, es decir, en una vida compasiva con el hermano, para amarlo a él como Dios me ama, para perdonarlo como Dios me perdona, para desear su bien. Y amarlo como a mí mismo significa romper las paredes de mi propio yo, para que así como deseo mi felicidad pueda desear también la felicidad del hermano, para que así como me preocupo por mis problemas, también me preocupe por los problemas del hermano.

Oración:

«Mi Señor, sin tu gracia yo no puedo salir de mis propios intereses, sin tu amor no puedo liberarme del egoísmo. Transfórmame Señor, para que pueda amarte con todo mi corazón, con toda mi mente y con todo mi espíritu, y para que pueda amar a los demás como me amo a mí mismo».  

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día