Desmemoriados

Algo de lo que nos quejamos mucho, y no sólo las personas de más edad, es de lo que se nos olvidan las cosas: lo que iba a hacer, lo que iba a decir, lo que estaba buscando o dónde he guardado algo, lo que he dejado al fuego, un nombre, una dirección, una compra… A veces se nos olvidan cosas muy básicas, que damos por hecho que nos vamos a acordar de ellas, y sin embargo, se nos van de la cabeza. Para paliar la pérdida de memoria, utilizamos recursos: escribir una nota, programar una alarma, cambiar un objeto de sitio, pedir a otra persona que nos lo recuerde…

La Palabra de Dios de este domingo nos ha recordado algo muy básico, tanto, que a veces damos por hecho que ya lo sabemos de sobra y no se nos va a olvidar. Es lo que un letrado le preguntó a Jesús: ¿Qué mandamiento es el primero de todos? A lo que Jesús responde, citando lo que también hemos escuchado en la 1ª lectura: Amarás al Señor Tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. Pero Jesús añade: El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos. El mayor y único mandamiento tiene dos dimensiones inseparables, como nos enseñaron a repetir de pequeños cuando memorizábamos los Diez Mandamientos: “Estos Diez Mandamientos se encierran en dos: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Pero debemos reconocer que somos muy desmemoriados, porque algo tan básico, tan sabido desde pequeños, se nos olvida muy fácilmente. Unas veces, porque las ocupaciones y preocupaciones diarias hacen que en todo el día no hayamos tenido un momento para Dios y tampoco hayamos prestado atención a nadie, fuera de nuestro círculo más inmediato.

Otras veces, porque nos quedamos con la primera parte del mandamiento, viviendo un espiritualismo desencarnado: hacemos nuestros rezos, “oímos Misa”, realizamos nuestros actos de devoción, pero “se nos olvida” la segunda parte y no realizamos ningún gesto de amor al prójimo ni queremos asumir ningún compromiso concreto al respecto.

Y otras veces nos quedamos con la segunda parte del mandamiento, cayendo en el activismo, desarrollando diferentes acciones de voluntariado con mucha entrega, pero “se nos olvida” la primera parte y que esa actividad tiene su fuente y alimento en nuestra relación de amor con Dios.

En la 1ª lectura hemos escuchado que el autor dice: Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria. Pero como la desmemoria nos acecha, continúa recomendando unos recursos para que no se olviden las palabras del mandamiento principal, unos recursos que podemos hacer nuestros: Se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal, las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales. El mandamiento principal no es sólo que se deba quedar en nuestra memoria, es algo que forma parte de nuestra cotidianidad. El amor a Dios y al prójimo es un estilo de vida que concretamos en lo íntimo y en lo público, en el ámbito familiar, laboral, social… El amor a Dios y al prójimo está “atado” a nuestro pensamiento y a nuestra acción, en todo lo que hacemos y en todo momento. Y este ejercicio continuado hace que el mandamiento no se nos olvide, ni del todo, ni en parte.

Pero nosotros, además, contamos con otro recurso para luchar contra la desmemoria. Somos Iglesia, comunidad parroquial y, sobre todo cuando participamos en la Eucaristía dominical como miembros de un mismo cuerpo, nos ayudamos a recordar que debemos cumplir este mandamiento.

¿Me afecta la falta de memoria? ¿Qué hago para paliarla? ¿Se me olvida, en todo o en parte, el mandamiento principal? ¿Hay alguna parte del mandamiento que acentúe más que la otra? ¿Por qué? ¿El amor a Dios y al prójimo es algo que forma parte natural de mi vida cotidiana? ¿Cómo lo llevo a la práctica? ¿La comunidad parroquial me ayuda a recordar y a cumplir este mandamiento?

Si nos da mucha rabia olvidar nuestras cosas, mucho más nos debería doler olvidarnos de las cosas de Dios, sobre todo, de lo más básico: el mandamiento primero de todos. Pidamos al Señor que sepamos utilizar todos los recursos de que disponemos para no ser unos desmemoriados y ayudarnos unos a otros, como comunidad parroquial, a recordarlo y a cumplirlo.