La gran revolución de Jesús

1.- La acción que nos narra San Marcos en el Evangelio de hoy se sitúa tras la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. En esas horas arreciaron los ataques de fariseos y otros elementos de la religión oficial judía que buscaban acusarle y condenarlo. Pero Jesús de Nazaret, que era un judío observante de la Ley de Moisés, coloca a sus adversarios frente al principal mandamiento: el de la Shemá, el de amar a Dios sobre todas las cosas. Era –y es—la plegaria que todo el pueblo debía repetir todos los días como oración de la mañana. Jesús lo había dicho muchas veces: no pretendía eliminar la Ley, sino que ésta se cumpliese “hasta el último tilde”. Pero, realmente, a sacerdotes, escribas y fariseos les importaba poco la verdadera Ley. Solo intentaban implementar, al precio que fuera, un exagerado nivel de cumplimiento de normas, muchas de las cuales nada tenía que ver con los preceptos dictados, de manera muy minuciosa, por Moisés y sus principales seguidores.

La sorpresa, además, para los “oficialistas” es que Jesús les habla de Dios como auténtico rey del amor y de la ternura hacia sus criaturas. Pero ellos mantenían la idea de un Dios lejano, solitario, todopoderoso e implacable. Todo esto les iba mejor para sus fines. La verdad es que, como ha dicho algún escritor espiritual, los fariseos, con sus normas, habían encerrado a Dios en una jaula de oro. Y el esfuerzo de Jesús para enseñar al pueblo la verdadera naturaleza de Dios, chocaba con los intereses de esa llamada religión oficial. La doctrina del amor es lo que llevó a Jesús a la Cruz. Sus enemigos propiciaban un Dios del terror y no podían admitir ese Dios del amor.

2.- Pero siempre hemos de tener en cuenta al Dios del amor y no transformarle en cualquier otra cosa. Si somos sinceros y humildes tendremos que reconocer que también, a veces, nosotros queremos meter a Dios en una jaula y emplear a ese Dios cautivo como sicario de algunos de nuestros postulados nada cristianos. Yo he pensado alguna vez que el terrible mensaje de Jesús sobre que jamás se perdonarán los pecados contra el Espíritu Santo, son esos pecados imperdonables que están cerca de la mala utilización de la imagen y de la persona de Dios, falsificando a nuestro antojo la autentica realidad del Dios del amor. Desgraciadamente, hay muchos fariseos entre nosotros. Personas que dan más importancia a la norma que al fondo verdadero de nuestra fe; y “educadores” que han convertido la religión es una serie de preceptos u obligaciones que poco tiene que ver con la idea del amor divino. Respecto a estos, parece mentira que pasen por alto las muchas advertencias –la mayoría muy graves—que Jesús de Nazaret hace a los fariseos.

3.- La revolución de Jesús fue revelar al Dios del amor que, desde luego, chocaba –como ya he dicho—con ese otro Dios justiciero y hasta cruel, inventado por aquellos que opinaban que la mejor obediencia religiosa llegaba desde el miedo, desde el terror. El Dios del amor rompía todos los esquemas del judaísmo contemporáneo de Jesús. No es extraño, pues, que fuera perseguido y se buscara su condena. La escena a la que asistimos hoy, narrada por San Marcos, es una de tantas de las que se provocaron y que, finalmente, sirvieron para su condena. Pero al igual que los cristianos tendentes al fariseísmo hay también cristianos que no entienden el Dios del Amor, compartimentándolo en diferentes formar de ver ese amor. O, incluso, alejándole del amor a sus criaturas. Ha sido nuestro Papa, Benedicto XVI, quien en su encíclica “Deus Caritas Est”, diera una aceptación total y global al amor de Dios, sin exclusiones surgidas de interpretaciones, más de contenido lingüístico, que de otra cosa. Dios también siente por sus criaturas el amor llamado eros, que no es otra cosa que una parte del amor total.

Pero, verdaderamente, nuestros hermanos que se aferran a posiciones poco cristianas y un tanto arcaicas, merecen todo nuestro amor y todo nuestro respeto. Y amor y respeto ha de jalonar nuestro camino para ayudarles en su conversión definitiva, que no es otra que la nuestra propia, porque la Iglesia es un cuerpo de muchos miembros, del cual la cabeza es Cristo. Nadie sobra, ni nadie puede ser excluido. Hemos de amarnos todos para ayudarnos entre si. Y así comprender que el camino del amor y de la comprensión fue –y es—el camino que utilizaba Jesús de Nazaret con sus adversarios de hace más de dos mil años, a quienes amaba y deseaba su felicidad y salvación.

Ángel Gómez Escorial