Lectio Divina – Solemnidad de Todos los Santos

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

INTRODUCCIÓN

En esta fiesta celebramos la «bondad» se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien, que es mucho más fuerte y está más extendido que el mal (F. Marcos).

LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Apo. 7,2-4.9-14.       2ª lectura: 1Jn. 3,1-3

EVANGELIO

San Mateo 5,1-12:

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

REFLEXIÓN

Hoy es el día de todos los santos. No de los santos de altar, de aquellos que necesitan milagros para ser reconocidos por el Papa. Son los santos innominados que no necesitan reconocimiento oficial, pero que están reconocidos por el Padre Dios “que ve lo que hay en el corazón de cada uno”.  ¿Cuáles son las características de estos santos?  Veamos:

1.- Los santos son muchos (1ª lectura).

         Algunas sectas interpretan los números al pie de la letra y dicen que  sólo se salvan los 144 .000 que dice la Biblia. Y no se dan cuenta que es un número simbólico que resulta de multiplicar 12 (tribus de Israel) por 12 (apóstoles) y añadir mil que indica plenitud. Por eso, el mismo texto dice al final que era una multitud tan grande que nadie podía contar. Esto, para nosotros, es muy importante en este día. Si son tantos los santos que nadie puede contar… ¿No voy a estar yo entre ellos? ¿Y mi familia, y mis amigos, y, sobre todo, todos los amigos que tiene Dios?  Por eso hoy el pueblo fiel se desplaza al cementerio a visitar y a rezar a “sus santos”. El templo hoy se traslada al cementerio y cada sepultura queda convertida en un altar.

2.– Lo primero que se necesita para ser santo es dejarse amar por Dios  (2ª lectura).

¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre!… En este mundo hay cosas muy bellas que nos invitan a contemplarlas:  las montañas nevadas, los bosques, los mares, la sonrisa de los niños etc. Pero nada tan bello y tan digno de ser contemplado como “el amor que Dios –Padre nos tiene”. Lo primero para ser santo es “sentirse querido por Dios”.  En este maravilloso texto de Juan descubrimos un pasado, un presente y un futuro.

         Pasado: Mirad que amor nos ha tenido. El mejor comentario lo hace San Pablo en la carta a los Efesios cuando dice: “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante Él por el amor”.

         En Cristo todos tenemos una pre-existencia. Antes de la creación del mundo el Padre nos ha visto ya en Cristo. Desde toda la eternidad todos hemos sido objeto de unos sueños eternos.

         Presente. ¡Lo somos! Da la sensación de que el apóstol Juan no acabara de creérselo. Es como esos papás que han estado años esperando un hijo y por fin les llega. No caben de alegría y exclaman ¡Somos papás! ¡Lo somos!

         Futuro. “Aún no se ha manifestado lo que seremos”. Para el apóstol el futuro va a ser mucho mejor que el presente y el pasado. Si un Padre, ya en este mundo, nos trata de esa manera ¿Qué hará con nosotros cuando lleguemos al cielo? De un Padre inmensamente poderoso e infinitamente bueno se puede esperar cualquier cosa. ¡Es tiempo de soñar! Una eternidad se pasó Dios soñando en nosotros. ¿Es mucho que nosotros nos pasemos este breve tiempo de la vida soñando en Él? Sabemos que todos nuestros sueños se quedarán cortos.

3.– El santo es aquel que logra ser feliz ya en este mundo (Evangelio).

Un Dios que tanto nos ama, no espera a que seamos felices sólo después de la muerte. Quiere que seamos felices ya en este mundo, y ya desde aquí, anticipemos la felicidad que nos espera. La causa de nuestra felicidad es que Dios está de nuestra parte. Los pobres pueden ser felices no porque carecen de medios sino porque tienen en su corazón a Dios como suprema riqueza. Y cuando Dios está en el corazón, cambia la vida de las personas: se pone la alegría no en acumular sino en compartir; no en dominar sino en servir; no en ser más importante sino en hacerse humilde, imitando así a Jesús que, cuando pronunciaba las bienaventuranzas, estaba expresando lo que Él estaba viviendo por dentro.

PREGUNTAS

1.– El hecho de ser muchos los que se salvan, ¿me anima a mí a trabajar por conseguir la santidad?

2.- ¿Estoy convencido de que el camino auténtico para ser santo es dejarme amar por Dios?  ¿Es esto tan difícil?

3.- ¿Estoy convencido de que Dios quiere que seamos felices ya en esta vida?  ¿Estoy dispuesto a experimentarlo siguiendo a Jesús?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

Jesús no llama felices
a los pobres y oprimidos.
Para esta gente es la vida
un auténtico suplicio.
Quienes carecen de pan,
de trabajo o domicilio,
no pueden vivir felices,
viven tristes y afligidos.
El rico flota en un mar
de placeres y caprichos.
Es amigo de banquetes,
fiestas, lujosos vestidos.
A Jesús le llega al alma
tan duro materialismo;
y manda una voz de alerta
a sus queridos discípulos.
Felices los que comparten
su amor, su pan y su vino
con todos los que carecen
de oficio y de beneficio.
Felices los conformados
con un estilo sencillo
de vida y dejan vivir
a los demás, sin herirlos.
Felices todos que creen
que todo lo han recibido
de Dios gratis; y lo entregan
gratis también a sus hijos.
Son felices, porque el Reino
de los cielos hizo nido
en su corazón y tienen
al Padre Dios como amigo.

(Compuso estos versos José Javier Përez Benedí)

Ha echado más que nadie

El evangelio de este domingo muestra el relato de un testimonio que nos presenta una de las experiencias más sublimes de la fe, solo accesible a través de la mediación de un testigo y el descubrimiento de éste por la mirada de un observador atento.

La testigo, una mujer viuda que con su testimonio evidencia la profundidad de algo para lo cual la mera razón no alcanza, porque testimoniar en este ámbito de la fe, no es algo que se exprese ni se construya con conceptos; no se trata de una confesión pública ni de una postulación, tampoco es una evidencia ni una demostración de ninguna verdad accesible por la mente. El testimonio tiene una consistencia propia y va más allá de las expresiones de cualquier diálogo. Es una forma reveladora. Revela un mensaje trascendente y está revestido de autoridad propia. Si se insertara en un diálogo o si el testigo tuviera la voluntad tácita de testimoniar y demostrar algo, se banalizaría y con ello, se invalidaría el testimonio. El testimonio necesita un testigo y un oyente del testimonio.

Jesús, sentado frente (confrontado con) al tesoro del Templo observa la acción de esa mujer que se acerca a depositar su ofrenda. A continuación, nos dice el texto de Marcos, convoca a sus discípulos y les relata el testimoniode aquella viuda sencilla y marginal para todos los grupos presentes, y de su desprendida generosidad: descubre en ella un gesto que revela su profundo amor y cómo toda su confianza está puesta en Dios. De aspecto muy sencillo, sola e invisible en aquel contexto que poco repara en una mujer, y menos en su situación, no trata de decirle nada a nadie, pero la mirada atenta de Jesús la descubre, e inmediatamente ve en ella la forma que tiene de vivir la presencia de Dios en su vida. Es por lo que llama a sus discípulos y les advierte de ese testimonio, para que también ellos aprendan a saber mirar en lo sencillo, sin dejarse tomar por las maravillosas formas del Templo, ni por el exhibicionismo de los donantes en el Tesoro, ni tampoco por las excentricidades impositivas de algunos de sus funcionarios.

El verdadero testimonio comienza cuando quien observadescubre que el testigoestátestimoniando, revelando algo que no se puede comunicar con otra forma de lenguaje. Jesús vio un testimonio en lo que hacía aquella mujer porque en esa acción descubrió su lealtad para con Dios y una forma de bondad, de libertad y de generosidad que solo podían provenir del amor al y del Padre. Ella, sin saberlo, fue una testigo para Jesús. El mismo Jesús, con su mirada, la hizo tal, al ver en ella la fidelidad al amor de Dios: “…amarás al señor tu Dios con todo tu corazón con toda tu alma y con todo tu ser… Y al prójimo como a ti mismo“(Mc.12, 30-31)

El verdadero testigo da testimonio a pesar suyo, sin tener la intención de hacerlo, lo hace por la fuerza de una convicción y por la fidelidad a la verdad de aquello en lo que cree, vive y sostiene su existencia.

La convicción y la fe de esta mujer, ofrece un marcado contraste con los personajes que aparecen en la primera parte del relato y a los que hace referencia Jesús en su enseñanza a la gente. Estos, los letrados, eran los interpretes de la Ley, aquellos que “sabían” y tenían que decirle al pueblo cuál era la voluntad de Dios. Convencidos, por ello, de su superioridad, mantenían una posición distante, reduciendo al pueblo a la sumisión y haciendo de la dependencia de su magisterio la garantía de su sometimiento. Hacían ostentación de su piedad a Dios pronunciando en público largas oraciones, nos dice el texto, pero estas, según el relato de Marcos, lejos de ser un testimonio de la presencia de Dios en sus vidas, constituían un medio para extraer de las personas más vulnerables (las viudas) sus escasos recursos.

Con esto se enfrenta Jesús. Esto es lo que significa “sentarse enfrente del cepillo del Templo”. Esta mirada desde enfrente es la que Jesús trata de enseñar a sus discípulos, que salgan de esa realidad a ras de tierra y, con una mirada más alta sepan ver los testimonios que aparecen en la vida; que no se dejen tomar por la mentalidad y la visión de los letrados, que entiendan la paradoja:lo que tiene menos valor, es lo más valioso. Jesús no invita a los discípulos a seguir el ejemplo de la viuda, ella es el paradigma, el prototipo del Israel fiel, no el del seguidor de Jesús. De la viuda pueden aprender la fidelidad, la bondad y la lealtad a aquello que cree y vive. Pero lo que quiere es que sepan mirar y “ver” donde está el Israel que vale a los ojos de Dios y que sepan descubrir la perversión y la maldad del sistema.

Ellos que aparecen en el relato cuando Jesús ya ha visto el testimonio de la mujer viuda, son convocados por él después del hecho. No fueron al Templo con Jesús y surgen en la escena sin salir de ninguno de los encuentros de Jesús con los dirigentes, sugiriendo el evangelista que ya estaban allí; es decir, es una forma figurada de dar a entender que su presencia es “permanente”, que todavía comparten la mentalidad del Templo.

El contraste entre las dos escenas y, en especial, el testimonio de aquella mujer es una invitación a poner la vida en manos de Dios. Jesús da a entender que lo central no es el templo ni lo que se hace él, sino la actitud y la libertad con la que uno se relaciona con Dios.

Fr. José Ramón López de la Osa González

Comentario – Solemnidad de Todos los Santos

(Mt 5, 1-12)

El estilo de vida que Jesús enseña a la multitud es el de la sencillez, la mansedumbre, la lucha por la paz y la justicia; es la renuncia a los honores mundanos. Queda claro entonces que la felicidad que Jesús propone no es la misma que ofrece el mundo, es de otro nivel.

A diferencia de Lucas, el evangelio de Mateo no se detiene a presentar la queja de Jesús contra los ricos, porque Mateo se dirige a gente pobre, que no tiene bienes a los que podría aferrarse, y entonces los exhorta a la pobreza «de espíritu», la actitud interior de apoyarse sólo en Dios.

Además, por dirigirse a judíos, el evangelio de Mateo prefiere usar imágenes muy gratas a los judíos. Por eso la promesa del Reino celestial se presenta como una promesa de poseer la tierra, y esto agradaba mucho a los judíos, que tanto habían sufrido para poder conquistar la tierra prometida.

Jesús declara felices a los pacientes, a los afligidos, a los que buscan la justicia, a los misericordiosos, a los que luchan por la paz, a los que son perseguidos por hacer el bien.

A todos ellos les dice que sus angustias, cansancios y renuncias no son inútiles, sino que son bien tenidas en cuenta por el Padre, y que implican una recompensa que supera todo lo terreno. Esta invitación quiere producir entonces la alegría de saber que la vida entregada por el Reino de Dios tiene un profundo sentido.

Este texto es también una invitación a contemplar con cariño a los que, a lo largo de la historia, han vivido el espíritu de las bienaventuranzas, porque lo que en ellos se refleja es la misma vida de Cristo, y su entrega generosa es una alabanza a la gracia de Dios que los ha hecho semejantes al Señor.

Oración:

«Jesús, quisiera desear esa felicidad que me ofreces, la felicidad de un corazón pobre, simple, manso, pero capaz de luchar por un mundo de paz y de justicia. Quisiera poder liberarme de mis deseos mundanos, de mis vanidades. Dame tu gracia para lograrlo».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Comentario – Lunes XXXI de Tiempo Ordinario

(Lc 14, 12-14)

Jesús se dirige al jefe de los fariseos, que había organizado la cena, invitando sólo a personas de su «nivel» social y económico. Y Jesús le pide que rompa ese círculo de vanidades e intereses mundanos. Porque los que tienen intereses políticos, económicos, o ligados a la vanidad social, se invitan mutuamente, creando un mundillo donde no hay un deseo generoso de homenajear al amigo o de hacerlo feliz, sino solamente de alimentar el propio prestigio y los propios intereses.

Por eso Jesús exhorta a dar un paso verdaderamente celestial: invitar a los pobres, a los ciegos, a los lisiados, a esos que son mirados con desprecio, que no tienen prestigio, que no pueden brindarnos ninguna retribución, ni económica, ni estética, ni sensual. Esto supone un corazón transformado por la gracia de Dios de tal manera que se ha hecho como el de Jesús, que siendo el Hijo de Dios quiso compartir su vida con los más pequeños, con los despreciados, con los olvidados, pero no por algún interés, sino por un amor verdaderamente gratuito. Esta «gratuidad» no le resulta fácil al corazón egoísta, y sólo invade al corazón que se deja transformar por el Espíritu Santo que Jesús nos regala.

Obrando así, con gratuita generosidad, uno recibirá una recompensa eterna, de un valor y una belleza muy superiores, y representará en su vida la manera de obrar de Jesús, que se entregó por nosotros sin necesitar de nosotros, por pura generosidad.

En este texto, Jesús nos muestra la verdadera actitud cristiana ante los pobres. No se trata sólo de dar limosna, de repartir los bienes, como quien, sintiéndose superior da una muestra de su grandeza ascética repartiendo cosas a los miserables. Por eso dice San Pablo: «Aunque yo repartiera todos mis bienes… si no tengo amor no me sirve de nada» (1 Cor 13, 3). Se trata más bien de compartir la vida con ellos, de sentarlos a la propia mesa, de compartir con ellos la propia fiesta; se trata de hacerse amigo de ellos sin avergonzarse de ser identificado con ellos.

Oración:

«Señor, que aprenda a compartir mi vida con los pobres, y sobre todo a vivir con ellos la fiesta de la amistad. Libérame de actuar buscando siempre mis propios intereses, haciendo de las relaciones humanas un permanente comercio».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Todos santos porque lo divino nos atraviesa y es nuestra esencia

Esta fiesta puede tener un profundo sentido si la entendemos como invitación a la unidad de todos en Dios. No recordamos a cada uno de los humanos como individuos. Celebramos la Santidad (Dios), que se da en cada uno. No se trata de distinguir mejores y peores, sino de tomar conciencia de lo que hay de Dios en todos. El hombre perfecto no solo no existe, sino que no puede existir. El concepto de santo que arrastramos desde hace siglos tiene que ser superado. No refleja el mensaje de Jesús sobre lo que Dios espera de nosotros.

Trataré de explicar cómo hemos llegado a ese concepto. Cuando el cristianismo se tropezó con la cultura griega, los ‘Santos Padres’ emprendieron una tarea de inculturación que trastocó el mensaje de Jesús. La razón griega trituró el mensaje que era vitalista. El Logos griego engulló el mito judío. Hoy conocemos el ideal de perfección que manejaban los filósofos griegos. Los cristianos incorporaron ese ideal. La ‘arete’ griega pasó al latín como ‘virtus’; en ambos casos significa fortaleza, valor, perfección. El hombre perfecto era el ‘vir’ que se guiaba siempre por la razón y no se dejaba llevar nunca para la pasión.

La propuesta del evangelio se convirtió en perfección griega y se vendió como propuesta evangélica. Pero la perfección griega es fruto de la razón y el evangelio no tiene nada que ver con la racionalidad. Desde entonces el santo era aquel ser humano que obraba siempre desde una fuerza de voluntad (vir-tuoso). Este sutil cambio tuvo consecuencias nefastas para la religiosidad posterior. El santo será para siempre el que actúa desde la racionalidad que quiere decir desde el falso yo. Todo lo que haga o deje de hacer estará encaminado a potenciar su individualidad. Será una pura programación para conseguir un fin personal.

Digo todo esto porque la idea de santo que hemos manejado corresponde a esta influencia griega. Queda así explicado, no justificada, la racionalización del concepto de santo. Las dos consecuencias nefastas de esa postura las seguimos padeciendo hoy. Por un lado el sentirse superior y, en la medida que alcanzo ese ideal de perfección, mirar a los demás por encima del hombro, creyendo que son inferiores. No hay nada más alejado del mensaje evangélico. Por otro lado, en la medida que no consigo ese objetivo que me he propuesto, la necesidad de simular para que los demás me crean perfecto, cayendo en un fariseísmo deshumanizador.

Esta distorsión se culminó con la incorporación al cristianismo de la juridicidad romana. Durante muchos siglos quien canonizaba a los santos era la comunidad (pueblo de Dios), con criterios de humanidad. Después canonizó la Iglesia con criterios racionales: un proceso con abogados que defienden la perfección del candidato y la aportación de los preceptivos milagros bien justificados y el veredicto final de unos jueces. Así se explica que haya en los altares tantas personas que han llevado una vida programada perfecta. Muy cumplidores de todas las normas externas, pero con ninguna empatía con los demás seres humanos.

Es verdad que los evangelios ponen en boca de Jesús: Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto. Pero ¿cómo es perfecto Dios? Cuando Dios dice: “sed santos porque yo soy santo”, no hace alusión a la condición moral. La perfección de Dios no se debe a sus cualidades. Dios es solo esencia, no hay nada que pueda no tener. Nosotros somos perfectos en nuestro verdadero ser, en lo que hay de Dios en nosotros. No hablamos de nuestras cualidades sino de Dios nuestra esencia, tesoro que llevamos en vasija de barro.

“Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Es un error garrafal el creer que podemos alcanzar la perfección evangélica con el esfuerzo personal. “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el Reino de Dios”. Jesús decía eso precisamente a los ‘perfectos’, a los que cumplían la Ley hasta la último tilde. Esta frase de Jesús es un aldabonazo contra la idea de perfección que acabamos de explicar. Dios no valora el cumplimiento de una programación sino un corazón sincero, humilde y agradecido. Todo lo que somos lo hemos recibido de Dios.

Después de estas sencillas explicaciones, ¿qué sentido tiene hablar de “comunión de los santos”? Si pensamos que se trata de unas gracias, que ellos han ‘merecido’ y que nos ceden a nosotros, estamos ridiculizando a Dios y al ser humano. Los dones de Dios ni se pueden cuantificar ni se almacenan. Todo lo que nos viene de Dios es siempre gratuito, nunca se puede merecer. Si tomamos conciencia de que en Dios todos somos uno, veremos que lo que cada uno puede vivir de Dios, lo viven todos y beneficia a todos.

Por la misma razón tenemos que aquilatar la expresión “intercesores”, aplicada a los santos. Si lo entendemos pensando en un Dios que solo atiende las peticiones de sus amigos, o de aquellos que son “recomendados”, estamos ridiculizando a Dios. En (Jn 16,26-27) dice Jesús: “no será necesario que yo interceda ante el Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama”. Lo hemos dicho hasta la saciedad, Dios no nos ama porque somos buenos, menos por recomendación sino porque Él es amor y está en cada uno de nosotros.

Se puede entender la intercesión de una manera aceptable. Si descubrimos que esas personas, que han tomando conciencia de su verdadero ser, son capaces de hacer presente a Dios en todo lo que hacen, pueden facilitarnos ese mismo descubrimiento, y por lo tanto, el acercamiento a Dios. Descubrir que ellos confiaron en Dios a pesar de sus miserias, nos tiene que animar a confiar más nosotros mismos. Y no solo valdría para los que convivieron con ellos, sino para todos los que después de haber muerto, tuvieran noticia de su “vida y milagros”. Allanarían el camino para que creciera el número de los conscientes.

No os dejéis llamar maestro. No llaméis a nadie padre. Jesús dijo al joven rico: ¿por qué me llamas bueno? ¿Cómo habría respondido si le hubiera llamado santo? Pues nosotros no solo santo, sino que nos atrevemos a llamar a un ser humano santísimo. ¡Cuándo tomaremos en serio el evangelio! No somos santos cuando somos perfectos, sino cuando vivimos lo más valioso que hay en nosotros como don absoluto. La perfección moral es consecuencia de la santidad, no su causa. Todos somos santos aunque muy pocos lo descubren.

Las bienaventuranzas quieren decir que es preferible ser pobre, que ser rico opresor; es preferible llorar que hacer llorar al otro. Es preferible pasar hambre a ser la causa de que otros mueran de hambre porque les hemos negado el sustento. Dichosos, no por ser pobres, sino por no ser egoístas. Dichosos, no por ser oprimidos, sino por no oprimir.

Para mí, tiene un profundo significado teológico que la fiesta de los difuntos esté ligada a la de todos los santos. Litúrgicamente ‘los difuntos’ se celebra el día 2, pero para el pueblo sencillo, el día de todos los santos es el día de difuntos, sin más. Con lo que hemos dicho tenemos datos para una interpretación en profundidad de esta fiesta. Si todo ser humano tiene un fondo impoluto, Dios tiene que amarnos precisamente por eso que ve en nosotros de sí mismo. No puede haber miedo a equivocarse. Todos son santos en su esencia.

Fray Marcos

Homilía – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

1

Alta teología y actitudes sencillas

Hay días en que la Palabra de Dios nos invita a actitudes muy sencillas pero profundas, con mensajes que no parecen de alta teología, pero son interpelantes en extremo para nuestra vida de cada día.

Hoy es un día de esos. Tanto el episodio de la buena mujer que ayudó al profeta Elías como el de la viuda a quien Jesús ve echar unas pocas monedas en el cepillo del Templo nos invitan a hacer un poco de examen de conciencia sobre la calidad de nuestro corazón.

A la vez, en la carta a los Hebreos que vamos leyendo estos domingos llegamos al punto álgido de la teología de su autor sobre el sacerdocio y el sacrificio de Jesús, que nos ayuda a entender y celebrar mejor el sacramento de la Eucaristía, memorial y actualización de ese sacrificio de nuestro Sumo Sacerdote.

 

1 Reyes 17, 10-16. La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías

En tiempos de gran sequía y hambre, el profeta Elías pide a una mujer pobre, viuda y pagana (Sarepta es territorio fenicio) que le dé un poco de agua para beber, e inmediatamente también pan para comer.

Los dos, el profeta y la pobre mujer, muestran una gran confianza en Dios. El uno prometiendo, y la otra dando todo lo que tenía. La promesa se cumplió: «no se vació la orza de harina ni la alcuza de aceite».

El salmo elegido refleja bien la generosidad de Dios, que «hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos… que ama a los justos y sustenta al huérfano y a la viuda». Por eso el salmista entona una alabanza agradecida: «alaba, alma mía, al Señor».

 

Hebreos 9, 24-28. Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos

El autor de la carta sigue haciendo ver la superioridad del sacerdocio y del sacrificio de Cristo sobre los del Templo.

Si el sumo sacerdote entraba una vez al año en el «sancta sanctorum», en lo más profundo del Templo, atravesando la cortina que lo separaba del resto, Jesús ha entrado «en el mismo cielo para ponerse ante Dios e interceder por nosotros».

Si los sacerdotes del Templo ofrecían, sobre todo en la fiesta anual de la Expiación (el «Yom Kippur»), sacrificios de incienso y animales a Dios por los pecados del pueblo, Jesús se ha ofrecido de una vez por todas en la cruz y no necesita repetir su sacrificio.

Si los sacerdotes ofrecían «sangre ajena» de animales, Jesús «se ha ofrecido a sí mismo… para quitar los pecados de todos».

 

Marcos 12, 38-44. Esa pobre viuda ha echado más que nadie

Jesús, en los últimos días de su vida, predica ya abiertamente en el Templo y, según el evangelio de Marcos, enlaza hoy dos dichos en pleno contraste.

Ante todo lanza una dura invectiva contra los letrados o escribas. Si el domingo pasado nos hablaba de un escriba que «no estaba lejos del reino de Dios», esta vez critica duramente los defectos de estas personas: la búsqueda de honores (la vanidad), el fingimiento de la santidad (la hipocresía) y el egoísmo (en vez de ayudar a los pobres y viudas, se aprovechan de su posición en beneficio propio).

A continuación alaba delante de todos a la pobre viuda que echa en los cepillos del Templo dos reales, una cantidad insignificante, pero que es todo lo que ha podido ahorrar y le haría falta a ella misma. Los demás echan de lo que les sobra. Ella, de lo que necesita para su sustento.

2

Dos mujeres pobres y generosas

Son sencillas y sugerentes las dos escenas paralelas que escuchamos hoy: la viuda de Sarepta que ayuda a Elías y la viuda del Templo que echa unas monedas para el culto de Dios.

La de Sarepta, pagana, tiene doble mérito en fiarse del profeta y de su Dios, pero le da todo lo que pide, que es también todo lo que ella tiene para su sustento y el de su hijo. Y ve premiada su generosidad por Dios. Con razón la alaba Jesús, en su primera homilía en Nazaret (Le 4, 26), provocando, por cierto, las iras de sus paisanos, porque alababa la fe de una pagana.

La viuda del Templo también es pobre, pero se acerca a los encargados de las limosnas y entrega todo lo que tiene, dos reales, para contribuir al culto de Dios. Jesús la alaba. No alaba la pobreza, alaba la generosidad. Y deja en evidencia a los que acaba de nombrar, los escribas orgullosos. Marcos escribe el episodio para que las generaciones siguientes admiren el gesto de aquella mujer y lo imiten.

 

¿Dónde quedamos retratados nosotros?

Las lecturas bíblicas son siempre como un espejo en el que mirarnos v ver si nuestra vida está de acuerdo con la mentalidad de Dios, dejándono interpelar sobre nuestra conducta y nuestras intenciones.

Sería una lástima que nos viéramos retratados en la actitud de los escribas, tan criticada por Jesús. Les encanta «pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias», «buscan los asientos de honor y los primeros puestos»; además son hipócritas y codiciosos: «devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos». A todos nos gustan los primeros lugares, que nos alaben y que nos tengan por importantes y santos. A todos nos atrae el dinero.

También nos ponen un interrogante las dos mujeres protagonistas de las lecturas de hoy. ¿Sabemos hacer el bien sin llamar la atención? ¿somos desprendidos de los muchos o pocos bienes que tenemos? A la viuda del Templo no le aplaudieron los hombres, que no se hubieran dado ni cuenta si no llega a ser por la observación de Jesús. Pero Jesús sí se dio cuenta y la puso como modelo para generaciones y generaciones de cristianos. Le aplaudió Dios: «el Señor, que ve en lo oculto, te lo recompensará», dijo Jesús en el sermón de la montaña.

Dios lo ve todo. Los que han recibido diez talentos, pueden dar más. Los que sólo uno, menos. Pero Dios ve el corazón. No todos son líderes, ni salen en los periódicos ni son ricos para poder hacer grandes donaciones. La mujer de Sarepta dio un vaso de agua y un pan. La del Templo, dos reales. Pero ambas lo dieron con amor.

Además, dieron lo que necesitaban ellas mismas. Con ello corrieron el riesgo de un futuro desconocido, sin ninguna seguridad. ¿Damos alguna vez, no de lo que nos sobra, sino de lo que nos haría falta a nosotros? ¿imitamos, sobre todo, el ejemplo de Jesús que, como nos dice hoy la carta a los Hebreos, no ofreció como sacrificio sangre ajena, sino que «se ofreció a sí mismo»? ¿Damos sólo limosna, o nos entregamos a nosotros mismos: nuestro tiempo, nuestro trabajo, nuestro amor?

Cuando vemos a otros en situaciones difíciles, ¿les ayudamos, sabemos compartir con ellos los pocos bienes o ánimos que nos quedan? O, como en el caso de Elías, y en la parábola del buen samaritano que contará Jesús, ¿será verdad que los extranjeros son más generosos que los creyentes a la hora de atender al necesitado? O, como en el caso de las dos mujeres, ¿será verdad que son los pobres los que habitualmente son más generosos que los que tienen más?

Pablo alaba a los cristianos de Macedonia, que no eran muy ricos, pero en su pobreza dieron mucho para la comunidad de Jerusalén: «desde su extrema pobreza han desbordado en tesoros de generosidad». Además, dice Pablo que lo principal fue la entrega de sí mismos, no tanto el dinero que recogieron: «según sus posibilidades, y aun sobre sus posibilidades, se entregaron a sí mismos» (2Co 8,2-5).

Cuando en el espacio del ofertorio de la misa aportamos al altar el pan y el vino para la Eucaristía, lo único que la introducción al Misal permite que se lleve además no son ofrendas pintorescas, más o menos simbólicas, sino «dinero u otras donaciones para los pobres o para la iglesia» (IGMR 73). Además, dice que en la Eucaristía no sólo «ofrecen la víctima inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos» (IGMR 79f).

Dios no se dejará ganar en generosidad, si somos como esas buenas mujeres que, desde su pobreza, y fiándose de él, lo dan todo: si somos capaces de correr la aventura de dar lo último que poseemos.

 

El sacrificio único de Cristo

El Sacerdocio de Cristo es muy superior al del AT, porque él es el Mediador de una Alianza nueva.

El sumo sacerdote de Israel entraba en el «santísimo», el espacio más sagrado del Templo, para ofrecer sacrificios por sí y por el pueblo, pero, como no ofrecía más que sangre de animales, su ministerio no era eficaz y lo tenía que repetir cada año. No así Cristo, que entró en el santuario del cielo, no en un templo humano, y lo hizo de una vez por todas, porque se entregó a sí mismo, no sangre ajena. Así como todos morimos una vez, también Cristo, por absoluta solidaridad con nuestra condición humana, se sometió a la muerte «para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo».

Tenemos un Sacerdote en el cielo que ha entrado en la presencia de Dios para siempre. Tenemos un Mediador siempre dispuesto a interceder por nosotros. Como el autor de la carta no se cansa de repetirlo, tampoco nosotros nos deberíamos cansar de recordar esta buena noticia, dejándonos impregnar por ella porque, gracias a ese Mediador, tenemos el acceso a Dios como el de los hijos a su Padre.

Esto sucede sobre todo en el momento de la Eucaristía. El sacrificio de Cristo fue único, hace dos mil años, en el Calvario. Pero nosotros lo celebramos cada día. Él mismo nos lo encargó: «haced esto en memoria mía». San Pablo sitúa claramente cada celebración entre el pasado de la cruz y el futuro de la última venida del Señor: «cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga» (1Co 11,26).

Según la introducción al Misal, significamos con mayor plenitud de sentido este sacramento si comulgamos también con vino, que «expresa más claramente la voluntad con que se ratifica en la sangre del Señor la alianza nueva y eterna» (IGMR 281)

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Mc 12, 36-44 (Evangelio Domingo XXXII de Tiempo Ordinario)

La religión sin fe, no es verdadera

Marcos, antes del discurso escatológico y de la pasión, nos ofrece una escena que está cargada de simbolismo. Se retoma, en cierta forma, el papel de la viuda y el profeta Elías, como en el texto de 1Re 17,10. Las palabras contra los escribas que buscan los primeros puestos… y más cosas, es probablemente una advertencia independiente, pero que se entiende en nuestro texto con la narración que describe la acción de la viuda. Jesús, en el Templo, está mirando a las personas que llegan para dar culto a Dios. A Jerusalén llegaban peregrinos de todo el mundo; judíos piadosos, pudientes, de la cuenca del Mediterráneo, que contribuían a la grandeza de Jerusalén, de su templo y del culto majestuoso que allí se ofrecía. Siempre se ha pensado que el culto debe ser impresionante e imperecedero.

¿Está Jesús a favor o en contra del culto? Esta pregunta puede parecer hoy capciosa, pero la verdad es que debemos responder con inteligencia y sabiduría. ¡No! ¡No está Jesús contra el culto como expresión o manifestación de la religión! Pero también es verdad que no hace del culto en el templo un paradigma irrenunciable. Jesús respeta y analiza… y saca las consecuencias de todo ello. No dice a la mujer que se vaya a su casa… porque todo aquello es mentira. No era mentira lo que ella vivía, sino lo que vivían los “prestigiosos” de la religión que no eran capaces de ver y observar lo que él hizo aquella mañana y enseñó a los suyos con una lección de verdadera religión y culto.

Si nos fijamos, Jesús está proponiendo el culto de la vida, del corazón, ya que aquella viuda pobre ha echado en el arca del tesoro lo que necesitaba para vivir. Ella estaba convencida, porque así se lo habían enseñado, que aquello era para dar culto a Dios y entrega todo lo que tiene. Es, si queremos, un caso límite, con todo el simbolismo y la realidad de lo que ciertas personas hacen y sienten de verdad. Lo interesante es la “mirada” de Jesús para distraer la atención de todo el atosigamiento del templo, del culto, de los vendedores, de lo arrogantes escribas que buscan allí su papel. Esa mirada de Jesús va más allá de una religión vacía y sin sentido; va más allá de un culto sin corazón, o de una religión sin fe, que es tan frecuente.

Esa es, pues, la interpretación que Jesús le hace a sus discípulos. Los demás echan de lo que les sobra, pero la vida se la reservan para ellos; la viuda pobre entrega en aquellas monedas su vida misma. Ese es el verdadero culto a Dios en el templo de la vida, en el servicio a los demás. Sucede, pues, que la viuda (con todo lo que esto significa en la Biblia) ofrece una religión con fe, con confianza en Dios. Y solo Jesús, en aquella barahúnda, es capaz de sentir como ella y de tener su mirada en penetrante vigilancia de lo que Dios desea y quiere. Una religión, sin fe, es un peligro que siempre nos acecha… que tiene muchos adeptos, a semejanza de los escribas que buscan y explotan a los débiles, precisamente por una religión mal vivida e interpretada. Jesús ha leído la vida de aquella pobre mujer, y desde esa vida en unas pocas monedas, ha dejado que lleve adelante su religión, porque estaba impregnada de fe en Dios.

Hb 9, 24-28 (2ª lectura Domingo XXXII de Tiempo Ordinario)

El sacrificio de nuestra misma vida

La segunda lectura del día prosigue con la teología del sacerdocio de Cristo, que es primordial en esta carta. En esta lectura se subraya, más que en ningún otro momento, la diferencia entre lo que hace Cristo como sacerdote y el papel del sacerdocio de la antigua Alianza. El texto está construido con una serie de elementos de contraste entre lo antiguo y lo nuevo, el tipo y el anti-tipo, para resaltar la originalidad de la acción de Cristo en su misión sacerdotal de borrar el pecado del mundo. El que Cristo pudiera entrar en la intimidad de Dios, el santuario celeste, con su propia vida, y no con sangre ajena de los sacrificios de animales, es de un valor imperecedero. Ello pone de manifiesto que lo que Dios quiere es el corazón del hombre, ya que Cristo le ha ofrecido su vida a Dios de una vez para siempre..

Ya, pues, no son necesarios los sacrificios de animales, porque no valen para nada. Si tiene valor el concepto sacrificio y todo lo que ello significa es porque se apunta a una entrega de la vida y de la existencia a Dios y a los hermanos. Esta forma de hablar, que en cierta manera no se desprende de un lenguaje ritual, demanda la abolición del pecado. Eso no quiere decir que el “pecado” no siga existiendo y apoderándose del corazón humano, pero el pecado no ha de triunfar sobre este mundo, ni sobre el corazón del hombre. El mal está vencido en ese acto de amor de Cristo. Este mundo, pues, se consumará un día y entonces el pecado habrá desaparecido. Pero mientras vivimos y este mundo sea mundo, tenemos la fuerza de Cristo para vencer el pecado. Esta es, pues, una exhortación para vivir el misterio de la gracia que Cristo nos ha ganado.

1Re 17, 10-16 (1ª lectura Domingo XXXII de Tiempo Ordinario)

Dios está con los que le necesitan

Esta lectura es del ciclo del profeta Elías, el profeta más venerado de la tradición de Israel, aquél que se esperaba para anunciar le llegada del Mesías y abrirle camino. El profeta Elías lucha contra los falsos dioses y los cultos cananeos que se prodigaban en territorio de Israel. El marco en que aparece este relato es una sequía que estaba a punto de matar de hambre a los habitantes del pueblo. Lo curioso de todo ello es que aquí, el profeta, anuncia el fin de esa sequía, pero no precisamente en territorio del pueblo elegido, sino en Fenicia, en Sidón, en una aldea llamada Sarepta, donde una viuda a penas puede atender a la petición del profeta, que se vale de este signo para anunciar que Dios hará que no falte el pan y el aceite (porque vendrá la lluvia y habrá trigo y el olivo dará su fruto).

Esta escena, podemos recordarlo, es la que Lc 4,14-30 ha elegido como paradigma para defender la libertad de la gracia de Dios que llega a todos los hombre y a todos los pueblos, en la famosa escena de Nazaret. Elías, pues, en vez de hacer este signo en territorio del pueblo de la Alianza, es a una viuda (en el AT las viudas representas a los pobres y necesitados) a la que le llega esta gracia. El profeta le pide pan que la mujer está a punto de hacer para ella y su hijo, aunque cree que no sobrevivirán. ¿Le pide el profeta un imposible? Todo es un simbolismo del relato, para poner de manifiesto que Dios no abandonará a sus hijos. Con ello, el relato de hoy quiere poner de manifiesto que los pobres siempre son más generosos para compartir que los que gozan de todo.

Comentario al evangelio – Solemnidad de Todos los Santos

Con la solemnidad litúrgica de todos los santos la Iglesia proclama la santidad anónima, pero no por ello menos eximia, de tantos hombres y mujeres que forman el séquito de Cristo. Esa gran muchedumbre que -según el vidente del libro del Apocalipsis- nadie podía contar. Pertenecientes a todas las razas y tribus y pueblos y lenguas: apóstoles, mártires, vírgenes, confesores, doctores, pastores, santos varones, santas mujeres (según la terminología del santoral)… Y aún podríamos añadir nombres de los diversos oficios y condiciones de vida, y la lista de santos y santas sería interminable.

Los santos y santas anónimos son esos que nos han precedido en la tierra llevando una “vida corriente”, que nos estimulan con su ejemplo y que ahora interceden ante Dios por nosotros.

“¿Será difícil ser santo?”, se preguntan algunas personas. La verdad es que lo difícil, difícil, es que la santidad -de existir- sea reconocida oficialmente. Para eso, debe producirse algún que otro milagro, además de requerir un papeleo interminable y el empleo de no pocos recursos económicos. Así van las cosas de palacio… Pero ser santo o santa -según el caso-, que eso es lo importante, está al alcance de nuestra mano, contando siempre con la gracia de Dios.

Alguien dijo que, para ser santo, no hay que hacer nada extraordinario. Basta con hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias. ¡Eso es nada! En el cielo -cuando vayamos- nos encontraremos con mucha gente sencilla que estará rodeada de un halo de santidad esplendoroso porque aquí, en la tierra, realizaron a la perfección sus deberes familiares, cívicos y religiosos sin llamar la atención: padres y madres, abuelos y abuelas, vecinos, colegas de profesión y cientos de miles de seres anónimos, a algunos de los cuales conocimos algún día o nos cruzamos con ellos en la calle, en el metro, o coincidimos con ellos en el ascensor de nuestra casa, etc.

Seamos santos porque santo es el Señor. Eso va por todos.

Ciudad Redonda