Lectio Divina – Jueves XXXI de Tiempo Ordinario

“He hallado la oveja que se me había perdido”

1.- Oración introductoria.

Señor, estas parábolas del capítulo quince de Lucas, son un verdadero tesoro. Aunque un descerebrado hubiera podido quemar todos los evangelios, si de esas cenizas se hubieran podido rescatar estas parábolas, todavía tendríamos argumentos para ser felices. Un Dios-Padre que nos ama de esta manera, es motivo suficiente  para  llenar nuestro corazón de alegría. Gracias por ser como eres, gracias porque no puedes, no sabes y no quieres  hacer otra cosa que amarnos.

2.- Lectura reposada del Evangelio: Lucas 15, 1-10

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el campo, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: «Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.» Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión. «O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: «Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.» Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Estas parábolas son preciosas, pero no menos preciosa es la introducción a las mismas. La gente del mal vivir: publicanos, prostitutas, pecadores en general, se lo pasaban en grande con Jesús. Y dejaban todo por escucharle. En cambio, los escribas y fariseos, es decir, aquellos  que el pueblo tenía por buenos, criticaban a Jesús. Ellos creían que el Mesías vendría a premiarles por las obras buenas que habían acumulado, por los méritos adquiridos, y también vendría a castigar a los pecadores, a los que no han estudiado la Ley. Este es el contexto. Las parábolas que vienen detrás, la de la oveja perdida, la de la mujer que pierde la dracma y la del Hijo Pródigo, son parábolas-revelación. Vienen a decirnos cómo es Dios. Y, de paso, vienen a decirles a los que están todo el día con la biblia en la mano, que no tienen ni idea de lo que es Dios. A Dios sólo lo conoce Dios. Sólo aquel que ha vivido desde siempre con Él, lo puede revelar. Dios es como ese “pastor”  que va en busca de la oveja perdida y la pone en sus hombros. O como “esa mujer” (¡Qué osadía la de Jesús al plasmar la imagen de Dios en “forma de mujer!)  que se pasa la noche buscando una moneda de poco valor y a la mañana siguiente invita a las vecinas a celebrar el hallazgo de la moneda. No digamos nada del Padre que hace fiesta porque ha encontrado al hijo que era un calavera…  ¡Qué maravilla de Dios!

¿Quién no va a ir a  apuntarse con Él?

Palabra del Papa

“Algunos cristianos parecen ser devotos de la diosa lamentación. El mundo es el mundo, el mismo que hace cinco siglos atrás y es necesario dar testimonio fuerte, ir adelante pero también soportar las cosas que aún no se pueden cambiar. Con coraje y paciencia a salir de nosotros mismos, hacia la comunidad para invitarlos. Sean por todas partes portadores de la palabra de vida, en nuestros barrios, dónde haya personas. Queridos hermanos, tenemos una oveja y nos faltan 99, salgamos a buscarlas, pidamos la gracia de salir a anunciar el evangelio. Porque es más fácil quedarse en casa con una sola oveja, peinarla, acariciarla, pero a todos nosotros el Señor nos quiere pastores y no peinadores. Dios nos dio esta gracia gratuitamente, debemos darla gratuitamente”. (Cf. S.S. Francisco, 17 de junio de 2013, homilía en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Hoy pasaré el día entusiasmado, loco de contento, por haber descubierto el verdadero rostro de Dios.

6.- Dios me ha hablado hoy por medio de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, al acabar de meditar en estas bellas parábolas, no quiero pronunciar ninguna palabra humana. Me estorban todas.  Quiero, como la Virgen, quedarme en silencio y con mi alma colmada de emoción y mi corazón lleno de estremecimiento, cantar ¡Aleluya! 

Comentario – Jueves XXXI de Tiempo Ordinario

(Lc 15, 1-10)

Este capítulo presenta las tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. Pero las tres van dirigidas a los fariseos que eran incapaces de alegrarse por los pecadores que se acercaban a Jesús.

Por eso, la parábola del hijo pródigo es ante todo la parábola del Padre misericordioso, pero también la del hermano envidioso e insensible, incapaz de comprender a su hermano y de alegrarse por su regreso.

En este texto tenemos las parábolas de la oveja y de la moneda perdida, donde se muestra que Dios busca todas las maneras posibles para hablarnos de su amor y de su misericordia. Además, las dos parábolas indican que el amor de Dios no es general, como si nos quisiera a todos en multitud, sino que su amor es particular, porque su amor y su inteligencia infinita le permiten estar plenamente atento a todos al mismo tiempo y a cada uno en particular. Por eso, da la impresión que al buscar la oveja perdida no hubiera en el mundo otra cosa más que ella.

Por otra parte, las dos parábolas destacan la sinceridad de esta preocupación del Señor, porque nos hablan de la alegría, de la fiesta que hay en el corazón de Dios cuando recupera a un perdido. El pastor que recupera la oveja la pone sobre sus hombros «contento», y la mujer que recupera la moneda (que era como un anillo de casamiento) invita a sus vecinas para festejar.

Algunos autores espirituales (Gregorio de Nisa, Taulero), al leer la parábola de la moneda, interpretan que esa moneda amada es lo más valioso del corazón del hombre, su centro más profundo y bello, muchas veces cubierto por el polvo de las preocupaciones y vanidades. La mujer es Dios, que limpia la casa, el interior del hombre, hasta que vuelve a relucir ese centro dorado que se había perdido bajo el polvo.

Oración:

«Señor, te adoro por tu gran misericordia y te doy gracias porque me buscas con amor cuando ando perdido. Dame la gracia de mirar a los demás con tus ojos misericordiosos para que me alegre por su bien».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Las pequeñas cosas de Dios

1.- Si el domingo pasado, Jesús nos hablaba de un amor excelente y bien combinado (Dios y hombre) hoy, el Señor, nos sugiere una forma práctica de llevarlo a cabo: huyendo de la autocomplacencia y…dando valor al cómo se da y, no tanto, al cuánto se da.

Y es que, muchas veces, damos tanto bombo y platillo al “cuánto” que olvidamos el “cómo” lo ofrecemos.

-Hay personas, arrogantes y vanidosas, que presumen de realizar grandes cosas por los demás. Ese es su premio.

-Existen otras que, lejos de preocuparse por defender la justicia o los derechos de los más débiles, entienden la limosna como una especie de cortina de humo. No es bueno, utilizar la riqueza, para tranquilizar la conciencia.

-Pero, amigos, hay otros –ojala entre ellos estemos nosotros- que hacemos lo que podemos. Que no presumimos ni de ser mejores, ni tampoco peores que los demás. Eso sí: creemos que Jesús se fija en la bondad del corazón, y por ello mismo, intentamos en las pequeñas cosas de cada día, en los más insignificantes detalles, que Dios sea creíble no por lo que damos (aunque demos) sino por el cómo lo damos: con sencillez, sin ostentosidad, sin vanidad y…sin hacer demasiado ruido.

Miremos a Jesús en este día. ¿En dónde clavó sus ojos? ¿En quién se fijó? ¿A quién criticó? ¿A quién ensalzó? Ni más ni menos aplaudió, no podía ser de otra manera, a una mujer que –de lo poco- hizo un mucho: lo dio con todo su corazón.

Otros, por el contrario, estaban tan emborrachados en sí mismos que, en la cantidad y en la apariencia, pensaban que tenían asegurada su victoria sobre el corazón de Dios.

2.- El evangelio de este día, es la exaltación del mínimo detalle. ¡Cuántas veces no valoramos lo insignificante al ojo, pero muy significativo y oxigenante para el corazón! ¡En cuántas ocasiones nos dejamos llevar por lo que deslumbra! ¡En cuántos momentos pensamos que, si no es grande y costoso, no sirve de nada o no tiene gran valor!

Hoy no podemos dejar de pasar de largo el testimonio de aquellas personas que, todos los días, depositan su moneda en el arca de nuestra felicidad (padres, hermanos)

Hoy no podemos olvidar a los que echan su pequeña limosna en diversos lugares de misión en nombre de Jesús de Nazaret (los misioneros)

Hoy, como el Señor, nos fijamos en el testimonio de catequistas, cáritas, colaboradores de la parroquia… que –sin excesivo protagonismo- depositan su tiempo (¿no es moneda valiosa?) para que Jesús sea conocido, amado y tenido en cuenta.

Hoy, y el evangelio nos lo indica, hacemos memoria de tantas personas que dan de lo poco que tienen (su tiempo y su misma vida) para que el templo del espíritu de tantas personas, sea rejuvenecido por la gracia de Dios: el Papa, los obispos, los sacerdotes, religiosas/os, agentes de pastoral, formadores, etc.

3.- Sí, hermanos. El evangelio de este día, es el evangelio de los que, siendo pequeños, y sin darse cuenta, Dios los mira con pasión y con amor. Con reconocimiento y con agradecimiento.

Mientras tanto, otros, los que más ruido meten en el mundo; los poderosos; los magnates; los que se permiten el lujo de exprimir al personal (sin que estos se percaten de ello) seguirán pensando que son dueños del universo y de lo que hay en él.

Es bueno pensar que, Dios, nos sigue mirando y animando a que –de lo poco que tenemos y somos- hagamos una ofrenda sincera, alegre y testimonial de nuestra vida cristiana.

En definitiva, podemos ser como la viuda (dejándonos observar y encontrar por Dios) o como los escribas (pensando que estamos muy cerca de El, cuando en realidad nos encontramos a decenas de kilómetros de su pensamiento y de su voluntad).

COMO LA VIUDA, SEÑOR

Daré sin esperar nada a cambio
Ofreceré sin arrogancia
Dejaré sin pretensión de recompensa
COMO LA VIUDA, SEÑOR
Brindaré, incluso con la copa que necesite
Entregaré con sencillez
Huiré de la cantidad y cuidaré la calidad
COMO LA VIUDA, SEÑOR
Ofreceré con humildad y recogimiento
Procuraré sin buscar engaños
Dejaré de lo mío para otros
COMO LA VIUDA, SEÑOR
Prestaré lo que otros no dan: lo imprescindible
Ofreceré lo que otros te niegan: su ser
Dejaré lo que otros se guardan: su corazón
COMO LA VIUDA, SEÑOR
Te ofreceré mi vida para que, sólo Tú, la juzgues
Te ofreceré mis bienes, porque sé que son tuyos
Te ofreceré mi sustento, porque sé que Tú lo haces posible
Ponga mi vida en tus manos
COMO LA VIUDA, SEÑOR
Caminaré sin arrogancia ni seguridad en mí mismo
Caminaré sin miedo a encontrarte
Caminaré dispuesto a facilitarte lo que más necesites
COMO A LA VIUDA, SEÑOR
Mírame y condúceme
Hazme desprendido y sencillo
Dame la valentía de darte lo que más me cueste
Inspírame el gesto y la palabra oportuna
Y, si quieres, Señor, arranca de mí incluso aquello
que, por comodidad o egoísmo, busco y amarro para poder vivir.
Amén.

Javier Leoz

Las cosas pequeñas

Un vaso de agua gratis,
dos minutos ayudando a atravesar la calle,
esas tardes con grupos marginales,
unas horas escuchando soledades,
una compra menos…

Esas cosas chiquitas
no acaban con la pobreza,
no sacan del subdesarrollo,
no reparten los bienes,
no socializan los medios de producción,
no expolian las cuevas de Alí Babá,
no invierten el orden, no cambian las leyes…

Pero desencadenan la alegría de hacer
y mantienen vivo el rescoldo
de tu querer y nuestro deber.

Al fin y al cabo,
actuar sobre la realidad,
y cambiarla aunque sea un poquito,
es la única manera de mostrar
que la realidad es transformable.
Señor de la historia y de la vida,
no sea yo quien menosprecie
y deje sin hacer las cosas pequeñas de cada día.

Floretino Ulibarri

Notas para fijarnos en el Evangelio

• La instrucción sobre los “escribas” (38-40) es como una conclusión de la polémica de Jesús con este grupo que tanto peso tenía en el judaísmo de su tiempo. Es en este contexto en el que se tienen que leer unas palabras tan duras, ya que no siempre han sido negativos los encuentros que Jesús ha tenido con escribas — basta recordar el Evangelio del domingo pasado (Mc 12.34)—.

• Jesús crítica tres aspectos de su comportamiento. En primer lugar, la vanidad, que es la búsqueda de reconocimiento en los demás (38-39). En segundo lugar, la hipocresía, por la que se convierte la religión en tapadera del egoísmo más agudo: “con pretexto de largos rezos” (40). Finalmente una conducta mucho más grave: abusan de los pobres (40).

• Lo que Jesús critica de los escribas es propio de toda persona religiosa cuando en su vida no hay unidad entre el primer y el segundo mandamientos (Mc 12,29- 33). Como muy bien dijo aquel escriba con quien Jesús hablaba sobre los Mandamientos: “Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (Mc 12,32-33).

• Jesús acaba su crítica refiriéndose al juicio: “Éstos recibirán una sentencia más rigurosa” (40). Jesús hace referencia a la contradicción que viven precisamente ante Aquél que será, al final de los tiempos, y ya es ahora, quien pondrá a todo el mundo en evidencia (Mc 8,38), Aquél a quien ellos entregarán a la muerte (Mc 8,31; 10,33).

• La escena de la ofrenda de “la viuda pobre” (41-44) contrapone a todos los ricos (44) a esta mujer que lo da “todo” (44).

• La mujer (42), anónima y desconocida, es “pobre” y es “viuda”. Nos recuerda a los pobres de Yahvé (anawim), prefiguración del Mesías llevado a matar. Y nos recuerda la enseñanza bíblica según la cual las viudas, los huérfanos y los forasteros, que designan a las personas carentes de apoyo social y sin futuro, ponen al descubierto el pecado de Israel y su distancia del Reino de Dios. Nos recuerda, por otro lado, cuál es el auténtico Israel, a quien auxilia y, por lo tanto, quien encuentra la dicha en el Dios de Jacob (Sal 146 [145], 5.9) y no en los poderosos en quienes no hay que confiar (Sal 146 [145], 3). Jesús, en la cruz, aparecerá como el pobre rechazado de la ciudad de los hombres (Mc 1 5,22ss).

• Dar “todo lo que tenía para vivir” (44) es dar con desprendimiento y radicalidad. Y, en este contexto del templo, es ponerse totalmente en manos de Dios.

• Pero la generosidad de la viuda pobre contrasta no sólo con la ostentación de los ricos, que ponen su vida totalmente en manos de las riquezas, sino también con la actitud de los escribas, de quienes, precisamente, Jesús acaba de decir que “devoran los bienes de las viudas” (40).

• Conservar lo que no se necesita por el puro gusto de acumular es lo que define a una clase bien concreta de personas: los ricos, “todos” (44), sin excepción. Las posesiones matan la capacidad de compartir. Matan, también, la capacidad de asumir el riesgo del don, del regalo gratuito. Siempre cuesta preferir un tesoro en el cielo (Mc 10,21) cuando hay la posibilidad de gustar en la tierra las delicias de unas riquezas que nos seducen y nos impiden “dar”, dar fruto (Mc 4,19).

• En las puertas de la Pasión —Jesús acaba de entrar en Jerusalén (Mc 11,1 ss)—, la viuda pobre es figura del Señor Jesús: como Él es rechazada; como Él, lo da “todo”. Y, por la misma razón, es modelo del verdadero discípulo, el que sigue a Jesús en todo, llamado como es a hacer presente en el mundo lo más íntimo de Dios: el don sin medida.

• Lo que en el fondo concuerda con el comportamiento de Jesús que, obediente al Padre de los cielos, se empobreció para hacernos ricos a los hombres. Con exactitud recuerda Pablo de Tarso a sus fieles: Ya conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8,9). Ese es el camino cristiano, que la pobre viuda emprende y nosotros estamos llamados también a recorrer: dar lo que somos y tenemos a los demás, aunque sea a costa de nuestra salud y nuestro bienestar. Empequeñecernos para hacer grandes a los hermanos constituye el auténtico culto agradable a Dios.

Comentario al evangelio – Jueves XXXI de Tiempo Ordinario

Nos encontramos con los diez primeros versículos del famoso capítulo lucano de la misericordia; las dos primeras parábolas: la oveja y la moneda perdidas. Junto con la del hijo pródigo aparecen enmarcadas en un ambiente hostil de rechazo abierto a Jesús. Para los fariseos es imperdonable el acoger a los pecadores y comer con ellos.

Sin su arrepentimiento y su promesa de enmienda previos no puede mantener trato con ellos. La praxis de Jesús, al ir en otra dirección, motivaba el enfado supino y la dura oposición de aquel grupo de letrados y fariseos. Estos no llegaron a entenderle jamás al mostrarles con hechos e historietas cómo es el amor misericordioso del Padre Abbá.

  • El amor misericordioso de Dios–como todo verdadero amor- es siempre «débil». Se sitúa a las antípodas del control y de la posesividad que asfixia al amado, impidiéndole desplegar su libertad inviolable. Una oveja se puede perder, las monedas se pueden extraviar… y un hijo se puede ir de casa. No están bajo control. La posibilidad inevitable de pérdida o fuga no destruye el amor inmenso de Dios.
  • El amor misericordioso de Dios –como todo verdadero amor- sabe acoger en sus entrañas el dolor. El Abbá no es de acero inoxidable. No es ni indiferente ni insensible. La pérdida de uno solo de sus hijos –¡¡de uno solo!!- hiere su corazón de padre compasivo. Para Él, cada uno de nosotros tiene tanta importancia y valor como todo el conjunto de la humanidad. Nadie queda excluido. Dios jamás desprecia a ninguno de sus hijos e hijas.
  • El amor misericordioso de Dios –como todo verdadero amor- está preñado de esperanza y de alegría. ¡Qué aluvión de alusiones a la alegría por el reencuentro aparece en estas parábolas! Ejercitar la misericordia es una práctica audaz (tiene sus riesgos) y peligrosa (el otro puede despreciarla o abusar de la bondad); pero siempre culmina en gozo; un gozo contagioso que se transmite a otros.

Un rabino, de nombre Cordovero en una de sus obras enumera Trece Atributos de Misericordia, que debemos esforzarnos por imitar: (1) Tolerancia; (2) Paciencia con los demás; (3) Perdonar; (4) Buscar el bien en los demás y para los demás; (5) No guardar la ira; (6) Realizar actos de bondad; (7) Amar y buscar el bien para alguien que te ha hecho daño y ahora desea rectificar ese daño (perdonarlo no es suficiente); (8) Recordar las buenas acciones de los demás y olvidar las malas que cometen; (9) Sentir compasión por los demás, incluso por la gente malvada; (10) Actuar con honestidad; (11) Actuar con bondad e indulgencia hacia los demás (no insistir en aplicar «la letra de la ley» sobre los demás); (12) Ayudar a los demás a arrepentirse y no guardarles rencor; (13) Buscar maneras de mostrar misericordia y compasión a los demás, aunque uno no encuentre en ellos ningún factor atenuante.

Ciudad Redonda

Meditación – Jueves XXXI de Tiempo Ordinario

Hoy es jueves XXXI de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 15, 1-10):

En aquel tiempo, todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos».

Entonces les dijo esta parábola. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

»O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido’. Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

Hoy, las palabras del Señor nos dan luz para penetrar en el misterio del mal. Si Dios es bueno, ¿por qué permite el mal? Más aún: ¿por qué el «pecado original»? Una primera respuesta: después de haber terminado la creación, Dios no se retiró. ¡Ahí está la imponente obra de la redención!

Toda la creación apunta a nuestra filiación divina: ¡hijos de Dios! Y, por tanto, libres, con todas las consecuencias: Dios permite que el hombre «desbarate» sus planes. Sí, Dios ha permitido que Adán —con el «pecado de los orígenes»— derribara su proyecto, pero a condición de crear algo nuevo y mejor: Dios respondió entregándose con más fuerza aún en la persona de Cristo.

—Dios mío, quiero cantar —como en la Vigilia Pascual— el «Oh, feliz culpa, que nos ha merecido tan gran Redentor!». Tu perdón, Señor, es la mayor manifestación de la fuerza irrefrenable de tu amor, y mi conversión es la alegría del cielo.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – San Carlos Borromeo

SAN CARLOS BORROMEO, obispo, memoria obligatoria

Misa de la memoria (blanco)

Misal: Oraciones propias, antífonas del común de pastores (para un obispo). Prefacio común o de la memoria.

Leccionario: Vol. III-impar

  • Rom 14, 7-12. Ya vivamos ya muramos, somos del Señor.
  • Sal 26. El Señor es mi luz y mi salvación.
  • Lc 15, 1-10. Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta.

Antífona de entrada          Cf. Ez 34, 11, 23–24
Buscaré a mis ovejas, dice el Señor, y suscitaré un pastor que las apaciente: yo, el Señor, seré su Dios.

Monición de entrada y acto penitencial
Se celebra hoy la memoria de san Carlos Borromeo, obispo. Nació en Lombardía (Italia) el año 1538. Nombrado cardenal y elegido obispo de Milán, fue un verdadero pastor preocupado por las necesidades de la Iglesia de su tiempo. Trabajó incansablemente por poner en práctica las disposiciones pastorales del Concilio de Trento: convocó sínodos, erigió seminarios para la formación del clero, visitó muchas veces toda su diócesis para confirmar la fe de sus fieles y dio muchas normas para el cuidado de la vida espiritual de estos. Murió el año 1584.

            Yo confieso…

Oración colecta
CONSERVA, Señor, en tu pueblo
el espíritu que infundiste en el obispo san Carlos Borromeo,
para que la Iglesia se renueve sin cesar
y pueda mostrar al mundo el verdadero rostro de Cristo,
configurada a su imagen.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Confiando en la misericordia y la bondad del Padre, que en Cristo nos muestra todo su amor y paciencia, presentémosle confiadamente nuestras súplicas y plegarias.

1.- Para que el Señor derrame su Espíritu sobre los ministros de la Iglesia y santifique a los religiosos. Roguemos al Señor.

2.- Para que los jóvenes se dispongan a arriesgar su vida en la construcción del Reino de Dios. Roguemos al Señor.

3.- Para que aumente el número de vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. Roguemos al Señor.

4.- Para que conceda a todos los que invocan su santo nombre los bienes temporales y eternos. Roguemos al Señor.

5.- Para que el ejemplo de santidad con el que el obispo san Carlos Borromeo iluminó a la Iglesia sea también luz para los que celebramos hoy su memoria. Roguemos al Señor.

Oh Dios, que siempre sales a buscar a la oveja perdida; atiende nuestras súplicas y concede a tu Iglesia celebrar la fiesta que hay entre los ángeles por un solo pecador que se convierte. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
MIRA, Señor, los dones presentados en tu altar
en la memoria de san Carlos Borromeo,
y, así como lo glorificaste
por su celo en el ministerio pastoral y sus virtudes admirables,
concédenos, por la eficacia de este sacrificio,
abundar en frutos de buenas obras.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión           Cf. Jn 15, 16
No sois vosotros los que me habéis elegido -dice el Señor-, soy yo quien os he elegido, y os destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.

Oración después de la comunión
TE pedimos, Señor, que los sacramentos recibidos
nos den aquella fortaleza de espíritu
que hizo a san Carlos Borromeo
fiel en el ministerio y fervoroso en la caridad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.