Comentario – Viernes XXXI de Tiempo Ordinario

(Lc 16, 1-8)

Este texto nos habla de un administrador deshonesto, que al saber que está por perder su puesto, se enfrenta a una situación angustiosa. Es hora de tomar decisiones astutas y urgentes para poder sobrevivir.

Está por quedarse en la calle, y necesita asegurar su futuro. Por eso, reduce parte de la deuda a los deudores de su jefe; de esa manera se gana su amistad para que luego lo reciban y lo auxilien cuando quede en la calle.

El texto parece indicar que lo que hizo este administrador no era honesto. Muchos comentadores han hallado una salida: decir que el porcentaje de la deuda que el administrador perdonó a los deudores era en realidad lo que le correspondía a él como ganancia por lograr cobrar las deudas.

También hoy, cuando algunas deudas parecen incobrables, se le ofrece al cobrador un porcentaje alto para estimularlo a buscar la manera de cobrar esas deudas, y a veces se concede hasta el 50 % de la deuda. En ese caso, este administrador no habría sido deshonesto, porque estaba disponiendo del porcentaje que le correspondía a él por el cobro de las deudas. En ese caso, la astucia estaba en optar por acumular amigos, en lugar de acumular dinero.

De cualquier manera, tanto en esta parábola como en cualquier otra, no se trata de explicar los detalles, sino de captar la enseñanza de fondo. Aquí simplemente se nos invita a usar el dinero con inteligencia, haciendo el bien, compartiendo, dando limosna, porque de esa manera acumulamos un tesoro en el cielo: «El que se apiada del pobre presta dinero al Señor» (Prov 19, 17).

Oración:

«Señor, ilumíname para que no me engañe a mí mismo creyendo que es la acumulación de bienes lo que asegura mi futuro. Lo que tú me pagarás abundantemente es lo que yo haya entregado con generosidad. Por eso, Señor, enséñame a ver que lo que me queda para el futuro son las obras de amor que haya realizado».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día