Comentario – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

Me detengo en la segunda parte del pasaje. Recuerda el evangelista que estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero. Jesús observa la conducta de la gente en una situación bien definida: un espacio religioso y en el momento de la ofrenda. Observa la conducta de los demás no con el ánimo de fiscalizar, sino de aleccionar a sus discípulos. Muchos ricos –precisa el evangelista- echaban en cantidad –una cantidad acorde con sus posesiones dinerarias-; se acercó una viuda pobre y echó dos reales.

Siendo una viuda en situación de necesidad, dispone sin embargo de una pequeña cantidad, dos reales, para la limosna del templo. Pero esto era todo «lo que tenía para vivir»; a pesar de todo, se desprende de ello en un acto de generosidad sin precedentes. Y esto es lo que llama la atención de Jesús que quiere hacérselo notar a sus discípulos: Os aseguro que esta pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Jesús mide y valora la grandeza de una persona no por lo que da, sino por aquello de lo que se desprende. La pobre viuda ha echado más que nadie, no porque haya entregado mayor cantidad de dinero –no podía hacerlo puesto que no lo tenía-, sino porque ha dado de lo que necesitaba para vivir; y es evidente que el que da de lo que necesita para sí da mucho más que el que da de lo que le sobra, por muy grande que sea la donación de éste.

Aquí el valor de la donación no está en la cantidad objetiva que se entrega, sino en el grado de desprendimiento que exija una determinada entrega, aunque ésta sea objetivamente muy pequeña en términos de cantidad. Según este criterio, los dos reales de la viuda tenían un valor muy superior a las grandes cantidades de dinero que echaban los ricos. La limosna de estos estaba compuesta de elementos sobrantes; la de la viuda, de elementos necesarios.

La pobre viuda echa más que nadie, porque, pasando necesidad, echa todo lo que tenía para vivir, es decir, aquello de lo que dependía en gran medida su propia vida. Luego su pobreza le da para echar más que nadie; en este sentido podría decirse que era más rica y generosa que los demás, dado que había echado más que los demás. Dios, que ve el corazón del hombre, puede juzgar su grandeza y su calidad. Jesús quiere hacernos tomar conciencia de esta mirada de Dios, que ve más allá de las apariencias y sabe estimar el verdadero valor de las cosas y de las acciones humanas.

Porque para valorar la conducta de la pobre viuda y la grandeza de su acción hay que saber que se trata de una mujer pobre y que no dispone más que de esos dos reales –lo que echa en el cepillo- para vivir. Sólo ese conocimiento nos permite evaluar en sus justos términos la acción. Pero Dios y los que se dejan iluminar por Él sí disponen de estos datos para formarse un juicio justo de los hechos. Pidamos al Señor adquirir esta mirada, que es la suya, para saber enjuiciar la conducta propia y la de los demás en sus justos términos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

I Vísperas – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXXII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Esta mujer ha dado todo su sustento al Señor: y no le falta lo necesario para vivir.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Esta mujer ha dado todo su sustento al Señor: y no le falta lo necesario para vivir.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
— no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como ministros de tu Evangelio
— sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
— para que atiendan con interés a los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
— y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
— con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXXI de Tiempo Ordinario

No podéis servir a Dios y al dinero

1.- Introducción.

Señor, te pido que sepa desprenderme del dinero. Poco a poco se convierte en un amo cruel que me esclaviza y me avasalla, hasta el punto de  quitarme  libertad para optar por Ti. Lléname de tu amor, ese amor maravilloso que me deja libre para amarte a Ti y amar a los demás. Señor, sé Tú la verdadera riqueza de mi vida y desaparecerá en mí el deseo del dinero y de los bienes de este mundo.

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 16, 9-15

“En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: Haceos amigos con el dineroinjusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas. El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho. Si, pues, no fuisteis fieles en el dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero. Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de él. Y les dijo: Vosotros sois los que os la dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios”.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Me encanta esta frase del evangelio: Haceos amigos con el dinero. Estamos muy acostumbrados a relacionar el dinero con las cosas: dinero para comprar una casa, un coche, hacer un buen negocio, o simplemente “dinero para hacer más dinero”. El evangelio nos dice que el dinero mejor empleado es el que tiene relación con las personas: dinero para entrar en amistad con tantas personas que no conozco y me necesitan; dinero para compartirlo y no para retenerlo; dinero para darlo a los pobres, los amigos fuertes de Dios, y así ser yo también amigo suyo. Hoy quiero abrir de par en par mis puertas a Dios para que el dinero innecesario salga por la ventana. El dinero me ata, me corta las alas de la libertad. “Engarza en oro las alas del pájaro y ya nunca podrá volar al cielo” (R. Tagore). Por eso dice Jesús: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Servir a Dios es reinar, es decir, vivir como un rey: rey de uno mismo, sin admitir esclavitudes de nada ni de nadie. “Los fariseos, que eran amigos del dinero, se burlaban de Jesús”. Es lo normal. Como tantos y tantos fariseos de hoy que ponen su corazón en el dinero y le rinden vasallaje. Pero los que han experimentado el gozo de servir al Señor, también tienen derecho a reírse de sus risas.  

Palabra del Papa

“Un cristiano que recibe el don de la fe en el Bautismo, pero que no lleva adelante este don por el camino del servicio, se convierte en un cristiano sin fuerza, sin fecundidad. Al final, se convierte en un cristiano para sí mismo, para servirse a sí mismo. Su vida es una vida triste.

El Señor nos dice que el servicio es único, no se pueden servir a dos amos: O Dios o las riquezas. Podemos alejarnos de esta actitud de servicio, primero, por un poco de pereza. Y esta pone tibio el corazón, la pereza te convierte en un cómodo:

La pereza nos aleja del servicio, y nos lleva a la comodidad, al egoísmo. Hay muchos cristianos así… son buenos, van a Misa, pero el servicio hasta aquí… Pero cuando digo servicio, digo todo: servicio a Dios en la adoración, en la oración, en las alabanzas; servicio al prójimo, cuando debo hacerlo; servicio hasta el final, porque Jesús en esto es fuerte: ‘Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os ha ordenado, entonces decid somos siervos inútiles’. Servicio gratuito, sin pedir nada”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 11 de noviembre de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice ahora a mí este texto ya meditado (Silencio)

5.-Propósito. Hago la experiencia de servir hoy al Señor con alegría.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, cada día tus enseñanzas me parecen más reales, más auténticas, más maravillosas. Yo tengo mi propia experiencia de que sólo cuando te he servido a Ti, y no me he dejado esclavizar por nada ni por nadie, he sido verdaderamente feliz. Ni el dinero, ni el placer, ni el poder hacen felices a las personas. Sólo el amor vivido en libertad, nos realiza como personas.

La Iglesia de los pobres

1. La referencia del evangelio a una viuda que da de limosna cuanto tenía para sus propias necesidades, ha atraído a la lectura primera el relato de esta viuda del Antiguo Testamento que comparte con el profeta Elías cuanto tenía para su propia alimentación y para la de su familia.

La historia de la viuda de Sarepta es una típica narración profética, cuyo sentido es contar el cumplimiento de un oráculo. Sarepta de Sidón no pertenecía al dominio del rey Ajab. En contraste con la reina Jezabel que va imponiendo el culto a Baal, una viuda, también fenicia, presta obediencia a Yahvé, Dios de Israel. Aquí se resalta la grandeza de quien recibe con fe la palabra del Señor: No le faltara lo necesario.

2.- Cristo no nos pide que demos mucho o poco, sino que lo compartamos todo. A eso se refería san Pedro cuando decía: “¿Y nosotros que lo hemos dejado todo por ti?” Los Hechos de los Apóstoles nos relatan que en la primera comunidad cristiana nadie pasaba necesidades porque los que tenían lo traían a la reunión de la comunidad y se compartía entre todos. Y, la gente decía: “Mirad cómo se aman”. Para nuestro dolor comprobamos muchas veces que los más generosos son precisamente los más pobres. Comprobamos con dolor muchas veces que los que son ricos lo son porque no comparten. De cualquier manera puede ser entendido lo de “bienaventurados los pobres de espíritu” menos creyendo que son bienaventurados los egoístas, los que acumulan, los que se aseguran a sí mismos sin compartir con nadie.

3.- Si en los domingos anteriores, la carta a los hebreos nos ha dejado claro que Jesús es el único y definitivo sacerdote, pontífice, intermediario, hoy nos subraya que Jesús ofreció el sacrificio de su vida una sola vez y para siempre. Cristo se ha ofrecido, dice la carta, una sola vez para quitar los pecados de todos. Ese “una sola vez” significa que no necesita ofrecerse de nuevo porque ese sacrificio, el de su vida entera ante Dios, sacrificio de valor infinito, permanece enteramente ante El.

Ni Cristo necesita ofrecerse de nuevo, ni nuestros pecados necesitan otro sacrificio para ser borrados. Por grandes o terribles que hubieran sido o sean nuestros pecados, más grande es el amor de Dios que se ofreció a sí mismo por ellos para demostrarnos lo incondicional de su amor hacia nosotros. No es bueno que pequemos, pero si pecamos, es bueno que recordemos que tenemos un abogado defensor infalible e indefectible que nos asegura que Dios nos sigue amando no porque nosotros seamos buenos, sino porque El lo es.

4. – En el Evangelio, una vez más, deja bien claramente establecido cómo no quería que fuera su Iglesia. La lista de reproches que Jesús hace a los dirigentes doctrinales del pueblo israelita es durísima. Jesús no quiere por nada del mundo que su Iglesia funcione como los escribas y los fariseos. Jesús no quiere que en su Iglesia se predique algo que no se cumpla, no quiere que haya incoherencia entre lo que se diga creer y lo que se viva en ella, no quiere que se diga una cosa y se haga otra.

Jesús quiere que los dirigentes de la Iglesia vivan para los pobres y no de los pobres. Jesús no quiere que en su Iglesia se actúe para ser visto y alabado. Jesús no quiere en su Iglesia quien, con el pretexto de dedicarse a la oración, devore los bienes de los pobres. Y recordemos que viuda y huérfanos eran el prototipo de “pobres” en Israel.

Se trata, dice Jesús, en el Evangelio, de compartir lo que se tiene, no lo que sobra. Dar lo que sobra, lo que no necesitamos, es una obligación, porque lo que no es nuestra necesidad no es nuestro, sino de quien lo necesita. Se trata de compartir por amor, pero compartir.

En los criterios de Cristo no da más quien da más cantidad, sino quien da todo lo que tiene, aunque sea muy poco. Se trata de que se renuncie a todos los bienes para poder ser discípulo de Cristo, se trata de que esos bienes sean puestos al servicio de la comunidad y compartidos con todos.

Por eso como contraste de los escribas y fariseos, Jesús descubre y alaba la grandeza de quien echa para el templo dos reales. Sólo con una gran sensibilidad para lo auténtico se puede descubrir toda la plenitud de esta acción apenas insignificante. Jesús percibe la autenticidad de la relación de aquella pobre mujer con Dios; en el don se da ella; y lo hace sin instrumentalizar el don, sin buscar el propio honor ni la propia autosatisfacción de quien cree hacer con su dinero algo por Dios: La cantidad del don no daba pie para ello: pero Jesús ejerce su juicio: “Esta ha echado más que nadie”.

Antonio Díaz Tortajada

Comentario – Sábado XXXI de Tiempo Ordinario

(Lc 16, 9-15)

Acumulando dinero no estamos obrando astutamente, porque el dinero acumulado, que nos encierra en nuestros propios intereses, nos enferma el corazón, no nos brinda ninguna riqueza sobrenatural y nos aleja del camino de la fraternidad. El que se dedica a acumular posiblemente termine colocando al dinero en el lugar de Dios y por encima del estilo de vida que propone el evangelio: «No pueden estar al servicio de Dios y del dinero» (v. 13). Es mejor usar el dinero para ganar amigos que nos recibirán en el cielo. Sólo así nuestro futuro está asegurado.

Pero este texto tampoco nos invita a usar alegremente el dinero y a despreocuparnos por el uso que damos a los bienes. Al contrario, el evangelio nos llama a ser fieles en el uso del dinero, a preocuparnos por usarlo bien. Y usarlo bien es compartirlo, es utilizarlo para brindar felicidad a otros. Si leemos el versículo 11 allí podemos descubrir la seriedad de esta misión: «Si en el uso del dinero sucio no saben ser fíeles ¿Quién les confiará los bienes verdaderos?» Dios quiere poner en nuestras manos cosas mucho más valiosas que el dinero, pero para eso tenemos que mostrar que podemos usar generosamente el dinero que se nos confía.

Y así como la invitación a la castidad puede despertar la burla de los que viven pensando en el placer, esta exhortación de Jesús despertaba la burla de los que vivían pendientes del dinero. Tan obsesionados estaban por obtener ganancias, que les parecía tonto y utópico hablar de desprendimiento: «Oyeron estas cosas unos fariseos amantes del dinero, y se burlaban de él» (v. 14). También hoy suelen escucharse con una sonrisa irónica las enseñanzas de la Iglesia en su doctrina social, como si se tratara de algo poco realista, iluso y desconectado de la vida real. Pero es justamente ese olvido de la justicia, de la solidaridad y de la generosidad lo que provoca tanta miseria, tanto dolor y tanta desigualdad. La angustia del que vive sumergido en la desesperación, excluido de toda posibilidad de desarrollo humano, no puede ser mirada con una sonrisa irónica.

Oración:

«Señor, que pusiste bienes en mis manos para que los administre generosamente, para que con ellos pueda brindar algo de felicidad a los hermanos, coloca en mi interior un poco de tu generosidad divina, para que me goce en la alegría de los demás».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Los paracaidistas de Dios

1. – Jesús jamás hubiera podido ser banquero contable o cajero. Nunca le hubieran salido las cuentas. Para Él, el que menos ingresa es el mejor cliente. Y el que ingresa grandes cantidades no cuenta. Con esa manera de pensar el Hijo de Dios no hubiera acabado ni el primer contrato temporal de seis meses. Hubiera ido al paro inmediatamente.

Lo que si tiene Jesús es una decidida vocación para organizar un grupo de paracaidistas. La Liturgia de hoy nos presenta tres:

+ La viuda de Sarepta que da a Elías el puñado de harina y las gotas de aceite que necesitaban ella y su hijo para no morir.

+ La viuda del evangelio que en dos céntimos da todo lo que posee.

+ Y el mismo Cristo, el más decidido de los paracaidistas que por darlo todo, da su vida.

2. – ¿Estos seguidores del Señor, son unos inconscientes? ¿No pasan miedo ante la inseguridad? Todo el que se tira desde un avión, viendo allá abajo la estampa de nacimiento, de Belén, de campos y casas, siente inseguridad.

De Jesús nos consta que sintió pavor hasta sentirse abandonado por su Padre. Miedo que superó con Fe: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Puesto en palabras de una anciano jesuita que yo conozco diríamos: “Las manos de Dios son muy seguras, el que no siente seguro es quien no se pone en manos de Dios. Ahí tenéis una inseguridad superada por una gran Fe.

3. – La pobre viuda del Evangelio se ha salido de sus páginas y se pasea por nuestras calles. Y tal vez está junto a nosotros mientras esperamos que el semáforo se ponga verde.

Casos conocéis vosotros y conozco yo. Tanto en España como en América. La absoluta confianza que en la providencia que rige en el Cotolengo os consta a todos. La institución benéfica del Sagrado Corazón en Monte Avril, en Bilbao acoge a todo el que no tiene nada, basados en dos reglas. Una, no pedir. Segunda, “barrer” fuera de casa todo lo que les sobre al día. Acumular es para ellas una gran desconfianza en Dios. La joven huérfana que deja de servir de criada para casarse y acoge en su casa a su hermana a su hermana inválida y a una amiga de ella también inválida. Y comienza una vida de casada, viviendo cuatro con el salario insuficiente para dos. Y don Víctor. Boina calada y gabardina raída. Charlatán y contento. Con un cuarto de su retiro paga una pobre pensión en el Bilbao viejo. Y las otras tres partes las ingresa en “el Banco del Cielo”, como dice, dándolas a los pobres.

Otros muchos os podía contar de los que se han cruzado conmigo por las calles de la vida. Vosotros, como decía, tenéis otros ejemplos.

Estos son paracaidistas de verdad. Se han tirado al vacío esperando caer en las manos seguras de Dios. ¿Fueron inconscientes? De ninguna manera. ¿Imprudentes? Tal vez. Pero el corazón generoso no hace cálculos. Cuando al que se le da es a Dios; o se le da todo, o es mejor no darlo. Un pastel empezado no sé de a nadie.

José María Maruri SJ

Galería de notables

1.- «Estando Jesús cerca de la alcancía del templo. Observaba que muchos ricos echaban en cantidad. Y una viuda pobre se acercó y echó dos reales». San Marcos, Cáp.12.

1.- Con evidente humor, alguien afirma que la modestia consiste en saberse perfecto, pero sin contarle a mucha gente. Sin embargo, aun personas honestas no desaprovechan la ocasión para exhibir sus cualidades y realizaciones. No es usual la virtud de la modestia, hija de la humildad y parienta cercana del silencio. El Señor, fatigado de una larga discusión con los fariseos, ha subido hasta el atrio de las mujeres. Sentado bajo un pórtico, observa a quienes pagan el tributo religioso en las alcancías del templo. Mira cómo los ricos dan abundante ofrenda. Y observa las dos monedas de bronce que una pobre viuda entregó tímidamente.

Jesús les había dicho a sus discípulos: «Cuidado con los letrados. Les encanta pasearse, vestidos con amplios ropajes, para que les hagan reverencias en la plaza. Buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes. Devoran los bienes de las viudas, so pretexto de orar largamente por ellas».

2.- Aquel día, el Maestro alabó la generosidad de aquella viuda, desamparada como muchas de entonces: «Os aseguro, dijo Jesús, que esa pobre ha echado en la alcancía más que nadie. Porque los demás han dado de lo que les sobraba, pero esta, que pasa necesidad, ha entregado lo que tenía para vivir». El Señor quiere enseñarnos la modestia y la generosidad. Y lo hace por medio de contrastes, frecuentes en la literatura hebrea. Nos habla de unos letrados y una viuda. De unos ricos y una mujer pobre. De quienes hacen todo por aparecer. Y de alguien deposita su ofrenda en silencio.

Porque Dios evalúa la conducta de sus hijos, de una manera muy distinta a la nuestra. ¿Qué opinaría entonces ante el lujo y la ostentación de ciertos estamentos religiosos, sacralizados por nuestra eximia voluntad? Rechazaría igualmente muchas celebraciones del Bautismo y la Primera Comunión. Sería muy severo con el despilfarro que acostumbramos en las bodas. Por no hablar de otros eventos, que insultan descaradamente a una patria desangrada y hambrienta.

3.- La generosidad nos garantiza el favor de Dios. El primer libro de los Reyes cuenta cómo el Señor recompensó a aquella viuda de Sarepta que, desde su pobreza, socorrió al profeta Elías en tiempos difíciles: «Así dice el Señor: No temas. Siempre tendrás aceite en tu vasija y harina en tu despensa».

En nuestro entorno, valen muchos quienes alcanzan eficiencia y resonancia con sus tareas. Ellos son los importantes de este mundo. En cambio, la modestia de los diarios deberes, realizados con amor, nos coloca en la galería de notables, según el Evangelio.

Allí encontramos al conductor cortés con los usuarios, al ascensorista paciente, las amas de casa cuyos cansancios nunca son noticia, la cajera del supermercado simpática y atenta, el mecánico decente, la muchacha de servicio educada y honesta, el repartidor de periódicos alegre y cumplidor, el sacerdote mayor náufrago en su confesionario, la maestra rural que sabe más de Dios que de los libros. Una amplia letanía que podríamos terminar con aquellas religiosas que, durante el Concilio Vaticano II, les remendaron los calcetines a los obispos.

Gustavo Vélez, mxy

La generosidad de los pobres

1.- «En aquellos días se puso en camino hacia Sarepta y al llegar a la puerta de la ciudad encontró allí a una viuda que recogía leña» (1 R 17, 10)

Tiempos difíciles cuando la lluvia no acaba de llegar. Elías, el profeta de hierro, había gritado la maldición de Dios sobre el pueblo pecador. Los campos aparecían duros y secos; el ganado, escuálido. La pobreza había hecho su mansión en Israel; la miseria y el hambre rondaban por sus poblados tristes y polvorientos. Elías se escondió en el torrente Querit, en la ribera oriental del Jordán. Allí había pasado algún tiempo. Pero también aquel torrente se secó. Y nuevamente el Señor dirige sus pasos: Vete a Sarepta de Sidón. Una pobre viuda que vive allí te alimentará… Unas palabras extrañas. En aquella región tampoco había llovido. Y de una pobre viuda poco se podía esperar. Pero Elías se marcha, obedece. Y cuando llega, la ve recogiendo leña. Le pide agua. Después, armándose de valor, le pide pan. Ella protesta, pero Elías insiste. La mujer obedece y el milagro se produce.

Tener fe, esperar contra toda esperanza. Aceptar los planes de Dios, por extraños que sean. Obedecer a la voluntad de Dios, entonces aguardar serenos y confiados. El agua caerá a su tiempo y la tierra dará su fruto. Y lo que es más importante, en el corazón habrá brotado la esperanza, habrá brillado la fe, se habrá encendido el amor… Haznos comprender, Señor, que todo eso vale muchísimo más que tener todos los campos verdes y el ganado alimentado.

«Te juro por el Señor tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza» (1 R 17, 12) Aquella mujer responde enojada: “Ya ves que estoy recogiendo leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos». Sus palabras están cargadas de tristeza. No hay otra solución. Se comerán lo poco que les queda y después, muy juntos, hijo y madre, esperarán la inexorable muerte.

Pero Elías le dice: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho; primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después». Ella se olvida por un momento del hambre, se dispone a entregar lo que Dios le pide por medio de su profeta. Y entonces «ni la orza de harina se vació ni la alcuza de aceite se agotó.

Darlo todo, hasta quedarse sin nada. Dar lo más que podamos. Y mientras más entreguemos, mayor será la recompensa… Qué tontos somos, qué malos negociantes. No nos damos cuenta de que lo poco que entregamos se nos devuelve centuplicado, revalorizado con valor de eternidad. Ayúdanos, Señor, a darnos por completo, a darte, de un modo o de otro, cuanto tenemos… No creemos que tú eres muy poderoso, muy rico, muy dadivoso y magnánimo al corresponder, el ciento por uno y la vida eterna. No comprendemos que nadie te puede ganar en generosidad. Ten compasión de nuestra torpe y absurda tacañería. Y ayúdanos, te repito, a saber abrir generosamente nuestro corazón y nuestra cartera.

2.- «Alaba, alma mía, al Señor…» (Sal 145, 7) De nuevo la Iglesia pone en nuestro corazón sentimientos de profunda gratitud, y en nuestros labios palabras de alabanza porque Dios mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, pone en libertad a los cautivos, abre los ojos al ciego y endereza a los que se doblan. Y así es efectivamente. Cuando Dios se hizo hombre, cuando Jesús estuvo entre nosotros pasó por la vida haciendo el bien, curando toda dolencia y enfermedad, resucitando a los muertos, defendiendo a los oprimidos, devolviendo el salud a los paralíticos, la paz a los atormentados…

Pero sobre todo pasó perdonando los pecados, y murió en una cruz para salvar a todos los hombres que creyeran en él, a quienes aceptaran su inmenso amor. Y esto vale más, infinitamente más, que todos los milagros y prodigios que pudiéramos imaginar.

«El Señor guarda a los peregrinos» (Sal 145, 8) A continuación dice que sustenta al huérfano y a la viuda. Estos dos grupos humanos, junto con los emigrantes o extranjeros, constituyen una de las primeras preocupaciones de Dios en el Antiguo Testamento. Son los marginados, por así decir, de aquellos tiempos, los más necesitados de ayuda y protección.

En cierto modo, todos somos también emigrantes, habitantes en tierra extranjera. Todos caminamos, incluso aunque estemos parados, hacia una patria distinta de ésta, la definitiva y eterna. Somos viatores, hombres que van de camino, nómadas permanentes que no tienen morada fija, por mucho que nos empeñemos en instalarnos y echar raíces. Día llegará en que tendremos que dejarlo todo, en que seamos desarraigados.

Pero el Señor nos protege, él nos guarda, nos acompaña durante nuestro largo viaje. Esta idea, esta realidad, ha de animarnos a caminar serenos y tranquilos, contentos a pesar de los obstáculos que se interpongan… Además, sigue diciendo el salmo, el Señor reina eternamente, tu Dios, de edad en edad. Él no pasa nunca, él permanece. Con su compañía entrañable, nuestro peregrinaje será siempre llevadero, incluso gozoso.

3.- «El destino de los hombre es morir una sola vez. Y después de la muerte el juicio» (Hb 9, 27) Un destino común, un final idéntico. Antes de llegar a él, los caminos de los hombres se bifurcan, se cruzan, marchan paralelos, se alejan o se acercan, o no se encuentran nunca. Pero al final todas las sendas humanas terminan en lo mismo, en la muerte. Somos como ríos que desembocan en el mismo mar, «que es el morir». Y después de la muerte, el juicio. Nada más llegar a la región de ultratumba se verifica el balance de nuestra existencia. Un rendir cuentas de nuestro vivir, un pasar por la imparcial justicia de Dios… Somos como actores que acaban de terminar su actuación en «el gran teatro del mundo». Actores que, una vez finalizada la comedia humana, han de entregar cuanto utilizaron en el escenario de la vida y rendir cuentas de su gestión, para recibir el premio o el castigo por su buena o mala representación.

Ahora estamos todavía a tiempo, ahora estamos aún en escena. Ahora podemos rectificar nuestra conducta, corregir nuestros yerros, poner enmienda a nuestros desafueros… Ojalá sepamos aprovechar el tiempo que nos queda y nos comportemos correctamente, antes de que baje definitivamente el telón.

«De la misma manera Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos» (Hb 9, 28) Lo maravilloso es que Cristo, el Hijo de Dios, también murió. Pero esa muerte, trágica como ninguna, fue algo más que un simple morir. Fue el sacrificio expiatorio que, ofrecido al Eterno Padre, alcanzó el favor divino. Fue el acto supremo que logró la reconciliación perfecta entre Dios ofendido y el hombre ofensor.

Cristo en la Cruz ha de ser nuestro recurso salvador en cada instante. Por una parte para aceptar como él nuestra propia cruz, para vivir con coraje las mil peripecias que puedan obstaculizar el camino. Y por otra parte, tengamos confianza ante nuestra miseria de cada día, para saber que nuestros pecados tienen el perdón de Dios, para vivir convencidos de que nuestro padecer tiene un valor redentor. El trabajo, la renuncia, el dolor, el cansancio, la angustia, todo cuanto puede atormentar nuestros sentidos, todo eso adquiere con Cristo el alto valor de su propia cruz: el precio de nuestra salvación, la medicina, amarga si se quiere, que nos devuelve la salud del alma. Esa salud que es mil veces más preciosa que la del cuerpo.

4.- «… ha echado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 44) Aquellos escribas hacían de su oficio un honor y no un servicio. Es cierto, y lo dice la Escritura, que quienes presiden y quienes enseñan a los demás merecen un doble honor. Pero ese honor y ese respeto ha de venir espontáneamente de quienes reciben la enseñanza, y nunca buscado ni exigido por quienes la imparten. Así, pues, a nuestros maestros y guías les debemos veneración y docilidad. Por el contrario, a quienes enseñamos -hay muchas maneras de ser maestro en la vida- debemos dedicar nuestro tiempo y nuestros desvelos, un servicio desinteresado y generoso, que sólo procure el bien de aquellos que el Señor, de un modo u otro, nos ha confiado.

Si no actuamos así, dice el Señor, recibiremos una sentencia más rigurosa. Es lógico que sea así. Si cumpliendo con el deber de enseñar a otros merecemos un premio especial, también será de especial el castigo si descuidamos tan grave obligación como es la de mostrar el buen camino a los demás. Por eso hay que empeñarse con alma y vida en ser proyector de luces y no de sombras. Dar a manos llenas la buena doctrina, aprovechar todas las ocasiones y todos los recursos para difundir la Verdad.

En el texto evangélico de hoy, Jesús con sus discípulos, como tantas otras veces, está sentado en los atrios del Templo. El Señor toma ocasión para impartir su enseñanza de un hecho que, quizá para muchos, pasó desapercibido. Entre aquellos que echaban grandes limosnas, casi oculta entre la muchedumbre, una pobre viuda echa también su humilde limosna, dos céntimos se podría traducir. Una insignificancia en fin, sobre todo en comparación con las grandes sumas que otros echaban.

Y, sin embargo, a los ojos de Jesús, o lo que es lo mismo a los ojos de Dios, aquella modesta limosna valía más que la de los otros. Estos echaban mucho al parecer, pero echaban de lo que les sobraba. En cambio, la pobre viuda daba cuanto tenía, que además, le era necesario para sobrevivir. Es un ejemplo de la generosidad de los pobres que a veces, ante la mirada divina, son mucho más ricos que los que tienen de sobra. Al fin y al cabo esa es la verdadera riqueza, la de la generosidad en el dar por amor de Dios. Bien dice el Señor que mejor es dar que recibir. Aparentemente resulta una paradoja, pero de cara a Dios así es. Quien da, movido por la caridad, recibe del Señor el ciento por uno y la vida eterna. Ojalá lo entendamos y lo practiquemos, ojalá seamos tan generosos como la pobre viuda, capaces de darlo todo.

Antonio García Moreno

Mala conciencia

En teoría, los pobres son para la Iglesia lo que fueron para Jesús: los preferidos, los primeros que han de atraer nuestra atención e interés. Pero es solo en teoría, pues de hecho no ocurre así. Y no es cuestión de ideas, sino de sensibilidad ante el sufrimiento de los débiles. En teoría, todo cristiano dirá que está de parte de los pobres. La cuestión es saber qué lugar ocupan realmente en la vida de la Iglesia y de los cristianos.

Es verdad –y hay que decirlo en voz alta– que en la Iglesia hay muchas, muchísimas personas, grupos, organismos, congregaciones, misioneros, voluntarios laicos, que no solo se preocupan de los pobres, sino que, impulsados por el mismo espíritu de Jesús, dedican su vida entera y hasta la arriesgan por defender la dignidad y los derechos de los más desvalidos, pero ¿cuál es nuestra actitud generalizada en las comunidades cristianas de los países ricos?

Mientras solo se trata de aportar alguna ayuda o de dar un donativo no hay problema especial. Las limosnas nos tranquilizan para seguir viviendo con buena conciencia. Los pobres empiezan a inquietarnos cuando nos obligan a plantearnos qué nivel de vida nos podemos permitir, sabiendo que cada día mueren de hambre en el mundo no menos de setenta mil personas.

Por lo general, entre nosotros no son tan visibles el hambre y la miseria. Lo más patente es la vida injustamente marginada y poco digna de los pobres. En la práctica, los pobres de nuestra sociedad carecen de los derechos que tenemos los demás; no merecen el respeto que merece toda persona normal; no representan nada importante para casi nadie. Encontrarnos con ellos nos desazona. Los pobres desenmascaran nuestros grandes discursos sobre el progreso y ponen al descubierto la mezquindad de nuestra caridad. No nos dejan vivir con buena conciencia.

El episodio evangélico en el que Jesús alaba a la viuda pobre nos deja avergonzados a quienes vivimos satisfechos en nuestro bienestar. Nosotros tal vez damos algo de lo que nos sobra, pero esta mujer que «pasa necesidad» sabe dar «todo lo que tiene para vivir». Cuántas veces son los pobres los que mejor nos enseñan a vivir de manera digna y con corazón grande y generoso.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado XXXI de Tiempo Ordinario

El dinero, en ocasiones, puede convertirse en un elemento que nos separe de los demás y que rompa y corrompa, incluso, la fraternidad, la amistad o todo aquello más noble que habita en el corazón humano. No es difícil cruzar la fina línea que distingue lo que es un instrumento de lo que es un fin. Cuando el dinero está demasiado cerca del corazón, o, mejor dicho, cuando el corazón está demasiado cerca del dinero, todo se nubla y corre riesgo de corromperse.

Sin querer, la codicia se convierte para nosotros en una nueva forma de idolatría, como advertía San Pablo a los cristianos de Colosas. Aquello llamado a solucionar nuestras necesidades se convierte en nuestra mayor necesidad. Hacemos del dinero o de los bienes un auténtico Dios o ídolo. En vez de controlarlo, nos controla y hace que perdamos la perspectiva de aquello que ha de ser realmente lo importante.

Dios parece “aborrecer” lo que a los ojos de los hombres pareciera más elevado, dice el Evangelio de hoy. La verdadera riqueza, pues, hay que buscarla en otra dirección. Se trata de una nueva perspectiva. Lo importante no está en poseer dinero, sino en poseer afecto, amistad, gente a la que querer y en cuyo cariño nos podemos apoyar. Ahí está la verdadera riqueza y el lugar hacia el que hemos de dirigir nuestro corazón. En tiempos de crisis, el mejor antídoto es vivir y disfrutar de todo esto que el Dinero no nos puede dar. Esto nadie ni nada nos lo puede arrebatar. No hay carcoma que se pueda roer ese auténtico tesoro.

Ciudad Redonda